Entre olivos, fortalezas y plazas fascinantes

Jaén: la escapada perfecta para mezclar cultura y naturaleza

Esta provincia es una combinación perfecta entre las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, los campos de olivos dibujados con tiralíneas y las ciudades de Baeza y Úbeda, patrimonio mundial

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iStock-1153203697. Anochece en ¿Italia?

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Anochece en ¿Italia?

Un pedazo de Italia. De antesala, un pavimento de cantos rodados y piedra calcárea que dibuja rombos en dos colores. Sobre él, una iglesia robusta pero de aspecto delicado. Tres ventanas desiguales cerca del coronamiento. Dos pilastras redondeadas en las esquinas que se van afinando conforme suben y acaban adquiriendo el aspecto de un faro marítimo. Recios contrafuertes que llegan hasta el frontón triangular. Y un campanario cuadrado que adopta un aspecto exótico en su cúpula, con forma de cebolla. Las luces de sodio bañan el edificio de naranja, contrastando bellamente con el añil de la puesta de sol.

 

De pronto rasga el aire una frase en andaluz oriental, ese dialecto que vuela ondulado como un treparriscos, y el visitante advierte que se halla en Úbeda y en ningún otro sitio. Se acerca a la piedra y al tocarla y comprobar que arde como una plancha, que está desprendiéndose del calor acumulado por el feroz sol jiennense, reafirma su localización.

shutterstock 749517640. Un pedazo de Italia en Jaén

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Un monumento que bien vale un viaje

A la luz del día, la Sacra Capilla del Salvador es igual de bella, solo que ha mutado al color gris con tornasoles de caramelo en su base. Es la pieza más hermosa de la plaza Vázquez de Molina, el indudable foco de atención de la ciudad. Está en la portada la Transfiguración de Jesús, sí. Pero también aparecen dioses paganos, y no pocos: Anteo, Diana, Eolo, Febo, Júpiter, Marte, Mercurio, Neptuno o Vulcano. Y otra escena infiel que resume los doce trabajos de Hércules. Se trata de un templo funerario muy peculiar, en el que las figuras humanas tienen un papel predominante en la construcción y en el ornamento, con la aparición de atlantes, cariátides en incluso hermas.

 

Las sorpresas no terminan al traspasar la portada plateresca. En el interior, el retablo de madera de Alonso Berruguete, un delirio dorado, mezclado con la reja que lo cierra y el pavimento escaqueado y de formas redondas provocan un ligero vahído en el espectador. Todavía queda, para el asombro, el acceso a la sacristía, una puerta que aprovecha el ángulo recto de dos paredes y se adorna con las efigies del vicio y la virtud, completando una de las obras cumbres del Renacimiento español.

 

La Sacra Capilla del Salvador vale por sí misma un viaje. Pero lo bueno es que en la plaza Vázquez de Molina se arremolinan otros de los edificios que le valieron a Úbeda la declaración de Patrimonio de la Humanidad en el año 2003.

iStock-1188200763. Una eminencia

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Una eminencia

Dicen los topógrafos que Úbeda se halla sobre una eminencia, es decir, sobre una ligera elevación en un paisaje mayoritariamente llano. El nombre le viene de perlas, aunque el ojo profano no acabe de ver la planicie. El esplendor ubetense se remonta al periodo de prosperidad que vivió en el siglo xvi. Durante esa época, aprovechando los fundamentos de la ciudad mudéjar, se levantaron más de 250 casas señoriales, además de palacios y otros edificios que hoy son los que sellan que aquí el Siglo de Oro justifique su nombre.

El viajero está atareado en Úbeda. Si puede, debe escurrirse en el casco viejo por la Puerta de Santa Lucía y, así, ya se hará una idea de la muralla que casi al completo rodea el núcleo antiguo. Algunas partes fueron desmontadas en el siglo xix, y otras, absorbidas por el crecimiento urbano. A partir de ahí, a callejear hasta llegar a la capilla del Salvador o la otra joya de la corona: la basílica de Santa María la Mayor. El principal templo de la ciudad se alza sobre la antigua mezquita, y presenta una mezcla de estilos gótico, mudéjar, renacentista, barroco y neogótico, pues tardó siete centurias en completarse y las modas iban cambiando. Dentro, en el claustro, es famosa la llamada Ménsula del Chupón, en la que se representa en piedra una escena de sexo oral entre… ¡un sireno y un mono!

