Una espina, un olivo y una algarroba

Montroig, el patio de recreo de Joan Miró

El pintor veraneó 65 años en su casa familiar de esta pequeña localidad de Tarragona que inspiró el famoso cuadro ‘La Masia’ y el resto de su obra.

La columnista de Vogue Nanny Simón publicó en 1966 un reportaje peculiar del pintor catalán Joan Miró. En él hablaban de arte, claro, pero también de gastronomía y agricultura. “¿Cuáles son sus platos favoritos?”, le inquiría: “Me gusta la cocina payesa. La comida es algo muy serio, sobre todo desde el punto de vista poético. Soy anti Cordon Bleu, me parece demasiado similar a La Sorbona. Me disgusta sobremanera la salsa bearnesa, lo que, a la larga, explica mucho de mi pintura”, respondía el maestro surralista. Miró se refería al pan rústico, a las olivas arbequinas, al empedrat de mongetes, a la sanfaina y a la xatonada (ensalada de escarola, atún y anchoas con salsa romesco). Todos, platos campechanos. Todos, platos sin ínfulas. Con algunos, el célebre José Andrés le homenajeó en 2012 en el Garden Cafe Catalonia, uno de los restaurantes de la National Gallery en Washington DC.

Montroig

Foto: iStock

Miró

Érase un contable

Miró iba para contable. Su padre, Miquel, le hizo formarse en comercio para ser “alguien en la vida”. Aun así, en 1907 consiguió que le matriculara por las noches en la escuela de arte y diseño de la Lonja de Barcelona. De día, era el respetable contable de Dalmau i Oliveres. De noche, aprendía de sus maestros: Modest Urgell y Josep Pascó marcarían su pintura. En 1911 la fiebre tifoidea lo empuja a un retiro de dos años en la masía que su padre había comprado a los marqueses de Montroig en el Baix Camp tarraconense. Allí decide que lo suyo eran los lienzos y no las calculadoras.

“Toda mi obra está concebida en Montroig”

Lo dejó escrito. Y fue tal cual. Miró era un enamorado de la cocina y del campo desde sus años mozos. Admiraba la paciencia de los agricultores, su tesón. El saber que el campo todo te lo da y todo te lo quita, si la cosa va mal. Lo demostró en El granjero, también conocido como El agricultor, el primer cuadro (cercano al fauvismo primario) que expuso; trazos gruesos y brochazos burdos. Era 1918 y tenía unos tiernos 25 años. Formó parte de su primera exposición en las Galerías Dalmau donde presentó casi 200 obras. No vendió ni una. Tampoco tuvo suerte en París donde expuso en la Licorne.

La Masia

La Masia.

Foto: Cordonpress

Tres años más tarde, aquella casa pairal de la familia se convirtió en su inventario rural; la puso en el centro de toda su creación artística y fue su primera obra maestra, La masia (1921-22). El cuadro hoy figura en la colección de la National Gallery, tras haber pertenecido a Ernest Hemingway y su valor es casi incalculable. Pero en su momento el novelista fue de los pocos que creyó en la obra de su amigo. En esa época, incluso en aduanas, al registrar las maletas, Miró recibía alguna burla o comentario peyorativo: “¿Eso es un cuadro?”.

Miró-Mas Miró: El aceite, la huerta y las algarrobas

Montroig del Camp fue su lugar de veraneo entre 1911 y 1976. Y a él volvería mental y físicamente en busca de inspiración siempre. También invitaría a sus amistades —al también pintor Vassily Kandinsky o al pianista y compositor vanguardista norteamericano George Antheil—.

Mas Miró y sus alrededores son una suerte de "catedral de la obra mironiana", describe su nieto Joan Punyet Miró. Elena Juncosa, directora de la Fundación Miró, recurre a las palabras de Joan Perucho para ensalzar la importancia de esta casa: "Si hay un nombre que esté estrechamente vinculado a la raíz física de una tierra o un paisaje, este es indudablemente el de Joan Miró. Y lo está tanto —añade— por una conexión de fatalidad, biológica e irrenunciable, como por una mantenida voluntad de que así sea. Raíces físicas (Mas Miró), familiares (orígenes en Cornudella) y emocionales (encontrar una fidelidad de un artista por un lugar como es el caso de Miró es algo excepcional)”.

