Francia insular... y cercana

Île de Groix: lo mejor de Bretaña en una isla

El océano y la roca se unen en este pequeño rincón bretón que sorprende por sus playas, puertos, senderos y villas, con su gastronomía como colofón.

 

"Groix, una verdad palpable de ocho kilómetros de longitud por cuatro de anchura, es adictiva. Cuando el barco pasa entre los dos semáforos de entrada de Port-Tudy y atraca, uno revive”, escribió Lorraine Fouchet. Y lo cierto es que este peñasco de Bretaña, como lo define en ocasiones en sus novelas, tiene ese aire de postal que planta como una semilla la idea de volver desde que se desembarca del roulier (ferry) en un puerto lleno de vida.

Una semilla que crece a cada hora que pasa descubriendo su historia a través de dólmenes, fuertes de guerra y tumbas vikingas, donde los senderos dirigen los pasos por recovecos donde ninguna foto podría salir mal. Entre acantilados, faros, playas y prados, casas aisladas y pequeños pueblos, la naturaleza de su paisaje y la hospitalidad de sus habitantes confirma el proverbio isleño: “Ver Groix es como ver la alegría”.

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©E.LEMEE-LBST.2020-2025 Groix DSC1802. Bienvenidos a Groix

E.LEMEE-LBST.

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Bienvenidos a Groix

Enez Groe, para los groiseños que siguen fieles al bretón y a su propio dialecto, es de esas islas que reconcilian a cualquiera con el mundo, donde nada queda lejos y su par de miles de vecinos se conoce a la perfección. A pesar de ser una isla tan pequeña y tranquila, sorprende por su importante pasado y por todo lo que da de sí. Su situación marcó la vida de sus habitantes, entregados a las importantes rutas de navegación, a la participación en la Compañía de las Indias Orientales e incluso a la pesca de atún, convirtiendo Groix en el principal puerto atunero de Francia hasta los años 50.

El choque de dos placas tectónicas hace más de 400 millones de años originó este enclave del océano que los geólogos tienen en el punto de mira por sus sesenta variedades de minerales. Entre el oeste, liderado por el faro de Pen Men y una geografía escarpada, y el este, donde el faro de Pointe des Chats marca una costa más suave y playera, se da todo un pequeño y a la vez gran microcosmos donde historia y leyenda dibujan calles sinuosas, casas tradicionales, naturaleza salvaje, conciertos estivales y un universo gastronómico que disfrutar en sus coquetos locales.

Adt-aa6995 R. Una villa cautivadora

R.A Morbihan Tourisme

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Una villa cautivadora

“Cuando no hay agua, se bebe agua. Cuando hay agua, se bebe vino”, solían decir aquí los marineros. En el pasado, la ausencia de dársena obligaba a los pescadores a esperar a la subida de la marea para atracar y poder sentarse en cualquier terraza y beber un buen vino. Por suerte, ese problema ha desaparecido y el animado y pequeño muelle se extiende ante la mirada de los locales que se organizan a su alrededor, siempre llenos de vida.

Para subir al pueblo, una calle empinada despliega coloridas fachadas de art decó de los años 30, un cine familiar e incluso una máquina expendedora de baguettes, que hace las delicias de los más curiosos. En Le Bourg, como se conoce el conjunto de casas más grande de la isla, la veleta de la iglesia muestra un atún en lugar del habitual gallo. Haciendo de eje, a su alrededor, las terracitas de la librería cafetería o la crepería se turnan la atención con tiendas de utensilios, artesanía, complementos o incluso una galería de arte.

©E. LEMEE-LBST.Groix-2018-2023-Groix-Pen-Men (11). Naturaleza por kilómetro

E. LEMEE-LBST

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Naturaleza por kilómetro

Faltan dedos en una mano para contar los artistas que han dibujado esta isla, y no es de extrañar. La paleta de colores no se acaba frente a la variedad de tonos de cada estación: los verdes de la vegetación, los azules y blancos de sus playas, los marrones y ocres de los acantilados y todos los que abarcan sus flores. Al sureste, la zona de la Pointe des Chats, más rocosa, se ampara dentro de la Reserva Natural Nacional François le Bail, que también comprende, al oeste, la punta de Pen Men.

En su faro, que solo se puede visitar en verano, se encuentra la asociación de Les Abeilles Noires, un conservatorio de abejas negras autóctonas, actualmente en peligro, que protege su preservación. En cuanto al escarpado norte, de camino a las preciosas playas de Groix, uno de los lugares que refleja mejor la esencia de esa naturaleza indómita es el Trou de l’Enfer (Agujero del infierno), donde una grieta entre acantilados ruge con ferocidad las notas del océano.

©E. LEMEE-LBST.Groix-Les-grands-sables-6-jpeg. Gran diversidad playera

E. LEMEE-LBST.

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Gran diversidad playera

Desde la más pequeña, junto a Port-Tudy, hasta la más grande, Les Grands Sables, las playas de Groix tienen, cada una, un encanto diferente. Más allá de la diminuta Côte d’Héno del puerto, la playa de Port Mélite, resguardada del viento, es la mejor para aquellos que quieren disfrutar de los deportes acuáticos. Sin embargo, la de Locmaria está cerca de los comercios y servicios y es habitual ver como se alejan de ella barcos recreativos de pesca.

