Marruecos al sur de Marrakech

Entre el desierto del Sáhara, la cordillera del Atlas y el océano Atlántico, la ciudad roja de Marrakech vertebra un vasto paisaje natural, humano y cultural que evoca la esencia de los grandes viajes.

De la mítica capital imperial a las solitarias fortificaciones de barro, de las cumbres del Atlas a las gargantas de sus ríos, de las aldeas amazig a las medinas árabes, de los valles fértiles a los palmerales de los oasis y de la inmensidad del Sáhara a la del Atlántico, esta región del sur marroquí engloba mundos distintos aunque hermanados entre sí que todavía fascinan con sus tradiciones, su aromática cocina y la generosa hospitalidad de sus gentes.

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GettyImages-1146362539 (1). Aquella Marrakech almorávide

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Aquella Marrakech almorávide

A pocas horas de vuelo de varias ciudades españolas, Marrakech recibe al visitante con un clima tan suave y soleado que, si no fuera por la visión de las nieves del Atlas en el horizonte, parecería que el invierno ha pasado de largo por este rincón del mundo. Los límites oficiales de la actual región de Marrakech-Safí fueron decretados en 2015 por la administración marroquí, pero su historia, su legado y su carácter van mucho más allá. La región conecta el norte y el sur como desde hace siglos, cuando Marrakech era el lugar de refugio para los exiliados andalusíes y el destino de las caravanas de mercaderes que cruzaban el desierto desde la lejana Tombuctú.

Fundada por los almorávides hacia el año 1050, Marrakech fue punto de partida para sus expediciones de conquista por el norte de África y la Península Ibérica. Un siglo después, en el xii, sus rivales almohades la arrasaron para volver a construirla, y de esa época aún perviven la gran mezquita de la Kutubía y su minarete –símbolo de Marrakech–, parte de las murallas de la tierra rojiza autóctona que le da su apodo y los Jardines de la Menara, justo entre el aeropuerto, el olivar y la medina.

calin-stan-7a PHX91su8-unsplash (1). Todo orbita en torno al Jemaa el Fna

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Todo orbita en torno al Jemaa el Fna

Todos los caminos y calles llevan en Marrakech a la inmensa y concurrida explanada de Djemaa el Fna, cantada y contada por grandes escritores como Elias Canetti o Juan Goytisolo. Este último fue un marrakechí más durante décadas y, junto a otros intelectuales, impulsó el reconocimiento de la plaza como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco.

Corazón de la ciudad vieja, la mayor plaza de África filtra y bombea el flujo de vecinos, mercaderes y turistas que van y vienen por las anchas avenidas de la ciudad nueva y se adentran en la red capilar de de la medina, donde se mezclan en un mismo tapiz sonoro la algarabía de los zocos, el silencio de los patios en las residencias privadas, las fuentes de los grandes palacios y las cinco llamadas diarias a la oración de los muecines desde los alminares de las mezquitas.

GettyImages-541054856. De puertas para adentro

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De puertas para adentro

Como es habitual en la arquitectura islámica, la austera fachada de sus edificios reserva las maravillas del interior para quienes traspasen el umbral. El viajero únicamente podrá percibir el verdadero carácter de Marrakech al visitar palacios como el Dar el Bacha o el de la Bahía, el Museo de Marrakech o el de las Confluencias, el Jardín Secreto y la madrasa Ben Youssef. Pero en especial si se aloja o cena en uno de los numerosos riads de la medina y disfruta de su atmósfera serena, desde el más sencillo hasta el más espléndido, ya sea una vivienda particular o un edificio palaciego como el que alberga el Museo de las Artes Marroquíes Dar Si Said.

shutterstock 1014044146. Y al fondo, el Atlas

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Y al fondo, el Atlas

Después de tomar un zumo de granada o de naranja en los tenderetes de Djemaa el Fna, o de almorzar por los callejones aledaños, donde el cuscús, los tajines, la tangía o cordero estofado se sirven mejor que en la atestada plaza, apetece dar un paseo por los jardines extramuros de Lalla Hasna, la Mamounia o la Menara. La omnipresente vista de las cumbres del Atlas, la calima del desierto o el vuelo de las aves migratorias despertarán otro apetito más profundo en el viajero, el de salir al camino y recorrer toda la región. Varias de las excursiones más atractivas, incluso si no se planea una ruta larga, nos llevan casi por inercia hacia el sur, en pos del Tubkal (4167 m), la cima más alta de la cordillera del Atlas.

