Myanmar desde Rangún hasta el mar de pagodas de Bagan

Tierra rojiza, bosques, arrozales, ríos históricos como el Irawadi, cientos de pagodas con pináculos dorados... Myanmar seduce con uno de los paisajes más bellos y desconocidos de Asia.

1 / 13
iStock-542581982. "No me llames Rangún, llámame Yangón"

Foto: iStock

1 / 13

"No me llames Rangún, llámame Yangón"

Yangón, más conocida en Europa como Rangún, es la puerta de entrada al país. Aunque la capital se trasladó oficialmente a la ciudad de Naipyidó en 2005, Rangún sigue ejerciendo como tal. Bulliciosa y viva, conserva mucho del antiguo urbanismo colonial británico, muy arbolada y cuajada de pagodas doradas y templos de distintas religiones. Se trata de una población espléndida para pasear, fisgar en sus mercados, descansar bajo la copa densa de los árboles de teca y contemplar el ajetreo de la gente. Encajada entre ríos y sus deltas correspondientes, cuenta con un puerto muy activo abierto al mar de Andamán, donde se pescan unos langostinos de agua dulce memorables tanto por su tamaño como por su sabor.

iStock-500911888. Ciudad colonial

Foto: iStock

2 / 13

Ciudad colonial

Yangón, más conocida en Europa como Rangún, es la puerta de entrada al país. Aunque la capital se trasladó oficialmente a la ciudad de Naipyidó en 2005, Rangún sigue ejerciendo como tal. Bulliciosa y viva, conserva mucho del antiguo urbanismo colonial británico, muy arbolada y cuajada de pagodas doradas y templos de distintas religiones. Se trata de una población espléndida para pasear, fisgar en sus mercados, descansar bajo la copa densa de los árboles de teca y contemplar el ajetreo de la gente. Encajada entre ríos y sus deltas correspondientes, cuenta con un puerto muy activo abierto al mar de Andamán, donde se pescan unos langostinos de agua dulce memorables tanto por su tamaño como por su sabor.

Una buena aproximación al país consiste en pasear por el Rangún colonial, que sigue siendo el centro de la ciudad, y tomarse algo en el histórico Strand Hotel de 1901. El segundo paso será visitar algunas de sus pagodas (paya), como la Sule Paya. Mil veces reconstruida desde que se erigió hace 2000 años, guarda un cabello de Buda y suele estar muy concurrida. Es el primero de los muchos templos que irán apareciendo a lo largo del viaje, no solo en Rangún y en el resto de ciudades birmanas, sino también en la más mínima población, en lo más alto de una colina o medio ocultos entre campos y bosques. Esta abundancia de templos es la constatación de que estamos en un país budista muy practicante, pero también inmensamente tolerante con todos los cultos.

El paseo por el centro colonial tiene una etapa imprescindible en el mercado de Bogyoke, heredado de los británicos, donde se puede encontrar de todo: desde unos rubís auténticos a unos falsos pero con el mismo brillo; sastres que cortan y cosen trajes a medida en pocas horas; y puestos de comida que se anuncian ya de lejos por los aromas que desprenden, en concreto el olor de la salsa ngapi, a base de ajo, guindilla, jengibre y pescado seco que acompaña cualquier plato birmano y que está presente tanto en las mesas más ricas como en las más pobres.

shutterstock 717001288. Un Buda tumbado de 65 metros

Foto: Shutterstock

3 / 13

Un Buda tumbado de 65 metros

Muy espiritual e imponente resulta la visita a la Chaukhtatgyi Paya, que alberga un Buda reclinado de 65 m, con una túnica que cae en pliegues y tocado con una diadema de piedras preciosas. Encontraremos a menudo imágenes de Buda en esta posición, el reposo previo a su muerte, a punto de entrar en el paranirvana o nirvana final.

shutterstock 1558596923. La joya de la Rangún

Foto: Shutterstock

4 / 13

La joya de Rangún

La joya de Rangún –según algunos, también de Myanmar– es la pagoda Shwedagon. Su visita permite entrar de lleno en la vida de los birmanos, la espiritual y la material, ambas inseparables. Este recinto sagrado se extiende sobre la cima de la colina Singuttara, formando un bosque de estupas doradas y brillantes que, elevadas unas y modestas otras, van rodeando el templo principal, una gran estupa de construcción maciza y 100 m de alto que custodia ocho mechones de cabello de Buda. Se trata de un lugar resplandeciente al que el sol arranca destellos con distintos matices a medida que avanza el día. Transmite su carácter sagrado desde su misma estructura: cuatro estupas señalan los puntos cardinales, mientras que otras cuatro de menor tamaño marcan los ángulos de la plataforma, y hasta 60 más pequeñas delimitan el perímetro total de la pagoda. La Shwedagon Paya es el templo más sagrado para los budistas birmanos, el lugar donde se puede palpar la religiosidad profunda de este pueblo. En la entrada del recinto, los visitantes compran panes de oro para colocarlos sobre las muchas representaciones de Buda que, junto a las estupas, bendicen a los fieles que circunvalan la colina y la estupa principal. Seguir los pasos de los devotos es la mejor introducción al apacible budismo del país, perteneciente a la escuela Theravada, la más antigua e íntima.

