Lisboa: el resurgir de la luminosa capital a orillas del Tajo

En 1755, uno de los mayores terremotos de la historia europea dejó Lisboa en ruinas, pero la capital lusa se recompuso con espacios más amplios y nuevos edificios monumentales. A mediados del siglo xx la ciudad se abrió al Tajo y se inauguraron fabulosos museos que hoy forman parte del vasto tejido artístico de esta deliciosa urbe.

El devastador sismo del 1 de noviembre de 1755 provocó el caos en Lisboa. Siguieron días de incendios. Cuando terminó la catástrofe, la ciudad vieja estaba en ruinas y la población, desesperada. El rey José I viviría aterrorizado hasta el final de su reinado y se dice que nunca volvió a dormir en un edificio de piedra. Mandó construir una carpa de tela, la Real Barraca, en el barrio de Ajuda, al poniente de la ciudad, que por ser de naturaleza basáltica había resultado menos dañada. 

El entonces primer ministro, el marqués de Pombal, inició casi de inmediato la reconstrucción. Educado en el extranjero, con estancias en la corte de Viena y Londres, regresó a Lisboa imbuido del espíritu de la Ilustración y creyó que los nuevos tiempos de ciencia y progreso requerían una nueva ciudad. Planificada, estructurada en barrios corporativos, con calles anchas por las que un incendio no podría pasar fácilmente entre edificios y resistente a terremotos. La Lisboa de hoy debe su aspecto a la reconstrucción impulsada por Pombal en el siglo XVIII. 

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shutterstock 1061071481. Los azulejos que cuentan la historia

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Los azulejos que cuentan la historia

Antes de callejear por el centro, se podría empezar con un paseo por el barrio de Xabregas y así visitar el Museu Nacional do Azulejo. El azulejo es la contribución portuguesa al arte popular. De inspiración árabe, fue usado por artesanos y pintores desde el siglo xv para representar motivos geométricos, episodios mitológicos o temas religiosos. Pero en la época ilustrada, antes que la pintura y la escultura, el azulejo ya incluía temas mundanos, como la caza, los bailes o las comidas íntimas.

Este museo, ubicado en el antiguo Convento de Madre de Deus, es perfecto para entender la Lisboa post-terremoto y las paradojas de la historia de Portugal, que José Saramago satirizó en Memorial del Convento: la forma desenfrenada en que se utilizó el oro de Brasil. El interior del templo es una reliquia. El altar es dorado, al igual que todos los marcos de las pinturas. Un fraile del siglo xviii la describió como la «iglesia cocida en oro» y no exageró.

El recorrido por el museo finaliza frente a un azulejo de 23 metros de largo que representa la ciudad desaparecida. Este panel es como una cápsula del tiempo: creado en 1700, muestra con un detalle incomparable el Paço da Ribeira que el río engulló medio siglo después, así como una ciudad llena de iglesias y palacios de una nobleza en bancarrota. Concebida como vista desde el cielo por un pájaro indiscreto, Lisboa todavía estaba orientada hacia el Castelo de São Jorge.

iStock-1141333431. El Tajo y el Panteón

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El Tajo y el Panteón

En la historia de Lisboa, el río Tajo siempre ha actuado como una goma elástica, empujando las casas hacia atrás e impidiendo que la ciudad se expanda hacia adelante, como parece haber querido desde la Antigüedad. Es la barrera natural, el principio y el final de los sueños. Bajando del Museu Nacional do Azulejo y de repente descubriendo el río plateado entre las casas, se repite la misma sensación que tan bien definió la poeta Sophia de Mello Breyner (1919-2004): «Cuando vamos apurados o distraídos por las calles y de repente damos la vuelta a la esquina y vemos el Tajo, entonces nuestro cuerpo se vuelve ligero y nuestra alma, alada».

Caminando a lo largo del río, entre restaurantes y bares que han ido surgiendo en la parte este de Lisboa desde la Expo’98, el viajero descubre las dos fuerzas que dieron forma a la ciudad: a la izquierda, el río; a la derecha, las siete colinas, casi todas llenas de casas en todos los espacios disponibles. En el horizonte destaca la cúpula del Panteón Nacional, una obra de la que los lisboetas no se sienten muy orgullosos. Tardó más de dos siglos en completarse. Empezó como una iglesia dedicada a santa Engracia, pero cuando se terminó las órdenes religiosas ya se habían extinguido y sus comisionados habían desaparecido hacía tiempo. La cultura popular mantuvo una expresión que aún se utiliza hoy para justificar cualquier retraso en las obras públicas: «Tarda tanto como las obras de Santa Engracia».

