Una isla de película

Madagascar es un mundo aparte

La singularidad de su fauna y flora se une a la de sus habitantes, que confían ciegamente en la ganadería como modo de vida y miman con devoción a sus difuntos.

Un ejército de robots gigantes de color cobrizo y melena afro se arremolinan en torno a un camino de arcilla roja. Son más de 300 en menos de un kilómetro cuadrado, y sus sombras se alargan por el sol poniente, por lo que se multiplican y enredan entre ellas. Impresionado, el viajero se acerca cautelosamente para descubrir que, en verdad, se halla frente a la más magnífica exhibición de baobabs de la Tierra. 

 

1 / 11
shutterstock 772868434. La avenida de Baobabs

Foto: Shutterstock

1 / 11

La avenida de Baobabs

En la Avenida de los Baobabs, como se ha bautizado al más codiciado de los paisajes malgaches, estos titanes de más de 30 m de alto brotan durante breves periodos de tiempo. Entonces sus copas mutan a un verde intenso, aunque por pocas semanas, puesto que el aspecto más habitual de estos árboles endémicos es despoblado de hojas. El tronco es como una coraza metálica. Cuando una mano se desliza por su corteza, lisa como la de un cerezo y con un tono rojo que también lo recuerda, uno tiene la certeza de hallarse ante una de las maderas más duras y compactas del planeta. Abrazar un baobab es como hacerle mimos a un viejo de un millar de años.

yasmine-arfaoui-G40jEUyEsEk-unsplash. No es un atardecer cualquiera

Photo by Yasmine Arfaoui on Unsplash

2 / 11

No es un atardecer cualquiera

No hay nadie que acuda a Madagascar sin ambicionar esa sensación: un crepúsculo en la Avenida de los Baobabs, levantando la vista y adorando esa muestra de paciencia y resistencia de la naturaleza, algo que empequeñece al observador para poner las cosas en su sitio de quién es cada cual en la escala evolutiva. Seis de las ocho especies de baobab crecen en Madagascar, un pedazo de África que hace 165 millones de años zarpó de la costa del continente, quedándose frente a Mozambique para adornar el Océano Índico con su silueta de punta de lanza. Fruto de ese aislamiento prolongado, esta isla de 587.000 km2 (casi tan grande como Francia) se ha convertido en un arca donde las especies tomaron su propia senda.

shutterstock 132940448. La isla de los peluchitos inofensivos

Foto: Shutterstock

3 / 11

La isla de los peluchitos inofensivos

A diferencia del continente cercano o de otra isla gigantesca como Australia –donde parecen haberse concentrado todas las criaturas venenosas y mortíferas del mundo–, en Madagascar los bichos que la habitan decidieron adoptar la estrategia del camuflaje y la huida. Es una de las cosas que más llaman la atención: aquí no hay temor a salir de la tienda de campaña y enfrentarse a fieras que desean comerte, serpientes de picadura mortal o arañas malignas.

Madagascar está poblado, mayoritariamente, por unos peluchitos inofensivos, acompañados de camaleones sonrojados, insectos-palo flemáticos, erizos adorables y aves que parecen un muestrario de pinturas. Solo dos animales rompen esta norma: el fossa, un mamífero más pequeño que un zorro común, aunque los malgaches lo califiquen de «puma africano», seguramente para exagerar por no tener más alimañas en el catálogo faunístico; y el cocodrilo que, este sí, es de cuidado.

shutterstock 259526786. Laberinto de pináculos

Foto: Shutterstock

4 / 11

Laberinto de pináculos

El tsingy es el mayor espectáculo geológico de Madagascar y uno de los más singulares del mundo. Se encuentra un centenar de kilómetros al norte de la ciudad de Morondava y la Avenida de los Baobabs, siguiendo la costa occidental. El tsingy (forma local de calificar al lapiaz) es un bosque de piedra esculpido por el agua de lluvia y, en menor medida, el viento.

iStock-516398469. Perderse es una opción (y un riesgo)

Foto: iStock

5 / 11

Perderse es una opción (y un riesgo)

