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Los imprescindibles de Turín en modo Eurovisión

La cuarta urbe más grande de Italia combina la 'dolce vita' transalpina, el pijerío norteño y el refinamiento francés en un cóctel adictivo para el viajero.

Pocas veces un gentilicio ha definido tan poco a un lugar. Y eso es lo que le sucede a Turín con el apellido italiano, que en este caso es incapaz de aglutinar un ADN difícil de descifrar. Porque la capital de Piemonte es una ciudad ordenada a la par que callejera, racional a la par que apasionada y aperitivera a la par que regia. En sus plazas aún destila aquel pasado capitalino como sede de la casa Saboya que la acerca más al imaginario centroeuropeo y francés que al italiano, pero es cierto que en cualquier café hay conversaciones, manteles a cuadros y un poquito de esa locura mediterránea que la emparenta más con el sur que con el norte. Por eso, la sede de Eurovisión 2022 es un desafío para cualquier escritor... y una delicia para todo viajero siempre que se atreva a transcender sus postales. Estos son sus monumentos y lugares indispensables ordenados de menos a más y según la puntuación de este popular concurso. 

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iStock-1299244566. Porta Palatina

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Un punto para... la Porta Palatina

De aquella Iulia Augusta Taurinorum romana surgió la actual Turín y esta puerta de acceso, más funcional que monumental, es la mejor testigo de aquella época. Tiene su punto fotogénico, su mérito histórico (suma más de 2.000 años en pie) y, desde 2006, preside un parque arqueológico que le ha otorgado un poco más de notoriedad y magnificencia. Además, es el lugar perfecto para comenzar una ruta por el Quadrilatero, un barrio que ha respetado el trazado romano con sus decumanos repleto de cafeterías, tiendas de todo tipo y alguna que otra iglesia portentosa. 

alexander-schimmeck-qSc1RtKinRs-unsplash. Soportales y galerías

Galería San Federico. Photo by Alexander Schimmeck on Unsplash

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Dos puntos para... sus soportales y galerías

Turín no es Bolonia en cuestión de soportales, pero eso no quita que posea kilómetros y kilómetros de estas soluciones arquitectónicas contra la lluvia y el sol. Bajo sus techos, que combinan frescos, falsos mármoles y alguna que otra mampostería inesperada, se extienden las terrazas de cafeterías y restaurantes de forma natural, como si siempre hubieran estado ahí. El punto álgido de estos paisajes públicos está cuando mutan en galerías y emulan a las de su vecino Milán. Son solo tres, pero las tres merecen la pena improvisar un atajo ya que se ubican en el centro de la ciudad: San Federico, Subalpina y Umberto I. 

shutterstock 1191936637. Porta Palazzo

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Tres puntos para... el mercado Porta Palazzo

La capital piamontesa se quita el tufillo a snobismo centroeuropeo de lunes a sábado en la Piazza della Republica. Es entonces cuando surge, como de la nada, el mercado al aire libre más grande de Europa en el que se vende de casi todo, aunque lo más pintoresco son sus puestos de alimentación. Verduras, carnes, quesos, embutidos... un amalgama de colores y de estímulos que hacen salivar en un ambiente animadísimo donde el italiano suena más sureño. Eso sí, para quien busque su versión más domesticada, la coraza de hierro del Mercado Porta Palazzo aporta algo de civismo a este caos y, sobre todo, protección en los días más lluviosos. 

shutterstock 180012800. Piazza Castello

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Cuatro puntos para... la Piazza Castello

