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Jordania, mucho más que Petra

Una capital vibrante, ruinas romanas, escenarios bíblicos y desiertos para descubrir con detalle un país fascinante.

El reino hachemita de Jordania forma parte de uno de los espacios geopolíticos más interesantes del mundo. Amman, la capital, dista solo 70 km de Siria, 150 de Arabia Saudí, 330 de Irak y 60 de Israel y los territorios palestinos. Este enclave de Oriente Medio ha tenido gran importancia en la historia tanto oriental como occidental.

Con un 35% de la población de origen no jordano, este país ha sido siempre una tierra de acogida. Habitada desde antiguo por griegos, nabateos y romanos, fue la Tierra Santa de judíos, cristianos y musulmanes. Ya en el siglo xx, Jordania se abrió a los refugiados palestinos –hoy, una parte de la clase media del país–, y a las grandes fortunas de los iraquís exiliados, quienes encargaron construir lujosos hoteles y dotaron a la capital jordana de posiblemente el mayor número de establecimiento de cinco estrellas de Oriente Medio. 

 
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Amman: una capital por descubrir

Amman es en la actualidad una gran ciudad. Como tantas otras que han sido calificadas de feas y sin interés, de ella se dice que no merece la pena. Mienten. Basta con ascender hasta la Ciudadela y contemplar Amman desde las alturas para comprobarlo. Se asienta en la colina Yabal al-Qala, el lugar estratégico donde se emplazó y constituyó la antigua capital de los amonitas, la Rabat-Ammon, tanta veces citada en la Biblia.

Allí, no muy lejos de las columnas del templo de Hércules, construido en homenaje a Marco Aurelio, se admira una hermosa panorámica del casco antiguo, con el Teatro romano y el Odeón. El teatro es el monumento más destacado de Amman y da una idea de lo que tuvo que significar Jordania para Roma. Con capacidad para más de 5000 personas, su restauración muestra una amplia cávea de tres gradas; la visita puede servir como preparación para la ciudad de Gerasa. 

También resulta interesante subir a la zona de la Ciudadela para visitar la Cisterna omeya y el Museo Arqueológico; la primera es una muestra del pasado de la ciudad en el siglo viii mientras que el segundo exhibe piezas halladas por todo el país. Aquí se encuentra, además, el Alcázar omeya, rehabilitado con fondos de cooperación española.

Un paseo por Al-Balad, también llamado Downtown, muestra los comercios y los quehaceres cotidianos de la clase media jordana. No es un zoco pintoresco, ni contiene las típicas escenas orientalistas, pero presenta una ciudad en ebullición que contrasta con la zona alta de Shmeisani, de calles, avenidas y restaurantes espléndidos. 

 
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Una de romanos

En el noroeste del país se localizan la ciudad de Jerash y los vestigios de la magnífica Gerasa de la época romana. El Foro, el Arco de Adriano, el Teatro Sur, el Hipódromo, el templo de Artemisa... sus monumentos son todos de tal magnificencia que permiten imaginar la relevancia de Gerasa entre los siglos II y III, cuando formaba parte de la Decápolis o la asociación de las ciudades-estado romanas de Oriente. Un paseo al atardecer por el Hipódromo –de 245 m de largo, 52 m de ancho y aforo para 15.000 espectadores–será uno de los grandes recuerdos del viaje. Después hay que caminar por el cardo máximo, que cruzaba la ciudad de norte a sur, hasta llegar al templo de Artemisa y al Ninfeo, la fuente dedicada a las ninfas. Las columnas, sometidas a la erosión y al tiempo, tienen marcas de agua que parecen pintadas con ocres y arcillas.

