Marruecos auténtico

Meknes, la capital imperial inesperada

Ubicada entre Rabat y Fez, esta urbe permite disfrutar de Marruecos sin turistadas.

Establecida en una fértil región cubierta de olivares, viñas y huertas, esta antigua villa imperial conserva el patrimonio de su esplendoroso pasado.

De las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, Meknés podría considerarse la más modesta, detalle que le confiere un ritmo de vida pausado y la hace muy agradable de visitar. Modestia relativa, puesto que sus monumentos rivalizan en magnificencia con los de Fez, Marrakech y Rabat, si bien se distribuyen en un casco urbano menos extenso y rodeado de campos de cultivo, que se extienden a la sombra del Atlas Medio. Su fértil huerta la convierte en la capital agrícola del reino marroquí y en el lugar donde saborear las mejores frutas y verduras del país, sin olvidar sus vinos y un gustoso aceite de oliva.

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iStock-175498840. El sueño de un sultán

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El sueño de un sultán

Los orígenes de Meknés se remontan al siglo X, cuando la tribu bereber de los meknasíes construyó aquí una kasba o fortaleza, conquistada por los almorávides cien años más tarde. Serían los almohades y los merinides quienes desarrollarían la ciudad, si bien su verdadero apogeo llegó a partir de 1675, cuando el sultán Mulay Ismail estableció en Meknés la capital de Marruecos para escapar de la influyente nobleza de Fez. De aquella época datan los 40 kilómetros de muralla que rodean la población, así como los edificios más suntuosos que se esparcen por la medina y por la extensa villa imperial que Mulay Ismail edificó junto a ella, con la idea de crear una capital autosuficiente.

2. plaza-el-hedim-meknes. Donde late el corazón de Meknés

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Donde late el corazón de Meknés

Separando la medina de la villa imperial, se abre la plaza El-Hedime, idónea para pulsar el ritmo de la ciudad, que se llena de vida al atardecer gracias a vendedores y artistas ambulantes, y a los restaurantes y terrazas instaladas donde en otras épocas se leían anuncios reales o se presenciaban ejecuciones públicas. 

4. puerta-bab-mansour-meknes. El castigo del artista

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El castigo del artista

La más famosa de las ejecuciones de la plaza fue la del arquitecto que concibió la magnífica puerta de Bab Mansour, que comunica la plaza con la villa imperial. Está decorada con rosetas, estrellas y dibujos geométricos cubiertos de miles de piezas de cerámica, formando un conjunto sutil y espléndido a la vez. Su hacedor fue un cristiano convertido al islam con el nombre de Al-Mansour, quien cometió la imprudencia de presumir ante el sultán de que podía realizar una puerta aun más bella.

3. Mausoleo Mulay Ismail. Un mausoleo para la eternidad

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Un mausoleo para la eternidad

La plaza El-Hedim está dominada por el palacio Dar Jamaï (1882), hoy sede del Museo Dar Jamaï, considerado uno de los mejores del país, por su colección de cerámicas, joyas, alfombras y bordados espectaculares. Tras cruzar el portal de Bab Mansour aparece el mausoleo de Mulay Ismail, uno de los pocos recintos religiosos de Marruecos al que acceden los no musulmanes. Tejas verdes esmaltadas y un fino trabajo de estuco se suceden a lo largo de diversos patios y columnatas, antes de llegar al lugar donde reposan el sultán y su hijo heredero. Flanqueando la entrada a las tumbas se ven dos relojes de péndulo, que el rey francés Luis XIV regaló al sultán tras negarle la mano de su hija, puesto que la ley musulmana autorizaba la poligamia.

5. Heri Souani. Un complejo colosal

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Un complejo colosal

Detrás del mausoleo asoma el perfil del Palacio Real, todavía en uso, y el conjunto de Heri Souani, con los graneros y caballerizas. Allí destacan el Dar El-Ma, un laberinto de columnas y arcos que albergaba los pozos que abastecían la ciudad gracias un sistema de norias, hoy desaparecidas. Lo sigue otro recinto de proporciones igual de colosales, en el que estabulaban a los 12.000 caballos del ejército del sultán. Y junto a Dar El-Ma, el estanque de Agdal, donde los monarcas disfrutaban de paseos en barca.

6. calles medina meknes. Ruta de las mezquitas

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Ruta de las mezquitas

Para visitar las mezquitas de Meknés lo mejor es dirigirse al norte de la medina y entrar por otra de sus puertas monumentales, la de Bab Berdaine. Desde el mirador de la calle Merinides se puede ver cómo asoman sobre los tejados los minaretes de la mezquita de Berdaine, de la Gran Mezquita y al fondo los de la mezquita de Nejjarine. El primero está revestido de cerámica verde, el color sagrado del islam, ya que en un hadiz o dicho de Mahoma éste decía que el agua, el verdor y una cara hermosa eran las cosas universalmente buenas.

iStock-480157661. Azules y estucos por doquier

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Azules y estucos por doquier

Junto a la Gran Mezquita se ubica la madraza Bou Inania, escuela coránica construida en 1336 según el diseño clásico, en el que el patio central con la fuente de las abluciones está rodeado por una galería y una sala de oración. Versículos, azulejos y estucos que parecen bordados se disputan hasta el último rincón, del mismo modo que los comerciantes se arraciman en los callejones aledaños y en los bazares cubiertos próximos a la calle Nejjarine.

8. damasquinado-meknes. Olores, colores y sonidos estimulantes

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Olores, colores y sonidos estimulantes

El alto nivel de los artesanos de la Meknés del pasado tiene su reflejo en los que hoy muestran sus habilidades a puerta de calle. Resulta especialmente fascinante el trabajo de damasquinado, algo que no se encuentra en otras ciudades de Marruecos. Esta decoración consiste en incrustar hilos de oro, plata o cobre en piezas de metal pavonado, creando filigranas de gran efecto. El sonido del martilleo cede al sentido del olfato a medida que se avanza hacia el mercado que hay en las inmediaciones de El-Hedime, donde la monumentalidad da paso a la cotidianidad. Menta, especias y limones se disputan la atención de los compradores, atareados en regatear y en elegir los mejores dátiles o el aceite más perfumado.

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Meknes, la capital imperial inesperada

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