Grandes Exploradores

Humboldt, el explorador que cambió la forma de ver el mundo

Su visión analítica de La Tierra sigue siendo magnética y ejemplar siglos después.

Ciudades, montañas, parques nacionales, ríos, glaciares, condados, bahías, una poderosa corriente marina… más de un millar de lugares de la Tierra llevan el nombre de Humboldt, también diversas especies animales y vegetales o un mar de la Luna. Pero Alexander von Humboldt no se veía a sí mismo como geógrafo, sino más bien como naturalista, físico, químico, botánico, geólogo… Su saber abarcaba múltiples campos, movido por el anhelo de comprender cómo se interrelacionan las fuerzas de la naturaleza y cómo influye el entorno en la vida animal y vegetal. Sus exploraciones e investigaciones, a las que se entregó con una pasión y energía extraordinarias, se enfocaban en descubrir ˝la unidad de la naturaleza˝.

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Foto: Wikimedia Commons

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Una juventud inquieta

Alexander nació en 1769 en el seno de una familia aristocrática, en el castillo de Tegel, 30 km al norte de Berlín. El padre falleció cuando tenía nueve años. La madre, Elisabeth Colomb, proporcionó a Alexander y a su hermano mayor Wilhelm una excelente educación mediante preceptores privados, pero los chicos crecieron rodeados de escaso cariño.

A los 18 años Alexander se hace amigo de Carl Ludwig Willdenow, que había publicado un estudio sobre la flora de Berlín y acabaría dirigiendo el jardín botánico de la ciudad. El joven Willdenow contagió a Humboldt su fascinación por las plantas y por el estudio de su distribución geográfica. Aún resultó más influyente su amistad con Georg Foster, que era bibliotecario de la universidad de Maguncia cuando Alexander lo conoció en 1788. Con solo 17 años, en calidad de dibujante, Georg había acompañado a su padre, el naturalista Reinhold Foster, en la segunda vuelta al mundo de James Cook. Tras volver de aquel periplo de tres años, Georg Forster publica A Voyage round the World, un libro que se considera el origen de la etnología y la moderna literatura de viajes y que también influiría en Humboldt. Su prosa refinada y sus fieles descripciones de las culturas de los mares del sur, engarzadas con reflexiones y visiones de conjunto, mostraron que se podía presentar un territorio y a los pueblos que lo habitan de forma veraz y apasionante.

Los primeros viajes

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Los primeros viajes

En la primavera de 1790, Georg y Alexander partieron en barco por el Rin rumbo a Bélgica y Holanda, y desde allí a Inglaterra. Como narra Douglas Botting en su magnífica obra Humboldt y el Cosmos (Ed. del Serbal):

“Para Humboldt el viaje fue una revelación. Con Forster como guía nada escapaba a su minucioso examen: arte y naturaleza, pasado y presente, lo vivo y lo muerto, política y economía, fábricas y muelles, parques y observatorios. Todo era palpado y escudriñado, por así decirlo, con meticulosa atención. Y cuanto más observaba Forster a su joven discípulo, más cosas admirables descubría en él”. 

Los cuadernos de notas de Humboldt no daban abasto. En Londres, conoció al astrónomo William Herschel, al botánico John Sibthorp y al físico y químico Henry Cavendish. También a sir Joseph Banks, que había acompañado a Cook en su primera vuelta al mundo y poseía el mayor herbario del planeta y una inmensa biblioteca botánica. De regreso, Georg y Alexander pasaron unos días en París en torno al 14 de julio. Los ideales de la Revolución Francesa, que cumplía entonces su primer año, aún no se habían malogrado. La libertad, igualdad y fraternidad que bullían en las calles distaban de ser un lema y les cautivarían para siempre.

Fichtel

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Su legado en las montañas de Fichtel

El sueño de Humboldt de conocer las tierras próximas al ecuador tomaría cuerpo tras aquel viaje, en que vio el mar por primera vez. El año siguiente estudia en la Academia de Minería de Freiberg, en Sajonia, que atraía estudiantes de otros países por la calidad de la enseñanza y la reputación de su director, el geólogo Abraham Gottlob Werner. La hiperactividad de Alexander para el estudio y el trabajo a cualquier hora empieza a manifestarse ya entonces: en sus ratos libres escribe un estudio en latín sobre la flora de Freiberg y en apenas ocho meses lo nombran Inspector Auxiliar de Departamento de Minas pasando por delante de los alumnos más veteranos.