shutterstock 437358829. El bello contraste de la exuberancia

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El bello contraste con la exuberancia de Ourika e Ilmil

El contraste con la aridez de Marrakech lo aportan las cascadas y verdes laderas del valle del río Ourika o el hermoso valle de Ilmil, al alcance en una jornada de ida y vuelta. Con sus frutales, huertas y arroyos entre las montañas, suelen suponer la primera toma de contacto con las aldeas bereberes. Cabe tener en cuenta, sin embargo, que el término «bereber» deriva del griego, significa literalmente bárbaro o extranjero y fue impuesto por fenicios, romanos y árabes a un pueblo que habita el norte de África desde hace milenios, tiene orígenes caucásicos y se llama a sí mismo amazig. A pesar de los avances sociales logrados en Marruecos, la fuerte arabización desde las instituciones y la escuela todavía amenaza el futuro de su cultura, de clara tradición oral y muy presente en la vida cotidiana de sus gentes.

 

Para apreciar toda la diversidad y la grandeza de los paisajes del sur marroquí, conviene plantearse una ruta más amplia. La que propone este itinerario primero traza una elíptica en el sentido de las agujas del reloj para salir de la región administrativa de Marrakech, cruzar a la vecina Beni Melal y seguir las cumbres del Alto Atlas hacia el nordeste.

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El oasis de Ouzoud

Al dejar atrás un tramo de parajes austeros y detenerse en las imponentes cascadas de Ouzoud, se hace patente cómo la barrera geológica de la cordillera del Atlas separa el Marruecos fértil del seco, con la humedad del Atlántico y del Mediterráneo retenida al norte, y el tórrido aliento del Sáhara agostando la tierra desde el sur. Hasta los animales parecen contarnos que aquí el país se parte en dos, con las colonias de monos en los majestuosos bosques de cedros, las cabras encaramadas a los riscos y las gacelas a la carrera por los páramos, mientras los lugareños trabajan con el burro en los bancales o prefieren el dromedario en los espacios abiertos bajo el sol.

shutterstock 1226990005. Allá donde el Atlas se agrieta

Valle del Dadés. Foto: Shutterstock

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Allá donde el Atlas se agrieta

Las lluvias y el deshielo de las nieves del Atlas, presentes hasta bien entrada la primavera, también han moldeado el territorio al alimentar cursos fluviales que se han abierto paso por la roca durante millones de años. Gargantas tan sobrecogedoras como la del río Dadés y la del Todra, de cauce estacional, avanzan en paralelo hacia el desierto como serpientes de agua y piedra, a través de cañones que ofrecen algunas de las estampas más espectaculares del viaje.

La carretera que sigue el curso del Dadés supone una experiencia inolvidable para cualquier conductor, desde la altitud de sus puertos de montaña al verdor que el río le regala a los campesinos que pueblan sus orillas. Y al dejar poco a poco el pasillo que custodian las impresionantes murallas naturales del Todra, los palmerales y olivares abren una grieta de vida entre la aridez del paisaje conforme nos acercamos a Tinerhir. En esta población se refleja todo el poderío escénico de la zona, con sus casas de adobe junto al oasis y el rojo sediento de las montañas alrededor.

GettyImages-824328322. La ruta de las mil kasbahs

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La ruta de las mil kasbahs

Nos encontramos de lleno en la llamada Ruta de las Mil Kasbahs, que también podemos recorrer desde Marrakech sin dar un rodeo tan amplio por el Atlas, dejando las gargantas del Dadés y del Todra para el final, tras pasar por Uarzazate, o en otro itinerario circular con origen y destino en Tinerhir. La kasbah es una construcción tradicional del Magreb, de origen amazig y planta cuadrada, hecha de barro y paja, con gruesos muros y estrechos ventanucos para mitigar el calor. Remite a la alcazaba andalusí, es decir, que delimita una zona más o menos fortificada en el centro de una población y está reservada al clan más poderoso del lugar. El ksar o alcázar, sin embargo, define a toda una villa amurallada y puede llegar a tener varios siglos de antigüedad, mientras la mayoría de kasbahs que se mantienen en pie no pasan de uno o dos.

