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Monasterios imprescindibles de Portugal

Un viaje por seis recintos monumentales del vecino país, declarados Patrimonio de la Humanidad por su valor histórico y artístico.

En un tiempo en el que los monarcas de media Europa se miraban el ombligo y competían entre sí construyendo palacios, castillos y catedrales descomunales, con el objetivo de consolidar su grandeza y su poder, en Portugal los reyes centraban sus esfuerzos en erigir monasterios monumentales para loar la ayuda divina en sus victorias bélicas y logros marítimos, y en algún caso como exaltación al amor. Aquella «moda» lusa que perduró entre los siglos XIII al XVIII hizo que el vecino país atesore un destacado legado monástico, cuya relevancia artística ha sido catalogada y protegida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Además, cuatro monumentos de este artículo también se hallan entre las Siete Maravillas de Portugal, una selección promovida por el Ministerio de Cultura luso.

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shutterstock 1686651286. Jerónimos Lisboa

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Monasterio de Los Jerónimos en Lisboa

El Monasterio de los Jerónimos de Lisboa es la obra cumbre del estilo manuelino portugués, un refinamiento del sobrio gótico que imperaba en Europa cuando empezó a edificarse. Se sitúa en el barrio de Belém, en la entrada del puerto lisboeta, un poco apartado del centro, pero muy bien comunicado en transporte público. El gran monumento narra en su muros y en los tesoros que alberga todo el esplendor de la historia de la expansión marítima lusa. Las obras del monasterio comenzaron a partir del año 1502 concluyendo un siglo después, y fueron sufragadas en gran parte por el llamado «impuesto de la pimienta», que gravaba las importaciones de especias y de oro que llegaban desde Ásia y África. 

Al contemplar desde el exterior el monasterio destaca la imponente fachada de más de 300 m de longitud. Y cuando se entra en su interior, ante el visitante comienza un desfile de personajes ilustres de la historia portuguesa. La Capilla Mayor acoge las arcas funerarias de Manuel I y sus descendientes. También pueden verse las tumbas de Vasco de Gama, el cenotafio del poeta Luis de Camoes o la lápida del historiador Alejandro Herculano. En el crucero sorprende el arca del rey Sebastián I, vacía ya que sus restos se perdieron en Marruecos, donde cayó en el campo de la batalla de Alcazarquivir en 1578.

El Claustro de Los Jerónimos fue construido en 1544 y consta de dos niveles que se asoman a un patio desde balconadas decoradas con bellas arcadas labradas y esculturas que evocan la época de los grandes Descubrimientos marítimos. En una capilla contigua al claustro se guarda el túmulo de Fernando de Pessoa, un sencillo monolito con el que los portugueses rinden homenaje a su «rey escritor».

La visita de Los Jerónimos debe completarse a orillas del río Tajo en la cercana Torre de Belém, que comenzó formando parte de una línea defensiva que completaban el baluarte de Cascais y el fuerte de San Sebastián de Caparica, y acabó siendo una alegoría en piedra dedicada a los Descubridores portugueses. Hoy aloja un museo y es uno de los monumentos más visitados de Lisboa. En 1983, el Monasterio de Los Jerónimos y la Torre de Belém fueron declarados en conjunto Patrimonio de la Humanidad, y ambos se hallan además entre las Siete Maravillas de Portugal.

iStock-629788798. Monasterio de Batalha

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Monasterio de Santa María da Vitória en Batalha

El Monasterio de Santa María da Vitória fue erigido en Batalha para conmemorar la victoria de los portugueses sobre los castellanos en la contienda de Aljubarrota de 1385. Se trata de uno de los ejemplos del entonces incipiente estilo manuelino, propio de vecino país. Las obras comenzaron el año 1388 a pocos kilómetros del lugar del enfrentamiento, y finalizaron el 1402 con todo el recinto configurado, salvo los sectores más altos y los claustros.

La Iglesia fue la primera edificación, erigida sobre tres naves, la central de dos niveles y con cinco capillas en la cabecera. El interior del templo destaca por su altura, de 32 m en su cúspide y casi sin apoyos. Una leyenda dice que su constructor, tras finalizarla, insistió en permanecer sentado solo en el interior hasta que días después salió afirmando: «la bóveda no se cayó, la bóveda no se caerá».