Tras rechazar un trabajo burocrático en Berlín, en el verano de 1792 parte para realizar un informe sobre la geología y el estado de las minas en las Montañas de Fichtel, al este de Bayreuth, cerca de la actual frontera con Checoslovaquia. La calidad de su trabajo, entregado dos meses después, causa tal sensación que en solo dos días es ascendido a Inspector Jefe de Minas. En junio de 1793 se incorpora a su destino en Fichtel. Explora todos los pozos y galerías en jornadas extenuantes que empiezan de madrugada.

En su primer año, obtendrá tantas toneladas de mineral de oro como sus predecesores en los ocho anteriores. La producción de hierro, sulfato de cobre, cobalto, estaño, antimonio y alumbre potásico también se multiplica. En noviembre crea una escuela gratuita de minería para mayores de doce años en el pueblecito de Steben que costea de su propio bolsillo, rehusando el dinero que le envía el ministro von Heinitz al enterarse y proponiéndole que lo ceda a las familias en circunstancias difíciles por enfermedades o accidentes en las galerías. Inventa lámparas de seguridad y respiradores que protegen del polvo. Es muy querido en la región, cuyos paisajes le emocionan, y las clases en la escuela se prolongan a veces hasta altas horas de la noche.

 

Goethe

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Su amistad con Goethe

Pero Alexander sueña con ser explorador y las minas se le van quedando pequeñas. Rechaza incluso el cargo de Director de Minas en Silesia, con que von Heinitz intentará en vano retenerle. Inspirado en Luigi Galvani, durante años realiza y publica miles de experimentos sobre la electricidad animal, aplicando dos electrodos de metales distintos no solo a los nervios y músculos de la pata seccionada de una rana o de un animal muerto para inducir contracciones, sino también en heridas de su propia espalda o en el alveolo de un diente recién extraído (tan terrible experimento no le proporcionó, ni mucho menos, los efectos anestésicos que buscaba). Cuando Alessandro Volta demuestra en 1795 que se podía producir electricidad sin usar tejidos animales, simplemente poniendo dos metales distintos en contacto con un paño húmedo o un líquido, Humboldt se avergonzará de no haber sido capaz de inventar la primera batería.

Su estudio de la flora de Freiberg le permitió conocer a Goethe en 1794, y formar parte del reducido círculo de personas cuya presencia toleraba el escritor. A su amigo el duque de Sajonia, Goethe le comentaba que la compañía de Humboldt le resulta muy estimulante: “No podrías aprender tanto en los libros en una semana como con él durante una hora”. Mientras que para Alexander, “estar con Goethe era como estar dotado de nuevos órganos”.

Bougainville

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Una expedición frustrada

La muerte de Elisabeth Colomb en noviembre de 1796 a causa de un cáncer de pecho cambia drásticamente la vida Alexander, pues su madre le ha legado una gran fortuna. En febrero de 1797 se despide para siempre de las minas. El mundo le está esperando y solo tiene que acudir a la cita.

Su primer impulso es viajar al sur de Italia para estudiar sus volcanes, luego a París para comprar material científico y embarcarse con él hacia las Antillas. Pero diversos sucesos, entre ellos las campañas de Napoleón, lo impiden. Pasa unas semanas en Viena estudiando el impresionante herbario de plantas raras y exóticas de los Jardines Imperiales de Schönbrunn y se relaciona con diversos científicos; luego parte hacia el Tirol, donde se pasa el invierno aprendiendo con el geólogo Leopold von Buch a realizar todo tipo de mediciones magnéticas, geográficas y meteorológicas. Día y noche, haga el tiempo que haga, Alexander analiza la presión atmosférica, la carga eléctrica del aire o su contenido en oxígeno y dióxido de carbono.