Resulta imposible obviar el hecho de que Turín fue capital de un Ducado con ínfulas imperiales. La Casa Saboya estableció aquí su sede desde el siglo XVI hasta el XIX (cuando su linaje se hizo con el reinado de Italia) e hizo de esta urbe una gran capital más, dotándola de palacios y edificios regios que desde 2007 son Patrimonio de la Humanidad. El más notable es el Palacio Real, un edificio que combina con cierta gracia el Barroco con el Neoclasicismo y que destila pura opulencia. Su fachada reina en una gran explanada que, además, acoge otros monumentos inevitables como el Palazzo Madama, un edificio híbrido ya que una fachada aboga la estética saboyana y la otra conserva su aspecto de castillo con el que fue levantado en el siglo XV. En este ágora, en la que confluyen las principales arterias comerciales, sobresale también una de las construcciones más inexplicables y que más amor-odio generan de la ciudad:  la torre Littoria, el complejo de viviendas más alto de todo Turín, un rascacielos racionalista de 1934 con el que dicen que Mussolini quiso sobreponerse al pasado Real de la ciudad. De ahí que, desde entonces, este edificio reciba el apodo de Torre Mussolini. 

shutterstock 1219781182. Duomo y Sabana Santa

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Cinco puntos para... el Duomo y la Sábana Santa

Muy cerca del epicentro turinés se ubica uno de los Duomos más extraños de toda Italia. Lo que primero sorprende de él es su aspecto exterior, en el que combina el Renacimiento pulcro de los mármoles de su fachada con el ladrillo desnudo de su campanario. Pero su principal emblema es la reliquia que se cree que es la Sábana Santa, un textil que se exhibe solo en unas fechas muy determinadas (el año pasado se ostentó por motivo de la COVID-19) y que tiene a su alrededor un negocio de souvenirs religiosos y turismo religioso bastante chocante. Eso sí, la capilla en la que está guardado es una joya de Guarino Guarini que merece, como menos, dejar de ser ateo por un rato. 

shutterstock 789213520. Superga y Venaria Reale

Reggio di Venaria. Foto: Shutterstock

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Seis puntos para... la excursión a Superga y a Venaria Reale

En las inmediaciones de esta urbe sobresalen dos monumentos que merecen un pequeño desvío. El primero es la Basílica de Superga, el enésimo delirio religioso de los Saboya que el arquitecto Filippo Juvarra levantó en lo alto de una colina. Más que por su portentoso aspecto, este complejo merece una visita por su posición privilegiada, en una colina sobre la ciudad que ejerce de mirador natural al otro lado del río Po. 

Justo en el confín contrario se encuentra el conjunto de Venaria Reale, un palacio destinado a la caza y al descanso de los monarcas con el que los Saboya se apuntaron a la moda de tener un Versalles propio. La ocurrencia se quedó a mitad de camino, lo que no quitar que sus pabellones sorprendan con algunas joyas como la deslumbrante Galería Grande también firmada por Juvarra. 

shutterstock 1040869843. Museo Egipcio

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Siete puntos para... el Museo Egipcio

En aquella carrera, tan propia del Romanticismo, por recolectar todo lo relacionado con culturas de la Antigüedad, la ciudad de Turín tiene un papel casi tan importante como el de Inglaterra, Francia o Prusia. No en vano, fue en 1760 cuando el botánico de la Universidad de Turín Vitalino Donati fue enviado a Egipcio por orden del monarca Carlos Manuel III de Cerdeña (duque, también, de Saboya) para recolectar plantas. A su vuelta, más que vegetales, lo que trajo fueron sarcófagos, papiros y estatuas que se empezaron a estudiar y exhibir en un primer museo bautizado como el de la Antigüedad. Décadas más tarde, la ciudad apostó por ampliar su inventario con la compra de la colección del filántropo inglés Bernardino Drovetti, creando así el actual museo egipcio, uno de los más relevantes del planeta por el valor y la cantidad de las piezas aquí exhibidas. 

iStock-182768745. Piazza san Carlo

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Ocho puntos para.. la Piazza san Carlo

