Con altura

Nepal: un viaje a pie alrededor del Everest

Al este de Katmandú, la región del monte Everest es una de las más radiantes de Nepal. Un auténtico concurso de belleza de roca y hielo en un territorio habitado por pueblos legendarios adaptados a vivir en altitud y de seres misteriosos que se dejan ver poco pero que llenan de leyendas el imaginario del Himalaya.

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GettyImages-1150022389. Serendipia a pie

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Serendipia a pie

Tras pasar un insignificante pueblo llamado Shomare, uno más de los que orillan el camino, aparece la primera visión del monte Everest, la punta de un diamante negro. Es un instante que corta la respiración, mientras la emoción se adueña del espectador. La montaña más alta del mundo despunta con discreción en el desfile de carácter castrense de moles rocosas que se alinean en el valle.

 

Aun hoy, en que hoteles de lujo se han instalado en lugares estratégicos y que los helicópteros y avionetas acortan el trayecto, acceder a la región del Everest, en el oriente nepalí, tiene algo de reto. Hay que caminar varias horas al día durante por lo menos una semana para encararse al gigante de los gigantes. Es un coloso tímido, que se esconde como un hermano menor detrás de los más presuntuosos Lhotse y Nuptse, unos feroces muros de hielo. Pero por lo aprendido o de forma intuitiva, se aprecia que la montaña negra de franjas amarillas es la más importante.

 

Los valles del Everest constituyen una de las regiones más interesantes de Nepal, tal vez la más gratificante para el viajero. La lista de picos imponentes, beldades congeladas en el tiempo, es larga: el propio Everest, pero también Ama Dablam, Kangtega, Nuptse, Cho Oyu, Pumori, Thamserku, Kumbila, Tobuche… cada día aparecen teatralmente para mejorar un paisaje que ya sin ellos es sensacional.

iStock-1201538763. El aeropuerto más peligroso del mundo

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O aterrizar en el aeropuerto más peligroso del mundo...

La mayoría de personas que intentan acercarse a la base del monte Everest lo hacen aprovechándose del aeródromo de Lukla. Tiene la poco tranquilizante etiqueta de ser la pista de aterrizaje y despegue más peligrosa del mundo.

 

Se trata de una lengua de tierra ganada a una ladera montañosa que a duras penas permite maniobrar a las aeronaves. La cinta de rodaje se acaba bruscamente en un abismo letal. Por el otro extremo, una pared espera el choque de quien se pase de frenada. Sin embargo, su emplazamiento permite transportar a varios miles de personas cada año, dejándolas a poco más de una semana de recorrido hasta el objetivo preciado. Alrededor del aeródromo ha crecido una miniciudad en la que abundan alojamientos y restaurantes, y un prolífico mercado de contratación de guías y porteadores para acometer un trekking. Es decir, que las ventajas de empezar la caminata hacia el Everest son evidentes. Como contrapeso, suele citarse que el forastero se planta de golpe a una altitud de 2900 m sin aclimatación previa, lo que deriva en inevitables síntomas de mal de altura. En opinión de este humilde notario, hay una desventaja aún mayor al empezar en Lukla con respecto a hacerlo una semana antes en Jiri o Dobhan: el viaje dura mucho menos.

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...o seguir el ejemplo de los sherpas

Al adentrarse en el valle de Solu-Khumbu desde más abajo se obtiene una aclimatación perfecta, sí. Pero, sobre todo, se penetra en el mundo de la cultura sherpa con el sigilo de un gato, acercándose despacio y contactando con uno de los grupos étnicos más legendarios del Himalaya.

Los sherpa se instalaron en los valles orientales de la vertiente sur himaláyica –desde Helambu a Darjeeling– provenientes de las tierras altas del Tíbet hace más de 500 años, por lo que son una gente perfectamente adaptada a vivir en una altitud que a la mayoría de los humanos se nos atraganta.

Agricultores sin demasiado brillo pero pastores de categoría, desde hace casi un siglo han optado por aprovecharse de sus condiciones innatas para convertirse en eficientes guías de montaña y hacendosos rectores de albergues. Los occidentales hemos conseguido pervertir su nombre de procedencia, pues la mayoría cree que «sherpa» es sinónimo de porteador y así aplica esta denominación. Pero raras veces este pueblo se dedica al traslado de fardos, tarea de menor rango reservada a los tamang y los rai.

Los sherpa están adaptados fisiológicamente a vivir por encima de los 2000 metros y hasta casi los 4000, por lo que la rareza del oxígeno en el aire es su ambiente natural. Es un pueblo orgulloso y adusto, a veces tímido. Pero firme en sus convicciones de trabajo en equipo y lealtad a los objetivos marcados.

iStock-1193692453. Senderos milenarios

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Senderos milenarios

A un sherpa se le conoce por el nombre del día de la semana en que nació. Así, cuando se tropieza con un Nima se sabe que llegó al mundo en domingo; un Phurba, en jueves; un Pemba, en sábado. El apellido es común para sus 160.000 componentes: Sherpa.

