En ruta

Ibiza en bicicleta: un viaje a pedales por toda la isla

Desde Dalt Vila a Cala d’Hort, esta ruta a ritmo slow descubre el rostro más intacto de la isla blanca.

Existe una Ibiza que, lejos de su faceta festiva, muestra un rostro más sereno y sosegado. Esa Ibiza se puede recorrer en bicicleta, en contacto con la naturaleza y a plena luz del día. Descubrirla de esta manera slow, al ritmo que marca el pedaleo, permite constatar que la isla blanca también está hecha para las almas tranquilas. 

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Ibiza

Foto: iStock / Cala Mastella

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Ibiza a pedales

Por su relieve con suaves desniveles, el clima templado y una variedad de paisajes que alternan calas, acantilados, lagunas y bosque mediterráneo, la mayor de las Pitiusas, declarada Patrimonio de la Humanidad por su diversidad y cultura, resulta ideal para ser explorada en bicicleta. Más de 20 rutas señalizadas vertebran este territorio que dista unos 40 kilómetros entre los extremos más alejados.  

En el sur de la isla, a la magia de la capital se le suman las playas más extensas, los enclaves más populares y las vistas que mejor definen la esencia de Ibiza. Puede que el norte sea más salvaje, pero en la parte meridional no solo se encuentran rincones cargados de magnetismo, sino también el mejor atardecer ibicenco. 

Ibiza

Foto: Getty Images

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Dalt Vila y la historia de Ibiza

La ruta arranca en Dalt Vila, el barrio antiguo de la capital, amurallado y elevado sobre un promontorio que conserva intacto su sabor medieval. Aquí, a un paso del glamur de los yates y de las tentaciones nocturnas, reside la Ibiza que mejor muestra la superposición de las culturas que pasaron por ella (fenicios, púnicos, romanos, árabes, catalanes…) y cuyas murallas tuvieron que reforzarse en el siglo XIV tras el ataque de Pedro el Cruel y de nuevo en el XVI.  

Ibiza

Foto: Shutterstock

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Pedalear entre patrimonio

Hay quien preferirá dejar la bicicleta a un lado para abordar a pie el dédalo de callejuelas que trepan por la colina. Pero también quien opte por afrontar pedaleando las empinadas cuestas que conducen a la Catedral, la Almudaina, el Palacio Episcopal y el Museo Arqueológico. Entre tanto, se puede hacer alguna parada para asomarse al mar desde los baluartes renacentistas.

Ses Portes. Ses Salines

Foto: iStock

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Rumbo a Ses Salines

Nada más abandonar la capital, aparecen las primeras calas, todavía de carácter urbano y muchas flanqueadas por hoteles: Talamanca, Ses Figueretes y, un poco más al sur, la animada Playa d’en Bossa, no precisamente indicada para quienes busquen paz. Conviene mejor avanzar siguiendo la línea costera hasta el Parque Natural de Ses Salines, que también comprende el norte de Formentera. Aquí se puede emprender una ruta entre los estanques, donde unas 200 especies de aves se detienen para nidificar en el transcurso de sus migraciones. Así, admirando la riqueza de ecosistemas, se llega a la torre de defensa de Ses Portes, erigida en el vértice de dos playas imprescindibles: Ses Salines y Cavallet. Sus aguas, de una transparencia infinita, albergan gran parte de las praderas de Posidonia oceánica que envuelven a estas islas, un tesoro viviente de 8 km de longitud y más de 100.000 años que la Unesco declaró Patrimonio Mundial.   

Sa Caleta

Foto: iStock

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Calas irresistibles

La ruta continúa por el litoral hasta Sa Caleta, donde además de un yacimiento arqueológico con restos del primer asentamiento fenicio del siglo VIII a.C., a corta distancia encontramos Cala Jondal, de belleza asombrosa: una ensenada resguardada entre acantilados que tiene la particularidad de no ser de arena sino de còdols, cantos rodados, pulidos y de gran tamaño. 

Sa Talaia

Foto: Shutterstock

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El mirador más alto de la isla

Llegados a este punto, será ocasión de dejar por un tiempo la costa para pedalear tierra adentro y descubrir esa otra faceta de la isla que descansa en un interior rural y montañoso, tapizado de bosques de pinos y sabinas, valles fértiles y campos donde crecen olivos, algarrobos, enebros, jaras y chumberas. Esto es lo que se ve mientras se avanza hacia el monte Sa Talaia, el más elevado de Ibiza (475 m). Los que gocen de excelente forma física –y una buena bicicleta de montaña– pueden ascender a la cima y disfrutar del mejor mirador, desde el que no solo se alcanza la silueta de Formentera, con su anillo de aguas turquesas: en los días más claros se llega a divisar el recortado litoral de Valencia.

Hay que dejar el interior para regresar a la costa, ya en el extremo sudoeste de la isla, porque la meta de la ruta es despedir el día con un buen atardecer. Antes conviene detenerse en el que tal vez sea el rincón más onírico de Ibiza. Se llama Atlantis, como la mítica ciudad griega que desapareció engullida por las aguas, y es una suerte de cala secreta con rocas talladas de forma rectilínea, en bloques, pues de aquí se extrajo el marés con el que se edificaron las murallas de Dalt Vila. El resultado es un escenario en el que el agua se cuela entre las rocas  vaciadas, las inunda y da lugar a  apacibles piscinas naturales. Nada extraña que en los años 60 fuera un refugio de hippies, quienes dejaron en la piedra mensajes con su doctrina de paz y amor.  

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El secreto mejor guardado

Hay que dejar el interior para regresar a la costa, ya en el extremo sudoeste de la isla, porque la meta de la ruta es despedir el día con un buen atardecer. Antes conviene detenerse en el que tal vez sea el rincón más onírico de Ibiza. Se llama Atlantis, como la mítica ciudad griega que desapareció engullida por las aguas, y es una suerte de cala secreta con rocas talladas de forma rectilínea, en bloques, pues de aquí se extrajo el marés con el que se edificaron las murallas de Dalt Vila. El resultado es un escenario en el que el agua se cuela entre las rocas  vaciadas, las inunda y da lugar a  apacibles piscinas naturales. Nada extraña que en los años 60 fuera un refugio de hippies, quienes dejaron en la piedra mensajes con su doctrina de paz y amor.  

Cala d'Hort

Foto: iStock

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El mejor atardecer

Tras Atlantis, cuyo acceso requiere circular por un camino de grava y después abandonar la bicicleta para descender entre las piedras, el viaje continúa por Cala d’Hort, una playa de fina arena blanca y aguas cristalinas donde el baño resulta reconfortante. Tanto como sus vistas, puesto que es aquí donde se contempla la más escénica puesta de sol de la isla.  

En Cala d’Hort, el hipnótico islote vecino de Es Vedrà se alza en el horizonte. Así, conforme avanza la tarde, las paredes se van tiñendo de un tono cobrizo mientras que el agua adquiere también destellos dorados. Es entonces cuando los kayaks, desde su posición privilegiada, se sitúan en primera fila: el espectáculo consiste en ver cómo una bola de fuego se oculta por detrás del mar.

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