Malta y Gozo, unas islas de leyenda

Las historias de los caballeros de San Juan aparecen 
en cada rincón de este archipiélago de aguas turquesas.

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iStock-1183117204. Un juego de dioses... y culturas

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Un juego de dioses... y culturas

En Malta los dioses juegan con las nubes mientras el mar escupe espuma contra los acantilados y forma lagunas turquesas. Al menos eso parece desde el mirador de la Gruta Azul, un arco de 30 m de altura que da paso a una profunda cueva marina.

Este enclave del sur es uno de los más famosos de la isla de Malta, la mayor de este archipiélago compuesto por otra isla habitada, Gozo, el islote de Comino y los aún más mínimos islotes de Cominotto y Filfla, declarados reservas naturales. República independiente de pleno derecho desde 1974, Malta conserva de los británicos la conducción por la izquierda, la estructura parlamentaria y una de las dos lenguas oficiales del país. La otra, el maltés, es de origen semítico, suena como el árabe pero se escribe con caracteres latinos. La gastronomía tiene gusto siciliano, mientras que la arquitectura y el arte son el gran legado que la orden de San Juan dejó en Malta.

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El segundo puerto más largo del Mediterráneo

Aquellos monjes guerreros llegaron a esta encrucijada del Mediterráneo a mitad del siglo xvi. Carlos I de España les cedió Malta en 1530 tras haber sido expulsados de Rodas por los turcos. Dispuestos a no dejarse vencer de nuevo, convirtieron el puerto de La Valeta –el segundo natural más largo del Mediterráneo tras el de Mahón– en una fortaleza inexpugnable. La prueba de ello fue el asedio turco de 1565, que acabó con la victoria de los caballeros tras cuatro meses de sitio. Las murallas que repelieron aquel ataque se mantienen prácticamente igual. Y también las iglesias y los palacios, magníficas obras renacentistas, manieristas y barrocas que reflejaban el poder cristiano, así como la riqueza de las familias más ilustres de la vieja Europa. 

iStock-887470902. Entre monumentos y escalinatas

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Entre monumentos y escalinatas

Aunque suene a frase tópica, pasear por La Valeta es como visitar un museo de arte a cielo abierto. Pero vivo, con balconadas en las que se ve ropa tendida, plazoletas en las que suena la música en directo y callejones que se asoman al mar. La empinada escalera que lord Byron maldecía, la plaza del Palacio del Gran Maestre, el solemne albergue de Castilla y Portugal, el palacio que acogía a los caballeros de Aragón y Navarra, el de Italia, la Provenza o Francia, que hoy son museos o instituciones públicas... Esta especie de conventos, organizados por lenguas, respondían a una organización muy práctica en el campo de batalla: los soldados podían entenderse entre sí y luchaban en el ámbito que más dominaban, fuera a campo abierto o en alta mar.

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...y por la nueva calle de moda

Ciudad boutique

La Valeta bien lo vale

iStock-1186063017. La Valeta, una nueva vieja ciudad

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La Valeta, una nueva vieja ciudad

En 2015 Renzo Piano renovó la principal entrada a la ciudadela y la dotó de un aire más cosmopolita, con el nuevo edificio del Parlamento y la transformación de la Ópera en un espacio teatral descubierto. A partir de ese punto, callejear sin rumbo es el mejor plan para descubrir La Valeta y sorprenderse a la vuelta de cada esquina.

iStock-1127630555. Un sinfín de monumentos

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Un sinfín de monumentos

Andando por la cuadrícula de calles –todo un adelanto urbanístico en el siglo xvi– se pasa junto a puestos que venden pastizzi (empanadas de ricotta, guisantes o pollo), el histórico Café Cordina y los bares del llamado «barrio rojo» hasta topar con la Concatedral de San Juan. La sobria fachada esconde un templo sin un rincón por decorar: el suelo está recubierto de distintos tipos de mármoles, el techo de pinturas y trampantojos, los altares son de oro, los sepulcros tienen incrustaciones de lapislázuli y esculturas. Y como constraste a toda esa luz y brillo, dos cuadros de Caravaggio, el pintor del claroscuro que buscó refugio en Malta tras huir de la justicia de Roma.

shutterstock 1404692288. Tres ciudades en una

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Tres ciudades desde un mirador

Desde los jardines Barrakka, donde yacen un buen número de británicos notables, se divisan las otras ciudades fortificadas del puerto de La Valeta: Vittoriosa (Birgu), Senglea (L’Isla) y Cospicua (Bormla). La decadencia de hace unas décadas ha desaparecido y hoy las tres presumen de su arquitectura militar y de sus calles con iglesias más discretas de aspecto pero muy devotas de sus santos y vírgenes, que velan por sus fieles desde hornacinas incrustadas en los muros y desde pequeños altares en las ventanas de las casas.

shutterstock 1441256642. Mdina, la otra joya de los caballeros

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Mdina, la otra joya de los caballeros

Mdina es otro enclave fortificado por la Orden, con un foso y una puerta monumental que dan paso a un ovillo de calles entre las que se alzan la catedral barroca y palacios de piedra blanca. Erigida sobre una colina por los fenicios y ampliada por los romanos –Rabat, la ciudad extramuros, conserva una extensa red de catacumbas– y luego por los árabes, ocupa una posición perfecta para defenderse.

shutterstock 694414132. Otros imprescindibles de la isla

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Otros imprescindibles de la isla

Desde el adarve se abarca la mitad de la isla: la gigantesca cúpula de la iglesia de Mosta actúa de bisagra entre el puerto de La Valeta y la península de Marfa, donde Malta adquiere forma de cola de pez. Fuera de la vista quedan los acantilados del sur y el puerto de Masaxlokk con sus barcas de pesca (luzzus) decoradas con el protector ojo de Osiris.

shutterstock 1819193717. Comino en busca del pasado

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Comino en busca del pasado

El lomo de Comino emerge en el horizonte con la promesa de un baño en su Laguna Azul. Y después queda Gozo, accesible en una breve travesía de ferry. Los goceños están orgullosos de su acento, de sus salinas inundadas por las olas, de su ciudadela y de su litoral poco urbanizado. También cuentan con vestigios de los primeros habitantes de las islas en su museo arqueológico que, junto al de La Valeta, muestra figurillas de diosas de formas redondeadas, hombres-falo y relieves que sugieren una forma de cálculo. De vuelta a Malta conviene acercarse a los templos de Hagar Qim –y, si se ha reservado con tiempo, al Hipogeo del pueblo de Paola– que exhiben la sabiduría en piedra de una civilización que hace 5000 años halló su edén en Malta

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