Si hay un nombre que esté estrechamente vinculado a la raíz física de una tierra o un paisaje, este es indudablemente el de Joan Miró

La atención al paisaje, a los olivos y al campo se mantiene en muchos de sus primeros cuadros. También, una viva preocupación por el color expresivo (se verá más tarde), por la síntesis geométrica y el detallismo natural de las plantas (que recuerda al arte naïf). Todo eso forma parte del cuadro Viñedos y olivos de Montroig (1919), (Museo Metropolitano, Nueva York). También, de La tierra labrada (1923-1924), un cuadro elaborado con 19 apuntes previos pintados entre Montroig y París, que recoge toda esa simbología agraria. Lo inicia en su masía en el verano de 1923. Predomina lo anecdótico y lo fantástico, a veces lindando lo grotesco. Aparecen elementos de La masía, de la cual aprovecha la acequia, los surcos del campo, la higuera, la agave, la cabra, la lagartija, el perro, los conejos, el gallo, el caracol, el periódico... Miró condensa en sus obras ese profundo sentimiento de identidad con la tierra. “No hay que verlo como que dibuja simplemente una calabaza, o un algarrobo –advierte Juncosa—, sino como que los vegetales y animales (las calabazas, las patatas, las raíces, los panales de miel, los animales de la masía...) son la inspiración básica de su obra, formas sencillas que transfigurará, dando lugar a un nuevo lenguaje artístico”.

Ermita de la Mare de Déu de la Roca

Ermita de la Mare de Déu de la Roca.

Foto: Ermita de la Roca

De igual forma, la luz y los colores de Montroig tiñeron su paleta. Del espacio natural de la Ermita de la Roca, hasta la playa de la Pixerota, que pintó en 1916: La platja. Miró hacia cada día un sube y baja hasta la Bahía de Montroig, a 2,4 kilómetros. No es que fuera un atleta, pero le gustaba el contacto con la naturaleza y mantenerse en forma. A veces, incluso hacía el recorrido dos veces. Otras, subía hasta los peñascos rojos de la ermita (documentada en el siglo XIII), donde pintó esta construcción cubica rodeada de olivos centenarios. Perderse entre olivos, sentarse en la huerta a contemplar el cielo definitivamente le inspiraban. Si subís hasta aquí, en el restaurante de cocina tradicional La Cuina de l’Ermita, Eva Guillen y José Eguiluz cocinan un particular homenaje al pintor en su carrillera entre algarrobas y oliveras (plato suculento que bebe de un paisaje que adoraba y produce un aceite de oliva de fuerte carácter).

Miró era goloso. Precisamente, se ha escrito mucho sobre Miró y su amiga la algarroba. Entre el amuleto, la superstición y el fetiche, siempre llevaba una en un bolsillo, es cierto. Incluso, se hacía confeccionar fondillos ocultos interiores para guardar su preciado recuerdo cuando dejaba Tarragona. Ese fruto persa convertido en harina se sigue utilizando en la localidad (es muy abundante el algarrobo) para elaborar pasteles en sustitución del azúcar. En La Cuina de l’Ermita tienen un pastel de algarroba con su crema en deferencia al pintor. En tiempos de celiaquía y recetas #fatfree la algarroba es el aliado de muchos reposteros que buscan ese dulzor natural.

Algarroba

La algarroba es un elemento protagonista en la obra y la vida de Miró.

Foto: iStock

Dulce o salado, ha quedado documentado que al pintor le gustaba comer bien. Pero no fue así siempre. Con frecuencia, durante sus primeros años en París solo comía rábanos y mascaba chicle para engañar al hambre. Miró no era pobre; era terco. Su familia no le apoyaba en eso de dedicarse a la pintura, así que él –muy digno- negaba su ayuda económica. Cuando tenía hambre alucinaba y cuando alucinaba pintaba. El hambre le inspiraba. ¡Y cómo! Curiosamente, su inseparable algarroba fue cobijo de otras inaniciones no tan buscadas: durante la Guerra Civil se usó con profusión para combatir el hambre y la desnutrición en la España más profunda por su alto valor energético.

Picasso, la ensaimada y la metafísica

Pero Francia fue necesaria en su obra y en su vida. Dicen que allí hizo migas con Picasso gracias a una ensaimada que fraguó su amistad en la rue La Boétie (pero eso es ya otra historia). Lo que sí se conoce es que el proceso de síntesis que Miró inicia tras contactar con los surrealistas y dadaístas en la capital gala en los años 20, cambiaría su técnica, pero nunca su temática.