El Panteón, concluido en 1966, merece una visita. Poco a poco, se ha ido rehabilitando y acoge a algunas de las grandes figuras de la cultura del siglo pasado. Allí, en una insólita convivencia, descansan figuras del siglo xx como la cantante de fado Amália Rodrigues, el escritor Aquilino Ribeiro y el futbolista Eusébio. ¡Todo un programa sobre lo que significa ser portugués!

shutterstock 2179966123. En encanto mestizo de Alfama

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En encanto mestizo de Alfama

Un agradable paseo conduce hasta el laberinto de casas que componen Alfama. Es un casco antiguo, una especie de cosmos medieval escondido de la ciudad moderna. Si Alfama fuera un instrumento, sería la guitarra portuguesa, un instrumento con forma de pera y seis pares de cuerdas. La guitarra es la base del fado, que la Unesco clasificó como Patrimonio Inmaterial en 2011. Y el fado está integrado en la identidad portuguesa como una segunda piel.

Alfama fue una vez un barrio árabe y un barrio cristiano. Quizá ningún lugar lo exprese con tanto dramatismo como el castillo de São Jorge, centinela de la ciudad y escenario de la batalla definitoria del siglo xii que permitió la consolidación del dominio de la cruz. Además de las vistas que ofrece sobre la ciudad, el castillo tiene como uno de sus principales atractivos la cámara oscura, un sistema óptico de lentes y espejos en tiempo real que permite jugar con la figura de los visitantes en las calles.

iStock-1194463051. Con sabor a sardinas y rumor a fado

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Con sabor a sardinas y rumor a fado

Después de este paseo por una de las atalayas lisboetas, apetece descansar en una explanada del barrio de Alfama, dejar pasar el tiempo y, tal vez sugestionados por el olor a sardinas asadas, pensar en el almuerzo. Y quién sabe, puede que nos encontremos con alguna de las estrellas de Hollywood que se mudaron a Alfama en la última década, como John Malkovich, propietario del restaurante Bica do Sapato, o Michael Fassbender.

 

Cuando se recuperen las llanuras del camino ribereño del Tajo, merece la pena dedicar un rato a visitar el Museo del Fado, templo pagano de este arte immemorial. Unos 200 m más adelante, a la sombra de la imponente Catedral de Lisboa, muy dañada por el terremoto de 1755, hay un portal del tiempo raro en el lugar más inesperado.

TEATRO-ROMANO DSC7900. El escondido teatro romano

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El escondido teatro romano

El Museo del Teatro Romano celebra que Lisboa sea, junto con Roma, la única capital europea que ha conservado su teatro de la época romana. Irónicamente, el edificio fue hallado gracias al terremoto de 1755. Después de la catástrofe, los arquitectos del rey se apresuraron a inspeccionar los daños y, en el área adyacente a la Catedral, encontraron las ruinas clásicas. Un pintor italiano, Francesco Fabri, documentó en detalladas acuarelas todos los hallazgos de esos días. La prisa por reconstruir la nueva ciudad, sin embargo, dejó aquellos vestigios bajo tierra hasta la segunda mitad del siglo xx. El Museo del Teatro Romano brinda así una oportunidad única para visitar dos niveles de la historia lisboeta: por un lado, la estructura de ocio de la ciudad romana, que fue financiada por un antiguo esclavo liberado; por otro lado, las excavaciones también revelaron los objetos personales de los habitantes que quedaron sepultados por el terremoto.

iStock-458967873. La Casa dos Bicos y el recuerdo de Saramago

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La Casa dos Bicos y el recuerdo de Saramago

El paseo continúa hacia la Praça do Comércio, más conocida como Terreiro do Paço, no sin antes detenerse a admirar la fachada de la Casa dos Bicos, tachonada de picos (bicos) de piedra y con ventanas y puertas de distinto tamaño. Este edificio de 1523 es la sede de la Fundación José Saramago, que alberga la biblioteca personal del nobel de Literatura de 1998.

GettyImages-1355315304. Terreiro do Paço aka Plaza del Comercio

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Terreiro do Paço aka Plaza del Comercio

El Terreiro do Paço es una plaza diseñada como un grandioso recibidor a cielo abierto. El visitante puede que no sepa que está caminando unos siete metros sobre el nivel que ocupaba la ciudad antes del terremoto. En el siglo xviii fue necesario rellenar las ruinas para volver a construir encima. Durante ese proceso, los arquitectos aumentaron también el tamaño de la plaza: antes de 1755, la plaza terminaba en el punto donde hoy se encuentra la estatua ecuestre de José I. Allí estaba el muelle manuelino desde donde partían las carabelas hacia la India. Todo lo demás fue tomado al río.

La estatua ecuestre ocupa ahora el centro de la plaza y está repleta de detalles que han dado origen a leyendas populares. José I monta un caballo lusitano, una raza autóctona que era característica de los nobles. Muchos turistas se divierten buscando en la escultura las pistas masónicas dejadas por arquitectos y canteros, como un compás, abejas u otros símbolos esotéricos. Otros encuentran en los 78 arcos de la plaza una afinidad con las 78 cartas del Tarot. Se sabe que el rey estaba inquieto por la reacción popular que despertaría la estatua, pues era la primera vez que la representación de una personalidad viva aparecía en el espacio público. El día de la inauguración, José I se ocultó en una de las torres del Terreiro do Paço, observando con miedo el impacto que causaba su figura, hasta que se dio cuenta de que lo aclamaban.

