Lugares sagrados

La montaña del miedo en Japón

Al monasterio de Osorezan, en una caldera volcánica rebosante de azufre, se acude para honrar a los difuntos o conectar con ellos.

En Japón, el umbral entre esta vida y el más allá se ubica en Osorezan (Montaña del Miedo), en el centro de Shimokita, una península con forma de hacha que se extiende en el confín norte de la isla de Honshu. Un conjunto de ocho picos boscosos, cuya forma evoca un loto, rodea la caldera volcánica que ocupa el lago Usori. El paraje está envuelto en fumarolas y las aguas azules del lago, sumamente ácidas por su riqueza en azufre, no albergan peces. Para el budismo japonés este escenario encarna la entrada al inframundo. El mítico río Sanzu que el alma debe atravesar para acceder al más allá se equipara en este caso al río Shozu, que mana del lago Usori. Las amenazas del mundo subterráneo son evidentes: en cuanto se franquean los muros que rodean el monasterio Bodaiji, única construcción humana en la caldera, se deambula por un paisaje carbonizado, entre arenas ardientes y pozos de barro que borbotean.

Osorezan

Osorezan

Los padres que han perdido un hijo o han tenido un aborto acuden a Osorezan para rogar al bodhisattva Jizo que vele por la criatura en el otro mundo. Jizo es el protector de las embarazadas y de los niños, así como de los viajeros y los bomberos. Las estatuas en que aparece tocado con su gorro y su babero rojos y su bastón están por doquier en Osorezan. También abundan los molinillos de juguete de colores, que el viento hace girar, y los pináculos de piedras en apoyo a los difuntos. La búsqueda de consuelo y esperanza parece flotar en la solemne atmósfera de Osorezan, entre vapores de azufre.

Las aguas termales del enclave son de una calidad extraordinaria y se pueden disfrutar gratuitamente en las cabañas de madera dispuestas en la entrada del santuario (no se ofrecen toallas). El baño en ellas supone una purificación tanto física como espiritual. Hay manantiales apropiados para el reumatismo y los dolores de tipo nervioso (hienoyu), las dolencias gastrointestinales (kotakinoyu), los problemas cutáneos (hanazomenoyu) y las enfermedades de los ojos (yakushinoyu). Alojarse en el monasterio (imprescindible reserva previa), con sus impecables habitaciones tradicionales estilo ryokan, depara una experiencia más completa que la visita durante el horario oficial. También permite asistir a las ceremonias de los monjes, así como disfrutar de una cuidada comida vegana y de un onsen (baño termal) fuera de serie. La piel se reconstituye literalmente con sus aguas lechosas y pródigas en minerales.

Osorezan
Foto: Josan Ruiz

En busca de las videntes ciegas

Cada año, del 20 al 24 julio, tiene lugar el festival del monasterio. En el recinto se instalan tiendas de campaña y la gente acude para pedir información sobre el estado de sus difuntos a las itako, las videntes ciegas, si bien hoy día no todas carecen de vista.Durante siglos, en el norte de Japón, una niña que perdía la visión podía afrontar extremas pruebas físicas de frío, hambre e insomnio a fin de obtener el poder chamánico de la videncia. Pero si no lograba contactar con su espíritu tutelar, entonces tenía que suicidarse. La Revolución Meiji abolió estas prácticas a partir de 1873 y condenó a las itako a la cárcel. Sin embargo, los millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial (por cuyas almas errantes, aunque fuesen del bando aliado, se sigue rezando hoy en muchos monasterios japoneses) contribuyeron a rescatar la labor de las itako. No en vano, los rituales de conexión con los antepasados son un puntal de la cultura japonesa. Si una fina membrana, como una puerta corredera de papel de arroz, separa el mundo tangible del espiritual, se diría que las itako tienen la facultad de percibir simultáneamente los dos lados. Durante la peregrinación de otoño (en 2022, del 8 al 10 de octubre), Osorezan congrega de nuevo médiums y fieles que perdieron a seres queridos. Entre noviembre y abril la nieve se adueña del lugar y el monasterio permanece cerrado al público.

Osorezan

El monasterio se fundó en el siglo IX, acto que se atribuye al monje Ennin de la escuela Tendai, que se había formado en China. En el siglo XVI, el templo Bodaiji de Osorezan fue reconstruido. Desde entonces, el monasterio constituye una especie de fortaleza espiritual, cercada por el calor y los gases sulfurosos, que aporta orden y protección a quienes tienen que afrontar el dolor de la muerte o el temor a lo desconocido.