¡Bella Liguria!

Italia insospechada: de Génova a Parma a través de Cinque Terre

Este viaje desde la portuaria Génova hasta la medieval Parma discurre al filo de acantilados con pueblecitos marineros y atraviesa altas montañas, mientras nos descubre una Italia diversa 
en paisajes y rica en matices artísticos y gastronómicos.

En 1984 el cantautor y poeta genovés Fabrizio de André lanzó Creuza de mä, un álbum sobre la tradición de Liguria que la revista Rolling Stone incluyó en su lista de los diez mejores discos italianos. De André compuso las canciones en genovés, un dialecto del ligur (una lengua romance) que para él era «la lengua del sueño», un idioma común a todos los pueblos del Mediterráneo. Creuza de mä significa algo así como «pequeña calle que lleva al mar desde la montaña» y habla de los ligures, un pueblo de pescadores y marineros. Porque Génova está encajonada entre el verde del monte y el azul del mar, de los que emanan la sensibilidad, fragilidad, poesía y espontaneidad que han configurado su historia y el sinfín de cicatrices que la hacen única. 

Génova invita a entrar. De hecho, su nombre podría proceder de ianua, que en latín significa «puerta», pues en época romana más allá de la ciudad empezaba la Galia. Otra teoría apunta a Jano –origen etimológico de «enero» en muchas lenguas europeas–, el dios romano con dos caras, como Génova, asomada al mar y rodeada de montes.

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Génova

Foto: iStock / Génova

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¡Bienvenidos a Génova!

El centro antiguo es un hermoso bullicio de arte y vida. Palacios renacentistas como el de Spinola o el Ducale, y plazas armoniosas como la Piazza delle Erbe o la de San Donato surgen durante el paseo por los caruggi, callejuelas llenas de trattorie que sirven focaccia y pasta al pesto, la mítica salsa de la ciudad a base de albahaca, ajo, limón, parmesano, aceite de oliva y piñones. Tocando al mar se halla el Acuario, con los recientes retoques del arquitecto Renzo Piano, y la Lanterna, el faro construido en 1128 que da nombre el derbi futbolístico Sampdoria-Génova. 

La Lanterna evoca el esplendor de la República Marinera de Génova (siglos XI-XVIII), cuando el mar era su principal fuente de riqueza. Siglos antes de fundar el club de fútbol argentino Boca Juniors, los genoveses ya habían dejado su huella por todo el Mediterráneo y Oriente Próximo. Primero se aliaron con Pisa para derrocar a los piratas sarracenos, después ayudaron a los cristianos en las cruzadas y regresaron con importantes cargamentos de seda, pieles y especias. Fueron aventajados en todo. Génova llegó a ser un emporio comercial que rivalizaba con Venecia y Pisa por el dominio de los mares Negro y Mediterráneo. En una de las múltiples batallas que libró contra sus vecinas, hacia 1298, Marco Polo fue detenido y estuvo en prisión, donde escribió –más bien relató al escritor Rustichello de Pisa– las memorias que después aparecerían en Il Milione o Libro de las Maravillas. 

Palacio Rojo. Los palacios de Génova

Foto: Shutterstock / Palacio Rojo

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Los palacios de Génova

En la Via Garibaldi se encuentran el Palacio Rojo, el Blanco y el Doria Tursi, tres joyas tardorrenacentistas que exhiben violines del compositor italiano Niccoló Paganini y obras de Van Dyck, Caravaggio, Rubens, Durero y el Veronés, entre otros. El puerto viejo, la catedral de San Lorenzo –consagrada en 1118, la leyenda dice que custodia el Santo Grial–, el museo del mar Biosfera que recopila la vida de Cristóbal Colón y su viaje a América, además de los 42 Palazzi dei Rolli –palacios que obligatoriamente debían alojar a las personalidades que visitaban la ciudad y que hoy son Patrimonio Mundial– completan este primer eslabón de un viaje que seguirá rumbo sur hasta Cinque Terre. 

Camogli

Foto: iStock

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Camogli, el mar de invierno

A lo largo de la costa aparecen poblaciones de visita irresistible, como Rapallo, Portofino y, sobre todo, Camogli, el «mar de invierno» para los milaneses por su clima templado. Con su basílica de Santa María Asunta asomada al muelle, este antiguo pueblecito de pescadores es el punto de partida de un sendero que conecta con Portofino por San Fruttuoso (10 km, 500 m de desnivel). 