En la primavera de 1798 se dirige a París, donde constata que la gran misión científica de Napoleón a Egipto, en la que quiere participar, solo es la retaguardia de una invasión militar. La ciudad sin embargo es un hervidero de sabios y Humboldt entabla relación con muchos de ellos. Un ídolo de su niñez, el navegante Louis Antoine de Bougainville, que tiene entonces casi 70 años, le propone enrolarse en la inminente expedición científica alrededor del mundo que prepara el gobierno francés. Dos años en América, el tercero por el Pacífico intentando acceder al Polo Sur, el cuarto en Madagascar y el quinto en África occidental. Alexander casi enloquece con la idea. Pero a última hora Bougainville es apartado del mando, que queda en manos de Nicolas Baudin, y la nueva guerra de Francia con Austria pospone el proyecto.

Montserrat

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Y Alexander desembocó en España

Cuando una puerta se cierra otra se abre. En el hotel Boston de París, donde se aloja, Alexander conoce a Aimé Bonpland, cuatro años más joven que él, que había servido a las órdenes de Baudin como médico en la marina de guerra y que también iba a participar en esa expedición. Bonpland es ante todo un botánico y enseguida los dos hombres se hacen amigos. Comparten la pasión científica, similares ideas políticas, el ansia por viajar. Se dirigen a Marsella con idea de acceder desde allí a Egipto y añadirse a la cohorte de investigadores que acompañan a Napoleón. Pero pasan semanas sin que aparezca el barco sueco que debía llevarles a Argel. Cuando se enteran de que está averiado en Cádiz y optan por buscar otra embarcación, les llega la noticia de que las autoridades tunecinas están encarcelando a todos los pasajeros procedentes de puertos franceses. Y así fue como Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland partieron a pie desde Marsella rumbo a Barcelona y entraron en España a finales de 1798.

Hacen una excursión a Montserrat y visitan Tarragona y Sagunto, atraídos por sus ruinas romanas. La industria de Cataluña le recuerda a Humboldt a la de Holanda. El paisaje agrícola de Valencia le provoca admiración. Con los modernos instrumentos que trae de París, Alexander determina las coordenadas geográficas de los lugares por donde pasa, observando, por ejemplo, que la posición de la ciudad de Valencia está desviada dos minutos.

iStock-1283547736. Hallazgos rumbo a A Coruña

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Hallazgos rumbo a A Coruña

En las pequeñas poblaciones la gente acude para ver a ese tipo que observa los cuerpos celestes con extraños aparatos. El gentío se agolpa y en ocasiones le abuchea. Y si opta por hacer sus mediciones de noche para no llamar la atención, los aldeanos creen que está adorando a la Luna. El viaje hasta Madrid les lleva unas seis semanas. El embajador de Sajonia, aficionado a la ciencia, los pone en contacto con el secretario de estado, Mariano Luis de Urquijo, y en marzo son presentados en la corte de Aranjuez al rey Carlos IV y a la reina María Luisa de Parma.

Humboldt declara sus intenciones de explorar el interior de las colonias españolas en América corriendo personalmente con los gastos de su expedición y los de su compañero Bonpland. Su experiencia con las minas y su buen castellano convencen a la corte. Y ante su sorpresa, reciben dos pasaportes que les abrirán todas las puertas del Nuevo Mundo, uno con el sello real y otro del Consejo de Indias. Les espera un territorio desconocido científicamente, cerrado durante siglos al comercio con otras potencias europeas, que abarca desde California al Cabo de Hornos y por el que viajarán durante los siguientes cinco años.

Camino del puerto de La Coruña, Humboldt completa su perfil topográfico de Valencia a Galicia, donde se evidencia que la Península Ibérica constituye esencialmente una meseta, vertebrada en su gráfico por la sierra de Guadarrama y hendida por la hoya de El Bierzo. Como el embarque se retrasa, Humboldt y Bonpland pasan diez días coleccionando las plantas que han recogido en los hermosos valles gallegos, no visitados todavía por ningún naturalista, y estudiando las algas y los moluscos.

Humboldt Tenerife

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Su huella en Tenerife

La corbeta Pizarro que les lleva a La Habana consigue esquivar las dos fragatas y el buque de línea británicos que bloquean el puerto de La Coruña, y también, gracias a la niebla, los cuatro que impiden la entrada al de Santa Cruz de Tenerife, adonde llegan el 19 de junio. El capitán tiene orden de detenerse para que puedan subir al Teide, pero ante la amenaza de las naves inglesas solo les concede 4 o 5 días. Humboldt y Bonpland ascienden a La Laguna, recorren el fértil valle de La Orotava (donde Humboldt cuenta desde 2010 con una estatua en el mirador remodelado que lleva su nombre) y visitan el jardín botánico próximo al puerto, rico en especies tropicales. Pasan la noche a 3000 m y a solo 5 grados, vivaqueando sobre piedras calentadas en una hoguera, sin sospechar, como escribe Humboldt, “que un día residiríamos en ciudades más encumbradas que la cima del volcán que nos proponíamos escalar el día siguiente”. Los guías que han contratado se tumban a descansar cada pocos minutos, nunca han estado realmente en la cumbre y se obstinan en arrojar los fragmentos de obsidiana y piedra pómez que los científicos han recogido cuidadosamente.

