Rayuela isleña

El microcosmos de las Islas Cícladas al detalle

En medio del Egeo, aguarda un archipiélago prodigioso que fue la cuna del mismísimo Zeus.

Este grupo de islas peinadas por el meltemi –el viento del norte hace que incluso en verano las noches sean frescas– se arrebaña entre el Peloponeso y el Ática, al oeste, y Creta, al sur. Al norte, una extensión más ancha de mar abierto las separa de las Espóradas y de las islas del Egeo septentrional. Al este, otro brazo de mar mucho menos extenso, lo distingue del Dodecaneso, pegado a Asia Menor. 

La geografía se refleja en la cultura: las Cícladas presentan un carácter propio, bastante diferente del de los territorios de alrededor. Por un lado, en contraste con el Dodecaneso y otras islas del Egeo, la influencia turca es casi ausente. Por otro, ni sus pueblos, ni sus tradiciones recuerdan la herencia balcánica de Grecia, al contrario de lo que ocurre en el continente. Se nota, en cambio, una importante huella italiana, tanto en la onomástica como en la existencia de comunidades cátolicas, especialmente en Siros. Aun así, el carácter cicládico conserva su independencia, como se ve sobre todo en la arquitectura y la música. Santorini es la puerta más imponente para entrar en este mundo.

 
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Una entrada apoteósica

La entrada por mar a la caldera sumergida de la isla de Santorini constituye un espectáculo grandioso, difícil de igualar. Los bordes del cráter alzan su altiva muralla roja y negra, coronada por las casas blancas de Oia y Firá, dos pueblos colgados al borde del acantilado, como si les gustase vivir en un vértigo perpetuo.

Una experiencia así solo se puede vivir si se llega en barco, por mucho que el avión acorte la distancia entre el continente y esta famosa isla cíclada. A Santorini hay que llegar por mar. Al fin y al cabo, si lo que se ha planteado es un viaje saltando de isla en isla, el mar será nuestro elemento. La navegación entre una isla y la otra es breve y plácida, siempre con tierra a la vista, por eso el archipiélago de las Cícladas está poblado desde la prehistoria. 

 
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Tal vez el atardecer más famoso del mundo

La visión de Santorini es tan asombrosa que hay quien no desea nada más. El viajero puede sentirse tentado a quedarse en el barco y no pisar una isla que recibe unos dos millones de visitantes al año, pero la isla más famosa de Grecia guarda secretos que un buen observador todavía puede descubrir por su cuenta.

Para empezar, la arquitectura. Aunque en combate permanente con la nueva construcción, Santorini conserva algunas de las mejores muestras de la arquitectura tradicional de las Cícladas. En pueblos como Akrotiri, Pyrgos o Imerovigli, e incluso en la famosísima Oia, podemos perdernos por las típicas callejuelas flanqueadas de casas encaladas, con las puertas y ventanas pintadas de azul –para evocar los colores de la bandera griega–, pero también de verde o rojo. 

La trama laberíntica de esas poblaciones no se debe al amor por lo pintoresco: estas islas, a lo largo de los siglos, han sido presa frecuente de piratas. La mejor defensa consistía en instalarse en lugares elevados, lejos de la costa, y hacer que la propia estructura enmarañada de las calles constituyera un elemento defensivo, para confundir a potenciales invasores. Esta estrategia constructiva, que ya observó el historiador Tucídides en el siglo v a.C. al reflexionar sobre las épocas más remotas de la historia de Grecia, tuvo su última manifestación entre los siglos xv y xvii, cuando las flotas de corsarios tanto musulmanes como cristianos asolaban el Egeo. 

 
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Sí, son molinos (o gigantes)

En Oia (se pronuncia «ía») todavía quedan algunos de los molinos de viento que antiguamente servían para moler grano aprovechando uno de los pocos elementos que las islas Cícladas poseen en abundancia, además de los minerales de origen volcánico. Esos gigantes con aspas, «esos patios blanquísimos donde sopla entre arcos el viento del sur», en palabras del poeta Odiseas Elitis, premio Nobel y cantor por excelencia de la desnudez del archipiélago, 

 
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Una Pompeya griega

Estos molinos no cambiaron sustancialmente entre el tercer milenio a.C. y el reciente siglo xx. Así lo han revelado las excavaciones realizadas en Akrotiri, una ciudad próspera situada en el sur de la isla que acabó bajo la lava, una auténtica Pompeya griega. A diferencia de las ruinas romanas del golfo de Nápoles, el yacimiento de Santorini tiene una cubierta que lo protege y no permite pasear por sus calles al aire libre. Aunque el aspecto que más la distingue respecto a la ciudad enterrada por el Vesubio es la edad: Akrotiri es un milenio y medio más antigua.