Manarola. Cinque Terre

Foto: Getty Images / Manarola

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Las fascinantes Cinque Terre

Deliciosa, singular, sostenida en el cielo… Liguria se detiene, y con ella probablemente todo el país, en Cinque Terre. Este archipiélago de cinco pueblos que caen en racimo sobre el mar desde recovecos abiertos entre los acantilados recibió la declaración de Patrimonio Mundial en 1997. Los primeros enclaves habitados fueron Monterosso y Vernazza, que se remontan al siglo XI y al Imperio Romano, respectivamente. Corniglia, Riomaggiore y Manarola se desarrollaron bajo la hegemonía de la República de Génova, por eso están llenos de torreones que otrora sirvieron como defensa ante los ataques otomanos. 

Cinque Terre

Foto: iStock / Vernazza

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Entre el mar y la montaña

Monterosso es la zona de playas por excelencia, mientras que Vernazza destaca por sus casas-torre –destaca el Torrione del Belforte–, encastradas en una pared rocosa que hacía las veces de fortín y que hoy proporciona vistas sobre esta costa bañada en una profusión de luz y color. Monterosso conserva la huella de la familia Obertenghi (siglo X), que cuidaba y nutría sus multicolores viñedos situados entre el castillo y el antiguo puerto. Cerca de allí se levanta la iglesia de Santa Margherita di Antiochia (siglo XII), la guinda a un pueblo de casas color pastel que contrastan con el azul marino. 

Vernazza

Foto: iStock / Vernazza

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¿Cómo visitar las Cinque Terre?

Los cinco pueblos se pueden recorrer en coche y también a pie a través del Sentiero Azzurro, de 12 km –se requiere la tarjeta Cinque Terre Card, que incluye transporte público–, o bien en barca desde Portovenere y La Spezia. Otra opción es el tren, un medio de locomoción que en el siglo XIX sacó a las aldeas de su aislamiento. Ese desarrollo no siempre trajo progreso. De hecho, a partir de ahí fue cuando la gente del lugar tuvo que emigrar al extinguirse oficios tradicionales y manuales de toda la vida ligados a la agricultura.

Situado a 800 m de altitud, el macizo rocoso de Cinque Terre está expuesto al sol pero protegido del viento del norte, es fértil y rico en viñas y olivos. Su parque nacional está surcado por numerosas rutas senderistas que descubren un fascinante paisaje. La que va de Monterosso hacia el interior enamoró al escritor y poeta Eugenio Montale, premio Nobel de Literatura en 1975, con su combinación de mar y rocas jurásicas entre las que se refugian erizos, reptiles, zorros y plantas aromáticas como el tomillo, el romero o el espliego, además de alcaparras, encinas, limoneros o pinos. Riomaggiore cuenta con otro sendero destacable, el que conduce al Santuario de Nostra Signora di Montenero, una iglesia de principios del siglo XIV cuyos frescos de la Virgen se realizaron en el XVI, según una leyenda.

shutterstock 1938612661. Rumbo al castillo de Malaspina

Foto: Shutterstock

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Rumbo al castillo de Malaspina

Prosiguiendo por la costa en dirección sur y antes de desviarnos rumbo a las montañas que nos separan de Parma, emergen con fuerza dos enclaves de visita ineludible: el puerto de La Spezia, con su fortaleza de San Giorgio, y el castillo de Malaspina, que domina el centro de Massa, en medio de colinas rocosas que cierran el valle del torrente Frigido. Estamos en la Toscana y, como las amuralladas Cortona, San Gimignano o Monteriggione, en el interior de la región, los pueblos son aquí más toscos y  fortificados. Arte, en cualquier manera, a cielo abierto para acoger luchas fratricidas entre güelfos y gibelinos.

El castillo de Malaspina se remonta al siglo XII, aunque debe su nombre a los marqueses Malaspina di Fosdinovo, que en el siglo XV impusieron su ley en una zona de ducados que siempre fue objeto de deseo por parte de Pisa, Florencia e incluso Milán. La fortaleza resultó esencial en el control del territorio durante siglos y hoy señala el límite del Parque Natural de los Alpes Apuanos, un área protegida que engloba más de 200 km2. 

Alpes Apuanos

Foto: Getty Images / Alpes Apyanos

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Los Alpes Apuanos

El parque está dividido en tres áreas histórico-geográficas: Versilia, en el lado marítimo, Massa Carrara y Garfagnana. Sus montañas de roca calcárea albergan profundas simas y hasta 1300 grutas. La del Viento es una de las más impresionantes que pueden visitarse. Con una temperatura constante de 11ºC, alberga espacios magníficos que se descubren a lo largo de itinerarios guiados, como el Lago de los Cristales, la Sala de las Maravillas y el río Acheronte. Un mundo oscuro, desconocido en el vientre de las montañas.

