Francia en modo atlántico

Los inspiradores paisajes del sur de Bretaña

La ruta que bordea la costa desde el golfo de Morbihan hasta la punta de Raz asombra con bahías resguardadas, restos megalíticos y pueblos que han enamorado a artistas de diversas épocas.

Hasta quienes no han ido a Bretaña tienen postales mentales de ella y saben ubicarla en un mapa. Esto se debe a varios aspectos: una identidad propia, pueblos que parecen recién salidos de la Edad Media, delicias gastronómicas como las crepes, la sidra o las ostras, y esa brillante paleta de colores que dibujan sus paisajes marítimos.

A finales del siglo XIX y principios del XX los pintores postimpresionistas quedaron cautivados por la luz y las formas de la esquina noroccidental de Francia. Entre ellos se encontraba Paul Gauguin, fundador de la escuela de Pont-Aven, quien se instaló aquí a los 38 años para cambiar la vida burguesa de París por la calma inspiradora de la Bretaña porque, en el fondo, también él sabía que Bretaña es el mar.

En cualquiera de las pequeñas islas que configuran el golfo de Morbihan sería un placer despertar como náufrago. Los reflejos cambiantes del agua llaman a veleros que fondean, a buceadores que exploran el fondo marino y a nadadores que emulan al navegante Eric Tabarly, mítico aventurero y regatista que decía que los barcos volaban sobre el mar de Bretaña. Tabarly adoraba bordear la península de Quiberon, desplegada en 30 km de costa con playas salvajes entre las que se alternan yacimientos megalíticos y aldeas ancestrales.

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Île de Groix: lo mejor de Bretaña en una isla

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iStock-1369204490. Vannes y sus casas entramadas

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Vannes y sus casas entramadas

En los criaderos de ostras se suceden escenas costumbristas, de otro tiempo. Son las mismas ostras que se anuncian en las pizarras de chiringuitos como La Perle de Quéhan, tienda y restaurante (un genuino bar à huitres) de los productores y del vivero de la Maison Quintin, en Saint Philibert. Aunque resulta tentador hacerse con un traje de neopreno y apuntarse a un curso de submarinismo, también es interesante la opción de sentarse a la sombra que al mediodía proyectan los pinos en los jardines de estos bares, y aprovechar para degustar ostras y sidra, que junto a la mantequilla son otra de las señas de identidad del universo bretón.

Tras una primera toma de contacto con el mar, especial atención requiere Vannes. Basta con pasear por los alrededores de la catedral gótica de Saint-Pierre para convencerse de su encanto. Enseguida saltan a la vista los elementos que caracterizan la casa tradicional bretona, apoyada en los entramados de madera y en la superposición escalonada de los pisos en la fachada.

shutterstock 238771975. Un jardín monumental

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Un jardín monumental

La Puerta de San Vicente, de 1620 y declarada monumento histórico en 1928, conduce al puerto y a las terrazas más refinadas. Desde 1891 vigila su entrada la estatua del dominico valenciano San Vicente Ferrer, patrón de Vannes, cuya presencia es constante en la ciudad. En la Rue Noe, el Château Gaillard acoge el museo de historia y arqueología –solo abre en verano– y un jardín público de lo más colorido. Este palacio proyectado en el siglo xv por Jean de Malestroit, canciller del duque Juan V de Bretaña (13989-1442), conserva el diseño original y el aura aristocrática de su primer propietario.

GettyImages-582289130-ampliat-170. Auray, un puerto histórico

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Auray, un puerto histórico

Escondido al final de una ría, en el pueblo de Auray espera el puerto de Saint-Goustan, crucial durante la Edad Media para el comercio de vino y cereales, y hoy digno de ser fotografiado desde cualquier ángulo. Auray mantiene intactas las calles empinadas y adoquinadas, el puente de piedra, las casas de entramado de madera y voladizos y los animados muelles. Ante este cúmulo de atractivos no es extraño que su nombre se suela acompañar del adjetivo «mágico». Cerca está el siempre concurrido Port Louis, ciudadela del siglo xvii sobre la ensenada de Lorient y antigua sede de la Compañía de las Indias.