Tras unas ocho horas de trayecto, el autobús de Katmandú se detiene en Jiri o Dahoban, donde acaba la carretera. A partir de allí al viajero se le aparece un plan delicioso: poner un pie delante del otro rítmicamente para transportarse durante dos semanas largas. El camino es sencillo porque se aprovechará de los senderos milenarios que los nepalís han trazado para ir de un pueblo a otro, para visitarse y comerciar. La dificultad será también su entreno. Hay que atravesar los valles de varios ríos. Aparecerán el Khimati Khola, el Likhu Khola, el Dudh Kosi o el Khari Khola. Y habrá que bajar hasta el fondo del barranco, cruzar los emocionantes puentes metálicos que se bambolean con el viento y volver a subir la ladera para pasar al siguiente curso fluvial.

En los puentes, invariablemente, hay tráfico de caravanas de caballos que transportan bienes de consumo por toda la región. A partir de los 3500 metros de altitud las bestias de carga son los yaks, un bóvido lanudo semidomesticado perfectamente adaptado al mundo del hielo y la roca. A menudo provienen del Tíbet, pues están preparados para salvar los collados de más de 5000 metros con su cauteloso paso y su cabeceo meditabundo.

iStock-1184717388. Escenarios insólitos para el turista

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Escenarios insólitos para el turista

Son estas jornadas muy emocionantes porque son aquellas en las que uno se pone a prueba y confirma que puede caminar lo que se presente. En unos parajes poco frecuentados por extranjeros, se hace vida en común con los propietarios de los refugios, que tras haber servido una abundante cena a los trekkers, a la puesta del sol canturrean nanas a sus pequeños, tejen faldas y jerseys o labran piedras con oraciones, generalmente, el mantra om mani padme hum.

Durante el día, las jornadas discurren por bosques encantados, rodondendros que –si es abril o mayo– regalan unos florones blancos y rosas de pétalos delicados como papel de fumar que caen con la brisa y van tapizando el sendero para que el excursionista tenga una alucinante alfombra sobre la que dirigirse al reino de Oz.

iStock-1073774188. La capital oficiosa del mundo Sherpa

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La capital oficiosa del mundo Sherpa

A partir de Lukla, cuando se ha dejado la orientación oeste-este para remontar sur-norte, las paisajes cambian. Sobre todo el humano, pues brotan docenas de otros caminantes provenientes del aeródromo. El bosque deja paso a las últimas terrazas de cultivo que se apoderan de las laderas y el espectáculo de las grandes montañas es como un castillo de fuegos artificiales: cada aparición mejora la anterior.

Namche Bazaar está estratégicamente situada en un cruce a medio camino de la falda del Everest. Así que, con el tiempo, se ha convertido en capital oficiosa del país sherpa y parada obligatoria de una jornada de descanso para los extranjeros. De ahí que en su anfiteatro –la ciudad toma la silueta de un hemiciclo aprovechando la vertiente montañosa– sea territorio casi exclusivo de comercios, restaurantes y hoteles, a precios inflados por la lejanía y porque no hay más donde escoger. Pero el viajero inquieto tiene otras posibilidades, además de trasegar cervezas en una terraza contemplando la afilada silueta del pico Thamserku. Puede tomarse la molestia de bajar hasta la explanada al fondo de la localidad donde se instala el llamado mercado tibetano. Hombres y mujeres de la guerrera etnia khampa venden allí baratijas traídas de China. Pero más interesante que sus mercancías son sus rostros, sus vestimentas, sus joyas, sus gestos llenos de brusquedad montana.

shutterstock 1511648774. En busca del Yeti

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En busca del Yeti

Los más inquietos subirán hasta la cercana localidad de Khumjung a la búsqueda de un monasterio insignificante que contiene –preso en una ingenua urna de cristal– la parte superior del cráneo de un yeti. El primer escalador del Everest, Edmund Hillary, lo hizo analizar por científicos europeos y los resultados fueron decepcionantes, pero nadie en esta región de Solu Khumbu duda de la existencia de este homínido gigante que vaga por los campos nevados de toda la cordillera. No es folclore turístico, la convicción es firme. Y una nómina de impresionantes escaladores, como Reinhold Messner, Chris Bonington, Eric Shipton, Tenzing Norgay, John Hunt o Bill Tilman, afirman haber tenido encuentros con él. Son los apellidos más ilustres de la historia del himalayismo, así que perdían más que ganaban haciendo público su tropezón con el Abominable Hombre de las Nieves. El viajero se sugestionará con esas historias cuando tenga una repentina necesidad de abandonar el refugio en medio de la noche para acercarse al lavabo.

shutterstock 523606483. Tengboche bipolar

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Tengboche bipolar

Al atacar las laderas de Tengboche se zigzaguea durante horas por una cuesta placenteramente cruel. Cruel porque la pendiente es ardua y, con la maraña arbórea, no deja ver su final. Placentera porque el embrollo vegetal es un embelesante bosque de rodondendros de aspecto danzarín donde el encuentro con cualquier criatura mágica sería lo más lógico. Al asomar a la planicie hay premio: el monasterio de Tengboche, renacido de sus cenizas del incendio de 1989. Los novicios juegan al fútbol o en columpios fuera del cenobio, los caminantes nos restauramos en la ahumada cocina, los monjes celebran sus ritos impertérritos al paso del tiempo. Ver apagarse el sol con la silueta del Ama Dablam ensombreciéndose vale una vida.

