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Las huellas españolas en Nueva York

Una ruta para hallar las curiosas conexiones entre ambos lugares.

La historia compartida de España y Nueva York es un recuerdo medio olvidado. Es una odisea de 400 años que incluye piratas y naufragios, exiliados y poetas. Una historia de amor y odio, pero con un final feliz. Eso sí, estas pruebas se guardan como secretos entre la inmensidad de esta ciudad. Este tour virtual tiene como parada nueve lugares de Manhattan en los que España dejó su impronta. Historias -grandes y pequeñas, en las que se cuenta cómo España y Nueva York se influenciaron mutuamente. 

 

 
 

Stuyvesant Park

 

El viaje comienza en Stuyvesant Park, un tranquilo parque de Manhattan rodeado de casas cubiertas de hiedra. España dejó su marca en Nueva York desde el principio, cuando la ciudad era aún Nueva Ámsterdam. En este rinconcito secreto hay que parar para ver la estatua de Peter Stuyvesant (1592-1672), el Director General de esta colonia holandesa. En concreto, hay que fijarse en lo que queda de su pierna derecha. En 1644, Stuyvesant perdió su pierna a raíz de un cañonazo español cuando intentaba asediar la isla caribeña de San Martín. La amputación podría haber contribuido a su famoso mal carácter. Stuyvesant gobernó Nueva Ámsterdam con pata de palo y mano de hierro. Los holandeses de su colonia le odiaban tanto que se alegraron cuando, en 1664, los británicos asumieron el mando y le dieron a la ciudad un nuevo nombre: Nueva York.

 

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Tumbas de Shearith I.

 

Este minúsculo cementerio del S. XVII pasa inadvertido, está escondido entre los apartamentos hacinados y las tiendas de Chinatown. Pertenece a la sinagoga de judíos españoles y portugueses “Shearith Israel”, la congregación más antigua de Norteamérica, establecida en 1654. En ese año, 23 judíos sefardíes huyeron de Brasil en barco y, tras escaparse de las garras de unos piratas españoles, consiguieron llegar a Nueva Ámsterdam. Stuyvesant intentó prohibirles la entrada. En sus misivas a Holanda hablaba de estos “aborrecibles enemigos y blasfemos del nombre de Cristo”. Sus superiores le obligaron a acogerles en la colonia.

 

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Bethesda Terrace

 

Este es el corazón de Central Park y uno de los sitios más icónicos de Nueva York. En un día normal, los músicos callejeros tocan y decenas de parejas posan para sus fotos de boda. Neoyorquinos y turistas se escapan del bullicio de la ciudad y se paran a apreciar la belleza de la terraza entrelazándose con la naturaleza. O por lo menos rememoran una de las muchas películas rodadas aquí. Pocos se dan cuenta de que Bethesda Terrace está inspirada en la Alhambra.

 

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Columbus Circle

Desde Columbus Circle se pueden observar el alfa y el omega de la España imperial. Comienza con Colón, cuya estatua de 4.3 metros nos observa desde lo alto de una columna de 23 metros. Termina con un monumento al USS Maine en la entrada de Central Park.

El USS Maine fue un buque de guerra americano que explotó misteriosamente en el puerto de la Habana en 1898. La pérdida del USS Maine y la muerte de 255 marines americanos precipitó la guerra hispano-estadounidense, que le costó a España sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La escultura de la “Columbia Triunfante” que corona el memorial fue forjada con el bronce de los cañones del buque rescatados del fondo del mar.

 

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Hispanic Society

En 1900, Nueva York era una de las ciudades más grandes y cosmopolitas del mundo. Con la intención de competir con los duques y barones europeos, los neoyorquinos más pudientes decoraban sus mansiones de la 5ª Avenida con obras de arte de los grandes maestros europeos. El arte de sus antiguos contrincantes españoles era una mercancía muy disputada. Algunos coleccionaban piezas europeas sin ton ni son. Otros rastreaban y adquirían arte español con experta precisión. A medida que el patrimonio neoyorquino iba aumentando, el español iba menguando. El magnate del azúcar Henry Osborne Havemeyer cristalizó esta actitud cuando, tras la guerra, dijo que “los EEUU tendrían que haber demandado el Prado en lugar de las Filipinas”.