GettyImages-1196002639. Monumentos (y versos) enlazados

El Palacio de las Cadenas, sede del Ayuntamiento de Úbeda. Foto: Getty Images

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Monumentos (y versos) enlazados

Dicen los topógrafos que Úbeda se halla sobre una eminencia, es decir, sobre una ligera elevación en un paisaje mayoritariamente llano. El nombre le viene de perlas, aunque el ojo profano no acabe de ver la planicie. El esplendor ubetense se remonta al periodo de prosperidad que vivió en el siglo xvi. Durante esa época, aprovechando los fundamentos de la ciudad mudéjar, se levantaron más de 250 casas señoriales, además de palacios y otros edificios que hoy son los que sellan que aquí el Siglo de Oro justifique su nombre.

El viajero está atareado en Úbeda. Si puede, debe escurrirse en el casco viejo por la Puerta de Santa Lucía y, así, ya se hará una idea de la muralla que casi al completo rodea el núcleo antiguo. Algunas partes fueron desmontadas en el siglo xix, y otras, absorbidas por el crecimiento urbano. A partir de ahí, a callejear hasta llegar a la capilla del Salvador o la otra joya de la corona: la basílica de Santa María la Mayor. El principal templo de la ciudad se alza sobre la antigua mezquita, y presenta una mezcla de estilos gótico, mudéjar, renacentista, barroco y neogótico, pues tardó siete centurias en completarse y las modas iban cambiando. Dentro, en el claustro, es famosa la llamada Ménsula del Chupón, en la que se representa en piedra una escena de sexo oral entre… ¡un sireno y un mono!

iStock-1162913817. Por los cerros... hasta Baeza

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Por los cerros... hasta Baeza

Hay que tomar los cerros de Úbeda aunque no se sea cobarde. Se dice que la famosa frase viene del capitán Álvar Fáñez, que se escaqueó de una batalla decisiva por temor, y que alegó haberse perdido entre ellos al aparecer tan campante cuando la sangría había acabado.

Baeza, cocapital de la comarca de La Loma, se halla a tan solo una docena de kilómetros de Úbeda, por lo que no hay excusa alguna para no acudir a esta ciudad que es de la mitad de tamaño –también poblacional– que su «hermana mayor», pero que igualmente acoge tal cantidad de edificios renacentistas que la declaración de Patrimonio Mundial las abarcó a ambas.

Para los sentimentales y amantes de lo bello, además, es el lugar donde Antonio Machado pasó ocho años de su vida y compuso algunas de sus penetrantes poesías, sentado frecuentemente en el Café Mercantil, que ya desapareció. Su huella, sin embargo, está por la ciudad. En placas y monumentos –qué gozo sentarse en el banco donde se reproduce su figura y dejar que te susurre unos versos–. Y su obra flota en el aire.

shutterstock 796000741. Éxtasis renacentista

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Éxtasis renacentista

En el primer peldaño de la escalinata del Ayuntamiento se señala el centro geográfico del antiguo Reino de Jaén. Enclavada sobre tres cerros, a Baeza la riqueza le vino por su producción cerealística, por las harinas, la madera, el azafrán, el vino y el aceite. Ahora el núcleo está cortado por el tajo de espada de la avenida de Andalucía. Al sur de ella se agrupan los principales monumentos, encabezados por el Palacio de Jabalquinto (en la imagen). Lo mandó construir un primo de Fernando el Católico. Su fachada con puntas, clavos de piña, lazos y flores y una hilerita de cinco ventanas alineadas hacen pensar más en la recia Castilla que en la pizpireta Andalucía. Su patio es muy parecido al del Palacio de las Cadenas de Úbeda, de dos alturas arcadas, con multitud de blasones y también un pavimento de cantos rodados, pero con menor presencia en torno a la fuente ornamental.