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Mucho más que una plaza

El monumental Arco da Rua Augusta cierra la plaza por el norte y le da monumentalidad. Recientemente se abrió al público una visita al interior del Arco. Allá arriba, mirando el mecanismo interno del reloj que corona la plaza, se disfruta de una vista de 360 grados de toda la ciudad: el río adelante y, detrás, las calles perpendiculares, trazadas con regla y escuadra. Será la fotografía más memorable de la visita a Lisboa. Mirando esta poesía de piedra y alquitrán, viene a la mente la frase de Saramago: «Y de pronto, como a veces sucede a los momentos, se hizo eterna». 

 
En la arcada este de la plaza, el Lisbon Story Centre ofrece una visita guiada indispensable. Se trata de un espacio multimedia que describe las distintas Lisboas superpuestas: desde la ciudad fenicia, de la que hace una década se encontró un importante rastro en una lápida escrita en la lengua de aquellos mercaderes orientales, hasta la Lisboa romana, pasando por la medieval, la de los Descubrimientos y la Lisboa pombalina. 

Durante mucho tiempo, la política y la vida se definieron en este Terreiro do Paço. Aquí se establecieron ministerios, se escribieron leyes y diversos papas y políticos predicaron a sus fieles, pero en este espacio también tuvieron lugar episodios brutales de la historia de Portugal. En 1908, el rey Carlos I y su heredero fueron abatidos frente a la arcada occidental cuando volvían de un viaje en carruaje. El magnicidio precipitó el establecimiento de la república menos de dos años después.  

Más escondido, el Café Martinho da Arcada, de 1778 y casi tan antiguo como la plaza, fue muy frecuentado por escritores y artistas a inicios del siglo xx, donde se burlaban de todos y de todo mientras despachaban una merienda y una botella de buen vino. 

iStock-1186892724. Paseando por Baixa

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Paseando por Baixa

Dándole la espalda al río o utilizándolo como almohada –para usar la expresión del fado Lisboa, Menina e Moça–, se camina lentamente por las calles perpendiculares de la Baixa. Los edificios fueron construidos en altura (de cuatro a seis plantas), pero de tal manera que no pudieran derrumbarse sobre el edificio de enfrente en caso de otro terremoto. También están equipados con una jaula interna de madera, la primera estructura antisísmica conocida en el mundo.

Mientras camine hacia Rossio, la otra plaza noble que cierra la arquitectura del centro de Lisboa, el visitante debería detenerse en Ginjinha. Es el establecimiento más antiguo que sirve este popular licor de cereza, azúcar y canela. El poeta Fernando Pessoa era un asiduo visitante. A sus amigos, que amablemente le reprochaban su vicio, les decía que allí lo sorprendían «in flagrante… delitro».

Las calles de la Baixa están organizadas por gremios, una evidencia del traspaso del poder de la antigua nobleza a la burguesía, que culminó con el cambio de nombre de la propia plaza, de Terreiro do Paço a Praça do Comércio. Sus artes quedaron consagradas en los nombres de las calles: Rua dos Douradores, dos Sapateiros (zapateros), dos Fanqueiros (comerciantes de tejidos), Rua Áurea (de los orfebres) o la Rua dos Bacalhoeiros (conserveros). Muchas de estos oficios ya no existen, pero su recuerdo perdura en la Lisboa que se levantó del terremoto, se desempolvó el traje y se volvió a reinventar.

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Belem, de playa a explanada monumental

Pero Lisboa no se reduce al terremoto. La ciudad estuvo definida por la época dorada de un siglo de descubrimientos. Durante ese periodo, las pequeñas carabelas portuguesas exploraron los océanos y dieron «nuevos mundos al mundo», usando la expresión del poema épico de Camões, el poeta nacional. Para catar un poco de aquella época, merece la pena reservar una jornada a visitar el barrio de Belém, accesible en tren o en tranvía.  

La antigua playa fluvial de Belém se transformó en el siglo xvi en un recital de piedra para impresionar al mundo. La Torre de Belém, antiguo baluarte defensivo del Tajo, rinde homenaje al alma navegante. A pocos pasos queda el Monasterio de los Jerónimos, encargado en 1496 por Manuel I y financiado con el «dinero de la pimienta», el impuesto que gravaba el oro y las especias. El recinto entero es una filigrana, con una vasta simbología tanto en su exterior como en su interior, además de detalles escultóricos que aluden a plantas y animales de los continentes explorados por los portugueses. En la iglesia están enterrados algunos de los héroes nacionales –Vasco da Gama y el poeta Luís de Camões, entre otros–, pero es el claustro el espacio que despierta más admiración: la piedra fue tallada con minuciosidad, como si fuera de papel. Belém es la afirmación de una idea de gloria y la cristalización en piedra del programa de un imperio en plena expansión.  

La mayoría de visitantes se van de Lisboa con una nostalgia que solo el país del fado puede cultivar. Hay, sin embargo, un remedio sencillo y fácil de conseguir para curar la saudade: un pastelito de nata que ayuda a olvidar las penas. Si Lisboa fuera una comida, sin duda sería un pastéis de Belém. ζ 

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