 

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Isla de Ellis

En 1910, tres de cada cuatro neoyorquinos eran inmigrantes o hijos de inmigrantes. La mayoría de los recién llegados no hablaban inglés ni conocían las costumbres americanas. Sin embargo, fueron estos neoyorquinos quienes construyeron la capital mundial que conocemos.Uno de estos inmigrantes fue el valenciano Rafael Guastavino. Guastavino, arquitecto y constructor, comenzó su carrera en Barcelona en los años 1860. En 1881 desembarcó en Nueva York, una ciudad en pleno crecimiento frenético. Aquí, Guastavino patentó una técnica que combinaba la tradición arquitectónica mediterránea con la innovación de los materiales americanos. Esta técnica facilitaba la construcción de grandes espacios abovedados. Rafael y su hijo construirían sus famosas “bóvedas Guastavino” en 223 edificios de Manhattan.

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El MoMa

 

Con el auge del fascismo europeo en los años 30, Nueva York sustituyó a París como capital mundial del arte moderno. Muchos artistas e intelectuales cruzaron el Atlántico en busca de seguridad, libertad artística y oportunidades. En Nueva York, artistas españoles y de otras nacionalidades forjaron una nueva comunidad. El arte español dejo de ser algo exótico y forastero. Aquí, los artistas españoles vivieron, trabajaron, estudiaron e iniciaron un diálogo con artistas americanos.

 

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El Oculus

 

El 11 de septiembre de 2001 no fue solamente un ataque a Nueva York. Fue un ataque a toda la humanidad. Más de 90 países perdieron ciudadanos en el ataque, España incluida. Después del ataque, Nueva York se dispuso enseguida a hacer limpieza y reconstruir. El nuevo World Trade Center tendría que recordar a las víctimas y al mismo tiempo inspirar un nuevo futuro para Nueva York. Arquitectos de todo el mundo propusieron diseños para el nuevo complejo. El arquitecto valenciano Santiago Calatrava diseñó una nueva estación, el Oculus.

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Little Spain

 

En el siglo pasado, Sorolla, Picasso y Dalí definieron España para los neoyorquinos. Hoy, esa definición se cuece no tanto en los museos como en los restaurantes. El MoMA ha sido suplantado por Mercado Little Spain, del chef asturiano José Andrés. Mercado Little Spain es un amplio conjunto de puestos y restaurantes que abrieron en 2019 en Hudson Yards, un nuevo barrio de lujo al final del High Line Park. El menú de Little Spain cubre toda la gastronomía española. Cada región está representada, y la comida va desde unas humildes patatas bravas hasta la gastronomía molecular de los hermanos Adriá. El New York Times lo designó mejor nuevo restaurante del año.

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shutterstock 1439499920. Stuyvesant Park

Foto: Shutterstock

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Stuyvesant Park

En la Nueva Ámsterdam de Stuyvesant, los españoles y los católicos tenían prohibida la entrada. No era un asunto personal, era una política del gobierno holandés. Cuando la colonia se fundó en 1624, Holanda todavía se encontraba sumida en una guerra de independencia contra España, la guerra de los Ochenta Años. La hostilidad continuó cuando los británicos tomaron el mando, ya que ellos también estaban enemistados con España y despreciaban el catolicismo. En la Nueva York británica, la entrada a los curas se prohibió bajo pena de muerte.

 

La autora de esta estatua es Gertrude Vanderbilt Whitney, heredera de una de las familias más ricas del mundo y fundadora del Museo Whitney de Arte Americano (1931). Cuando Vanderbilt Whitney esculpió a Stuyvesant en 1936, estaba rindiendo homenaje a las raíces holandesas de la ciudad. De hecho, sus antepasados eran colonos holandeses. En 2012, sin embargo, unos investigadores pusieron en tela de juicio que los orígenes de la ciudad fueran blancos, protestantes y holandeses. Resulta que el primer residente no nativo de Nueva York fue Juan Rodríguez. Rodríguez, nacido en la República Dominicana de madre africana y padre portugués, trabajaba en un barco holandés. En 1613 decidió abandonar el barco y echar raíces en la isla de Manhattan, donde se casó con una mujer de la tribu de los Lenape.

 

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First-Shearith-Israel-Graveyard. Primer cementerio de Shearith Israel (1682)

Foto: Wikimedia Commons

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Primer cementerio de Shearith Israel (1682)

La congregación de Shearith Israel sobrevive hasta hoy en día. En 1929, Federico García Lorca visitó la sinagoga y escribió a su familia diciendo: “En Granada casi todos somos judíos. Era una cosa estupenda ver cómo parecían todos granadinos”. Una visita a este cementerio inspiró el poema de Lorca “Cementerio Judío”. El cementerio y los edificios de ladrillo con escaleras de incendios que lo rodean no han cambiado desde entonces. Lorca habría escuchado el chirrido de las vías elevadas del metro (que ya no existe), y el parloteo de inmigrantes judíos e italianos, cuyas ropas flotaban en tendales sobre las tumbas. Antes de esto, los mismos edificios albergaban familias alemanas e irlandesas. Hoy, su lugar lo ocupan inmigrantes chinos.