El tsingy abarca el equivalente a 160.000 campos de fútbol formados por un bosque de pináculos de roca caliza afilados como cuchillas. En el fondo del dédalo hay laberínticos caminos que lo recorren, en un mundo umbrío y sorprendentemente lleno de vegetación que salva hasta 30 m de altura para asomar a la luz del sol. Son senderitos que recorren las mangostas y también los turistas, que podrían estar horas perdidos por su interior si los magníficamente entrenados guardas forestales no les guiaran a través de escarpaduras, desfiladeros, pasarelas y puentecillos de madera. Para, al final, hacer lo propio que palmitos y baobabs de pata de elefante (una variedad enana con hermosas flores amarillas) y salir a la claridad. Y, allí, contemplar el perezoso tramo final del río .

iStock-636100920. El rey de la isla

Foto: iStock

6 / 11

El rey de la isla

Entre las cortantes rocas grises, los únicos que se desplazan con rapidez y sigilo son los lémures, que a menudo se sientan sobre una de las cuchillas de piedra para comer tranquilamente una fruta o, también, dejarse acariciar por el calorcito crepuscular. Estos animales se asocian inseparablemente a Madagascar como especies propias de la isla. Y lo son, aunque no se trate de una adaptación fruto del aislamiento, como tantos podrían pensar. Los biólogos aseguran que estos pequeños mamíferos de ojos sorprendidos, pelo largo y suave, nariz afilada y hábitos arborícolas llegaron a Madagascar flotando en islas vegetales y, ante la falta de amenazas y la abundancia de alimentos, se establecieron. Hace de ello 50 millones de años y parecen encontrarse a gusto.

Existen 111 especies de lémures. No se trata de una fauna esquiva y arisca, sino sociable y curiosa. El viajero, en sus incursiones por los bosques, descubrirá asombrado que estos animalillos se acercan hasta situarse al alcance de la mano, sin temor. Tiene mucho que ver con ello que nunca hayan sido cazados ni como alimento ni por diversión, pues los nativos los consideran espíritus de la floresta. 

 

iStock-968443194. Lemures para todos los gustos

Foto: iStock

7 / 11

Lemures para todos los gustos

En un viaje de pocas semanas se entrará fácilmente en contacto con una docena de especies de lémures. Algunas se muestran especialmente amistosas y cotillas con el excursionista, y no dudarán en investigar los correajes de la mochila o saborear el gusto salado del sudor acumulado en la camiseta. Hay especies diurnas y nocturnas. Ocupan prácticamente todos los nichos del bosque, desde el suelo hasta las copas. Los hay muy activos, como el ubicuo lémur de cola anillada, que camina siempre en procesión; o inmóviles, como los lémures grises del bambú. Los lémures ratón o el deportivo de dedos pequeños son rápidos como relámpagos. El lémur blanco y negro es como una bola de pelo con tendencia a subirse a los hombros de los excursionistas. El sifaka se agarra a las ramas de los árboles como quien viaja en metro. Y el indri, el mayor de toda la familia, mira estrábico como si viviera en una sorpresa perpetua. Los casi imposibles de ver parecen criaturas escapadas de un episodio de Star Wars: el aye-aye o el lémur enano de Grove.

shutterstock 133007216. Sociedad agricultora

Foto: Shutterstock

8 / 11

Sociedad agricultora

Los lémures, por ellos mismos, han sido tradicionalmente respetados. Sin embargo, los ataques a su hábitat han dejado muchas especies al borde de la extinción. Los malgaches, pertenezcan al grupo tribal al que pertenezcan –22 etnias–, comparten una pasión exacerbada por la posesión de ganado.

 

Aunque algunas culturas como los antandroy o antaifasy se dedican al cultivo –también han clareado bosques para trabajar la tierra–, la obsesión por los cebús ha transformado esta gigantesca isla. Recorriéndola, se pasan largas horas en las que se ve un único paisaje de extensiones herbáceas y rebaños pastando. Tradicionalmente se quema el campo para que surjan las plantas gramíneas que son el alimento de estos bóvidos.

 

El cebú es un animal versátil que se usa para labrar y tirar de los carros. Su carne se come, es omnipresente en las cartas de los restaurantes y en las cocinas locales. Pero las necesidades prácticas se ven superadas, de lejos, por su valor social: cuantos más se tienen, mayor es la consideración en la comunidad. Así, se acaparan hasta extremos enloquecidos. Hay que quemar el país para que salga la hierba que los alimenta. Pero cuando llegan puntuales las lluvias torrenciales, el agua arrastra las cenizas y también el suelo fértil. Al quedar el suelo desprovisto de cubierta vegetal que absorba el agua y de raíces que lo sujeten, se crean unas heridas en el paisaje que semejan caries.

