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Ojotsk y Kamchatka: el último confín

El límite oriental de Rusia inspira una aventura con osos, orcas y lobos marinos como compañeros.

Aún quedan rincones en donde el ser humano se ha rendido en su conquista de la naturaleza. O, al menos, parece haber dado una tregua fruto de las inclemencias y la lejanía. Uno de ellos es el mar de Ojotsk, una masa de agua casi helada rodeada por penínsulas, islas y paisajes que apenas han sufrido alteración en décadas. Lugares donde no existe la prisa, donde el progreso solo se atisba desde las plataformas petrolíferas y donde los paisajes no temen al viajero. Este es un viaje de exploración, una aventura que parece emular a aquellos marineros cosacos que, en el siglo XVII, se atrevieron a descubrir el último mar de Oriente.

 

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iStock-610744526. Aventura portuaria

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Aventura portuaria

Decir que Otaru, en Hokkaido (Japón) es la mejor puerta de entrada a este mar es un tanto generoso. Sin embargo, se trata del embarcadero más accesible desde Europa, ya que solo dista una hora en tren a Sapporo, la principal ciudad de la isla y lugar donde se encuentra el aeropuerto internacional. Como sucede con la mayoría de las urbes asentadas en estas latitudes tan septentrionales, Otaru es lo que es por la pesca y por la industria de tratamiento de pescado. De ahí que su encanto esté mirando al mar y, también, en las cafeterías y restaurantes que bordean su canal y que, al atardecer, se llenan de un ambiente que mezcla el frikismo nipón con la algarabía portuaria. 

iStock-940836646. Sajalín indomable

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Sajalín indomable

Tras este contacto con Japón, el mar de Ojotsk espera rumbo norte en una travesía que no se aleja nunca demasiado de tierra firme, como si el barco tuviera miedo a ahogarse. Al este espera la primera escala, la isla de Sajalín, una larguísima lengua de 1000 kilómetros de largo que fue conquistada por el imperio Ming en el siglo XVII y que tuvo su pequeña edad de oro bajo el amparo de Rusia en el siglo XIX, cuando sus minas de carbón funcionaban sin descanso. Hoy es el gas natural lo que alimenta ciudades como Yuzhno-Sajalinsk, una urbe de retícula aburrida sino fuera por su doble nacionalidad. 

iStock-1178384065. Rusia o Japón

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Rusia o Japón

Y es que lo más curioso de esta isla y de sus pequeñas ciudades es el hecho de haber sido siempre un termómetro de las relaciones entre Rusia y Japón. Durante décadas fue, por sus hidrocarburos y minerales, objeto de disputa hasta que el final de la II Guerra Mundial supuso el control ruso. Sin embargo, si se profundiza en sus localidades es fácil encontrarse edificios de inspiración nipona conviviendo con iglesias ortodoxas y con largas manzanas de serialismo soviético. Un contraste que también se degusta en su comida. 

iStock-881424296. La isla de los auklets

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La isla de los lobos marinos

A apenas unas millas de la costa de Sajalín asoma Tiuleni, una curiosísima isla donde las antiguas barracas de pescadores abandonadas han sido colonizadas por grandes lobos marinos. Este curioso contraste refuerza la metáfora de la victoria de la naturaleza sobre el ser humano, aunque solo sea en una pequeña ínsula deslavazada. 

iStock-467693047. Fauna inhóspita

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Fauna inhóspita

El mar de Ojotsk no deja de sorprender, y más cuando se deja atrás las islas del sur rumbo a las poblaciones del norte. En horas de navegación no se intuye la tierra hasta que, sin avisar, asoma la isla de Iony (o Iona). Se trata de un territorio deshabitado, sin más rastro del ser humano que alguna cabaña abandonada hace década, lo que lo ha convertido en un santuario para animales marinos y aves. De hecho, lo más común poder observar aquí desde leones marinos hasta auklets y araos negros. 

iStock-641487080. Ciudades extremas

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Ciudades extremas

La costa norte del mar de Ojotsk apenas tiene poblaciones. Las que resisten, como es el caso de la homónima Ojotsk o de Magadan, lo hacen a duras penas, con una población que cada vez más se muda a otras regiones del país. La pesca ya no es rentable y el gobierno ruso apenas incentiva la creación de nuevas industrias. En el caso de Magadan, el turismo está convirtiéndose en una pequeña válvula de escape. Pese a ser una urbe que no tiene ni 100 años de historia, puede presumir de tener monumentos como su catedral ortodoxa o su monumento La máscara de la tristeza levantado para conmemorar los muertos de Stalin. 

iStock-913204438. Kuriles desencadenadas

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Kuriles desencadenadas

El mar de Ojotsk se cierra por el este por las islas Kuriles, un archipiélago de trozos de tierra desperdigados de norte a sur donde apenas hay localidades habitadas. Con un poco de imaginación, desde lo lejos, el viajero puede fantasear con cómo eran las Lofoten antes de los asentamientos noruegos. Pura fantasía. 

iStock-817223706. La península de los volcanes

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La península de los volcanes

Tras millas de travesía y kilómetros de costa casi esteparia, la llegada a Kamchatka es como arribar a la tierra prometida. La primera impresión, al contemplar sus ríos prístinos, sus montañas nevadas y sus osos campando a sus anchas es la de estar en Alaska. Una metáfora visual que no es casual, ya que dicha región estadounidense se encuentra al otro lado del Bering. Pero este hallazgo casi epifánico no solo se explica por las dos cadenas de volcanes que vertebran este enorme apéndice de tierra. También por el hecho de haber estado prohibida para los extranjeros hasta 1990 debido a que aquí la URSS escondía importantes bases militares. 

iStock-916875946. La ciudad bajo el Petropavlovsk

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La ciudad bajo el Petropavlovsk

Aunque recorrer este krai es una tarea ardua y costosa, lo mejor es tomar la ciudad de Petropavlovsk como centro de operaciones. Desde aquí, lo más recomendable es subir a los volcanes de Koriakski, Avatchinski y Kozielski, pisar la ladera del Tolbachik, navegar por el río Kamchatka, asomarse a la bahía de Avacha y sortear las decenas de geíseres que hay en el valle de Kamchatka. Toda una aventura en la que es imposible no sentirse pequeño y en la que la naturaleza se exhibe orgullosa y exuberante. 

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Ojotsk y Kamchatka: el último confín

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