Japón en esencia

Kumano Kodo, el Camino de Santiago japonés

Esta ruta de peregrinación hasta los tres grandes santuarios sintoístas de Hongu, Nachi y Hayatama descubre una región frondosa, rica en aguas termales y leyendas milenarias.

Kumano Kodo

Torii

El nombre de Kumano lleva implícito un legado espiritual milenario: la peregrinación por el corazón de la península de Kii a través de un camino (kodo) que crestea por una de las sierras mejor preservadas de Japón. El tramo hasta el santuario de Hongu es el más clásico y fácil de completar. ¿Vamos?

La época más esplendorosa de Kumano Kodo ocurrió durante el periodo Heian (794-1185), cuando los emperadores emprendían la peregrinación una o dos veces en su vida. A lo largo de la larga marcha desde Kioto, los soberanos y todo su séquito efectuaban continuas paradas para realizar ceremonias que incluían danza, poesía y baños rituales en los ríos que cruzaban.

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Onsen para relajarse en el Kumano Kodo

Vadear las aguas constituía una forma de purificación, de ahí que los 99 santuarios que jalonan Kumano Kodo se sitúen junto a un río, que en esta región suelen ser muy caudalosos en verano. Los puentes, pues, trascendían su función práctica para conectar con el mundo espiritual.

Durante el periodo Heian (794-1185) los emperadores peregrinaban hasta estos templos dos veces en su vida"

JumanoKodo

Kumano Kodo tiene cuatro rutas principales. Una de ellas es la de Kohechi, donde se encuentra el monte sagrado de Koyasan (en la imagen). 

Foto: Gonzalo Azurmendi

También yo atravieso un río en Takijiri-oji para empezar mi peregrinación por la Ruta Nakahechi, la vía clásica de las cuatro que descienden por la península de Kii hasta los tres santuarios sagrados: Hongu Taisha, Hayatama Taisha y Nachi Taisha. Antes de adentrarme en el bosque de altísimos cedros japoneses, sello mi carnet de caminante y me acerco a la capilla (oji) de Takijiri a rogar por un venturoso viaje. El ritual es tan breve como concreto: toco la campana para avisar a los dioses de mi presencia, me inclino dos veces, doy una palmada, elevo en silencio una oración y vuelvo a inclinarme. Ya estoy lista para emprender la marcha hasta Hongu Taisha, una travesía de 40 km sin dificultad que salva un desnivel de entre 600 y 1200 m.

LADERA ARRIBA, COLINA ABAJO

El sendero asciende rápido por escalones que millones de pisadas han ido desgastando a lo largo de los siglos. Bajo el inmenso dosel verde es fácil sentirse abrumada, bajar la voz y concentrarse en la respiración, los latidos, los pensamientos... Junto a la senda se ven pequeños budas en memoria de los peregrinos que fallecían antes de llegar a Hongu, cuando este era un lugar alejado de la civilización. La ruta es ahora fácil y segura, con alojamientos en cada final de etapa y la carretera por donde pasa el autobús de línea, a un tiro de piedra.

Diseñado para purificar el alma y también el cuerpo, el Kumano Kodo sube y baja sin compasión: sigue la cresta de la montaña, desciende hasta el arroyo que corre en el fondo del umbrío valle, remonta de nuevo la ladera hasta lo más alto..."

En estos bosques no todo es silencio. Resuena el graznido de los cuervos, siervos tal vez de Yatagarasu, el cuervo de tres patas (Tierra, Cielo y Hombre) emblema del Kumano Kodo. Los milanos negros sobrevuelan las puntiagudas copas mientras los macacos saltan entre los helechos o nos observan desde las ramas. Esquivos y asustadizos, ciervos y osos se camuflan al oír nuestros pasos.

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Kumano Kodo y el Camino de Santiago son las dos únicas vías de peregrinaje del mundo declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco. 

Foto: Gonzalo Azurmendi

TRADICIONES IMPRESCINDIBLES

Leyenda, historia y espiritualidad se funden en este camino con la misma generosidad y naturalidad que la religiosidad japonesa, un particular sincretismo entre el sintoísmo –que venera las formas de la naturaleza– y el budismo, introducido en el siglo VI.