 

A grupos como los betsileo este despropósito ambiental les parece el súmmum de la belleza, pues se trata de «paisaje de cebús». Un joven bara no puede casarse si antes no ha participado en el robo ritual de un rebaño de cebús a un poblado vecino. Y en los intrincados rituales funerarios de las tierras altas interiores, cuando el cabeza de familia muere se lleva a cabo el sacrificio de un cebú del rebaño al día hasta matar todo el rebaño. Es decir, muere el que «traía el pan a casa» y con él, la fortuna familiar.

shutterstock 685827169. Fauna (también) nocturna

Foto: Shutterstock

9 / 11

Fauna (también) nocturna

Los turistas pueden transitar por los bosques secundarios y terciarios, donde tienen la recompensa de interaccionar con los lémures, descubrir la lentitud de los camaleones –22 especies, que incluyen la mayor del mundo, del tamaño de un perro caniche, y también la más pequeña, como una falange humana– o aceptar el reto de identificar entre la vegetación a los sensacionales insectos-palo y a los geckos, reyes del camuflaje. Las excursiones pueden ser fatigosas por la dificultad para moverse por la selva, pero los parques nacionales están competentemente organizados, con senderos acondicionados y guardas forestales que viven con pasión su trabajo y se sienten felices de localizar animales para los visitantes. Durante los safaris nocturnos, comunes en parques como Ranomafana o Andasibe, se descubren sapos y ranas, murciélagos, lémures, búhos y también serpientes arborícolas.

iStock-827119244. Delicias importadas (y sublimadas)

Foto: iStock

10 / 11

Delicias importadas (y sublimadas)

Desplazarse por Madagascar es arduo por las enormes distancias entre los puntos de interés y, sobre todo, el deplorable estado de las carreteras. Pero hay que asumir el reto, dedicando el mínimo tiempo a las poco interesantes ciudades –los mercados de bienes de consumo cotidiano son lo más apasionante– y acaparando hojas del calendario para visitar las reservas naturales o las plantaciones de productos tropicales.

En el cuerno norte, localidades como Ambanja o Sambava son famosas por sus granjas de cacao, vainilla, pimienta o ylang-ylang. Ninguno de estos cultivos es nativo, pero se han adaptado perfectamente. Y dejar que una pastilla de chocolate malgache (originario de México) se funda en la boca es uno de los placeres más pecaminosos que puedan imaginarse. Las vainas de vainilla (también mexicanas en origen) se exportan para las empresas de helados de Europa y Estados Unidos. La pimienta (procedente de la India) acaba en las mesas francesas. El aromático árbol ylang-ylang (de Extremo Oriente) se transforma en perfumes y cosméticos.

Las granjas son centenarias y venerables, con sistemas de producción a menudo artesanales, y sus propietarios gozan mostrándolas a los visitantes extranjeros.

iStock-882362350. Satélites tropicales

Foto: iStock

11 / 11

Satélites tropicales

La inmensa Madagascar tiene como satélites a un ejército de pequeñas islas que son objetivo obligado de los amantes de la buena vida. En el extremo noroccidental se halla la legendaria Nosy Be, dueña de algunas de las playas más bellas del mundo, diana para submarinistas, que encuentran en sus fondos y arrecifes unas aguas transparentes surcadas por tortugas y miríadas de peces de colores. Otra opción también increíble consiste en navegar a la búsqueda de ballenas jorobadas, que acuden a esta zona del Índico entre junio y septiembre y de vez en cuando rompen su pausado navegar con un salto y doble tirabuzón que deja a los viajeros con la boca abierta y los emisores de dopamina trabajando a chorro.

En la costa opuesta de Madagascar, frente al océano, se halla la paradisiaca y todavía poco publicitada Île Sainte-Marie (Nosy-Boraha), una Formentera malgache, minúscula lengua de tierra en la que no hacer nada constituye la actividad principal, junto a la inmoderada deglución nocturna de rhum arrangé, un ron aromatizado con frutas y especias. De día, si se tiene la cabeza clara, hay embarcaciones que salen al encuentro de una de las criaturas más fascinantes de los mares, el tiburón ballena. Es el pez más grande del mundo y un escualo inofensivo, por lo que nadar junto a él, comparándose con sus 12 m de largo, se convierte en una de las experiencias más extasiantes que se puedan tener no solo en Madagascar, sino en una vida.

iStock-636100920

Madagascar es un mundo aparte

Compártelo