Si hay un lugar en el que Turín despliega toda su magnificencia reggia, esa es esta plaza, un desahogo arquitectónico en el centro de la ciudad, un lugar diseñado en el siglo XVII para consolidar el traslado de la capital saboyana a estas coordenadas que el progreso ha dejado a un lado. O, mejor dicho, que le ha colocado en su sitio. Y es que en esta gran explanada (que mide 168 metros de largo y 76 de ancho) resiste como una reliquia, como un monumento en el que no parece pasar nada por la quietud de su ritmo, por la ausencia de coches y grandes eventos en su enlosado y porque resiste a la invasión de terrazas que en el buen tiempo alfombran la ciudad. Solo los triunfos de la Juventus, celebrados con los tifossi en este emblema, la despiertan de su letargo. Pero ojo, la Piazza San Carlo no es un muermo. De hecho, esta joya barroca tiene su propio modo de empleo, que empieza con la contemplación de las iglesias casi gemelas que la cierran, la de San Carlo y Santa Cristina, por el selfie con la estatua ecuestre de Manuele Filiberto de Saboya, por la visita al toro dorado del Caffè Torino, una losa que dicen que da buena suerte y, por supuesto, por el aperitivo en su gran salón, el histórico Caffè San Carlo. 

shutterstock 1090431845. Lingotto

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Diez puntos para... Lingotto y la pinacoteca Giovanni e Marella Agnelli

Llegados a este punto, parecería que Turín es casi más una reliquia de un tiempo pasado con cafés y aperitivos actualizados que una urbe inconformista. Pero nada más lejos de la realidad, sobre todo cuando se abandona el magnético centro histórico y el influjo de los Saboya y aparecen otros barrios llenos de vida. El primero, San Salvario, el patio de recreo nocturno de los turineses y que, junto a la ribera del Po, se llena de conversaciones vespertinas al caer el sol. El segundo, Lingotto, el barrio nacido en torno a la vieja fábrica de FIAT que en los últimos años se ha transformado en uno de los grandes imprescindibles de la ciudad. Su gran icono es, sin duda, la vieja factoría, un edificio racionalista levantado hace 100 años con unas proporcionas inmensas. Sus 500 metros de fachada, casi inabarcable en un parpadeo, tienen una justificación. Y es que en lo más alto, en la azotea, se diseñó un óvalo en el que probar los coches recién ensamblados, una curiosidad que se va intuyendo al subir por las rampas que comunican los diferentes pisos del complejo. Pero aún hay más. Gracias a una serie de intervenciones arquitectónicas lideradas por el premio Pritzker Renzo Piano, los módulos de esta enorme terraza se transformaron para acoger la colección de los históricos dueños de esta empresa automovilística: la familia Agnelli. El resultado es un museo cómodo por su tamaño, curioso por sus vistas a la pista de carreras y asombroso por los cuadros que aquí se exhiben, donde los Canaletto, los Picasso, los Modigliani y los Balla brillan con luz propia. La guinda de este complejo es el museo dedicado al automóvil y el vecino Eataly, el gran mercado de productos italianos que se fundó aquí y que ahora cuenta con sedes en todo el planeta. 

iStock-1367312143. Museo del cine

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Doce puntos para... la Mole Antonelliana y su Museo del cine

Turín es tan particular que su skyline está dominado por uno de los edificios más curiosos de la arquitectura europea. Se trata de la Mole Antonelliana, el sueño de un arquitecto con delirios de grandeza,  Alessandro Antonelli, quien ansió toda su carrera con levantar el edificio más alto del mundo. Y lo logró cuando convenció a la comunidad judía de levantar una sinagoga monumental. Los problemas de construcción de tamaño desafío hizo que el edificio cambiara de manos y que la municipalidad aceptara rematar un monumento que hoy se alza hasta los 161 metros y que es el más alto del centro de la ciudad. El gran aliciente es observarlo en contrapicado, asombrarse por esa mezcla de pericia técnica y materiales vintage y, por supuesto, subir hasta su mirador. Desde él se domina toda la urbe y se mira cara a cara a unos Alpes que a esta distancia resultan poco amenazantes. Y, por supuesto, disfrutar de un interior que en la actualidad está adaptado como Museo del Cine, un espacio fácil de comprender para cualquier viajero y en el que las películas y escenas se proyectan en el interior de esta portentosa cúpula. Una mezcla inesperada que, en cierto modo, sintetiza esa bipolaridad de una ciudad Turín, que no se cansa de llevarse la contraria... y de salir bien airosa de ello. 

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