Akrotiri floreció entre los años 2000 y 1600 a.C., bajo el influjo de la civilización minoica de la vecina Creta y en estrecho contacto con la cultura cicládica, que se desarrollaba en las islas más septentrionales del archipiélago y que ha legado sus estilizadas estatuas de mármol blanco. Decir que Akrotiri «floreció» no es ninguna metáfora: muchas paredes del yacimiento están cubiertas de hermosos frescos a todo color que representan escenas naturales y de la vida cotidiana, como el del pescador o el de las recolectoras de azafrán, con una vivacidad asombrosa. 

Hacia el 1600 aC, sin embargo, ese florecimiento se vio truncado por una serie de erupciones volcánicas que despoblaron la isla y cubrieron de lava y piedra pómez la ciudad de Akrotiri. La caldera inundada que ahora muestra un aspecto tan plácido cuando se llega en barco o se contempla desde Oia, es el cráter sumergido que aquella vez –y seguramente otras anteriores que la historia no registra– convulsionó la isla. El volcán, no obstante, parece que se portó mejor que con Pompeya: en las ruinas de Akrotiri no se ha encontrado ni un solo cadáver atrapado por la lava. Podría ser que los habitantes interpretaran correctamente los terremotos y huyeran durante la primera fase de la erupción. No imaginaron que Akrotiri se conservaría admirablemente hasta nuestros días, más de 3500 años después, como testimonio de la primera civilización europea.

 
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Gastronomía crepuscular

Para aligerar un poco el espíritu después de tanta grandeza, vale la pena saborear las especialidades locales. Aunque Santorini sea particularmente árida, incluso para una cíclada, su suelo produce sabrosos tomates y excelentes guijas o almortas, una legumbre que en nuestros pagos ha caído en el olvido pero que en Grecia se consume en forma de puré, a menudo con aceitunas y cebolla, un plato que se conoce como fava. 

Los vinos producidos en la isla ofrecen el mejor maridaje. Se cultiva sobre todo la variedad local, el asírtiko, tan tenaz que sobrevivió a la plaga de la filoxera en la segunda mitad del siglo xix. Esa cepa da excelentes vinos blancos, pero en ocasiones se deja envejecer durante años en cavas excavadas en la piedra pómez, para obtener el vinsanto, un vino dulce y aromático. Degustarlo mientras se contempla la puesta de sol desde Oia, la mejor del Egeo según dicen, puede ser una magnífica forma de despedirse de esta fascinante isla.

 
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Senderismo isleño

Siempre es buena idea ir a Amorgós. No solo porque sea mucho más agreste que Santorini, sino por el barco que conecta ambas islas. El Skopelitis empezó a cubrir rutas por el mar Egeo en 1956 y continúa haciéndolo, impertérrito, hasta el día de hoy. Con el paso de las décadas ha ido creando una leyenda, e incluso los músicos de Amorgós le dedican versos improvisados sobre las melodías tradicionales. 

La afición musical es solo una de las particularidades que diferencian Amorgós de sus vecinas. Gracias en gran parte a su relieve montañoso y agreste, esta isla ha conservado las esencias de una forma admirable. Si en Santorini costaba encontrar a un nativo, en Amorgós el alma isleña predomina. Y también la tranquilidad. El turismo es moderado incluso en verano y la mayoría de visitantes proceden de la Grecia continental; y cabe decir que, en general, los griegos buscan calma para sus vacaciones. 

Amorgós dispone de una red de senderos señalizados bastante extensa que recorre la isla de punta a punta. Se puede comprar un mapa de rutas en el afable puerto de Katápola y aventurarnos por los caminos para alcanzar pueblos y monasterios, e incluso acercarnos a contemplar los soberbios acantilados de la costa este, desnudados por el viento y erguidos sobre las aguas del Egeo, que en esta franja litoral presenta un azul oscuro e impenetrable. 