 

Resulta apropiado que el barrio inmigrante por excelencia de Nueva York surgiese alrededor del cementerio sefardí. Los primeros judíos sefardíes se sumaron a una Nueva Ámsterdam que ya era diversa, en cuyas pocas calles ya se hablaban 18 idiomas diferentes. La aceptación de estos refugiados consolidó Nueva York como una ciudad multicultural y tolerante, un contrapunto a las puritanas colonias británicas que la rodeaban.

 

Sin embargo, esta tolerancia tardaría en extenderse a los católicos españoles. Mientras que Shearith Israel tenía una sinagoga y una escuela (donde se enseñaba español) en 1730, la primera iglesia católica de Nueva York tuvo que esperar hasta después de la época colonial. Financiada por Carlos III, St. Peter’s (1785) fue relegada a las afueras de la ciudad.

 

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iStock-1127201695. Bethesda Terrace

Foto: iStock

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Bethesda Terrace

Bethesda Terrace fue diseñada por Calvert Vaux, uno de los creadores de Central Park, y por Jacob Wrey Mould. Mould pasó dos años en Granada estudiando la Alhambra. Se puede ver la influencia morisca en las intrincadas tallas de la terraza y en los famosos azujelos que cubren el techo de la arcada. No resulta sorprendente que el único elemento arquitectónico formal de Central Park sea de influencia andaluza. El primer hispanófilo neoyorquino, Washington Irving, encabezó un comité asesor del parque. Irving, uno de los escritores más importantes de Nueva York, fue quien acuñó el apelativo “Gotham” para referirse a la ciudad. En 1832 publicó su libro Alhambra después de haber vivido dos años en el palacio granadino.

 

Siguiendo el ejemplo de Irving, los EEUU abandonaron la leyenda negra española y pasaron a ver España como un lugar exótico, pintoresco y vibrante. Los libros de Irving inspiraron a escritores y artistas a viajar a España. Las grandes fortunas de Nueva York comenzaron a comprar cuadros de Goya, Velázquez y el Greco. La arquitectura neoyorquina tomó nota de la Alhambra y de la Giralda, cuya influencia es evidente en varios edificios (ej. el segundo Madison Square Garden, la torre de Coney Island y el Municipal Building).

 

A pesar de la hispanomanía y de la fascinación con Andalucía en particular, los neoyorquinos del S. XIX –Irving incluido– aún tenían una visión de España como un lugar atrasado y arábico. Los sentimientos anticatólicos aún están grabados con cincel en Bethesda Terrace. En la balaustrada se puede encontrar una talla de una bruja y una calabaza, una referencia satírica a Halloween, la fiesta irlandesa de raíces paganas. En aquella época, Halloween se utilizaba para poner en evidencia el dudoso cristianismo de los inmigrantes irlandeses. La aceptación social de los católicos y de los españoles (y de Halloween) aún tendría que esperar.

 

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iStock-478788118. Columbus Circle

Foto: iStock

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Columbus Circle

La causa del hundimiento del USS Maine no está clara. Quizás fue un ataque español, quizás un accidente americano. A William Randolph Hearst, magnate de la prensa, no le importó. Sus periódicos diseminaron propaganda antiespañola, instigando a EEUU a declarar una guerra. Las oficinas de Hearst, con su torre diseñada por Norman Foster (2006), también se pueden ver desde Columbus Circle.

 

En España, la derrota bélica dejó a la sociedad en estado de shock. “El Desastre” espoleó la Generación del 98. En Nueva York, el sino de estas nuevas “adquisiciones” de los EEUU se convirtió en objeto de debate. Debido al pasado anticolonialista de la ciudad, muchos se oponían a la idea de un imperio estadounidense.

 

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The Hispanic Society of America

Foto: The Hispanic Society of America

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The Hispanic Society of America

Archer Huntington era diferente. El impulso de coleccionar arte y literatura española le venía a Huntington de un profundo respeto por la cultura. Quitando unas pocas excepciones, solo compraba arte español que se subastaba fuera de España. Huntington, heredero de una fortuna del ferrocarril, construyó un museo privado, la Hispanic Society of America (1904). El museo acoge una colección de arte español que abarca desde la prehistoria hasta el siglo XX. La colección también incluye arte latinoamericano y portugués.