Después de adentrarnos por las entrañas de las montañas, salimos a la superficie y descubrimos la diversidad del parque de los Alpes Apuanos. Desde los lagos para producir energía eléctrica (Trombacco, Isola Sante, Vaglia, Turritecava), hasta los valles verdes en los que se erigen santuarios venerados desde época medieval, como la ermita dei Calomini y la de San Viano.

En el lado sur se eleva el monte Sumbra (1765 m), un reto para escaladores, y el Monte Forato, un arco de piedra de 15 m de largo y 12 de alto que, según cuenta la leyenda, se originó cuando el diablo se estrelló contra la roca tras salir despedido por un potente guantazo que san Peregrino le arreó desde el otro lado del valle del río Serchio, en las cercanías del pueblo de San Pellegrino in Apua. Otro enclave geológico inesperado son las marmitas de los Gigantes, agujeros excavados en la roca por los arroyos que pueden tener 5 o 6 m de diámetro.

Carrara

Foto: iStock / Canteras de mármol de Carrara

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El mármol de Carrara

En esta misma vertiente de los Alpes se abren las canteras de mármol de Carrara. Explotadas desde época romana, constituyen un ejemplo vivo del aprovechamiento humano de la naturaleza. Carrara y los pueblos cercanos exhiben en sus fachadas la piedra marmórea con que se erigieron y decoraron palacios y templos de medio mundo. El Duomo, la plaza Alberica y el Museo Cívico del Mármol, junto a la Cava de los Poetas en Campocecina, conforman un itinerario cultural y paisajístico con anécdotas como la que explica que Miguel Ángel se proveía de una veta de mármol exclusiva para sus esculturas.

Los Alpes Apuanos presentan una notable biodiversidad. Frente a los picos pelados, sin bosques, de roca viva, las cotas bajas están tapizadas de olivares y, a medida que se gana altura, irrumpen con fuerza los castaños, los pinos, los robles y los arbustos de arándanos, que se utilizan para dulces o digestivos de una gastronomía a base de carne de ternera aderezada con trufa o castañas al horno. 

Pietra di Bismantova

Foto: Getty Images / Pietra di Bismantova

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Inspiración de artistas

Comer y beber, especialmente el vin santo, forma también parte de este viaje descosiendo fronteras regionales y provinciales, enlazando pueblos coronados por castillos, como el de Torrechiara –excelentemente conservado–, dentro ya de la región de Emilia-Romagna. La ruta por esta Italia de mar y montaña se adentra ahora en el Parque Nacional de los Apeninos Toscano-Emilianos, configurado en 2001 a partir de la unión de diversas reservas naturales. El parque cuenta con montañas que superan los 2000 m de altitud, bosques de hayas y castaños, lagos y rocas que parecen talladas por gigantes, como la Pietra de Bismantova, a cuya cumbre de 1047 m se accede a pie en unos 30 minutos.

En el pueblo de San Pellegrino in Alpe merece la pena detenerse a visitar su famoso santuario, iniciado en el siglo XII. Es un lugar anclado en el tiempo, ubicado entre Castiglione di Garfagnana (Lucca) y Frassinoro (Modena). «Explicadme entonces en prosa o versos por qué el cielo es uno solo y la tierra está toda en trozos», escribió Gianni Rodari (escritor y pedagogo italiano del siglo XX) cuando lo visitó por última vez. Quién sabe si de ahí tomó inspiración para su Favole al teléfono (1962), un clásico de la literatura infantil. Unos 50 km al sur queda el Monte Forato, el espectacular arco de roca que agujereó el diablo.

Via Francigena

Foto: iStock / Via Francigena a su paso por la Toscana

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Peregrinación por la Toscana

Otra leyenda sobre san Peregrino nos conduce a Thermae Salonis, el punto donde se detuvo el carro que portaba el cuerpo intacto del santo, una reliquia que se disputaban toscanos y emilianos. El santuario se construyó en una destacada zona termal, que a lo largo de la historia ha recibido la visita de personalidades como el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II, Enrique IV de Francia o el mismísimo papa Alejandro VI Borgia, figura clave en la financiación del gran viaje de Cristóbal Colón a América. Además de los ciclistas y seguidores del Giro de Italia, que suele tener aquí una de sus etapas, el templo recibe visitantes interesados en ver al santo momificado, con los pies mirando a Florencia y la cabeza en dirección a Parma.