shutterstock 1793621599. Para kasbah, la de Aït Ben Haddou

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Para kasbah, la de Aït Ben Haddou

La kasbah Taurirt de Uarzazate, feudo familiar de El Glaui o señor del Atlas desde el siglo xviii, merece sin duda una visita, pues tuvo una gran preminencia en la región. Pero quizá la más hermosa y reconocible de todas sea la kasbah de Aït Ben Haddou. La fuerza evocadora de semejantes escenarios ha sido llevada al cine en películas como Lawrence de Arabia o Gladiator, tanto en las localizaciones naturales como en los importantes estudios de Uarzazate.

iStock-459361865. La joya de Amridil

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La joya de Amridil

Muy cerca, además de las gargantas de Asaka y del precioso valle de Ounila, se encuentran también las kasbahs de Teluet o Tamdaght, mejor conservada, y en dirección a Tinerhir, entre el frondoso palmeral del valle de Skoura, aparece la bella kasbah de Amridil.

Los hallazgos aguardan por toda la región, no solo en forma de estas construcciones, a veces descuidadas y a punto de desmoronarse igual que castillos de arena, sino también como mausoleos de los morabitos (hombres santos), torres de vigilancia o graneros comunitarios que alzan sus cuerpos de adobe para mezclarse con el entorno y dar testimonio de la cultura y de la historia de sus habitantes. Su hospitalidad es genuina y espóntanea, no únicamente un precepto del Islam. El viajero hará bien en aprenderse un puñado de palabras de cortesía en lengua tamazigh o en dariya, la variedad dialectal del árabe marroquí, que le abrirán de par en par otras puertas y sonrisas.

carlos-leret-kiYzznir-uo-unsplash. ¡Hola, Sáhara!

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¡Hola, Sáhara!

La cálida amabilidad de la gente compensa la intemperie de los austeros paisajes que tenemos por delante. Nos acercamos al Sáhara, y es que nuestro viaje no puede pasar por alto la experiencia del desierto. Ningún otro lugar para ello como Merzouga, con sus legendarias dunas rojas, donde se pueden realizar varias actividades, desde montar en dromedario por sus crestas hasta surfear las olas de arena en una tabla o recorrerlas a bordo de un vehículo todoterreno. Pero la verdadera esencia del desierto reside en el silencio y en la comunión con la pureza del paisaje y la sencillez de sus moradores. De noche, basta con alejarnos unos metros del albergue de adobe en que nos alojemos o retirarnos unos pasos de la jaima en el campamento para impregnarse de la plenitud del cielo, de la luna y de las estrellas y atesorar para siempre esa experiencia en la memoria.

iStock-476830866. La otra puerta al Sáhara

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La otra puerta al Sáhara

Zagora es otra puerta hacia el Sáhara, menos concurrida por los extranjeros pero que fue un destacado lugar de paso para las caravanas que traían ébano, marfil y otros tesoros desde el corazón de África. Para llegar a ella cambiamos de rumbo y giramos hacia poniente por una carretera de gran belleza paisajística. Atravesamos oasis y palmerales hasta que, 20 km al sur de Zagora, damos con la localidad de Tamegroute (en la imagen), un lugar clave del misticismo sufí en Marruecos. Podremos percibir el ingenio superviviente de sus pobladores contra el azote del desierto al recorrer las umbrías callejuelas de la ciudadela o ksar, mientras buscamos su mítica biblioteca, que conserva manuscritos e incunables tan importantes como un Corán milenario escrito sobre piel de gacela.

