Los que lo recorren saben de su belleza rotunda, salvaje y poética. El último tramo, el que baña Portugal, es arrebatador, singular, lleno de atractivo para el viajero. El cauce se estrecha y profundiza, es navegable, y forma un escenario de ayes y suspiros. Las márgenes del río están protegidas como parques naturales bien merecidos. Digámoslo claro: maravilloso.
NAVEGANDO EL DUERO HASTA OPORTO
Si descendemos desde el alto Duero portugués nos encontramos con Vila Nova de Foz Côa, uno de los lugares al aire libre más grandes de arte paleolítico, Patrimonio de la Humanidad. El mismo reconocimiento posee toda la región vitícola que se nos descubre ante los sentidos. El aroma a bodegas y el campo soberbio impregna el paisaje con más de 26.000 hectáreas de viñas. Es la región del llamado Douro Vinhateiro, Duero vitícola, que produce caldos desde hace más de dos mil años, entre los cuales está el célebre vino de Oporto. El sabor es excelente y el horizonte, un espectáculo de belleza excepcional.

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Laderas tapizadas de viñas y pequeñas aldeas pueblan el tramo alto del Duero portugués.
OLIMPIO FANTUZ / FOTOTECA 9X12
La campiña de la región Tras o Montes y Alto Douro es una de las mejores vistas que nos ofrece el río. Las montañas se derrumban sobre el lecho fluvial, con viñas inclinadas y estrechas. Generaciones de campesinos han hecho malabares para que las uvas crezcan en esas laderas imposibles, verticales. Viñedos alineados que trepan por todos lados.
El paisaje del Duero se disfruta por carretera, en tren y, sobre todo, navegando río abajo. Ante un paisaje de arrebatadora belleza, el mirador de San Salvador del Mundo en São Joao da Pesqueira ofrece una de las panorámicas más impresionantes del Duero. Tiene una vista hacia abajo que domina el abismo, en cuyo fondo se ha construido el embalse de Valeira. Allí tenemos un santuario de capillitas que ascienden por el monte.
De Pinhão a Régua y vuelta, saboreando la vista con el color de esta tierra, el río va pasando entre laderas de franjas verdes y marrones donde se levantan fincas centenarias: las Quintas. En Peso de Régua, la capital de la comarca, se halla el interesante Museo del Vino, un lugar clave para conocer la historia de los caldos portugueses.
Se puede regresar en barco corriente abajo y, así, llegar a la desembocadura en un viaje ligero que transcurre entre montañas. Ligero porque la pendiente es entonces escasa y las barcazas se cruzan transportando materiales do vinho con los pequeños cruceros de pasajeros que surcan el río desde la localidad de Miranda do Douro, en la frontera con España.
Por fin, Oporto. Ahí es donde el Duero lucha contra el océano. El largo paseo por la orilla hasta la desembocadura en el Atlántico es digno de recorrer cámara en mano. Son cinco kilómetros desde la plaza de la Ribeira por un amplio bulevar que discurre junto al río.
Foz do Douro es un antiguo pueblo de pescadores, transformado ahora en una zona exclusiva donde hasta las casas más sencillas tienen unas vistas envidiables. Los domingos, sus calles se llenan de vecinos y turistas. Nunca es el mismo mar, ni el mismo río. La belleza de ese choque muta cada día, cada hora, y se muestra diferente, dulce y violento. Como le da la gana.

El Faro de Felgueiras
Una enorme linterna que soporta las embestidas del Atlántico.
El mejor lugar desde el que ver cómo el agua salada del mar y la dulce del Duero se mezclan es el faro de Felguerias, que se adentra en un pequeño espigón. En desuso pero con mucho encanto. Ahí rompe el río como si aplaudiera de manera feliz el final de un espectáculo de 897 km. El paseo marítimo concluye con el fuerte de San Francisco Javier, más conocido como el Castillo del Queso por la forma del promontorio de granito sobre el que se asienta.
AIRES MELANCÓLICOS
Oporto es una ciudad de aire melancólico y, sin embargo, alegre. Sobre todo la Ribeira, el barrio más seductor, con las casas coloreadas bajo el puente de hierro Dom Luiz I. «La Torre Eiffel dormida sobre el Duero», la llaman. Y lo dicen bien, porque el omnipresente puente fue construido en 1877 por Teófilo Syrig, uno de los discípulos del maestro Gustave Eiffel. Como si la torre de París hubiera querido venir a descansar sobre el Duero. Así tiene ese encanto, entre francés y atlántico, sobre el río.

Oporto
El icónico puente de Dom Luiz I.
La noche lo convierte en mágico, sobre todo si se contempla desde Vila Nova de Gaia, en la orilla opuesta, donde se localizan las bodegas Taylor y compañía, todas con nombre británico. De lejos es un puente imponente; pasear por su nivel más alto y deleitarse con las vistas del océano de tejados rojos que es Oporto, también.
La Ribeira, el paseo marítimo del río Duero, es el escaparate de Oporto, el malecón para pasear, para ver y ser visto. Es esa Ribeira la que nos conquista reflejada en el agua y en los cristales de los numerosos restaurantes donde pueden degustarse platos típicos, en general a buenos precios. Perfecto por la noche, magnífico de día. En el muelle atracan los rabelos, las barcazas que transportaban los barriles de vino y que hoy realizan un recorrido de casi una hora que permite conocer los puentes que unen las dos orillas.

