En busca de Nessie

Highlands, donde Escocia se vuelve más salvaje... aún

Un viaje sin filtros ni remilgos desde Inverness hasta la legendaria carretera North Coast 500

Las Tierras Altas que ocupan el norte de Escocia encarnan la quintaesencia de una nación fascinante, con espacios naturales donde apenas se percibe la mano del hombre, el marco de un litoral plagado de islas y el romanticismo de castillos que encierran un legado histórico turbulento. Estas tierras indómitas, en las que se habla el gaélico escocés y se practican juegos ancestrales, son la cuna de símbolos tan distintivos como los cuadros del tartán. Pero además, el catálogo de estampas de naturaleza salvaje es inmenso y convive con algunos de los enclaves turísticos más famosos de Escocia. El lago Ness no es su única estrella, pero sí presume del gancho especial que le confiere su leyenda.

1 /13
Inverness

Foto: iStock

1 / 13

Inverness, a orillas del lago Ness

A orillas del icónico lago, Inverness ejerce sin complejos la capitalidad de las Highlands, del todo ajena a comparaciones con la histórica Edimburgo o el halo modernista de Glasgow, sus hermanas de las Tierras Bajas. Lo suyo es la sencillez sin pretensiones característica de los highlanders, que tienen en esta ciudad engalanada de flores y con aires de pueblo grande el gran nudo de comunicaciones de la región y un centro estratégico para explorarla hacia los cuatro puntos cardinales y de costa a costa.

En su condición de única ciudad de las Tierras Altas y foco turístico, Inverness suele presentarse muy ajetreada especialmente por las calles peatonales y el mercado victoriano cubierto, el corazón de su actividad comercial. Tal y como manda la tradición por estos lares, la pequeña urbe cuenta con su propio castillo, una edificación muy «nueva» para los parámetros del patrimonio histórico escocés pues data del siglo XIX, aunque presenta un coqueto perfil tallado en arenisca rosada, dotado de un mirador hacia la ciudad y sobre todo hacia ese fenómeno que es el lago (loch) Ness.

Castillo Urquhart

Foto: Shutterstock

2 / 13

El castillo Urquhart, la morada de Nessie

La fábula sobre un monstruo que habita bajo su superficie ha calado hondo en la imaginería popular y ha alimentado la celebridad mundial del mayor loch del Reino Unido en volumen de agua, que casi dobla al de los lagos de Inglaterra y Gales combinados. Animal marino prehistórico, anguila gigante o solo protagonista de un cuento –según la interpretación de cada cual–, la criatura Nessie esconde su supuesta morada bajo el castillo de Urquhart, que procura la imagen más fotogénica y buscada de la ribera del lago. Lo que enfocan las cámaras fotográficas –o los teléfonos móviles– de los visitantes son las ruinas de una fortaleza medieval acosada a lo largo de ocho siglos por los embates de numerosos conflictos, no únicamente entre escoceses e ingleses sino también entre los mismos clanes de las Highlands que históricamente dividieron la sociedad en tribus al mando de jefes autócratas.

Las sucesivas reconstrucciones sobre las cicatrices de Urquhart han preservado hasta nuestros días su gran torre del siglo XV, encarada hacia el decorativo entorno del Great Glen o Gran Valle. Sus vistas despiertan el apetito para adentrarse hacia el oeste por una de las grandes rutas panorámicas escocesas: el Canal de Caledonia, una vía navegable con su camino de sirga al lado que encadena cuatro lochs a lo largo de 100 km de longitud por el Great Glen.

Valle de Glencoe

Foto: Getty Images

3 / 13

En lo alto de las Highlands

El canal se abre paso entre valles escarpados y colinas de brezos desde el puerto de Inverness hasta Fort William, al sur. Estratégicamente conecta la costa del Mar del Norte con el Océano Atlántico, y desde el punto de vista turístico propone cruceros fluviales hacia la localidad de Fort William, situada casi a los pies del Ben Nevis, el pico más alto de las Islas Británicas. Los 1343 m de altura del Ben Nevis subrayan la orografía montañosa de las Highlands y coronan a esta montaña (ben, en gaélico escocés) como la soberana de un área nacional estriada por desfiladeros que albergan cascadas tan impresionantes como Steall Falls.

tren

Foto: Getty Images

4 / 13

A bordo del Hogwarts Express

Sería fácil perderse durante días ideando excursiones entre el repertorio interminable de valles que se extienden hasta Glen Coe. Pero cuando las fuerzas empiezan a flaquear, resulta idóneo disfrutar del recorrido cómodamente sentado en el tren que atraviesa el maravilloso viaducto arqueado de Glenfinnan. Durante la temporada de verano, la línea ferroviaria entre Fort William y Mallaig cuenta con el tren de vapor The Jacobite Steam Train, que millones de niños identificarían al instante como el Hogwarts Express de la saga Harry Potter, felizmente recuperado en los últimos años gracias al éxito de las películas del niño mago ideado por J.K. Rowling.

oban

Foto: Shutterstock

5 / 13

Donde Orwell escribió '1984'

En esta cara occidental de las Highlands asomada al Océano Atlántico domina el especial magnetismo de las puestas de sol: un decorado que puede contemplarse desde cualquiera de los pueblos del litoral. Los aventureros de la costa quizá descubran por el camino algún recóndito embarcadero desde el que trasladarse –a veces a bordo de una sencilla barcaza– a una de las islas que se atisban en el horizonte próximo.