El Portal de acceso a Santa María da Vitória es el único de Portugal totalmente esculpido, recordando la esencia del Pórtico de la Gloria compostelano. Junto a la entrada se abre la Capilla del Fundador, mandada erigir por Juan I de Portugal para ser su panteón. A un lado del Altar Mayor destacan las Capillas Imperfectas (siglo XV), que a cielo abierto albergan las tumbas de Eduardo I y otros miembros de la realeza. 

El Monasterio de Batalha cuenta con dos claustros. El dedicado a Alfonso V es el más ornamentado, presenta dos niveles y está rodeado por dependencias donde en la época monacal se alojaban la enfermería, la notaría, la biblioteca, la despensa o el almacén para la leña. Por su lado, el Claustro Real cuenta con galerías abovedadas y un patio al que daban la bodega, la cocina y el comedor anexo. El reino incluye el Museo de Ofrendas al Soldado Desconocido, en el antiguo refectorio. El recinto fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1983 y es otra de las Siete Maravillas de Portugal.

iStock-941101050. Monasterio de Alcobaça

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Real Monasterio de Santa María de Alcobaça

Santa María de Alcobaça está considerado, por sus dimensiones y la pureza de su estilo y de los materiales empleados en su construcción, el máximo exponente de la arquitectura del Císter en Portugal, la orden religiosa que se asentó en territorio luso el año 1138. La iglesia fue el núcleo original de todo el recinto, fundada en el siglo XII por el rey Alfonso I de Portugal, quien por aquel entonces estaba en plena Reconquista a los musulmanes, e hizo realidad el voto de ceder tierras a la Orden si obtenía la victoria.

Los monjes empezaron a levantar su monasterio en 1178. Lo que nació como una pequeña iglesia fue creciendo en estilo gótico con su planta de cruz latina, tres naves laterales y bóvedas de crucería. El recinto acabó formado por la magnífica abadía y tres claustros (de Dionisio I, del Cardenal y de Rachadouro), flanqueados por un sinfín de estancias monacales. Tras su imponente fachada, hoy barroca por las remodelaciones posteriores, se abre un austero interior, que carece de decoración e imágenes ornamentales, tal y como dictaminaba la Orden del Císter.

Muchos miembros de la monarquía lusa yacen en este monasterio, principalmente en el crucero, el claustro y en el Panteón Real. Destaca por su belleza artística y significado la tumba de Pedro I de Portugal y Doña Inés de Castro, que reposan juntos y en soledad en la inmensa nave central. Ambos vivieron en el siglo XIV un amor prohibido que los llevó a casarse en secreto y a ella a morir asesinada. Sus sarcófagos, joyas de la escultura gótica portuguesa, están enfrentados para que los amantes se reencuentren cuando llegue el Juicio Final. En una inscripción grabada en el ataúd de don Pedro se puede leer: «hasta el fin del mundo». El Real Monasterio de Santa María de Alcobaça está en la lista de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad desde 1989, y también entre las Siete Maravillas de Portugal. 

iStock-486835411. Mafra

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Basílica del Palacio Nacional de Mafra

El Palacio Nacional de Mafra fue una promesa de fe y de amor. En el siglo XVIII lo mandó construir el rey Juan V de Portugal, apodado «el Magnánimo», como muestra de afecto hacia su esposa Ana María de Austria, y en agradecimiento a Dios por haberle dado un heredero. La joven reina tardó años en quedarse embarazada y los monarcas recurrieron a mil estrategias. Hasta que llegó la promesa de construir un recinto espléndido si llegaba el futuro rey. Cuando con 28 años la reina dio a luz al primero de sus siete hijos, Juan V de Portugal cumplió su promesa. 

Para edificar el enorme recinto que incluye su imponente basílica, el rey hizo movilizar a más de 50.000 personas que levantaron en dos décadas este memorial al amor y a la riqueza, ya que fue financiado gracias al oro que desde Brasil llegaba en cascada hasta Portugal. Este recinto palaciego, donde predominan las líneas barrocas, cuenta con 1200 estancias, 156 escalinatas, 29 patios ajardinados y una biblioteca, que contiene más de 40.000 volúmenes y es de las más notables de Portugal.