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Paseos, vistas y plazas

También aquí la catedral se ha levantado sobre los restos de la antigua mezquita. La huella del arquitecto Valdenvira en las capillas Dorada y de San José es espectacular, casi tanto como la custodia procesional que se considera el tesoro más precioso de la basílica. Es un templete de plata de tres alturas que sobrepasa los dos metros y que encierra una escultura del arcángel Miguel. La estatuilla de la Fe corona el conjunto. Por su parte, la Plaza del Pópulo sorprende con el conjunto escultórico de la Fuente de los Leones, que procede de la ciudad romana de Cástulo, en Linares.

Abrasada en verano –como casi toda Andalucía–, Baeza tiene en el Paseo de la Constitución el lugar preferente para deambular al final del día, cuando corre algo de brisa. Guarda la estructura de una plaza porticada castellana. A pocos pasos al noreste está la calle San Pablo, donde un Machado de bronce lee pensativo pegadito al sombrero que ha dejado sobre el banco. Es el momento de acercarse a él: «Don Antonio, que me voy a Cazorla. Usted ya sabe lo hermoso que es aquello».

El campo jiennense, hoy, es el paisaje del olivo. Primer productor del planeta, este rincón de mundo ha conseguido acumular hasta sesenta millones de estos árboles de hoja plateada que, cuando sopla algo de viento, parecen pincelados con mercurio. Es un espectáculo de troncos añosos que más que penetrar en la tierra parecen fundirse con ella. Lomas y lomas, hasta el infinito, de hileras perfectas donde en invierno, y pese a los tópicos, hace un frío del demonio justo en el pico de la temporada en que hay que recoger las olivas.

iStock-521955605 (1). Los castillos que preceden Cazorla

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Los castillos que preceden Cazorla

En el interregno hasta Cazorla, las fortalezas van moteando los lugares elevados, enviando la lección de que en este territorio se libraron duras batallas entre musulmanes y cristianos. Aquí, en 1232, dos décadas después de la batalla de las Navas de Tolosa, casi toda la población fue pasada a cuchillo por los partidarios de la cruz.

Los castillos se hallan en diferentes estados de conservación y tienen desigual potencia, pero coleccionar solo algunos de ellos merece la pena. El de Sabiote es rústico y domina los olivares desde un nido de águila; el de la Yedra está muy entero, con sus torres redondas y cuadradas; el de Canena tiene casi el aspecto de una casa señorial; el de La Iruela exhibe una torre que parece un cohete a punto de despegar; el de Peñas Negras, en Tíscar, es el más fantasmagórico; y el de Segura de la Sierra raya la perfección para rodar una película de capa y espada.

Antes de abandonarse por completo al mundo de la naturaleza desatada, es preceptivo detenerse en Iznatoraf por su medina islámica, una Fez jiennense de callejas enrevesadas pobladas de macetas que son una explosión de flores. Los vehículos no caben en el laberinto medieval, y la sombra fresca en calles encaladas es el tributo a la cultura musulmana que tanto dejó aquí. Su fortaleza se erige como la guinda que corona un emplazamiento idílico.

iStock-928334900 (1). Naturaleza profunda

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Naturaleza profunda

El parque natural de las sierras de Cazorla, Segura y las Villas tiene un nombre largo. Lo vale, constituye el espacio protegido más grande de España, con más de 210.000 hectáreas, y Reserva de la Biosfera declarado por la Unesco.

Un gemido ronco, como de cíclope herido, inunda los valles a principios de otoño. No uno ni dos, sino una sucesión de bramidos profundos, graves se solapan, parecen surgir de las neblinas y hablar de algo ominoso. Sin embargo, es el amor. O el sexo y el poder. Llámenle como quieran, en el mundo animal no cotizan los remilgos.