 

Unos 80 km más al sur alcanzamos el pueblo de Mhamid. Aquí termina la carretera, el Draa anuncia la frontera con Argelia y los nómadas tuareg, las dunas de arena y el vasto horizonte nos recuerdan que estamos de nuevo en el umbral del desierto del Sáhara.

iStock-1040011978. Las maravillas del Draa

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Las maravillas del Draa

Si mantenemos el rumbo hacia el oeste, de una inmensidad a otra y del mar de arena al océano, pasaremos por enclaves sensacionales que hacen olvidar las incomodidades de un viaje tan largo por carretera. Como todo el espectacular valle del río Draa, cuyo cauce discurre subterráneo a lo largo de unos 60 km sin dejar de fertilizar la tierra a su paso. O la kasbah de Tamnougalt, cerca de la ciudad de Agdz y mucho menos conocida que la de Aït Ben Haddou. Rodeada de palmeras datileras y con el lomo del Jbel Kissane como telón de fondo, Tamnougalt es una joya del siglo xvi que merece la pena visitar aunque el desvío nos aporte una ración extra de polvo.

De camino a la costa, otra ciudad que conviene conocer es Tarudant, con su atmósfera tranquila, sus sobrios pero hermosos alojamientos, sus zocos y sus palomares, pero sobre todo por sus magníficas murallas, casi intactas, que le han dado el sobrenombre de «pequeña Marrakech».

shutterstock 2087543425. Al norte de Agadir

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Al norte de Agadir

El litoral al norte de Agadir depara enclaves espectaculares, como la playa de Aghroud, las calas del cabo Rhir, la laguna de Tamri, el hermoso paraje de Tafedna, el singular enclave de Sidi M’barek y otros rincones entre arenales y acantilados tomados por los surfistas o las aves. La carretera circula rumbo norte y pronto las plataneras y los palmerales dan paso a los olivares y al argán, el árbol de cuya semilla se extrae un valioso aceite usado en toda la zona.

shutterstock 271589552. El diamante blanco de Marruecos

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El diamante blanco de Marruecos

Y allí, como un diamante blanco engarzado en el frente marítimo, aguarda Esauira, una de las ciudades más bellas y evocadoras de todo el país. Antiguamente conocida como Mogador, su medina forma parte del Patrimonio de la Humanidad por su indudable valor histórico y arquitectónico. Pero más allá del reconocimiento de la Unesco, la auténtica riqueza de esta pequeña ciudad no hay que buscarla en las piedras, sino en la vida que discurre entre sus callejuelas trazadas a regla y en sus animados mercados, en los bastiones y en las murallas que la protegen. Esta animación aún resulta más palpable en el puerto, que bulle de actividad y donde es posible comprar pescado recién capturado, pedir que lo asen en una de las parrillas del muelle y disfrutar a manos llenas de los dones del océano.

GettyImages-171589110. De los fenicios a Jimi Hendrix

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De los fenicios a Jimi Hendrix

Explorada por los fenicios, fundada por los portugueses, asediada por los franceses y reforzada por los sultanes de Marruecos, Esauira fue siempre una encrucijada de comercio e intercambio cultural. Desde la convivencia con la antigua comunidad sefardí hasta su transformación en el siglo xx como un imán para muchos artistas, en especial músicos, tanto autóctonos como leyendas del rock (Jimi Hendrix) o los gnaua, trovadores de ancestros subsaharianos que entonan cánticos declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y que protagonizan a inicios del verano el Festival d’Essaouira Gnaua et Musiques du Monde.

iStock-481265080. La otra Essaouira

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La otra Essaouira

Por encima de su bohemia cosmopolita, Esauira es sobre todo un maravilloso destino para apreciar las bondades de la vida en Marruecos. Desde aquí se pueden explorar otros enclaves de la costa atlántica, como la ciudad de Safí, con sus murallas, sus vestigios de iglesias entre mezquitas y sus acantilados sobrevolando el mar.Rebasando una vez más la frontera administrativa, es recomendable llegar a El Jadida, la vieja Mazagán. Menos concurrida y célebre que Esauira, posee una ciudadela portuguesa que merece por sí sola la excursión antes de regresar a Marrakech, inicio y final del viaje.

Al compartir un té, los marroquíes suelen decirnos que el primer trago es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte. Pero tras haber recorrido esta singular esquina de África, el áspero desierto, las montañas y el generoso océano solo pueden dejarnos el sabor de un gran viaje en el paladar. Y unas enormes ganas de volver.

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