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De más a menos impresionantes: los pueblos más bonitos de Cantabria

De interior o de costa, estas son las coordenadas rurales donde disfrutar de una colección de los paisajes cántabros más verdes.

Pocas comunidades le ganan en verdor a Cantabria, de eso no hay duda. Y en cuanto a pueblos, las tierras cántabras atesoran ricas tradiciones, deliciosa gastronomía, arquitectura de ensueño y fascinantes leyendas; pero sobre todo, paisajes tan asombrosos que quitan el aliento. Adentrarse en los pueblos más bellos de Cantabria es la clave para desvelar algunos de los secretos que guarda la comunidad y respirar verdor.

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Carmona

En medio del paraíso verde que es el valle medio del Nansa aparece este pequeño pueblo, capital de una Cantabria montañesa, ganadera y tradicional. Declarado, como no podía ser de otro modo ante su bella perfección rural, Conjunto Histórico-Artístico, conserva su viejo trazado urbanístico, respetado por la carretera comarcal que sólo lo bordea entre campos donde pastan a su aire el ganado de raza Tudanca.

Sus casas con arcadas en el primer piso y balconada entre contravientos lucen perfectas con sus macetas coloridas y las mazorcas colgadas. Su edificio más emblemático es el Palacio de los Díaz Cossío y Mier, actualmente alojamiento turístico, perfectamente integrado en el ambiente, Carmona tiene un apéndice en el barrio de San Pedro, plantado en un aparte, casi como un pueblo con entidad propia. Muy cerca aguarda una de las mayores rarezas naturales de Cantabria: el bosque de las secuoyas.

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Mogrovejo

La comarca del Liébana está salpicada de pequeños pueblos con encanto además de historia y apocalipsis - en el monasterio cistercense de Santo Toribio de Liébana, se escribieron los famosos comentarios al Apocalipsis, todo un bestseller en la época-. Uno de esos pueblos es Mogrovejo que, a los pies del Macizo Oriental de Picos de Europa, se convirtió en uno de los escenarios de 'Heidi, la reina de las montañas'.

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Sin embargo, la producción no acabó de estrenarse nunca, pero eso no quita que su elección como localización real no avale su belleza, capaz de competir con cualquier paisaje suizo por arte y efecto de la magia del cine. Su torre medieval, la iglesia del S. XVII, el conjunto excelentemente bien conservado de casas populares lebaniegas o el Museo de la Escuela rural le valieron para ser declarado Bien de interés cultural y Conjunto histórico. La calma aquí se manifiesta en que no llegan a medio centenar de vecinos y en que el entorno encaja perfectamente con la pequeña topografía del pueblo. Una maravilla a pesar de que Heidi y Pedro no acabaran triunfando en el celuloide. 

Potes
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Potes

A los viajeros entusiastas de los puentes, Potes les encantará. Y es que este bello pueblo cántabro es cruzado por cinco puentes diferentes. Y cada uno da una perspectiva diferente del pueblo. Ubicado en el corazón de la comarca de Liébana, es la base perfecta para descubrir los Picos de Europa. Arrasado por un incendio en la Guerra Civil y reconstruido años después, el centro histórico conserva su atmósfera medieval. El barrio más antiguo y auténtico es el de la Solana, en la orilla derecha del río Deva.

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Por sus callejuelas es por donde hay que pasear tranquilamente, captando la esencia de otros tiempos. La Torre del Infantado es el monumento principal de Potes. Antaño fue una cárcel, pero ahora regala felicidad… y vistas: en la última planta se abre un mirador con vistas espectaculares al paisaje que lo rodea: a los ríos Deva y Quiviesa, el monte de la Viorna y los Picos de Europa. De gastronomía, como de puentes, tampoco andan faltos. Seguro que el cocido lebaniego y los frixuelos -un tipo de crepes dulces- harán las delicias de los gastro-viajeros.

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Liérganes

Cuentan por estos lares que un vecino llamado Francisco de la Vega se arrojó en 1674 al río Miera, que desapareció en el mar Cantábrico y que fue localizado cinco años después, en la bahía de Cádiz, parece ser, que habiendo perdido la razón y la capacidad de hablar. Desde entonces, el caso se conoce como la leyenda del Hombre Pez. En el antiguo Molino de Mercadillo junto al "Puente Romano", está el centro de interpretación para conocer todos los aspectos de esta rocambolesca historia.