Dentro de los límites del parque vive una numerosa población de ciervos cuyos machos, ya a principios de septiembre, lanzan esos gritos para poner en alerta a los rivales y también a sus propios harenes. Hay discusión sobre quién se queda con las hembras.

shutterstock 1622786866. Territorio cérvido

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Territorio cérvido

Los ciervos, en tan solo cinco meses, han desarrollado una cornamenta que llega a alcanzar los ocho kilos de peso. Tras un ataque de fiebre primaveral, se desprenden de la antigua y generan una nueva que cada vez tendrá más puntas, será más majestuosa. Y con esa corona como propaganda y sus bramidos, se plantan en la batalla. La berrea es el nombre con el que se conoce esa actividad y esa temporada. Los naturalistas acuden a los miradores estratégicamente instalados cerca de las orillas del embalse del Tranco y siguen los movimientos de los ciervos, que mugen, corretean en torno a su harén, le enseñan su cornamenta a los rivales… y solo raramente se enzarzan en peleas, pues con las bravatas basta.

GettyImages-702649461. Naturaleza se mire por donde se mire

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Naturaleza se mire por donde se mire

En el parque de Cazorla, un terreno de configuración calcárea, quebrado, los antiguos bosques de roble y encina dieron paso al pino laricio, más interesante para el comercio. Se trata del territorio español donde más abundante y fácilmente se puede ver grandes herbívoros. No es extraño que en una jornada de pegar los prismáticos a los pómulos se tengan bellas visiones de muflones, gamos, cabras montesas o jabalís. Además del reintroducido quebrantahuesos –que se había extinguido y ahora cuenta ya con más de 40 ejemplares residentes–, águilas culebreras, águilas reales y multitudes de otras aves, muchas de las cuales levantan el vuelo justo en la época de la berrea. Pero no asustadas por el ronquido del ciervo, sino porque este indica que ya nos hallamos en el cambio de estación, tiempo de ir hacia los cuarteles de invierno en tierras cálidas, más allá del desierto del Sáhara.

Los naturalistas empecinados, sin embargo, más que levantar la vista al cielo suelen culebrear por las rocas, buscando los endemismos de Cazorla, Segura y las Villas. Entre la fauna, la lagartija de Valverde, un reptil único descubierto en el año 1958. Es pequeñaja, escuálida y tiene el color del oro viejo. Y por si sus características no fueran singulares, el nombre científico (Algyroidis marchi) se le puso en honor de un banquero, contrabandista y financiador del golpe de estado de 1936.

shutterstock 426186097. Paraíso botánico

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Paraíso botánico

Aunque si por algo destaca este espacio protegido es por la riqueza botánica, con más de 1300 especies de plantas vasculares clasificadas, una quinta parte de todas las que crecen en la Península Ibérica. Entre ellas, reliquias posglaciares como la violeta de Cazorla o la carnívora Pinguicula vallisneriifolia, que con un pegamento natural atrapa los insectos que rondan los acantilados calcáreos sobre los que se afianza. Además, se dan el narciso más grande y el más pequeño (Narcissus longisphatus y hedraeanthus, respectivamente) de toda la Península, dos delicadas flores amarillas. Hay más plantas únicas de esta zona, que los aficionados buscan como niños en pos de huevos de Pascua.

En el paseo diletante por Cazorla, sin embargo, el viajero tiene escenarios menos específicos. Se fijará en la rectitud y grandeza del pino laricio, introducido aquí para proporcionar madera con la que levantar catedrales y armar barcos de guerra; hasta el punto de que esta zona de Jaén fue declarada Provincia Marina entre 1748-1836.

No es del más antiguo, pero sí el más llamativo: hay que buscar, entre los laricios, el Pino Galapán, un ejemplar de 600 años, espigado y buen mozo pese a su edad, que alcanza los 40 m de altura y los 17 m de perímetro de tronco. Empequeñece a los senderistas que se adentran por las cercanías del arroyo de Juan Fría.

Seguir el sendero GR-247, que lleva el nombre de Bosques del Sur, es una manera exhaustiva de conocer todos los hábitats del parque, desde las hondonadas del Tranco a los casi desérticos Campos de Hernán Perea, del nacimiento del Guadalquivir al del Segura. Este camino señalizado y habilitado con hasta once refugios ofrece una gran aventura circular para caminantes inveterados que no teman enfrentarse a los 479 km de itinerario (21 etapas) con el premio de transitar por la superficie arbolada más extensa de España. ❚

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Jaén: la escapada perfecta para mezclar cultura y naturaleza

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