 
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Callejeo de postal en Chora

La población principal es Chora (pronúnciese«jora»), un nombre habitual en las Cícladas para designar la localidad más destacada, aunque en la mayoría de las islas la Chora (u Hora) ha perdido su relevancia y ahora es el pueblo antiguo. La de Amorgós sigue siendo la ciudad de referencia, tal vez porque su estratégica ubicación, alejada de la costa, la protegió siempre de los saqueos piratas. Efectivamente, resulta curioso comprobar que el núcleo habitado no se divisa desde el mar y prácticamente no se distingue desde ningún punto de la isla. 

Después de pasear por calles y plazuelas, contemplar las ruinas del castillo veneciano del siglo xiii y subir hasta los molinos de viento que rodean la población, vale la pena acercarse al borde más oriental. Lo primero que impresiona es la fuerza súbita del viento. Lo segundo, ese mar azul e interminable a nuestros pies. Y lo tercero, el monasterio bizantino de Hozoviótisa, pegado al acantilado como el nido de un ave. El religioso que cuida del recinto suele obsequiar con un dulce y un vasito de psimeni rakí (aguardiente con miel y especias) a los visitantes que acuden temprano al monasterio.

Amorgós conserva su música tradicional, vivaz y juguetona. En verano, prácticamente cada noche, en un lugar u otro, se puede disfrutar de los alegres ritmos que salen de las cuerdas de un violín o de un laúd, los instrumentos más típicos. Y, atención, todo lo que se toca, se baila. Si estamos de suerte nuestra estancia quizá coincida con un paniyiri, parecida a una fiesta mayor. La experiencia será inolvidable. De pronto, una apacible plaza se llena de mesas rebosantes de comida, vino y aguardiente, el laúd marca el ritmo, el violín la melodía, y los bailarines forman círculos y remolinos que giran sin fin hasta el amanecer.

 
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Un marco para el sol

En la isla de Naxos, recibe la inmensa Portara del antiguo templo de Apolo, una gran puerta esculpida con mármol de la isla sobre un cabo. Al otro lado del puerto se extiende la Chora de Naxos, que, contrariamente a las vistas hasta ahora, no huye del mar. Eso se debe, seguramente, al hecho de que Naxos siempre fue una isla relativamente poderosa. Se trata, como ya se aprecia desde la cubierta del barco, de la mayor del archipiélago de las Cícladas, y también de la más fértil.

 

 
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Naxos y la cuna de Zeus

A los pies del monte Zas, el más alto de la isla y de todo el archipiélago, donde la leyenda cuenta que se crió el pequeño Zeus, hay fuentes, riachuelos y viejos molinos de agua entre campos exuberantes y pueblecitos esparcidos ahí y allá. En Naxos conviene disponer de vehículo o, de lo contrario, ser muy andarín, porque lo mejor que puede hacer el visitante es vagar sin rumbo por los pueblos de la isla, sin desdeñar ninguno. Donde no encuentre una iglesia bizantina hallará una fortaleza veneciana, restos de un templo antiguo o, sencillamente, una plaza ideal para pasar el mediodía bajo la sombra de los plátanos. 

Las montañas de Naxos producen un vino excelente y los amantes del queso podran degustar hasta 16 variedades elaboradas con leche de cabra o de vacaMención especial merece el pueblo de Apíranthos, que conserva el aire medieval de cuando la isla era capital del ducado de Naxos, también llamado del Archipiélago, palabra que sirvió primero para denominar las Cícladas y que después pasó a denominar a todo conjunto de islas. En las tabernas de la localidad deKinídaros es frecuente que se congreguen músicos locales en los atardeceres de verano. 

En cuanto a los vestigios de su pasado más remoto, destacan los dos kouros de mármol inacabados que permanecen tumbados en el campo donde probablemente se estaban tallando. Se trata de esculturas a tamaño natural de jóvenes atléticos desnudos con melenas rizadas. Estas estatuas empezaron a realizarse en Naxos hacia el siglo vii a.C. y, más tarde, en el resto de islas y en la Grecia continental.