A partir de este enclave hay que tener claro si se desea ir hacia el Campamento Base del Everest o tomar otros rumbos. El pedregal donde se asientan las expediciones que atacan la cima suele ser la ambición de la mayoría de los trekkers. Se trata de pura mitomanía, pues el lugar ni es atractivo ni tiene las mejores vistas del pico más alto del mundo.

GettyImages-974218778. "Océano aéreo"

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"Océano aéreo"

Apuestas mucho más bellas son desviarse por los valles laterales occidentales y atacar los «modestos» picos Kala Pattar o Gokyo Ri (en la imagen). Superan con creces los 5000 metros, aunque por estos lares no son más que sencillos miradores. Pero, ¡qué miradores! La visión del Everest (8848 m) arranca las lágrimas hasta del más inconmovible. El glaciar de Khumbu se alarga en una lengua marrón, disfrazado el hielo por su movimiento a la guisa de un destornillador, que arranca piedras del fondo y los laterales. Y los guardaespaldas son rematadamente guapos: el Lhotse (8516 m) y el Nuptse (7861 m) parecen la ola gigante de Nazaré petrificada. Detrás de ellos, una pirámide negra, la montaña más alta del mundo. Los hindúes la llaman Sagarmatha (Puerta del Cielo). Y los budistas, Chomolungma (Madre del Universo). Los británicos le pusieron el menos romántico nombre de un funcionario, George Everest

Ante la visión de la montaña más alta del planeta y la inmensidad de la bóveda celeste, se comprende la descripción de Luftmeer (océano aéreo) con la que el gran geógrafo Alexander von Humboldt intentaba describir lo que late sobre nuestras cabezas.

shutterstock 520376359. Las hipnóticas aguas del Ngozumba

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Las hipnóticas aguas del Ngozumba

Los más audaces no se conforman, y ascienden un par de días por el valle de Gokyo para descubrir los ignotos lagos Ngonzumba, un rosario de cuatro espejos que en invierno se convierten en un caos crujiente de hielo que, de manera sorprendente, está frecuentado por ornamentales patos tarro canela. En ese fin del mundo se recibe la lección del frío, pero se obtiene a cambio una limpia vista del Everest, sin el «estorbo» de otras montañas.

Abandonar la región del Everest se hace duro. Aunque parezca que se tendrán ganas de dejar la vida austera y la atmósfera del viento afilado como navaja de barbero, el viajero añorará asomarse a la ventana del refugio y encontrar yaks pastando a un metro; el asombroso color turquesa de los lagos; la filigrana de las banderas de oración ondeando en collados y puentes; las hipnóticas sesiones vespertinas de prédica en los monasterios budistas… incluso la básica comida elaborada por los sherpas, siempre con un toque ahumado.

Se desciende paulatinamente igual que se ascendió gradualmente, pero en bajada aparece un estado de ánimo euforizante. Dicen los científicos que es por el aumento de oxígeno en la sangre y en el aire. No es eso, es por lo vivido.

shutterstock 1110353909. Un último desvío a Janakpur

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Un último desvío a Janakpur

Aunque no pille estrictamente de paso, una oportunidad para regresar a Katmandú es haciéndolo pasando por Janakpur. Es una furiosa transición del mundo esencial del Himalaya al barroco de la selva del Terai, pero vale la pena.

 

Sita, la esposa de Rama, el héroe del texto épico y sagrado del Ramayana, nació en esta localidad abigarrada y simpática, donde el hinduismo y –sobre todo– la proximidad a la India marcan su carácter. La exuberancia de la jungla se transmite aquí a unas calles ruidosas, hirvientes, alegres, cuyo epicentro es el templo Janaki Mandir. Se trata de un edificio levantado en mármol blanco de estilo mogol, enclavado en el lugar donde la Sita bebé fue hallada por el rey Janak. Son miles los peregrinos hindús que cada año acuden a solicitar deseos a este lugar. En los alrededores, los clásicos barrios gremiales de artesanos que trafican con polvos colorantes, máquinas de coser, estatuas de divinidades, ropa... O miembros de la etnia mithila con su artesanía. Un aterrizaje en el fondo de los valles después de la mística de las alturas como paso previo a la llegada a Katmandú, que aguarda con otras maravillas, estas de índole arquitectónica.

 

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