Barroco que no es poco

Mafra, la grandiosidad portuguesa hecha palacio

Recientemente nombrado Patrimonio de la Humanidad, este complejo barroco es un auténtico delirio... en muchos sentidos.

42.000 m2, 1.200 habitaciones, 200 metros de fachada, 6 órganos, 98 campanas, 36.000 libros, 52.000 obreros, 300 frailes... los disparatados números no mienten. El Palacio Nacional de Mafra es, sin duda, el monumento barroco más importante de Portugal, declarado Patrimonio de la Humanidad en julio de 2019. Una exaltación al barroco, un capricho megalómano, un emblema nacional... llámese como quiera, es un monumento bien vale una visita. Su opulencia arquitectónica empequeñece (aún más) la villa que lo acoge, a tan solo 40 kilómetros de Lisboa, rica también en patrimonio natural y tradiciones culinarias.

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iStock-807775242. A cambio de un heredero

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A cambio de un heredero

Con 22 años y tres de casado, el Rey Juan V de Portugal, preocupado por su descendencia, hizo una promesa a los frailes franciscanos: les construiría un monasterio en la localidad de Mafra si sus ruegos para que un heredero naciese fuesen atendidos. Dicho y hecho, en 1711 tuvo su primera hija (María Bárbara de Braganza) y seis años después se inició la construcción del convento; planeado inicialmente para 13 mojes. Pero el oro proveniente de Brasil brotaba a borbotones, así que el Rey decidió, no solo ampliar el convento para 300 frailes, sino construirse un inmenso palacio y una basílica como ninguna. Cerca de 52.000 hombres trabajaron día y noche para cumplir el deseo del Rey de inaugurar toda la obra a finales de 1730, con motivo de su 41º cumpleaños. Aunque con algunas estancias a medias, la petición del monarca fue cumplida y las suntuosas festividades se prolongaron durante ocho días.

iStock-486022047. Absolutamente colosal

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Absolutamente colosal

A primera vista, la magnitud de la construcción impresiona. En el eje central del edificio, dedicado a la basílica, despuntan dos torres de 70 metros de altura cada una. En el ala norte los aposentos del rey, en la sur los de la reina, –cada uno con su capilla, su cocina y todas sus excentricidades–, y separados por una larguísima galería de 232 metros. En la decoración del palacio, de estilo principalmente barroco con algunos toques neoclásicos, tampoco se escatimó en gastos, ni se pensó en fronteras: la piedra caliza y los ladrillos fueron traídos de todo el reino, las maderas de Brasil, la tapicería flamenca y las esculturas, pinturas y artilugios religiosos de Italia.

iStock-484764371. De palacio a museo

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De palacio a museo

El complejo, además de estancia veraniega de la realeza portuguesa, fue un importante centro de aprendizaje, en el que se enseñaron desde Bellas Artes hasta canto litúrgico, y sirvió, en 1807, como lugar estratégico para combatir las invasiones napoleónicas. Las mismas que obligaron a la familia Real a huir a Brasil, llevándose consigo gran parte del mobiliario, pinturas, tapices y porcelanas. Tras el exilio del último Rey de Portugal, Manuel II –quien partió de las costas vecinas de Ericeira en 1910– el palacio fue transformado en museo y, un año después, abierto al público. Aunque, debido a su inmensidad, la visita guiada es solo por algunas de sus salas.

Biblioteca Mafra. Seis siglos de sabiduría

Foto: Palacio de Mafra

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Seis siglos de sabiduría

En el lado opuesto del palacio se halla el convento; austero y simple, se conserva como en el siglo XVIII. Llama la atención la enfermería dotada con una pequeña capilla para que los monjes enfermos no se perdieran ningún acto religioso. En la visita pueden verse también la cocina, el refectorio, la sala capitular o un pequeño museo de arte sacro; aunque lo que más impresiona es, sin duda, su biblioteca. Aparte del tamaño de la sala y su dimensión estética –el trenzado en mármol azul, rosa y blanco del suelo es el más impresionante de todo el edificio–, la importancia recae en su contribución al saber, siendo una de las bibliotecas más importantes de Europa. Su colección asciende a 36.000 volúmenes, desde el siglo XIV hasta el XIX. Una curiosidad: la biblioteca, como muchas otras del mundo, tiene su propia colonia de murciélagos que conservan los libros y la madera libres de insectos.