Oporto Rabela
Las rabelas típicas del Douro.
Oporto es una urbe de contrastes, atlántica, decadente y moderna. De colores y sabores de ultramar. Desconchada, mohosa y cosmopolita. Desde el laberinto retorcido de calles cuando subimos a la parte alta con el elevador de Guindais, a la magnificencia de sus monumentos o la opulencia de la Avenida de los Aliados y la Praça da Liberdade. Todo nos llama la atención. Todo tiene alma de canción portuguesa.
Recorriendo el brazo completo de la Ribeira podemos llegar a la iglesia de San Francisco, el monumento gótico más representativo de Oporto, admirable por su recargado interior y sus catacumbas. Podemos visitar el Palacio de la Bolsa para contemplar sobre todo su sala árabe, que nos hace pensar en la Alhambra de Granada. Y después pasar por la Casa del Infante, el edificio de la Aduana en el 1300.

Plaza da Liberdade
El epicentro social y económico de la ciudad.
Y sí, por supuesto, hay que entrar en la estación de trenes de São Bento, una de las más llamativas de Portugal. Y más bonitas del mundo. Fue construida sobre los restos de un antiguo convento y conserva ese aire melancólico que caracteriza a la ciudad de Oporto. Aunque nos asombre la fachada señorial, la verdadera joya se encuentra en su interior: un distribuidor decorado con más de 20.000 azulejos azules en los que se retrata la historia de Portugal.
Desde allí podremos tomar alguno de los trenes con destino a las zona de los viñedos o a alguno de los coquetos pueblos de la región: Guimarães, Braga o Viana do Castelo. ¡Qué bonito es regresar y volver a pisar el vestíbulo de azulejos! Un cielo azul y blanco que envuelve a quien lo contempla y revuelve su espíritu.
Merece la pena hacer la cola necesaria y pagar para entrar en la librería más famosa del mundo, Lello e Irmao. A la altura del número 144 de la Rua das Carmelitas aparece el sueño de un librero. Un edificio neogótico con escaleras de fantasía que recuerdan a las del colegio de Harry Potter. La autora de la saga juvenil, J.K.Rowling, vivió en Oporto en su juventud como profesora de inglés.

Librería Lello
¿Alguien ha visto a Harry?
STEFANO POLITI MARKOVINA / AWL IMAGES
Así que no es casualidad que encaje en el imaginario de Hogwarts, el literario colegio de magos y hechiceros. Será bueno llevarse un libro y salir a leerlo con alguna francesinha en la mano. La especialidad portuense es un potente sándwich de carne, embutido y queso fundido.
Equipados con la energía del bollo, caminamos hasta la Rua do Carmo para subir al tranvía 22 que se detiene frente a la iglesia de Nuestra Señora do Carmo, del siglo xvii. La última parada es la concurrida Praça de Batalha, una plaza repleta de restaurantes, cafeterías y hoteles. Allí se encuentra otro paraíso de azulejos azules y blancos, la iglesia de San Ildefonso (siglo xviii). Eso es Oporto, esos colores, ese tranvía y ese sabor.

San ildenfonso
Los azulejos de su fachada principal cuentan la vida de Jesús. Son obra de Jorge Colaço, igual que los de la estación de São Bento.
HANS-GEORG / FOTOTECA 9X12
La Rua de Santa Catarina es una de las principales arterias comerciales. Avanzando por ella, con ese ritmo que tiene todo lo portugués, entre melancólico y tierno, llegamos al café más elegante de la ciudad, el Majestic. Una imponente fachada de mármol de 1916, escenario de la alegre vida de los años veinte, con decoración art nouveau, donde se puede tomar algo y disfrutar del ambiente de una película de época.
Modernista, centro de tertulias y considerado uno de los más hermosos del mundo. El Café Majestic emana una atmósfera de elegancia y lujo de la belle époque. Cerca está la Capilla de las Almas, pequeñita pero con una preciosa fachada decorada con los ya familiares azulejos blancos y azules.
El Café Majestic emana una atmósfera de elegancia y lujo de la belle époque.
Bajando por la Rua de Fernándes Tomás nos encontramos con el famosísimo Mercado de Bolhao. En este lugar bullicioso y nostálgico, montones de vendedores muestran sus frutas y verduras como si el tiempo no hubiera pasado desde que fue fundado en 1914. Tiene magia, está vivo y dan ganas de pasar una y otra vez entre los puestos. Con algo de fruta en la mano podemos seguir caminando, porque pasear Oporto embellece el alma. Todo lo que evoca es maravilloso, todo lo que ves, también.
Nos quedarán muchos lugares por visitar: el Museo Soares dos Reis, el Museo del Tranvía, la iglesia de San Lorenzo dos Grilos y un sinfín de callejuelas por donde perderse. Precisamente eso es Oporto, un pequeño laberinto de nostalgia en el que uno siempre acaba llegando a la meta con ganas de empezar de nuevo. Oporto sorprende a cada paso y siempre guarda numerosos secretos que provocan la agradable sensación de querer regresar.