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Este municipio de poco más de 2.000 habitantes conserva un centro histórico bellísimo, declarado conjunto de interés histórico-artístico nacional en 1978, de esos en los que es agradable deambular tranquilamente, entre casonas populares al más puro estilo montañés. El Palacio de Rañada y el Palacio Museo de Elsedo son otros de los edificios clasicistas más relevantes del municipio Liérganes. El otro patrimonio del pueblo es el gastronómico. Sobre todo, platos de pescados de río, quesos frescos y los churros con chocolate, que tienen fama de ser los mejores de toda Cantabria.

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Bárcena Mayor

Sus calles empedradas, sus casonas solariegas de sillería, con soportales donde se guarda la leña para el invierno y balcones adornados siempre de flores, la sonoridad del río Argoza, el lavadero que parece salir de otro tiempo pasado y un paisaje de gran belleza fueron méritos suficientes para fuera declarado Conjunto Histórico Artístico ya en 1979. Lo mejor es que los coches inoportunos que suelen romper los encuadres en otros lugares, aquí no molestan, porque todas las calles están cerradas al paso de vehículos. Aunque tampoco es que fuera algo demasiado complicado, teniendo en cuenta que no vive más de un centenar de personas.

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La iglesia de Santa María guarda un tesoro en forma de bello retablo barroco. Para cuando ya se han dado vueltas suficientes por el pequeño entramado de calles, se puede recurrir a los muchos senderos que hay en el entorno natural de los alrededores. El Parque Natural Saja-Besaya es el mayor hayedo de Europa. Se puede ir andando desde Bárcena Mayor. El sendero parte junto al puente del siglo XVI que cruza el río Argoza y se trata de una ruta sencilla y totalmente señalizada.

 

 

Santillana del Mar
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Santillana de Mar

Se habla de las “tres mentiras” de Santillana -que no tiene mar y que ni es santa ni llana-, pero en realidad, más allá de lo afortunado o no del eslogan, Santillana de Mar sí tiene mar (sí tiene el término municipal), es santa (la Colegiata está consagrada a Santa Juliana, martirizada en Turquía), es llana (o, al menos, eso ya es algo subjetivo). Ciertamente, la Colegiata es el corazón de Santillana del Mar. El pueblo creció alrededor de esta maravilla reconocida como Patrimonio de la Humanidad.

El resto es un bellísimo conjunto artístico-monumental que llevó al mismísimo Sartre a calificarlo como el pueblo más hermoso de toda España. Tal vez se le podría tachar de exagerado, pero el caso es que coincide con la opinión de muchos otros artistas y escritores, que por aquí han pasado algunos de los mejores de la literatura española. Tanto es así que Miguel de Unamuno, siendo rector de la Universidad de Salamanca, ya dijo que Santillana era una "villa envuelta en prestigio literario".

Pero Santillana del Mar es mucho más que su prestigio literario y su Colegiata: está Casa Quevedo y sus meriendas a base de leche de verdad y bizcocho, y las torres de Merino y Don Borja, sede de la prestigiosa Fundación Santillana, y a solo dos kilómetros, la Cueva de Altamira. Y eso, sólo por limitar el listado.

 

Comillas
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Comillas 

Lo que fue una villa pesquera tradicional dio un paso más hasta convertirse en algo así al escenario ideal para un merecido retiro en plan “dolce far niente”. Parte de culpa la tienen sus villas ajardinadas, el verde que la rodea, la playa y las vistas al mar. Hasta Comillas llegan miles de turistas para disfrutar de las maravillas arquitectónicas. El máximo responsable de este peregrinaje arquitectónico es Antonio López y López, el primer marqués de Comillas. Él es el prototipo perfecto de indiano hecho así mismo. Hijo de Antonia López de Lamadrid y huérfano de padre, emigró a Cuba a los 14 años con lo puesto y volvió con una inmensa fortuna de la que hizo gala trayéndose a lo más granado de los artistas del modernismo catalán.

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Entre lo mejor de tremendo repertorio está la plaza vieja, la iglesia parroquial, pero sobre todo, los edificios y jardines de la Universidad Pontificia, despuntando sobre la colina, obra de los arquitectos catalanes Joan Martorell y Lluis Domenech; el palacio de Sobrellano, que el marqués hizo construir sobre sobre su casa primigenia y donde se alojó el rey Alfonso XII, y la estrella del programa: el Capricho de Gaudí, algo parecido a la casita de Hansel y Gretel pero hecha de azulejos en lugar de chocolate y golosinas. Para menesteres de mayor ambiente, mejor pasarse por la plaza del Corro.

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