La pintura se debatirá entre su interés aparente por los asuntos prosaicos, que expresa su fijación por la tierra, el mar y el cielo, y la inquietud metafísica que estos encubren. En esta etapa, su pintura ya viaja hacia las constelaciones (será una serie de 23 aguadas sobre papel que creará en 1940) con astros, pájaros y mujeres, temas recurrentes en el artista hasta el final de su vida. Ya se ve algo de eso en Paisaje catalán (El cazador, 1923-24), que es ya un cuadro surrealista. En la parte izquierda, la figura del cazador, con barretina y pipa, solo identificable si se conocen obras de la secuencia Cabeza de campesino catalán (1924-1925), (Galería Nacional de Washington), o Campesino catalán con guitarra (Museo Thyssen). En la parte baja, una raspa de sardina que nos recuerda el hambre, a la que parecen hacer referencia las letras sard a su derecha.

Miró

Miró en su estudio de París alrededor de 1950.

Foto: Cordonpress

La estrella y la tomatera

Para que las tomateras suban se hacen construcciones con bambú. Todo el mundo lo sabe en la huerta de Montrioig. Miró también lo sabía. Y ellas inspiraron su deriva estelar. Un día Miró estaba mirando hacia el cielo, inspirándose, tumbado en el huerto de Mas Miró con las ramas sobre su cabeza. Se dio cuenta entonces de los puntos de unión entre las cañas de bambú y vio una estrella. Comenzó entonces a mirar estas estrellas, a buscarlas y a conectarlas de un modo indisoluble con sus cuadros. Los astros identificarían su pintura en todo el mundo: Montroig es el origen de la estrella de Miró.

Sinfonía de colores y un lagarto

En este lenguaje abstracto, no desprovisto de símbolos, que gesta poco a poco en Montroig el color es un trazo más. Pero, curiosamente, solo se conserva una obra en el municipio. Está en la iglesia vieja, junto a la plaza homónima que el pueblo le dedicó en 1979 con motivo de su última visita. El lagarto de las plumas de oro formaba parte de una serie de 9 tapices que creó con el artista plástico Josep Rollo en una antigua fábrica de harinas de pescado de Tarragona, en el número 1 de la calle Castaños. Uno, de medidas gigantes (6 por 11 metros) estaba en el World Trade Center de Nueva York y desapareció con el atentado del 11S. Los otros 7 están repartidos por todo el mundo en colecciones privadas. La obra aquí expuesta es un inventario de los colores primarios que le inspiraban: el amarillo de las florecillas del campo o de las calabazas que regalaba a sus amigos (las cortaba y hacía formas), también del vi ranci (típico de Tarragona) que tenían en su casa, el rojo de la montaña, el verde de los campos y el cielo azul. Siempre azul.

Joan Miró

Miró en su estudio alrededor de 1970.

Foto: Cordonpress

Más Miró abre al público

Convertida en fundación después de una larga reforma y rehabilitación (de 450.000 euros) y apoyada por la familia, el Ayuntamiento de Montroig, el Gobierno, la Generalitat, la Diputación de Tarragona y un buen puñado de inversionistas privados, Mas Miró acaba de reabrir al público. Se une a sendas fundaciones en Barcelona (la más importante) y Mallorca (la localidad donde vivió sus últimos años y murió). Se ha puesto en valor la casa y el paisaje alrededor que da sentido a su obra. Sobre todo, su primer taller, en una preciosa casa-estudio anexa donde se ha detenido el tiempo: caballetes, espátulas, paletas y delantales originales salpicados con pintura.

También se ha restituido el cultivo original frente a la casa, con una huerta ecológica, con almendros, además de hortalizas de temporada. La visita forma parte de El Paisatge dels Genis (ruta turística por la costa Dorada y las Terres de l’Ebre para descubrir la obra de Gaudí, Miró, Casals y Picasso) y completa el triángulo mironiano que formaron los paisajes y las despensas de Barcelona-Palma-Montroig. Miró decía en aquel reportaje para Vogue que también le gustaban las espinacas a la mallorquina, la créme brulée, la esqueixada y el bacalao a la vizcaína. Mirando su despensa y su obra se sabe que mal gusto no tenía. “Sóc més feliç anant amb suèter i bevent en porró entre els pagesos de Montroig que no a París entre duquesses en grans palaus i amb smòking”, declaraba en una ocasión. Y eso lo resume todo.

“Sóc més feliç anant amb suèter i bevent en porró entre els pagesos de Montroig que no a París entre duquesses en grans palaus i amb smòking”

Mas Miró

Masia Mas Miró

© Fundació Mas Miró

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