El Teide había hecho erupción justo hacía un año. Lo coronan a las 8 de la mañana, ateridos de frío. El gas sulfuroso del cráter les agujerea las ropas y el suelo caliente les quema el calzado. Introducen termómetros en diversas grietas por las que brota vapor y observan las distintas coladas y tipos de lava. En el descenso, completan sus observaciones de cómo varían la vegetación y la temperatura en función de la altitud.

Orinoco

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Adentrándose por el Orinoco

A partir de ahí empieza el verdadero gran viaje de Humboldt y Bonpland, moviéndose por el continente americano a lo largo de cinco años y afrontando con tesón y buena estrella cuantas dificultades se les presentaron. No llegaron con el Pizarro a Cuba, pues un brote de tifus en el barco les hizo desembarcar en Cumaná, al este de Venezuela. La tierra tropical les acoge y les deslumbra desde el primer día. En ese mundo exótico y nuevo experimentan una especie de éxtasis sensorial. Cualquier elemento de ese caleidoscopio de formas y colores hacia el que enfocan su atención les absorbe. Y los aldeanos están tan fascinados con sus instrumentos como ellos con la historia natural del lugar. Así que cada noche acuden a su casa de Cumaná visitantes deseosos de ver las manchas lunares con el telescopio o los distintos piojos que se sacan del cabello con el microscopio.

Al cabo de unas semanas parten para sus exploraciones en canoa, adentrándose en la cuenca del Orinoco y comprobando tras una ardua navegación, devorados por los mosquitos, que la conexión con el río Negro y el Amazonas a través del canal Casiquiare no era una entelequia. En Esmeralda son los primeros blancos en desentrañar el misterio de la elaboración del curare, el veneno vegetal que mata silenciosamente (“mejor que su estruendoso polvo negro, el jabón y cualquiera otra cosa que ustedes puedan hacer en su lado del océano”, les dice el químico indígena). Al probarlo, el sabor les parece “agradablemente amargo”.

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Hasta el techo del mundo

Tras su retorno a la costa embarcan para Cuba con idea de dirigirse a Estados Unidos. Pero en La Habana reciben noticias de que la expedición de Baudin alrededor del mundo ha zarpado de Francia. Decididos a unirse a ella en Lima, cambian de planes y en los siguientes dos años exploran lo que hoy es Colombia, Ecuador y Perú. Llegan a Bogotá con Bonpland enfermo de malaria. Durante dos meses se alojan en la casa que les proporciona el sacerdote y médico gaditano Celestino Mutis, quien les muestra su extraordinaria biblioteca botánica, su colección de 20.000 plantas y las primorosas láminas realizadas por su equipo de treinta artistas. En Quito, Humboldt asciende al volcán Pichincha y casi hasta la cumbre del Chimborazo, considerado entonces la montaña más alta de la Tierra. Allí les llega la noticia de que Baudin zarpó rumbo este y por tanto no pasará por Lima.

Las obras públicas del pueblo inca le fascinan. Constata que el ecuador magnético se desvía notablemente hacia el sur en los Andes. El alineamiento de los volcanes le permite deducir que estos emergen a lo largo de profundas grietas de la corteza terrestre y que ese empuje contribuye a la creación de las cordilleras. Observando el paso de Mercurio delante del Sol determina con precisión la longitud del puerto de El Callao. Envía muestras de guano a París para su análisis, puesto que ese abono que emplean los agricultores peruanos parece muy superior al estiércol de corral europeo. Pero la miseria de Lima y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno que reina en la ciudad, tan distintos de lo que se respira en el resto de Perú, le abruman. En el barco rumbo a Guayaquil, mide la velocidad y la temperatura de la fría corriente marina en las costas de Perú, que en el futuro ­(y para su pesar) llevará su nombre.

