¿Hay blancos?, ¿hay azules?

Lorca, una Semana Santa ‘bordada’

El uso de excepcionales bordados y de caballos llegados de toda España convierten a la de Lorca en una de las celebraciones de Pascua más espectaculares.

Llegó el escritor Cees Nooteboom a Lorca con alguna clase de edición del romancero fronterizo bajo el brazo. Lo contó en El desvío a Santiago. Contó exactamente que se alojó en el hotel Alameda de la ciudad, que leyó en voz alta algunos versos, que se contagió de su cadencia épica, que supo de la batalla de los Alporchones del 17 de marzo de 1452, de cuando las tropas cristianas de Lorca vencieron al ejército del Reino de Granada. 

 

Para conmemorar aquella victoria, los lorquinos decidieron edificar un gran templo en honor al santo de ese día, San Patricio, y si el viajero se coloca justo en el punto de intersección entre las calles Corregidor y del Caño, en el vértice meridional de la Plaza España, podrá ver no solo la portada del Carrerón y la torre de la antigua colegiata de San Patricio que levantaron, si no que también verá el Ayuntamiento, el Palacio del Corregidor y las Salas Capitulares, el epicentro monumental de Lorca. 

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Foto: iStock

Con el inicio en 1533 de las obras de la Iglesia Colegial de San Patricio llegaron a Lorca bordadores procedentes de todo el territorio andaluz, maestros como Alonso Cerezo, natural de Baeza. De modo que si importante es la fachada principal de la antigua colegiata, no lo son menos sus ajuares litúrgicos, clave en el origen de los bordados lorquinos que dan singularidad a su Semana Santa, declarada fiesta de Interés Turístico Internacional desde 2007. Perpendicular a la Plaza España, se llega a la Avenida de Juan Carlos I, el lugar donde se escenifican los cuatro grandes desfiles históricobíblicomitológicos que hacen única la celebración de Lorca: el de Viernes de Dolores, Domingo de Ramos, Jueves Santo y Viernes Santo.

 
Flavia Domicia Paso Azul

Foto: Turismo de Lorca

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La emoción desborda el ambiente mientras el público jalea y anima, agitando cada cual su pañuelo correspondiente, a los pasos: “¿Hay blancos?”, “¿hay azules?”, se escucha entre gritos y aplausos. Los lorquinos hacen gala de un especial léxico de Semana Santa, de forma que si se escucha un “viva la bandera sin pavo”, es para los azules y, si en cambio se oye un “viva la bandera sin tinte”, es para los blancos. Azules y blancos son las dos hermandades que protagonizan una elegante y divertida rivalidad durante los días de Semana Santa.

Caída la noche, las carrozas alegóricas y monumentales se suceden con toda pompa y color, los caballos de monta y tiro llegados de toda España hacen sus cabriolas con jinetes cubiertos por deliciosos bordados en sedas y oro que constituyen en sí mismos valiosos patrimonios artísticos. La coreografía seguida reproduce la épica y el drama bíblicos de modo que, en algún momento, al viajero le puede parecer que la Semana Santa de Lorca es como estar viendo una de las grandes películas míticas de Semana Santa. Escenas de Quou Vadis, de Ben-hur, Rey de reyes o de Los diez mandamientos le vienen a la mente.

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Foto: Turismo de Lorca

No siempre fue así. Las primitivas hermandades de Lorca, que ya estaban documentadas en el siglo XVI, seguían el modelo litúrgico tradicional, pero en 1885 todo cambió. Era Domingo de Ramos cuando, tras refundarse, el Paso Blanco “hecha a la calle” -esa es la expresión exacta que usa Juan Andrés Ibáñez Vilches, director del muBBla- a un grupo vivo que desfila independientemente de las imágenes religiosas habituales. En concreto, aquella treintena de personas representaron ataviadas con sus túnicas la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. “Y a partir de 1855, la locura”, dice el director del muBBla. Fue tanto éxito, que nuevos grupos fueron ampliando el desfile incluyendo el bordado como elemento ornamental clave en los figurantes. Aquello le pareció al poeta y periodista romántico Carlos María Barberán un gran cuadro en movimiento, tal como expresó en 1888. Había nacido un nuevo modelo procesional de Semana Santa.

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Foto: Turismo de Lorca

El periodo que abarca de 1905 a 1925 se recuerda como la época de la realización de los grandes bordados en sedas destinados a los desfiles bíblicopasionales. Por aquel entonces, el bordado erudito ya había salido de las iglesias y las casas más pudientes se habían convertido en improvisados talleres femeninos donde se afianza la técnica del bordado en hilo culto. De ahí a las cofradías, donde las bordadoras trabajan a día de hoy, concentradas sobre el bastidor, siguiendo el diseño marcado por el director artístico de cada hermandad, guardado en celoso secreto durante todo el año.

Un primer dibujo se pasa al papel, se pespuntea, se rellena con algodón y tres tipos de canutillo que van creando los juegos cromáticos. Lo que aparece a la vista diríase que es un óleo. Junto al dedal, la aguja va llenando de color los huecos del dibujo casi como si fuera un pincel. Ellas son las depositarias de una larga tradición que resulta en los conjuntos de Bordados de las Vírgenes de los Dolores (Paso Azul) y de la Amargura (Paso Blanco). Son los primeros textiles declarados como Bienes de Interés Cultural en España. Desde 2014, la tradición del Bordado Lorquino en su conjunto también está decarada BIC y es una Candidata Oficial a Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

bordado de los paños del trono del Cristo Yacente
Foto: Turismo de Lorca

El viajero que llegue a Lorca fuera de Pascua tiene la suerte de contar con dos museos donde realizar una completa inmersión en la singular Semana Santa de Lorca: el Museo de Bordados del Paso Blanco (muBBla), que tiene como sede el Conjunto Monumental de Santo Domingo (s. XVI), y el Museo Azul de Semana Santa (MASS), cuyo edificio recibio el Premio Unión Europea de Patrimonio Cultural Premio Europa Nostra.

Muy cerca del hotel donde se alojó Cees Nooteboom, está el muBBla. ¿Pasaría por allí el escritor? ¿Acaso tuvo la oportunidad de ver la “Capilla Sixtina”, como dice su director? Allí aguardan seis piezas de las declaradas como Bien de Interés Cultural. Una de ellas, el manto de la Virgen de la Amargura. Casi dieciocho años tardaron en bordar los 25 metros cuadrados que mide. Tenían que estrenarlo el Viernes Santo de 1929, pero aquel día llovió y hubo de esperar al Domingo de Resurrección para poder ser exhibido.

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En el MASS, su directora, Diana Murcia, muestra algunas de las túnicas de mayordomo más antiguas: “Acordaron los azules hacer sus túnicas de riquísimo terciopelo azul, bordadas profusamente en oro, y, no pudiendo los blanco hacer lo propio por prescribir sus estatutos (…) idearon representar al vivo un pasaje de la vida de Nuestro Señor Jesucristo”, se puede leer en una guía de Lorca para forasteros de 1922 de A. Espejo. Ahí están las primeras manifestaciones materiales del bordado lorquino de Semana Santa, pero también las primeras pruebas de la rivalidad entre blancos y azules: ¿Hay blancos?¿Hay azules?