 

Huntington acumuló la mayor colección de arte español en EEUU, pero lo hizo sin mermar el patrimonio cultural español. Por el contrario, luchó por aumentarlo. Huntington financió excavaciones arqueológicas importantes en España y becó a estudiosos del arte. También encargó piezas a artistas españoles. Por ejemplo, en 1911, contrató al artista valenciano Joaquín Sorolla para que pintara 14 murales de diferentes provincias españolas para la Hispanic Society. Su mujer, Anna Hyatt Huntington, esculpió la estatua de El Cid Campeador que preside la entrada del museo. Huntington regaló copias de la estatua a Sevilla, Valencia, Buenos Aires, San Francisco y San Diego.

 

La pasión de Huntington por España igualaba a la de Washington Irving. Huntington, sin embargo, nunca albergó sentimientos antiespañoles o anticatólicos. Huntington, que era protestante, incluso construyó la segunda iglesia católica española de Nueva York en 1912.

 

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iStock-504068824. Bóvedas de Gustavino en la isla de Ellis

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Bóvedas de Guastavino en la isla de Ellis

Los techos abovedados de Guastavino también se pueden encontrar en el edificio principal de la Isla de Ellis, que era el punto de entrada de los inmigrantes a Nueva York. Desde la inauguración del edificio en 1900 hasta su clausura en 1954, millones de inmigrantes pasaron bajo las bóvedas de Guastavino, encontrando inspiración al comienzo de sus nuevas vidas en América. La mayoría de estos inmigrantes eran judíos, italianos o europeos del este. Sin embargo, en esta época, también fueron a parar a Nueva York decenas de miles de españoles: asturianos que llegaban para trabajar en las minas de West Virginia; cántabros que se dirigían a las canteras de Nueva Inglaterra; vascos que continuaban su viaje hacia el oeste. Pero muchos españoles se quedaban en Nueva York.

 

Fueron las bóvedas de Guastavino las que recibieron al poeta y premio Nobel Juan Ramón Jiménez cuando viajó a Nueva York en 1916 para casarse con la escritora catalana Zenobia Camprubí. Sorolla y Lorca quizás reconociesen la mano de su compatriota cuando cruzaron esta sala. Muchos otros españoles que pasaron por aquí eran rostros anónimos entre las “masas amontonadas”. Algunos crearon compañías que aún son importantes referentes en los EEUU, como Goya Foods o Café Bustelo. Otros contribuyeron a la vida intelectual de Nueva York o participaron en sus círculos creativos. Algunos simplemente llevaron vidas discretas y trabajaron duro para construir esta gran ciudad.

Otra de las obras más conocidas de Guastaviano es la galería de los susurros en la entrada del Oyster Bar de Grand Central, conocida así porque si se susurra en una de las esquinas, el sonido viaja a lo largo del perfecto techo abovedado y se escucha claramente en la esquina opuesta. Esta mágica rareza acústica sigue cautivando a neoyorquinos y turistas después de más de cien años, e innumerables propuestas de matrimonio han recorrido esta bóveda.

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El MoMA

Dalí dejó París y se instaló en el hotel St. Regis en la 5ª Avenida. Aunque Picasso decidió no mudarse a Nueva York, su cuadro “Guernica” se convirtió en el refugiado político más famoso de la ciudad.

 

Picasso pintó el Guernica para el Pabellón de la República en la Exposición Internacional de París de 1937. El Pabellón era un pronunciamiento en contra del bando nacional de la Guerra Civil española. Tras la exposición, el Guernica recorrió el mundo, recaudando fondos para la causa republicana. Con la victoria de Franco en 1939, Picasso le pidió al Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York que custodiase su obra hasta que España volviese a tener un gobierno democrático. El Guernica regresó a España en 1981.

 

El MoMA era un entorno idóneo para el Guernica. La colección permanente del museo llegaría a albergar obras de más de cien artistas españoles, un testamento de la conexión entre los españoles y la escena artística neoyorquina. Además, el MoMA compró muchos pósters y cuadros creados para apoyar al bando republicano. Los Rockefeller, una de las principales fortunas que respaldaban el museo, eran amigos de Picasso. Incluso le encargaron una copia del Guernica en formato tapiz que más tarde donarían a las Naciones Unidas.