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Pueblos y catas de vinos en Paros

Paros, la hermana menor de Naxos, destaca por la hermosura de sus pueblos y por su vino, famoso en la Antigüedad. Su punto fuerte, no obstante, y lo que aseguró su prosperidad durante siglos, fue el mármol. Con él se esculpieron algunas de las estatuas más famosas del arte antiguo, como la Venus de Milo o el Hermes de Praxíteles. 

A medio camino entre el puerto de Parikiá y el bello pueblo de Lefkes –la antigua Chora–, se encuentran las canteras, en uso hasta el siglo xix y que sirvieron para abastecer de mármol a talleres europeos, como el que esculpió la tumba de Napoleón alojada en el palacio Les Invalides de París. Es posible acceder a las canteras través de dos «entradas», puesto que los picapedreros cortaban las placas de mármol en horizontal, bajo tierra y a la luz de las lámparas.

 
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Mikonos y Delos, dos islas y un destino

Zarpando de Paros con dirección al norte, se viaja hacia un par de islas ligadas por destinos contrarios: Mikonos y Delos. El barco pasa justo entre ambas, contemplando la bulliciosa Mikonos a la derecha, y las ruinas silenciosas de Delos a la izquierda. Entonces viene a la memoria aquel dicho de Heródoto: «las ciudades que en mi tiempo eran grandes, habían sido insignificantes, y las que antiguamente habían sido grandes, en mi época eran pequeñas».

Mikonos, esa meca del turismo mundial, fue en otros tiempos conocida por su pobreza. En la Antigüedad, la fortaleza de sus habitantes, rudos pastores de cabras, era proverbial. En los primeros siglos de la Edad Moderna, la isla daba tan poco para vivir que sus habitantes se lanzaron al mar para dedicarse a la piratería. 

Un tímido despuntar económico entre los siglos xviii y xix se vio pronto interrumpido por la apertura del canal de Corinto, que hizo que la isla ya no sirviese de puerto de escala, y entonces Mikonos envió emigrantes a medio mundo. Hasta que los arqueológos, franceses principalmente, empezaron a interesarse por el islote que emergía al lado: Delos. En la actualidad Mikonos recibe vuelos directos de diversas ciudades europeas y se ha ganado fama como uno de los enclaves más animados del Mediterráneo, con discotecas a pie de las playas de Paranga, Agios Sotis, Platis Gialos, Paradise, Panormos o Platis Gialos. Y así, la ruina de una isla fue la fortuna de la otra. El viejo Heródoto sabía lo que se decía.

 
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Apoteosis arqueológica

En la Antigüedad, Delos tuvo una historia brillante. Se consideraba el centro de las Cícladas, que se llaman así porque se concebían como un ciclo, es decir, un círculo de islas alrededor de Delos. Allí se encontraba uno de los dos santuarios de Apolo más importantes de Grecia; el otro era el de Delfos. De hecho, según la leyenda, el dios había nacido, junto con su gemela Artemisa, precisamente en ese enclave. El santuario de Apolo era el centro de la vida religiosa de los jonios, una de las tribus griegas más señaladas (jonios se consideraban, sin ir más lejos, los atenienses), y pronto se convirtió en uno de los santuarios principales de Grecia y, como decía el poeta Calímaco, en su «isla más sagrada». 

Durante la época helenística Delos desarrolló una gran vitalidad comercial. Cuando el Imperio Romano empezó a intervenir en los asuntos de Grecia, la declararon puerto franco, con lo que su actividad mercantil se disparó. Beneficiada por la destrucción de Corinto a manos de los romanos en el 146 a.C.–la suerte de Corinto siempre ha pesado sobre la fortuna de estas islas, como sucedió siglos después con el canal homónimo–, Delos vivió días de esplendor. El lucrativo comercio de esclavos financió las villas de los mercaderes, cuyos mosaicos han resistido hasta la actualidad. Las guerras mitridáticas en el siglo i a. C. perjudicaron seriamente a Delos, que inició una larga agonía hasta el siglo vi d.C., cuando fue abandonada de forma definitiva. Los hallazgos de los arqueólogos en el siglo xix atrajeron a los primeros turistas. Estos se alojaban en Mikonos, que sí que estaba habitada. Con el tiempo, los visitantes de Delos empezaron a valorar la belleza de la isla vecina.

 

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