Pero lo más importante del Palacio Nacional de Mafra, que desde 2019 forma parte del Patrimonio de la Humanidad, es su magnífica Basílica, a la que se entra por la fachada principal del palacio, una entrada presidida por un frontón triangular de estilo clásico. La iglesia está coronada por una imponente cúpula renacentista que, además de su aportación artística, contribuye a la acústica del templo y alberga dos carillones con 92 campanas. El amplio interior cuenta con una decoración de mármoles policromos y en él se guarda un órgano único, formados por seis tubos sonoros.

La Basílica se completa con un claustro que mide 40 m x 33 m, flanqueado por arcos que le otorgan un aspecto imponente. Desde este espacio se accede al Convento, en su origen concebido para una docena de frailes, pero que cuando se concluyeron las obras del palacio abarcaba 40.000 metros cuadrados y acogía a 300 religiosos. Se pueden visitar la Sala de los Frailes y las celdas de los monjes.

 

shutterstock 260244470. Serra do Pilar

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Monasterio de la Serra do Pilar en Oporto

Frente a Oporto, en la otra orilla del río Duero, se extiende Vila Nova de Gaia. Ambas ciudades están unidas por emblemáticos puentes y por una historia compartida en la fabricación y exportación de vinos. En el barrio histórico de Santa María y San Pedro de Afurada de Vila Nova de Gaia se encuentra, sobre un altozano con vistas al emblemático Puente de Luís I, el singular Monasterio do Serra do Pilar, una pequeña iglesia renacentista del siglo XVI, que destaca junto a su claustro por su planta circular, único ejemplo en Portugal. El recinto empezó a construirse en 1527 para albergar a los monjes del monasterio de Grijó, que se vieron obligados a abandonarlo por su deterioro. Rápidamente, el recinto monacal resultó insuficiente, por lo que en el siglo XVI fue sometido a una remodelación para ampliarlo. La iglesia y el claustro circulares tienen el mismo diámetro y están separados por un coro rectangular en el que se abren capillas laterales. El interior del templo contiene retablos de talla dorada, columnas salomónicas y esculturas de madera policromía del siglo XVIII. Su ubicación estratégica hizo que desde mediados del siglo XIX fuese utilizado como fortaleza improvisada. El Monasterio de la Serra do Pilar es Patrimonio de la Humanidad desde 1996

shutterstock 1706580613. Cristo de Tomar

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Convento de Cristo en Tomar

Los Caballeros de Cristo, la orden militar portuguesa heredera de los templarios, convirtió Tomar en su sede en territorio luso, fundando este Convento de Cristo el año 1162, como un pequeño cenobio de clausura para aquellos monjes-soldados, rodeado por las murallas del Castillo de Tomar. En conjunto abarca desde el estilo románico puro al primer Renacimiento, que empezó a perfilarse en Portugal durante el reinado de Juan III. Hoy, este monumento, Patrimonio de la Humanidad desde 1983, está considerado una joya excepcional del patrimonio religioso luso.

A vista de pájaro, la belleza, las dimensiones y la complejidad arquitectónica de este recinto es sorprendente. Protegido por un lienzo de murallas, incluye un acueducto por el que llegaba el agua. Dentro de su perímetro conserva el Castillo de la Alcazaba y el de Almedina, las primeras estructuras en erigirse a partir del año 1160, con una Torre del Homenaje románica aún en pie, erigida sin estar adosada a ningún muro.

Una de las estancias más bellas del Convento de Cristo es la Sala Capitular, iniciada en estilo manuelino, pero concluida en el primer Renacimiento portugués. En esta estancia se puede admirar una ventana manuelina que es un icono de este estilo, posiblemente dedicada a la época de los Grandes Descubrimientos marítimos. Su decoración es bellísima. 

Pero sin duda, una de las piezas más sorprendentes del recinto de Tomar es la Girola, ejemplo de románico puro y posiblemente concebida como capilla funeraria, aunque fue ampliada con posterioridad en el siglo XVI. Legado de los templarios, es una de las pocas iglesias de planta centrada polígona que se conocen. Posteriormente se completó con una iglesia alrededor, un arco de triunfo y un portal fenomenal. 

El recinto monumental se completa nada menos que con siete claustros magníficos: el de los Cuervos, el Micha, el de Santa Bárbara, el de la Hospedería, el de Lavagens, el Principal y el del Cementerio.

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