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El laberinto de Carnac

Sin alejarse mucho de Auray queda una de las zonas más visitadas de Bretaña: Carnac. No solo por sus playas y salinas, sino sobre todo por sus casi tres mil menhires y megalitos tallados hace seis mil años, que se levantan sobre las landas trazando una línea de más de cuatro kilómetros. Esta es, sin duda, la concentración de megalitos más impactante del mundo. El conjunto incluye las alineaciones de Menec, Kerlescan y Kermario, el túmulo de Saint-Michel y el gigante de Manio (6,5 m de altura). Para incidir en el tema y especializarse, nada como el Museo de la Prehistoria.

GettyImages-150931807. Broceliande, el bosque encantado de Bretaña

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Broceliande, el bosque encantado de Bretaña

No todo es azul en Bretaña, también hay mucho verde. Para empezar el bosque de Brocéliande, tan vinculado a las leyendas artúricas que tiene un Centro de Interpretación sobre el tema. Hayas y robles centenarios, manantiales, una iglesia del Santo Grial y hasta la tumba del mago Merlín se concentran en este bosque a 50 km de Rennes y a 100 de Carnac. La misma atmósfera de mitos y fábulas impregna el llamado Fontainebleau bretón, el Fôret de Huelgoat, más al norte. Bajo el frondoso dosel se esparcen gigantescas rocas de granito de formas redondeadas cubiertas de musgo. Son bosques perfectos para hacer excursiones, con el perfume de la vegetación humedecida y árboles a cuyos pies los buscadores de setas hallan delicias que después se degustan en el plato.

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GettyImages-1167750448. Doëlan, refugio marinero

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Doëlan, refugio marinero

En el extremo occidental de la región de Bretaña, la provincia de Finistère se asoma a horizontes de faros y olas que están a la altura de su nombre. Siguiendo una misma línea iconográfica, conviene detenerse en el puerto de Doëlan, otra postal en un entorno aún más natural. No falta nada: ni las coloridas barcas, ni las cabañas de piedra, ni el Café du Port con vistas al mar y paredes forradas de viejos retratos y reliquias de marineros. Ni siquiera falta ese faro de rayas blancas y verdes tan resultón elevándose en el dique.

Lugar íntimo y protegido, Doëlan es un refugio de pescadores y de navegantes vocacionales en el que los colores del paisaje devienen circunstanciales y cambian con la luz. Por ello, sin duda, supone el mejor preámbulo a Pont-Aven, una de las joyas de Bretaña.

iStock-817363460. Pont-Aven: refugio impresionista

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Pont-Aven: refugio impresionista

Idolatrado por artistas y turistas, este rincón luminoso no admite término medio: o gusta mucho o gusta mucho. Punto estratégico del comercio marítimo desde tiempos remotos, Pont-Aven ha dado muchas alegrías a la economía bretona. El granito azulado de su arquitectura habla de ese pasado próspero. Sin embargo, el impulso definitivo lo dieron los pintores postimpresionistas, que con su presencia ayudaron a situarlo en el mapa de la historia del arte.

Paul Gauguin se instaló en Pont- Aven en 1886 y popularizó la localidad entre los artistas jóvenes hasta convertirla en una especie de atelier a cielo abierto. Su impronta sigue siendo actual, pues en el pueblo hay unas sesenta galerías de arte, más que bistrós. Todavía se puede visitar la mítica Pensión Gloanec, que alojó a Gauguin y luego a otros tantos pintores. Todos quedaron prendados de la luz, los colores, la calma, las gárgolas de piedra, los buenos precios y el misterioso encuentro del río Aven con el océano Atlántico.

iStock-813449658. Pont-Aven en busca de Gauguin

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Pont-Aven en busca de Gauguin

Gauguin halló en Pont-Aven motivos nuevos para sus telas: plazas, mareas, vestidos tradicionales, construcciones seculares, el azul de ultramar y una luz particular. Todo ello le obligó a detenerse, reflexionar y traerse de París paletas, telas y pinceles. Le siguió una colonia de pintores fascinados por la integridad del paisaje que constituirían la Escuela de Pont-Aven.