Así lo siente el caminante que se atreve a cruzar bajo la «piedra del vientre de la madre», un angosto paso que obliga a luchar por salir al exterior; o cuando alcanza el collado desde el que dice la leyenda que se ven tres lunas alineadas; o al pasar frente a Gyuba-doji, la estatua del emperador Kazan (siglo X) montando un caballo y un buey en alusión a su peregrinaje.

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¿La recompensa de un duro ascenso? Llegar al templo sagrado del monte Gongen, bajo la roca de Gotobiki-Iwa. 

Foto: Gonzalo Azurmendi

La aldea de Takahara me recibe con el santuario más antiguo del camino, con su torii y un magnífico árbol cuyas hojas llenan de reflejos esmeraldas y ocres el cielo. Es un alcanfor centenario que protege el templo y a los habitantes de la aldea. Vuelvo a encontrarme con este auspicioso árbol al día siguiente, en Tsugizakura-oji. Una empinada escalera de piedra sube hasta el santuario del dios guardián del área de Nonaka. Diez árboles gigantes protegen el lugar y lo abrazan con sus frondosas copas. A pocos metros, las flores del milenario cerezo Hideheira-zakura lanzan destellos blancos y rosas.

A la salida de los pueblos, las casas de té y hospederías de peregrinos se han convertido en alojamientos para los caminantes actuales. Su simplicidad es también un lujo. Libres de decoración innecesaria, ofrecen habitaciones con tatami, una excelente gastronomía y uno de los mayores placeres de la zona: el onsen, un baño de agua termal que los japoneses suelen tomar dos veces al día.

A LAS PUERTAS DE HONGU

Hosshinmon-oji (umbral del despertar de la iluminación) marca un final y un principio de etapa emocionante. Al pasar bajo su torii el peregrino inicia su renacimiento en la Tierra Pura, deja atrás los bosques sombríos y emprende los últimos 6 km hasta el muy sagrado santuario de Hongu. A partir de aquí la senda se ensancha, pasa por más aldeas y hostales rodeados de campos de
té y bambú, principal material de construcción hasta hace poco.

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La puerta de Shinmon que da acceso al templo de Hongu. 

Foto: Gonzalo Azurmendi

Desde la capillita de Fushiogami-oji, se ve por primera vez Hongu, el primer gran objetivo de Kumano Kodo. Más adelante, en lo alto de una colina envuelta por la esmeralda humedad de los helechos, me siento en un banco a contemplar el gran torii de 33,9 m de alto que, a lo lejos, señala la entrada a Oyunohara, el emplazamiento de Hongu Taisha durante mil años, antes de que el río Kumano-gawa se desbordara en 1889. El suave y apacible descenso preparará mi ánimo para el encuentro más sagrado de Kumano Kodo.

La entrada al enclave más sagrado de Kumano Kodo la marca un torii que delimita el mundo secular del espiritual. La larga escalinata que accede al complejo sintoísta asciende flanqueada por banderolas, pasa junto a la fuente de abluciones o temizuya y acaba frente a los edificios administrativos del complejo, donde se venden amuletos y se realiza la firma caligráfica de Hongu.

Sobre la puerta Shinmon cuelga una cuerda trenzada de caña de arroz (símbolo de enclave sagrado) y un cortinaje con flores de crisantemo (emblema imperial). Al otro lado, los fieles cruzan la explanada de piedras rastrilladas y se detienen frente a cada uno de los tres pabellones para orar a los cuatro dioses que moran en Hongu.

EL TEMPLO DE LA CASCADA

Dos cedros de 800 años denominados «los esposos» flanquean el camino escalonado Daimon-zaka, 267 escalones que ascienden al santuario de Nachi. La primera referencia escrita data de 1299, pero su veneración es mucho más antigua. El templo original se hallaba al pie de un salto de agua de 133 m, considerado una vía de conexión con el mundo espiritual.

Kumano Kodo

En el recinto del santuario de Nachi, la senda que conduce hasta la cascada Nachino-Otaki parte de detrás de su icónica pagoda. 

Foto: Gonzalo Azurmendi

A la entrada del recinto sintoísta (Kumano Nachi Taisha), los visitantes pueden escribir una plegaria y pasar con ella a través del tronco vacío de un árbol alcanfor con ocho siglos de vida. El conjunto de Nachisan incluye, además, el templo budista Seiganto-ji, fundado en el siglo V aunque el edificio actual de madera data del XVI. Y una pagoda de tres pisos con vistas magníficas de la sagrada cascada. Se dice que quien bebe de ella alarga su vida varios años.

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