Basílica. Armonía grandilocuente

Foto: Palacio de Mafra

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Armonía grandilocuente

Mención aparte merece la Basílica, situada en el corazón del edificio. Sus dos torres de más de 70 metros de alto ostentan dos carrillones compuestos por 49 campanas cada uno, fabricadas en Amberes en el siglo XVIII. El interior de la iglesia está recubierto de mármoles y jaspes y posee artilugios religiosos traídos desde Italia y Francia además de la colección más importante de escultura barroca italiana fuera de Italia, con 58 piezas. Pero, lo más asombroso, si cabe, son sus seis órganos, instalados en 1807 y que constituyen un patrimonio único en el mundo. Diseñados para funcionar en simultáneo –solo se escucha su melodía completa el primer domingo de cada mes–, están compuestos por 2.000 tubos cada uno, el más pequeño de 24 milímetros y el mayor de más de 6 metros.

tapada. Patrimonio, también, natural

Foto: Tapada Nacional de Mafra

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Patrimonio, también, natural

Creada en 1747 como parque de ocio y caza para el Rey Juan V y su corte, la Tapada (parque) Nacional de Mafra, aledaña al palacio, constituye la zona natural amurallada más extensa del país. En sus 819 hectáreas acoge una amplia variedad de flora y fauna; fue allí donde los infantes aprendieron a nadar y donde los mayores, los príncipes Pedro y Luis se iniciaron en la caza, persiguiendo zorros, ciervos, conejos y palomas silvestres. Hoy está abierto al público y constituye un verdadero patrimonio natural de la zona. Perfecto para pasear a caballo, practicar senderismo o, incluso, tiro con arco. Tampoco hay que perderse el Jardín del Cerco, de corte barroco. Inspirado en Versalles, este espacio sublime y original, combina naturaleza, agricultura y jardinería y cuenta con una noria centenaria aún en funcionamiento. Dentro de él también se encuentra la huerta de los frailes con plantas medicinales usadas en época de Juan V.

iStock-541000316. Fina arquitectura portuguesa

Foto: iStock

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Fina arquitectura portuguesa

En el camino de vuelta a Lisboa vale pena detenerse en el pequeño pueblo de Oeiras para adentrarse en el espléndido Palacio del Marqués de Pombal, otra muestra del barroco portugués, aunque con toques rococó. El edificio, construido en la segunda mitad del siglo XVIII por el arquitecto militar Carlos Mardel –quien jugó un importante papel en la reconstrucción de Lisboa tras el fatídico terremoto de 1755–, ostenta unos magníficos jardines y diversas obras de arte. Aunque todos sus muebles fueron subastados en 1939 dejando la casa desprovista de mobiliario, lo que más destaca es la belleza y rareza de sus elementos decorativos, en especial los impresionantes azulejos y el trabajo de yesería y estucado. Todo un derroche de arte luso, con ese punto melancólico tan suyo.

Captura de pantalla 2019-11-11 a las 12.52.28. Rareza vinícola

Foto: Cofradía Vinho Carcavelos

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Rareza vinícola

Sebastião José de Carvalho e Mello, más conocido como Marqués de Pombal o primer conde de Oeiras, además de ser uno de los nobles más carismáticos y controvertidos de la historia de Portugal, era también un aficionado del vino. Junto a su palacio, se halla una bodega de dimensiones considerables que aún produce vino de Carcavelos, de denominación de origen controlada y cuya producción se remonta al siglo XIV. Con casi 20 grados de alcohol, es un caldo dulzón, potente y generoso, casi como un Oporto, y en su mayoría elaborado con uvas blancas. La bodega, de tres naves y con 1.200 barricas de roble francés y portugués, pertenece al municipio de Oeiras, dándole el título del único ayuntamiento de Europa que produce vino.

Biblioteca Mafra

Mafra, la grandiosidad portuguesa hecha palacio

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