En el Museo de Bellas Artes de Pont-Aven, en la Place de l’Hotel de Ville, cuelgan obras de Sérusier –autor de la mítica obra realizada aquí y expuesta en el Orsay de París llamada El Talismán, que fue el cuadro arquetípico del estilo–, Émile Bernard o el propio Gauguin. Aquí se entiende lo que supuso la invención del sintetismo, término acuñado por estos postimpresionistas para distinguir su trabajo del impresionismo y marcar la apariencia exterior de las formas naturales, los sentimientos del artista, y resaltar la pureza de los colores y las formas. 

shutterstock 1415329235. Kerascoët

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Kerascoët: el paraíso rural

Entre las formas que encandilaron a los pintores y que fueron motivos de sus cuadros se encontraban las casas tradicionales bretonas. Las mejor conservadas se encuentran hoy en Kerascoët. Este pueblo tradicional de edificios de granito y tejados de paja resulta fotogénico, ancestral y un libro abierto de historia, pues explica la modesta vida de los agricultores que en tiempos medievales subsistían gracias también a la pesca. Es una aldea protegida y considerada como Paysage de Reconquête, «paisaje reconquistado».

shutterstock 2196789767. Concarneau, el tesoro amurallado de Bretaña

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Concarneau, el tesoro amurallado de Bretaña

Concarneau es buen ejemplo de ciudad amurallada ubicada en una extensa bahía. Recorrer la Ville Close a plena luz del día permite contemplar un paisaje en el que resalta el brillo de la piedra de las murallas, que absorben la claridad de modo particular. Estas defensas se levantaron en el siglo xiv sobre un islote rocoso y entre dos puertos para que ahora el visitante transite por ellas más satisfecho que en cualquier otro lugar. La opción de bañarse en la playa de Les Sables Blancs es siempre un acierto, playa típicamente bretona que da respuesta a la fascinación universal por este mar.

Y hablando de cosas irresistibles –y más después de un chapuzón–, es el momento y el lugar de conocer una de las delicias gastronómicas de Bretaña: el kouign amann, literalmente «pastel de mantequilla». El kouign amann se convirtió en un clásico de la repostería a partir 1860, cuando el panadero de Duarnenez Yves-René Scordia, un día, añadió azúcar y mantequilla –siempre abundante en Bretaña– a una masa de pan. Aunque suene redundante –en todos los sentidos, y no digamos como postre– es imprescindible probarla, por ejemplo en la Maison du Kouign-Amann, en Concarneau.

iStock-518873207. Quimper, la orgullosa capital de Finistère

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Quimper, la orgullosa capital de Finistère

Quimper es la capital de la región de Finistère, motor cultural y económico. Todo gira alrededor de la catedral de Saint Corentin, lo más representativo del gótico en Bretaña y cuyo campanario está abierto al público. En este centro mezclan muy bien el bullicio con el vestigio medieval, visible en las casas de entramados y en las calles empedradas que se van estrechando. El museo de la Faience homenajea la tradición a través de su colección de 500 cuencos típicos bretones, que representan tres siglos de cerámica popular y de una variedad de formas y de elementos decorativos sorprendentes.

