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Hayedo de Otzarreta, el bosque mágico del País Vasco

A medio camino entre Bilbao y Vitoria-Gasteiz, el Parque Natural del Gorbea aguarda todas las historias y leyendas de este pequeño hayedo.

Las perlas del otoño son sus colores, el tacto húmedo y aterciopelado del musgo vistiendo la corteza de los árboles, las sombras alargadas y los rayos de luz furtivos colándose entre las ramas. Sus gemas son el céfiro acariciando el dosel de la fronda y el follaje seco extendido sobre el humus, como una manta que calentara la piel de la tierra. Son diamantes cada gota de agua suspendida en el ápice de una hoja y el murmullo de un riachuelo que renace al morir el estío. Y son monedas de oro y plata el canto tardío de las aves y el eco sordo de los pasos caminando tras la tormenta… envueltos en melancolía. Dicen que los tesoros más preciados se custodian en cofres pequeños, por ello las riquezas del otoño, todas ellas, se guardan en Otzarreta, uno de los hayedos más bonitos de España.

 

Parque Natural del Gorbea

Foto: Shutterstock

Otzarreta

Está en Zeanuri, en el barrio de Altzusta, junto al puerto de Barazar y en el borde nororiental del parque natural del Gorbea, donde una Vizcaya que se aleja del mar besa las alturas de Alava. El entorno tiene todo lo que un haya necesita para ser feliz, laderas a media altura expuestas al norte, con un suelo rico de fondo calcáreo y un buen régimen de lluvias y humedad. De hecho, el hayedo domina gran parte del paisaje intercalado con coníferas y praderas. Pero Otzarreta es pequeño, un bosque en miniatura que, probablemente, sea el retazo relicto de un hayedo antaño mayor antes de que se abrieran claros para pastos.

Su centenar de árboles maduros y robustos crean un decorado de cuento que invita a declinar liluragarria (encantador en euskara) en todas las formas posibles. Es el escenario ideal para cualquier leyenda imaginable relacionada con la espesura de la floresta. Da igual si la mitología es vasca o germánica, celta o eslava, porque lo mismo nos hace soñar unicornios que sentirnos cerca del basajaun, a lo mejor se intuye la presencia de un troll o se adivina la mirada traviesa de un diaño, un trenti o un iratxo, o puede que una sombra oculte el pérfido perfil de Baba Yaga o que tras una piedra junto al agua, se tropiece con el peine dorado de una lamia.

Otzarreta
Foto: Shutterstock

Sea como sea, todo en Otzarreta parece conjurarse para enamorarse de la naturaleza en una bellísima paradoja de armonía y locura. Así, las hojas caídas de las ramas tapizan las riberas del Zubizabala, el apacible arroyo que divide en dos el bosque y se contorsiona creando meandros como herraduras de la montura de una diosa; las raíces surgen de la base de los troncos, y se extienden cual sierpes que se zambullen en la tierra para sujetarlos en lugares a veces imposibles; la enramada cubre el cielo creando halos intangibles y fulgores que aparecen y desaparecen jugando a escondidas con nuestros sentidos…

Pero lo más cautivador son los propios árboles, cuya fisonomía saca de nuevo de la realidad al visitante y hace volar la imaginación. Las hayas, cuando están solas, tienden a extender sus ramas horizontalmente formando una copa ligeramente cónica o redondeada. Sin embargo, cuando crecen en compañía de congéneres, el conjunto suele ser tan tupido que se lanzan en una carrera ascendente hacia la luz, con unos troncos esbeltos, lisos y sin ramificar que solo en lo alto despliegan hacia el Sol las haces de sus limbos ovalados.

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En Otzarreta, sin embargo, la norma se rompe. A dos metros del suelo, surcadas por viejas llagas y marcadas cicatrices, las hayas se bifurcan paralelas al suelo en sólidos y cortos brazos. Surgen de ellos multitud de ramas gruesas como troncos que, ahora sí, se disparan hacia el cielo para dibujar en el aire candelabros de leños vivos. La visión es tan extraña y sugerente que parece la recreación de una atmósfera de literatura fantástica.

Otzarreta Shutter

La explicación, sin embargo, es algo más prosaica, pero no menos interesante. Y es que se trata de un hayedo trasmocho, podado cuidadosamente a lo largo de los siglos para aprovechar su madera. Esta pasaba a formar los ikaztobi, literalmente “nido de carbón”, piras perfectamente ordenadas que formaban la txondorra, donde un lento proceso de combustión daba como producto carbón vegetal. Cuando cesó la explotación, la naturaleza recuperó su libre albedrío y las hayas volvieron a crecer según pedía el canon. Las nuevas ramas se alzaron en competencia por la luz formando un coro de árboles fantasmagóricos que parecen celebrar su libertad danzando, Ents que susurran canciones al compás del viento.

Es sin duda por ello que se oye el cantar del bardo Lertxundi: Zuhaitz biluziaren / gerizpean orpondoa / orbelaren hilobi / horiz eta gorriz / dena lokarturik.

Bajo la sombra del árbol desnudo, todo duerme en la tumba roja y amarilla de la hojarasca.

Porque hay rojo y amarillo, pero también ocre, pardo, azul, blanco, verde… todo el espectro de colores equinocciales desplegados entre las notas de una sinfonía de violines y alboka, violas, chellos, bajos y txalaparta. Es la música mágica de Otzarreta, que aún exultante y dichoso en su explosión otoñal, invita como un Vivaldi con suspiros de zortziko a visitarlo en cualquier estación del año.

Otzarreta
Foto: iStock

Salimos de sus claroscuros al albor de humedales, praderas, sendas y majadas donde descansan por la noche vacas y pottokak. Pero siempre, presente, el macizo de Gorbea, con sus abismos verticales y laderas cubiertas de un bosque salpicado por el blanco de la roca caliza y cimas aterciopeladas por la hierba. Y es que nos encontramos a los pies del tajo entre Arralde y Arimekorta, con las campas de Arraba y la fortaleza mágica de Itxina al noroeste, presididas por la cumbre impertérrita de Gorbeiagane y su emblemática cruz de hierro, epítome del montañismo vasco.

No muy lejos se encuentra Saldropo, humedal asentado sobre una vieja turbera casi desaparecida que, muy lentamente, se recupera entre sauces, fresnos y abedules. Hábitat de tritones y de la belleza temible de las droseras, a su alto valor ecológico suma la estampa de una postal bucólica enmarcada por el talante imponente de la montaña. Caminando hacia la quebrada, el viajero se integra de nuevo en el bosque, esta vez grande y de porte solemne, para encontrarnse con otra joya. Frente al cortado, saltando sobre un pozo natural rodeado de hayas antiguas cuyas ramas desafían al vacío, la cascada de Uguna. Su cabello transparente salta y se expande en varios niveles hasta recogerse de nuevo en fondo, en un crepitar de agua tímida que se vuelve voluptuosa tras las nevadas invernales.

Cascada Uguna
Foto: iStock

Quizás la cadencia del agua nos colme las ansias andariegas para reposar lo vivido, lo sentido, lo respirado. O quizás no, quizás nos mueva a seguir descubriendo caminos y llegar hasta la bonita ermita de Santa Águeda. O a ver horizontes desde el Upeta, el Zepolekueta, el Eneabe o el Bastelarra, ascensiones sencillas con la recompensa de unas vistas preciosas. O por qué no, tomar el más esforzado sendero de Atxuri hasta Arralde para desde allí, ya que estamos, coronar los 1.482 m del Gorbea.

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