El año que pasaron en México fue el más tranquilo de la expedición. El virrey le otorga libre acceso a los archivos y Humboldt se pasa la mitad del tiempo en bibliotecas, elaborando el Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, escalando y midiendo volcanes o visitando las minas de Taxco, Real del Monte y Guanajuato. Luego parten para La Habana y de allí a Washington, donde Humboldt pasa varios días invitado en la residencia del presidente Thomas Jefferson, hombre muy versado en ciencia. Estados Unidos acababa de comprarle Luisiana a Francia, duplicando el tamaño del país, y Jefferson tiene en mente prolongar esa expansión hasta el Pacífico. Los mapas y la información sobre el Reino de Nueva España que Humboldt le facilita son por lo tanto de su mayor interés.

Humboldt biblioteca

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De regreso al Viejo Continente

Humboldt y Bonpland arribaron a Burdeos en agosto de 1804, y tras pasar la cuarentena en el puerto, son recibidos en París como héroes. Sus 45 cajas de muestras incluyen 60.000 plantas de 6.000 especies, la mitad de ellas desconocidas, junto a amplias colecciones geológicas, zoológicas y etnográficas. Han recorrido 10.000 km a través de profundas selvas y elevadas cordilleras, empresa en la que Humboldt ha gastado más de un tercio de su fortuna. Los siguientes veinte años vive en París, dando forma a todo lo observado y anotado en el curso de la expedición. Así ven la luz los treinta volúmenes de su Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, editados por él mismo. A partir de 1827 se instala en Berlín, donde reside hasta su muerte en 1859, con 89 años. 

Su hermano Wilhelm fallece en 1835 en el castillo de Tegel, probablemente de Parkinson. “Nunca pensé que mis viejos ojos pudieran derramar tantas lágrimas. Esto se ha prolongado ocho días”, escribe Alexander a su amigo, el escritor Varnhagen von Ense. Wilhelm fue uno de los fundadores de la Universidad de Berlín, pionero en el estudio analítico de las lenguas, incluido el euskera, idioma al que dedicó dos obras. Justamente estos días acaba de inaugurarse en Berlín el nuevo icono de la ciudad, el Humboldt Forum, un inmenso edificio ubicado frente a la Isla de los Museos dedicado a los dos hermanos que tanto contribuyeron al desarrollo de la educación en su país y el resto del mundo.

Alexander mantuvo hasta el final una prolífica correspondencia y siguió en contacto con los científicos más eminentes, financiando con su proverbial generosidad a jóvenes talentos. Los últimos años los dedicó a elaborar su obra más ambiciosa: Kosmos, publicada en cuatro tomos.

Mapa Humboldt

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Una vida de viaje

Humboldt verificó que en la Tierra todo pulsa y cambia a cada instante, en respuesta a lo que sucede. Sentó así los pilares de la ecología e influyó notablemente en Darwin, cuya obra El origen de las especies se publicó meses después de su muerte. En un mundo de especialistas, donde el saber se compartimentaba cada vez más, él siguió buscando los nexos, como queriendo volver a aglutinar los granos dispersos de una espiga. Probablemente se habría entendido bien con los sabios presocráticos griegos, para quienes la filosofía y la ciencia eran indistinguibles. Y así escribió:

“En los bosques amazónicos o en las cadenas de los Andes, siempre fui consciente de que un mismo hálito palpita de polo a polo e insufla una única vida en las rocas, las plantas, los animales y en el hinchado pecho del hombre”.

Desde que Humboldt emprendió su casi quijotesco viaje, a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo, que tuvo un prólogo, barómetro en ristre, en la meseta ibérica, han transcurrido más de dos siglos. El mapa de España se ha reducido hasta unas dimensiones bastante más razonables. Pero el último número especial de Viajes National Geographic no deja de ser, esencialmente, una invitación a viajar por el país. Como Humboldt, podemos subir al Teide, emocionarnos ante lo que vemos y no escatimar esfuerzos a la hora de comprender lo que hace singular a una roca, una planta, un animal o un territorio. ¿Qué mejor actitud para rendirle homenaje?

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Este texto fue originalmente enviado a todos los suscriptores de la newsletter de Viajes National Geographic.