Quimper significa «confluencia» en bretón, y ello se debe a la unión de los ríos Odet y Steir. La intelectualidad se da cita en el café-librería Le Bistrot à Lire, los espíritus libres en el Jardín de la Retraite, los amantes de la música anotan en rojo las fechas de julio para no perderse ningún concierto del Festival de Cornuailles, que en 2023 cumplirá cien años... Y todo el mundo, cómo no, se termina encontrando en la Place au Beurre, la plaza de la mantequilla, voilà, no podía faltar.

iStock-815292526. Locronan, el idilio rural de Bretaña

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Locronan, el idilio rural de Bretaña

En Bretaña hay dos aspectos que se valoran enseguida, uno es la falta de aglomeraciones y el otro, las panorámicas ya sean del mar o del interior que se consiguen desde enclaves elevados. Un buen ejemplo de ello es Locronan, un pueblo que entra por los ojos desde el primer momento, pero aún más si se observa desde el mirador de Menez Lokorn (en bretón, Montaña de Locronan). Siempre vale la pena culminar sus 285 m de altura solo para admirar las vistas: ahí están la bahía de Douarnenez, el cabo de la Chèvre y la llanura de Porzay.

Bajando de la colina hay que buscar la Silla de San Ronan, el fundador de Locronan. Se trata de un megalito de granito que suele pasar desapercibido. Con 13 m de circunferencia y 1,30 m de altura, está envuelto en un aura de leyenda que mezcla al santo con sus periplos evangelizadores. Los residentes locales tratan de hacer impracticable el acceso para preservar la dimensión sagrada del enclave. Por esa misma razón, Locronan se resiste a proponerse como Patrimonio Mundial por la Unesco.

shutterstock 248876014. Locronan secreta

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Locronan de cine

 

Al pasear por Locronan, enseguida se entiende que sea un lugar sumamente turístico y, nunca mejor dicho, de cine. La memoria encuentra escenas de Tess, la película que Polanski rodó aquí en 1979, complicada historia de amor protagonizada por Natasha Kinski. Locronan es quizá demasiado perfecto, pero eso nunca ha molestado al viajero, acostumbrado a sacar partido y a humanizar incluso la más radiante arquitectura de granito. También proliferan en el recuerdo escenas de Largo domingo de noviazgo, el estupendo homenaje al amor ambientado durante la Primera Guerra Mundial de Jean Pierre Jeunet, que también optó por este escenario de piedra para su película de 2004, con Audrey Tatou y Gaspard Ulliel.

La catedral de Saint Ronan, edificada en 1420 y coronada por una peculiar torre cuadrada, es el emblema de Locronan. Por mucho que guste el arte, en el paseo por la villa más antes que después se acabará sucumbiendo a los dulces encantos gastronómicos de la panadería Le Guillou. Y seguramente también a los de Ar Billig Tom, una imbatible crêperie gourmande en la que hay que comer como mínimo una galette (crepe salada), elaborada con masa de harina de trigo sarraceno, y después una crêpe (de harina blanca y relleno dulce), evidentemente regadas con una sidra local, fría, mientras suenan de fondo las gaitas de la música tradicional bretona.

shutterstock 132094370. Punta de Raz

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El fin del mundo en Punta de Raz

Otra altura a tener en cuenta en Bretaña es la que ofrece el faro de Eckmühl, uno de los más altos (hay que subir 290 escalones) y míticos, y que además tiene la buena costumbre de abrir al público al atardecer, por lo que suele suele congregar a no pocos visitantes dispuestos a ver la puesta de sol.

Es hora de poner rumbo a la Punta del Raz, el enclave exacto en el que la palabra Finistère revela su verdadero significado. Esta reserva natural invita a estirar y a apurar la tarde atendiendo al paisaje y a las distintas intensidades del viento. Nos hallamos en una de las costas más salvajes de Europa y la desconexión del mundo que palpita en ella justifica el viaje. Aquí se despliegan playas, opciones de senderismo o misteriosas islas como la de Sein, a la que se organizan excursiones en barca, y el faro de Ar Men que, desde su islote rocoso, lleva más de 150 años enfrentándose a los embates del oleaje atlántico.

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