 
Madaba

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Ya no se hacen mapas así

Madaba está apenas 30 km al sur de Amman. Conquistada por los romanos en el año 63 a.C. junto a Gerasa, Madaba vivió su apogeo en el siglo V de la mano del emperador Justiniano, que la convirtió en sede arzobispal. De sus memorables mosaicos destaca el de la iglesia de San Jorge: el Mapa de Tierra Santa, que recoge 150 lugares bíblicos con Jerusalén en el centro, al igual que en la cartografía antigua y medieval, pues se creía que todo se había construido alrededor suyo. En el Parque Arqueológico se conservan los mosaicos de la iglesia de la Virgen y los de la Sala de Hipólito.  

 
Nebo

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un monte bíblico

La subida al monte Nebo es emocionante. Pocos sitios contienen lugares tan míticos. Allí murió Moisés después de su largo exilio, justo al contemplar, por fin, la tierra prometida. Desde sus 817 m se divisan algunos de los enclaves que han conformado el imaginario occidental: a la izquierda el mar Muerto, a la derecha el lago Tiberíades o mar de Galilea y, al fondo, el río Jordán. Esta vista fue la preferida por los pintores viajeros de los siglos xviii y xix.

De la visita al monte Nebo dejaron testimonios valiosos Egeria, viajera gallega del siglo IV, y Alí Bey (Domingo Badía), viajero catalán que de 1803 a 1807 recorrió los países musulmanes del norte de África y Oriente Medio. Para Egeria, subir el monte Nebo era uno de sus deseos más preciados: «donde Dios mandó subir a Moisés diciéndole: “asciende al Monte Arabó, monte Nebó, en tierras de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo doy en posesión a los hijos de Israel, y muere en ese monte a dónde vas a subir”. Así que Dios nuestro, Jesús, que nunca abandona a los que creen en él, también se dignó con ello hacer este favor a mis deseos». Alí Bey dejó una descripción de las vistas, siempre sublimes: «la atmósfera cargada de gruesas nubes amontonadas, dejando escapar algún rayo de sol de trecho en trecho […]  una perspectiva interesante animada por los rebaños».

 
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Sin flotador

El mar Muerto queda muy cerca. Se encuentra repartido entre Cisjordania, Israel y Jordania, y dicen que desde él se ven las luces de Jerusalén. La apropiación de los recursos hídricos es una de las grandes razones de las disputas por este territorio. Situado en una depresión, a 416 m por debajo del nivel del mar, la orilla de este gran lago no deja de retroceder –un metro por año– a causa de la reducción del caudal del río Jordán. La oferta turística, sin embargo, va en aumento. Se puede tomar un baño en una playa y experimentar los efectos de la alta salinidad del agua o recibir un tratamiento con barro en un centro balneario. También conducir por sus bellas carreteras, para ver el mar y los acantilados de Judea, y visitar la Reserva de la Biosfera del río Mujib.    

Karak

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Un alto antes del Tesoro

Karak está de camino a Petra. Conserva una de las fortalezas donde tuvieron lugar las famosas luchas entre Saladino, defensor del islam que quería conquistar los territorios cristianos de Oriente, y los cruzados, miembros de las expediciones europeas que querían recuperar para la cristiandad los lugares en los que había vivido Jesús.

Construida por orden de Balduino I, Karak forma parte de la línea de fortificaciones que unía el mar Muerto con Aqaba a lo largo del Camino de los Reyes. Un itinerario de 350 km, seguido por nabateos, romanos y cruzados, por el que transitaban las caravanas desde Damasco hasta el mar para comerciar. Tras cuatro años de lucha, la población se rindió y fue conquistada por Saladino. La visita de la ciudadela permite contemplar varias transiciones arquitectónicas, sobre todo las diferencias entre las partes construidas por los árabes y las de los cruzados. Desde el museo arqueológico y sus torreones hay unas vistas que invitan a imaginar el resto de las fortalezas, prácticamente desaparecidas, y las relaciones que guardaron entre ellas.