Pero la puerta más fácil y natural al archipiélago de las Hébridas es la localidad de Oban y su trasegada terminal de ferris. Los deliciosos bocadillos de ensalada de gambas que sirven los puestos de pescado de los alrededores hacen muy llevadera la espera para embarcarse hacia ese microcosmos de islas, cada una con su particular sabor. Desde el vivo colorido de las casitas de Tobermory, la minúscula capital portuaria de la isla de Mull, hasta los poéticos parajes agrestes y apenas habitados de Jura, donde George Orwell se retiró para escribir su mítica novela 1984.

Castillo Skye. Castillo

Foto: iStock

6 / 13

La entrada a la isla de Skye

La perla entre todas ellas es la isla de Skye, a la que se accede por un puente de 1995 que procura una preciosa antesala: el castillo de Eilean Donan, de inmediato reconocible por encarnar una de las postales más recreadas en calendarios, tazas y todo tipo de recuerdos turísticos. Erguida sobre un promontorio en la confluencia de tres lagos marinos, esta impactante fortificación es en realidad la cuarta versión del castillo original del siglo XIII, si bien sus sucesivas reconstrucciones no la han despojado del sabor de sus tiempos primigenios.

El cruce por el puente de Kyle of Lochalsh da paso finalmente a la isla considerada con justicia «las Highlands en miniatura» por reunir ella sola un compendio de los atractivos de las Tierras Altas. La brumosa Skye aparece esculpida a base de cumbres rocosas, rías y lochs, junto a una costa perfilada por bahías y acantilados a los que en ocasiones se aferra en solitario alguna de sus blancas casitas.

skye

Foto: Shutterstock

7 / 13

La joya del lugar

El centro de la isla está dominado por la hermosa cordillera occidental de las Cuillins –de hecho son dos, las Black Cuillin y las Red Cuillin, separadas por el valle Glen Sligachan–, cuya extensión a lo largo de 77 km nos recuerda que las Highlands presentan la mayor concentración de cumbres del país. Aquí mandan sobre un universo de verde potente por el que se desparraman granjas aisladas con sus crofts o parcelas de cultivo, montones de ovejas y las famosas vacas peludas de las Tierras Altas, caracterizadas por sus largos cuernos y un flequillo que les tapa los ojos.

Los isleños suelen entenderse entre ellos en gaélico escocés, aunque siempre se dirigen al forastero en la lengua inglesa. Están acostumbrados a recibir oleadas de visitantes que, en algún punto del camino, acabarán haciendo un receso frente a un plato de salmón en uno de los restaurantes de Portree, el puerto natural y capitalino de la isla. La honestidad escocesa obliga detallar en la carta si el rosáceo pescado proviene de alta mar o bien si ha sido criado en las piscifactorías de sus ribetes.

batalla Culloden. Culloden

Foto: Getty Images

8 / 13

La historia se explica en Culloden

Skye es también sinónimo de la historia del pueblo escocés y de sus ancestrales clanes, que tuvieron enorme poderío de la mano de los llamados «señores de las islas». En el castillo de Dunvegan, hogar en el oeste insular del clan MacLeod durante 700 años, se revive la colisión que mantuvieron con sus eternos rivales del clan MacDonald. Irónicamente, la decisión de estos y otros jefes –cuyos apellidos designaban a su cuerpo de guerreros– de unirse en un frente común ante la corona inglesa acabaría aniquilándolos. Hablamos del error táctico de los clanes de alinearse con los jacobitas (católicos de las Highlands) y su aspirante al trono, Carlos Eduardo Estuardo, con el desenlace de la derrota final en la batalla de Culloden el 16 de abril de 1746.

El escenario de aquella batalla puede visitarse de vuelta a Inverness, en un campo de los alrededores donde un centro de información explica por qué se trató de una tragedia nacional. Las tierras de los clanes fueron expropiadas por los ingleses, y a lo largo de más de un siglo quedó suprimido todo signo de la cultura de las Highlands, incluidos los tejidos de lana a cuadros (tartán) que sus hombres se ataban alrededor de la cintura cual falda (kilt).

Cawdor

Foto: Shutterstock

9 / 13

El hogar del whiskey

Tirando hacia atrás del hilo de la historia, el cercano castillo de Cawdor exhibe las hechuras originarias del siglo XIV –perfectamente rehabilitadas–, donde la familia heredera de la propiedad cohabita con la habitual legión de visitantes. Fascina del lugar sus conexiones literarias con William Shakespeare, cuyo Macbeth es definido como «señor de Cawdor», aunque solo ejerciera como tal en la ficción porque la obra homónima fue escrita tres siglos antes de la construcción del noble edificio.