Pero las más famosas de la isla son, sin duda, Les Grands Sables y Les Sables Rouges. La primera de ellas es una de las pocas playas convexas de Europa, con una arena fina y blanca, aguas transparentes y una sorpresa: las corrientes marinas hacen que cada año se desplace casi 100 metros. En cuanto a la segunda, recibe el sobrenombre de playa granate, ya que tiene una alta presencia de este mineral, lo que la hace teñir su arena con tonos rojizos, sobre todo en invierno.

crtb-ae04890 Bestjobers. Senderos sobre ruedas

Bestjobers

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Senderos sobre ruedas

Más de 40 km de caminos se esparcen para volver a unirse a lo largo de este peñón bretón. “Es una suerte vivir en una isla que se atraviesa en apenas diez minutos”, escribía Lorraine Fouchet, y así es, sino fuera porque no hay ninguna prisa para dedicarle a cada rincón el tiempo que se merece. Las numerosas indicaciones y el poco desnivel de su geografía lo ponen fácil para circular entre brezos y aliagas o por calles donde las direcciones se dibujan con pintura blanca en el asfalto.

Cuatro itinerarios circulares se subdividen en senderos interiores con balizas numeradas que llevan al visitante por pequeñas villas, como Quelhuit, Méné y Kerlarda, puertos como el de Saint Nicolás o numerosas muestras de patrimonio local, como la estatua de Jean-Pierre Calloc’h, poeta groiseño muerto en combate y que tiene su propio itinerario. Zonas de picnic se entremezclan con pastos donde las vacas pacen y casas de muros rebozados de donde surgen olores que invitan a probar las delicias isleñas.

©E. LEMEE-LBST.Groix-2018-2023-Groix-Pen-Men (25). Del Paleolítico a los vikingos

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Del Paleolítico a los vikingos

Circulando por la isla es difícil resistir la tentación de hacer algunas paradas para descubrir su rico patrimonio histórico. Más allá de las cuatro capillas y la iglesia que se reparten por Groix, son numerosos los menhires, dólmenes y megalitos que se erigen aquí y allá, dando testimonio de tiempos pasados. Para descubrir más sobre este pequeño pero importante lugar de la costa bretona, nada mejor que visitar su ecomuseo, donde una antigua conservera recoge información sobre la naturaleza pesquera de la isla, sus tradiciones, arquitectura, geografía e historia.

Desde una visita a la Maison traditionnelle Stang Kerlard, una casa tradicional groiseña que acerca al visitante a la vida a principios del siglo XX, hasta la tumba vikinga de Locmaria, hay mucho que descubrir. Lavaderos, fuentes, fuertes como el de Surville, de 1744, que ahora sirve de alojamiento, el campamento galo de Kervédan, búnkeres de la Segunda Guerra Mundial, calvarios diseminados por la isla o los dos faros que atestiguan la presencia de Groix en el océano: los planes no terminan.

crtb-ae04959 Remedios Valls. Una isla gastronómica

Remedios Valls

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Una isla gastronómica

Es increíble que 14 km cuadrados puedan concentrar tanta riqueza culinaria, pero Groix es una sorpresa tras otra. Sin ir más lejos, las altas cafeteras esmaltadas que proliferaban en casas y barcos, las grek, son también el topónimo coloquial de los groiseños. En esta isla, el amor por la mantequilla se materializa en numerosas recetas, como el delicioso pastel Kouign amann, que se elabora en la fábrica de galletas artesanales Ti Dudi, pero también los sabores del océano y los quesos y verduras de agricultura ecológica se cuelan en los menús.

Fumaisons de Groix ahuma desde hace cinco años los ejemplares de cinco pescadores locales, que van desde el pulpo a los mejillones. Maxime, uno de los socios, regenta además el Bistrot Bao, donde se sirve el aceite de langosta que fabrica en la conservera Groix & Nature. Los abulones de la granja de Erwan Tonerre y los caracoles de Kerbus se degustan junto a las cervezas artesanales de la isla o la sidra de La Ferme de Port-Coustic, que acaba de plantar unos viñedos que darán su fruto en unos años. La nota dulce la pone Sébastien Autret en Les Caramels de Groix con sus caramelos, cuya fama le ha llevado a proveer a importantes chefs parisinos.

©E. LEMEE-LBST.Groix-La-pointe-des-chats-1-jpeg. Alegría y salitre

E. LEMEE-LBST

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Alegría y salitre

Cerámicas, dibujos, prendas, jabones y bolsos artesanales marcan los souvenirs de la isla, más allá de su comida. Pero lo mejor que el visitante se puede llevar de la isla es el ambiente que la envuelve. En sus calles y sus restaurantes se oyen las risas y se huele la sal, y las luces de las guirnaldas iluminan las mesas donde isleños y foráneos comen, brindan o cantan juntos, empujados por animadas actuaciones musicales, sobre todo durante el verano y las fiestas.

“El retazo de cielo que hay encima de esta isla no es como los demás. […] los puertos, las calas y los groiseños, todo tiene una autenticidad rara, una formidable potencia”, escribía Lorraine Fouchard. El Festival Internacional de Cine Insular, los paseos en kayak por el colorido Puerto de Saint Nicolas, el Festival de las Abejas, los coros y fanfarrias de la isla, los concursos y las ferias, el baño en el mar de enero y mucho más forma parte de todo aquello que se deja atrás cuando el barco zarpa hacia el continente, que se divisa desde Port-Tudy, y se pronuncia en bretón un adiós y hasta pronto: kenavo d’an distro.

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