 
Petra

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Un sueño viajero

Petra, 130 km al sur de Karak, es el destino más impresionante del viaje por Jordania. Pocas ciudades han integrado su arquitectura tan perfectamente al entorno natural como esta antigua ciudad nabatea. Si solo se dispone de un día para visitar Petra, hay que madrugar y entrar a la hora de apertura y dedicar las horas hasta el cierre a recorrer el máximo que se pueda de sus 10 km2, 800 enclaves y 500 tumbas. La ciudad alcanzó con los comerciantes nabateos su máximo esplendor en el siglo vi a.C., bajo el reinado de Aretas IV, cuando tenía 30.000 habitantes. Tras su «descubrimiento» por el suizo Jean Louis Burckhardt en 1812, se convirtió en un imán para aficionados y estudiosos de Oriente. Petra fue dibujada por los románticos David Roberts, William Blake y Jean-Léon Gérôme, entre otros, y fotografiada, a partir de 1860 por Francis Frith.  

 
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Un acceso de película

El acceso se realiza a través de un camino excavado en la roca: el famoso Siq, un pasadizo de 1250 m flanqueado por altos muros de piedra roja que semeja un paso ceremonial y religioso. En la época de las caravanas atravesar el Siq debía de ser aún más espectacular, con las ruedas de los carros y los cascos de los caballos resonando entre las paredes. Al final aparece la fachada del Tesoro (Al-Khaznah), una de las imágenes más reproducidas de Petra; deslumbra a la ida, pero sobre todo a la vuelta, cuando la roca arenisca brilla con el sol del atardecer.

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Y un monasterio

Más adelante destaca el conjunto de Al-Khubthah, unas cuevas funerarias con fuertes dinteles en la entrada. De nuevo el agua crea hermosas formas en las piedras, vetas incluidas, e incluso pliegues característicos. En la Avenida de las Columnas se descubre el capitel nabateo, con formas triangulares. En lo más alto de la ciudad se erige el-Deir, el Monasterio, coronado por una gran urna pétrea. Los senderos que lo rodean se asoman al paisaje, lo mismo que el Altar de los Sacrificios. 

 
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A la luz de las velas

Al caer la tarde, llegan los jóvenes de la vecina ciudad de Wadi Musa para ver el espectáculo del ocaso y la iluminación del Tesoro. El Siq cobra vida, la ciudad nabatea absorbe el cambio de luz y se incendia en rojo. Inolvidable. 

 
Wadi Rum

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Todas las estrellas del mundo

Jordania reserva otra experiencia insuperable: pasar la noche en el desierto de Wadi Rum y así contemplar la puesta de sol y el amanecer entre las dunas blancas y rojas y las rocas de arenisca y granito rosa. Las crónicas de griegos, nabateos y romanos mencionan árboles y cultivos hoy casi desaparecidos. Los todoterrenos que se adentran en él los conducen beduinos. 

Wadi Rum está formado por una meseta de más de 400 km2, situada a 1600 m sobre el nivel del mar y declarada área protegida en 1998. Quedan todavía beduinos (nómadas del desierto), establecidos en el pueblo de Rum, en medio de Wadi Rum. Estos gestionan los campamentos para pasar la noche, cuyos dueños pertenecen a los clanes locales. Entre las dunas aún quedan vías muertas del tren que atravesaba el desierto y que remiten irremediablemente a T.E. Lawrence, autor de Los siete pilares de la sabiduría, el libro donde contó sus aventuras militares durante la Primera Guerra Mundial. El inglés se unió al ejército del emir Faysal, el gran combatiente árabe, para expulsar a los turcos y crear un estado árabe. Su imagen de leyenda se construyó gracias a la película de David Lean, Lawrence de Arabia (1962). Las vías muertas del tren recuerdan las escenas del sabotaje de la línea de tren otomana que unía Damasco con Medina y, por ende, evocan las veces que Lawrence atravesó el desierto durante la Revolución Árabe de 1916-1918. 

En su libro El mundo de las estrellas, el escritor de viajes Marc de Gouvenain dice que habría que pensar el cielo como si fuera una bóveda celeste, pero que es muy difícil imaginarlo porque ya no se ve nunca así. No es verdad, yo la vi. Era en Wadi Rum.

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