El parque de los Apeninos Toscano-Emilianos se ha convertido en un destino estupendo para disfrutar de las actividades al aire libre todo el año. A pie, en bicicleta, a caballo, con un vehículo todoterreno y, en invierno, con esquís por las pistas de su estación de montaña. Cada época tiene su atractivo. Se pueden seguir senderos de pocas horas, de una jornada entera –Monte Losanna, los lagos Cerreto, Abetina Reale, Bocco y Malpasso– o animarse a cruzarlo por la Vía Francigena, el camino de peregrinación (1700 km aproximadamente) que conecta Roma con el norte de Europa desde hace siglos.

Prosciutto di Parma. Los sabores de Liguria

Foto: iStock / Prosciutto di Parla

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Los sabores de Liguria

Y después del ejercicio, nada como disfrutar de los placeres de la mesa. Esta es una tierra de aromas y sabores, de vinos, de lardo (tocino sazonado con romero), de patatas al horno con castañas y trufa negra, de raviolis rellenos… De comida pobre como los ciacci, un plato elaborado con harina de castaña al fuego. Y del mejor jamón italiano, el prosciutto di Parma. 

Tras casi 600 km desde Génova se acerca el final de nuestro camino, o el principio, según se mire. Parma, fundada en el 183 a.C. por los romanos, siempre fue un enclave estratégico de la Llanura Padana, tallada por los caprichos del río Po. Rodeada por campos fértiles para el cultivo de cereal y pastos para las ovejas, en el año 569 fue conquistada por los lombardos y después acogió la sede del ducado.

Etapa clave en la Vía Francigena, la ciudad rebosa de monasterios, la mayoría benedictinos, fundados en torno al siglo IX. Su poder alcanzó tal nivel que incluso tuvo dos antipapas: Onorio II (1060-1130) y Clemente III (1124-1191).

Parma

Foto: iStock / Plaza del Duomo de Parma

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La historia de Parma

En la actualidad Parma es una plácida ciudad que rezuma estilo y arte, pero en otro tiempo fue sede de contiendas entre gibelinos (partidarios del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) y güelfos (partidarios del Papa). Un caldo de cultivo que terminó en 1248 con la derrota del emperador Federico II. En pocos siglos, Parma pasó de mano a mano: de Visconti a los Sforza, y después a la Iglesia. En 1545, el papa Pablo III pretendió que Parma tuviera su propio gobierno. En 1731 la ciudad dejó de estar bajo el control de los Farnese y volvió a ser moneda de cambio entre las diversas dinastías reales europeas.

Napoleón la incluyó entre sus conquistas en territorio italiano y, en 1815, se la adjudicó a María Luisa de Austria, su segunda esposa. Hasta su muerte en 1847, la emperatriz impulsó la recontrucción de viejos barrios y la edificación de complejos culturales como el Teatro Regio, aún en activo y con una programación operística de primer nivel. En 1860 la ciudad fue anexionada al reino de Italia y, en el siglo XX, se erigió como bastión antifascista tras impedir la entrada a la ciudad del general y aviador Italo Balbo en agosto de 1922, en lo que después se denominaría los Hechos de Parma.  

Catedral de Parma

Foto: Getty Images / Catedral de Parma

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Parma a través de los sentidos

Con este historial no resulta extraño que Parma tenga un patrimonio monumental tan rico. Empezando por la medieval Piazza del Duomo, con la cúpula de Correggio, el baptisterio y el campanario. Aquí se encuentran el Teatro Farnese y la Galería Nacional, que exhibe obras de Leonardo, El Greco o Tintoretto. La música es la otra gran baza de Parma. Cuna del director de orquesta Arturo Toscanini, sede del Festival de Verdi, sepultura del violinista y compositor Nicolò Paganini... los museos y teatros líricos de la Casa de la Música exhiben la vitalidad musical de toda la provincia.

Y de la música al cine y a la gastronomía, porque de aquí procede el parmesano, y se come jamón y pasta rellena y se bebe lambrusco fresco. Eso fue lo que cenaron los equipos de rodaje de Novecento, dirigida por Paolo Bertolucci, y Saló, de Pier Paolo Pasolini, el 16 de marzo de 1975 tras jugar un partido de fútbol en el parque de la Ciudadela de Parma. El encuentro pasó a la historia como Novecento vs Centoventi y enfrentó a dos Italias: por un lado, la burguesa de una superproducción cinematográfica; por otro, la obrera que siempre amó a un genio maldito que sería asesinado poco después en Ostia. 

Catedral de Parma