De todas maneras, no se puede considerar que Nueva York tomara partido solo por las causas republicanas. En el Hotel Park Central, a dos manzanas de la galería donde se expuso por primera vez el Guernica en Nueva York, un enorme cuadro de Franco presidía las oficinas falangistas de la Casa de España. Aunque los ricos neoyorquinos tenían un idilio con el arte republicano, no era necesariamente a causa de sus convicciones políticas. Al mismo tiempo que El Guernica se exponía en París, los Rockefeller le encargaron un mural al artista conservador catalán Josep Maria Sert para reemplazar la obra que previamente le habían encargado a Diego Rivera. La creación de Rivera la destruyeron porque incluía un retrato de Vladimir Lenin. Aunque Sert apoyaba al bando franquista, la única referencia política en su mural El Progreso Americano fue la inclusión de Abraham Lincoln. Irónicamente, el sobrino de Sert, Josep Lluís Sert, fue el arquitecto del Pabellón de la República en París. El joven Sert, incapaz de regresar a España, se exilió en Nueva York.

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El Oculus de Santiago Calatrava

Durante más de veinte años, Calatrava ha mantenido su residencia y estudio en Manhattan. Se suma a otro tipo de español neoyorquino característico del S. XXI: el que ha alcanzado la cima de su profesión. Este grupo incluye a Rafael Yuste, líder del mayor proyecto de investigación de neurociencia en los EEUU; Carmen Fariña, exdirectora del Departamento de Educación de Nueva York; y Valentín Fuster, director del “Heart Center” del Hospital Monte Sinaí.

 

El Oculus se inauguró en 2016. Como ocurrió con otros edificios de Calatrava y con otras construcciones del nuevo World Trade Center, el proyecto estuvo sembrado de controversia. Su coste fue de 4 mil millones de dólares (el doble del presupuesto original), y tardó siete años más de lo esperado en completarse. Tiene más de centro comercial que de estación de tren. Sin embargo, a los mismos neoyorquinos que critican el Oculus les cuesta no sacarle una foto cada vez que pasan. Los imposibles arcos del techo sobrecogen al visitante y dirigen la mirada hacia una estrecha claraboya. A través de esta estructura arqueada, la luz irrumpe e inunda la gigantesca nave blanca. Desde fuera, el edificio evoca una paloma alzando el vuelo.

 

El Oculus fue diseñado para representar al Nueva York del S. XXI, una ciudad capaz de atraer e inspirar a innovadores y creadores de todo el mundo, España incluida.

 

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Little Spain

Foto: Little Spain

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Little Spain

Little Spain es la única cosa de Hudson Yards que les gusta a todos los neoyorquinos. La escultura de 46 metros en mitad de la plaza, el “Vessel”, es objeto frecuente de burla. Entre las oficinas de Facebook y Amazon y los apartamentos de millones de dólares, Hudson Yards se percibe como un patio de recreo para los ultraricos. Andrés transciende estas críticas. Aunque Little Spain y sus precios de estrella Michelín no están al alcance de todo el mundo, la reputación de Andrés es la de servir a las masas. Su ONG es famosa por haber dado de comer a más afectados por el huracán María en Puerto Rico que la Cruz Roja. Ahora mismo, Mercado Little Spain está dedicado a dar de comer a quienes lo necesiten durante el Covid-19. Además, Andrés es abiertamente crítico con Donald Trump y un vocal defensor de los inmigrantes. Esto no ha hecho sino aumentar su popularidad en Nueva York.

 

Andrés se estrenó como chef a los 21 años en Nueva York, pero ha pasado la mayor parte de su carrera en Washington DC. Aun así, al bautizar a su mercado “Little Spain”, Andrés establece una continuidad con generaciones previas de inmigrantes españoles en Nueva York. Durante el S. XX, la parte oeste de la calle 14 era “Little Spain”. Las librerías, tiendas de ropa y colmados han sido reemplazados por las boutiques y restaurantes de lujo del West Village y el Meatpacking District. La Nacional es el último vestigio de aquella pequeña España.

Otra parada fundamental que une gastronomía y cultura es La Nacional, una sociedad benéfica fundada por la comunidad española en 1868. El brownstone en el que se encuentra es un testamento vivo de la historia de los españoles en Nueva York. Buñuel, Picasso, Lorca y otros muchos se hospedaron aquí. Antiguamente, la organización ofrecía servicios sociales básicos para los españoles recién llegados. Ahora, muchos inmigrantes españoles llegan a Nueva York con másteres y doctorados. En los últimos años, la Nacional se ha ido adaptando a su nuevo papel modernizando su restaurante y su interior. Y es que ya no queda nada de aquel salón repleto de mesas donde echar la partida de cartas. Ahora, este moderno espacio gastronómico se afana por posicionarse en el universo foodie neoyorquino trayendo, cada temporada, a jóvenes chefs españoles para que hagan aquí su residencia.

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Las huellas españolas en Nueva York

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