Tras vivir esta experiencia, nos lanzamos a descubrir el interior del país. Dado que las distancias son largas y las carreteras sinuosas y con el firme algo destartalado, lo más práctico es viajar en avión. La primera etapa podría ser el lago Inle, un regalo de la naturaleza. Los pueblos de la zona viven adaptados al agua y le sacan el mayor partido con el máximo respeto.

GettyImages-134051302. Un lago anclado en el tiempo

Foto: Getty Images

5 / 13

Un lago anclado en el tiempo

El lago Inle se estira calmado, largo y estrecho (22 km por 5 km), a casi 1000 m de altitud y entre altas colinas, en medio de un paisaje cautivador. En sus orillas y en sus pequeñas islas se han establecido poblaciones que viven de la pesca y de los cultivos flotantes de flores, hortalizas y otros productos. La mayor parte de sus viviendas se levantan sobre pilotes y están construidas con suelos y paredes de bambú trenzado. Este urbanismo anfibio es una demostración de la capacidad humana para adaptarse al medio y crear terrenos flotantes donde sembrar tomates, cebollas, coles, ajos o berenjenas como en la mejor de las huertas sobre tierra firme.

En el lago Inle la vida y el trabajo se desarrolla a bordo de las barcas. De madera, ligeras y muy alargadas, a menudo están pensadas para una sola persona y se utilizan para trasladarse, para pescar y para moverse entre los cultivos flotantes. Resulta fascinante contemplar la habilidad de los pescadores para manejar el remo con el pie derecho y de este modo tener libres los brazos para lanzar las redes. A primera hora de la mañana también es muy recomendable visitar la población ribereña de Nyaungshwe, atravesada por un canal. Es el mejor momento para curiosear en su mercado, donde, además de productos comestibles, se venden auténticas joyas de la artesanía birmana, objetos de jade y preciosas telas de seda. La localidad de Iwama cuenta con otro concurrido mercado, aunque el mayor interés lo acapara la Phaung Daw U Paya, el santuario religioso más importante de la zona y uno de los más visitados del país.

shutterstock 184229660. Serendipias entre rocas

Foto: Shutterstock

6 / 13

Serendipias entre rocas

Antes de seguir rumbo norte, conviene desviarse unos 40 km por una carretera serpenteante y nada amable hacia Pindaya. En las afueras de la ciudad un conjunto de cuevas alberga hasta 6000 budas de todos los materiales y tamaños imaginables. Un lugar mágico no solo para los devotos budistas.

Unos 200 km al norte de Pindaya se encuentra Mandalay, segunda ciudad del país y antigua capital birmana, conectada con Rangún a través del caudaloso río Irawadi, deformación en inglés del nombre birmano, Ayeyarwadi.

iStock-622009522. Descubriendo la antigua capital

Foto: iStock

7 / 13

Descubriendo la antigua capital

Situada casi en el centro exacto del país, Mandalay creció junto al Irawadi y al pie de la colina que le da el nombre. En su núcleo y alrededores se conservan algunas de las pagodas más hermosas de Myanmar. La ciudad creció en torno al Palacio Real,

una fortaleza con muros de ladrillo rojizo que dibujan un cuadrado exacto de 2 km por lado, y rodeada por un profundo foso. Erigido en 1857 con madera de teca y reconstruido por presos tras su destrucción durante la Segunda Guerra Mundial, el Palacio Real ha determinado con su estructura el urbanismo de la ciudad: las rectas calles que circulan de norte a sur se cruzan ordenadamente con las trazadas de este a oeste.

El mercado de Mandalay es otro enclave de visita indispensable por sus restaurantes de comida asiática de gran nivel, pero sobre todo por los puestos de venta de jadeíta. En Myanmar se extrae un 80 % de la producción mundial de esta piedra preciosa de destellos verdes. Después de pasear por el mercado, resulta interesante asistir a una sesión del pequeño Teatro de Marionetas, una tradición que se remonta al siglo xv, cuando servía de entretenimiento a la corte real.