El castillo de Cawdor forma parte de una de las rutas panorámicas más clásicas de las Highlands que, en su transcurso hacia el este por la ribera del río Spey, conduce hacia la patria chica de las marcas de whisky más renombradas internacionalmente (Glenfiddich, Glenlivert, Macallan...). Se dice que, de destilería en destilería, podría cruzarse todo el territorio de las Highlands y sus islas, pero esta pequeña área conocida como Speyside cuenta con la mayor densidad de toda la nación. Incluso a los abstemios puede seducir la visita a una de las instalaciones que detallan el proceso de elaboración de los malta, cuyo sabor dependerá de la turba y el agua de manantial utilizados, del proceso de destilación y también de la barrica en que reposa el líquido ambarino.

Parque Nacional Cairngorms

Foto: Shutterstock

10 / 13

Del castillo de Balmoral al Parque Nacional Cairngorms

Por los derroteros del río Dee, la reina Victoria decidió instaurar una de sus residencias reales en 1852 y su tataranieta, Isabel II, ha seguido la tradición pasando todos los veranos en el castillo de Balmoral. Aunque la gran mansión de estilo baroniano escocés solo abre al público de abril a julio, los parajes de esta zona conocida como Royal Deeside y moteada por pequeños pueblos suplen de sobras las visitas durante todo el año. Son los dominios de ciervos de tono rojizo y cornamenta majestuosa, espacio de largos paseos por la ribera de un Dee infestado de saltarines salmones y oportunidad de un desvío hacia las más atrevidas rutas entre las montañas del Parque Nacional Cairngorms.

La cita anual a la que no suelen faltar la soberana británica y el príncipe Carlos son los Highlands Games, que se celebran por todo el territorio escocés entre mayo y septiembre. La reina Isabel y su hijo eligen los «juegos» de la localidad de Braeman –al igual que Victoria en su tiempo–, por su proximidad a Balmoral y porque la actual monarca es su patrona. Los escoceses se reparten sin embargo entre la multiplicidad de puntos que celebran esta gran congregación al aire libre de disciplinas atléticas, lanzamiento de piedras y troncos, competiciones de gaitas y danzas regionales. Todo un canto a la cultura escocesa y celta que históricamente servía para reclutar a los hombres más fuertes y diestros de cada clan.

Isla Lewis

Foto: Getty Images

11 / 13

Rumbo a la Isla Lewis

Las suaves y fértiles hondonadas del sudoeste de las Highlands tienen la otra cara de la moneda en el remoto noroeste, un territorio de valles perdidos, montañas desnudas y lagos de aguas oscuras que remueve el viento. Hasta hace pocos años, su difícil acceso intimidaba a muchos visitantes a realizar una incursión en toda regla y, a lo sumo, recalaban en Ullapool, principal localidad de la región, en busca del enlace en ferry con la isla de Lewis (Hébridas Exteriores) o de sus muchos caminos para hacer senderismo con el remate de veladas en pubs que ofrecen música en vivo. Por eso fue inaugurada en 2015 la ruta North Coast 500, como tentación para adentrarse en el último rincón de las indómitas Tierras Altas.

Cape Wrath

Foto: Shutterstock

12 / 13

Los espectaculares acantilados de Cape Wrath

A partir de su arranque en el castillo de Inverness, esta vía de 500 millas (800 km) y carril único ha unido diferentes carreteras ya existentes en un solo recorrido entre la épica panorámica de la costa oeste y la menos áspera franja oriental. Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, por el arco de la llamada NC500 se suceden la península de Applecross y unos preciosos y serpenteantes pasos montañosos; después se bordean las grutas que horadan el rocoso litoral –fenomenal la cueva de Smoo y su cascada interior– y los vertiginosos acantilados de Cape Wrath que marcan el punto no insular más al noroeste del país.

En el tramo septentrional de la ruta, flanqueado por las poblaciones de Durness y John O’Groats, una costa más lineal engarza playas de todos los tamaños que son un imán para los surfistas más atrevidos a capear un clima a menudo inclemente. Si hubiera que elegir tan solo una, seguramente se impondría la de las blancas dunas de arena de la playa de Sinclair’s Bay, ya comenzado el discurrir hacia la cara este del marco marino. Tierra adentro, dominan el entorno los páramos, las turberas y las interminables tierras de cultivo. Aquí es más habitual toparse con ovejas perdidas –o el rebaño al completo– que con alguno de los escasos habitantes de pueblos insignificantes y minifundios aislados.

North Coast 500

Foto: iStock

13 / 13

Todo ocurre en la North Coast 500

El paisaje cambiante del territorio más recóndito de Escocia presume ahora de un eje turístico que los highlanders caracterizan sin empacho como «la respuesta escocesa a la Ruta 66», en alusión al histórico enlace viario de casi 4000 km que conecta Chicago y Los Ángeles, en Estados Unidos. La North Coast 500 es por supuesto de mucha menor magnitud, pero a cambio arropa una de las áreas más extensas de naturaleza salvaje en Europa, razonan con orgullo los escoceses. 

Highlands