Mandalay tiene innumerables tentaciones en las que el viajero puede caer y enredarse durante horas, pero son sus alrededores los que alcanzan el mayor cúmulo de arte, historia y belleza. Empecemos con un paseo por la colina, repleta de pagodas y monasterios, para contemplar a vista de rey el palacio y constatar cómo los campos de arroz forman una inmensa alfombra estampada de parcelas verdes de tonos distintos. A continuación hay que visitar la pagoda Sandamani, con su conjunto de estupas blanqueadas con cal.

Y después, la Mahamuni Paya, con su Buda de bronce cubierto por una capa de 15 cm de pan de oro.

GettyImages-1089790924. La magia del río Irawadi

Foto: Getty Images

8 / 13

La magia del río Irawadi

Al sur de Mandalay, entre 10 y 20 km río abajo, se esparcen una serie de ciudades antiguas de gran valor histórico. En la margen este del Irawadi se halla Amarapura, capital del país desde 1783 hasta 1819. Pagodas, restos del palacio y de las antiguas murallas y estupas testimonian su esplendoroso pasado. Aquí se alza el puente peatonal de U Bein, una pasarela de teca y 1,2 km de largo, construida en 1850 sobre el lago Taugthaman. Esta obra de ingeniería tradicional maravilla aún más bajo la luz del amanecer o del atardecer.

 

 

GettyImages-902231372. Fantasías religiosas

Foto: Getty Images

9 / 13

Fantasías religiosas

Muy cerca se sitúan Inwa y Sagaing, la primera con un monasterio de teca, y la segunda con una asombrosa colección de estupas que se esparcen por las colinas. Quizá la ciudad más fascinante de todas sea Mingun, en la otra orilla de Irawadi y al norte de Mandalay. Mingun (Min Kun) alberga la gigantesca pagoda inacabada del rey Bodawpaya, la inmensa campana destinada al monasterio también sin terminar y la Hsinbyume Paya, erigida en 1816, que intenta reproducir la pagoda Sulamani del monte Meru, la montaña que ocupa el centro del universo según el budismo. Las 7 terrazas que rodean la estupa encarnan las siete sierras que protegen el monte sagrado.

GettyImages-591975276. Y de repente, Bagán

Foto: Getty Images

10 / 13

Y de repente, Bagán

Incluso con todas las maravillas que se han contemplado, con las emociones que se han vivido ante las pagodas de oro, las aguas inmutables del lago Inle o las gentes amables y sonrientes que hemos conocido en carreteras, calles y templos, todavía nos espera la gloria de Bagan. Probablemente sea el momento culminante del viaje a Myanmar. Este enclave, que hasta hace unas décadas se denominaba Pagan, es un prodigio donde el pasado esplendoroso, su ubicación junto al Irawadi, la tierra rojiza sobre la que se extiende, la maestría de quienes erigieron estupas, templos y santuarios se unen para diseñar una composición portentosa.

iStock-472005509 (1). Un yacimiento 'moderno'

Foto: iStock

11 / 13

Un yacimiento 'moderno'

El Bagan que contemplamos ahora dista mucho del que existía en el primer milenio de nuestra era. Se trata de un Bagan nuevo, reconstruido por la Junta militar sin el asesoramiento de la Unesco, que finalmente lo declaró Patrimonio Mundial en 2019. Aun así, Bagan no deja de ser una joya. La disposición de los santuarios –representación de la cosmogonía budista–, los ladrillos gruesos de tierra rojiza, que parecen contar con luz propia, los revestimientos de yeso, los bajorrelieves de estuco y piedra, los frescos, o los adornos de laca se han convertido en un testimonio de la historia birmana.

iStock-623173644 (1). Entre templos

Foto: iStock

12 / 13

Entre templos

Es el momento de adentrarse a pie, en bicicleta o en carro por el recinto arqueológico, contemplar el conjunto desde la Minyeingon Paya, entrar en los templos, extasiarse ante relieves, mosaicos y pinturas, detenerse ante la Phato Ananda, subir a sus terrazas decoradas con escenas de la vida de Buda, traspasar puertas y ver la puesta de sol en lo alto de la Shwesandaw Paya. Si además se tiene la oportunidad de sobrevolar la zona en globo aerostático, la experiencia será aún más inolvidable.

GettyImages-628828558. Kyaiktiyo, el broche de oro

Foto: Getty Images

13 / 13

Kyaiktiyo, el broche de oro

De nuevo en Rangún habría que escaparse al monte Kyaiktiyo para ver otra maravilla: una roca de granito, cubierta de pan de oro y coronada por una estupa que guarda un cabello de Buda. La enorme piedra se mantiene en equilibrio al borde del monte mientras los fieles se acercan a tocarla o la contemplan desde una terraza. Muchos suben descalzos por el sendero de un kilómetro que llega desde la carretera de la aldea de Kinpun, la población base para visitar el monte. Un final de viaje rebosante de misticismo. ❚

GettyImages-902231372

Compártelo