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Otoño en Japón, una explosión de 'koyo' entre templos y bosques míticos

Ruta para conocer el interior de la gran isla de Honshu entre bosques que eclosionan en una paleta de rojos y amarillos y arquitectura tradicional.

Los japoneses tienen una devoción singular por la naturaleza, arraigada durante siglos por las creencias del sintoísmo, la religión autóctona de estas islas, donde el hombre y el entorno forman parte de un todo, y donde multitud de kami (dioses) toman la forma de árboles, ríos, rocas o cascadas. Gracias a esta veneración ancestral por la naturaleza, un país tan industrializado y densamente poblado como Japón aún cuenta con un 70% de su territorio recubierto por bosques. En otoño los bosques se convierten en una sinfonía de colores que van desde los rojos de los arces, las zelkovas o las hayas a los amarillos de ginkgos y alerces.

Los japoneses cuentan incluso con una palabra para definir el cambio de colores otoñal: koyo. En esa época millones de personas se dirigen a parques y bosques para contemplar el espectáculo forestal, que ejemplifica a la perfección la belleza de lo efímero, una parte intrínseca de la cultura japonesa.

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Kawaguchi

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La región de los lagos

Desde un banco rodeado de arces con hojas rojas como el fuego, se contemplan las plácidas aguas del lago Kawaguchi, donde se refleja la imponente figura del Fuji, que con 3776 m es la montaña más alta del país. Hay un ambiente festivo, con una gran variedad de puestos ambulantes de comida y multitud de personas disfrutando del paisaje. La región de los cinco lagos (Fuji goko) es posiblemente el mejor lugar desde el que contemplar el símbolo de Japón.

A pesar de que el lago Kawaguchi sea el que cuente con unos colores otoñales más espectaculares y por ende también el más visitado, vale la pena realizar un recorrido por la zona y acercarse al diminuto y poco desarrollado lago Shoji; o al contiguo lago Motosu, un lugar ideal para escapar de las multitudes y contemplar una de las vistas más famosas del Fuji.

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Entre 'sugis' rumbo al Fuji

La temporada habitual para subir hasta la cumbre, que va de julio a septiembre, ha terminado, pero se puede acceder hasta la quinta estación en coche. En el camino, uno se topa con el venerable santuario de Fujiyoshida Sengen, situado a los pies del monte y dedicado a Konohanasakuya-hime, la diosa sintoísta del Fuji y los volcanes. El santuario está rodeado de grandiosos árboles sugi (Cryptomeria japonica), autóctonos de Japón y parecidos a las secuoyas, que apenas dejan pasar la luz del sol. Antiguamente aquí se iniciaba la ascensión al Fuji por su ladera norte, aunque hoy día pocas personas partan desde solo 900 m de altitud. Más allá de su importancia histórica, la sobria elegancia del santuario, que parece fundirse con el bosque que lo rodea, lo convierte en un lugar mágico, especialmente a última hora de la tarde, cuando los visitantes se han ido y lo único que rompe el silencio son las ramas de los grandes árboles mecidas por el viento.

Chureito

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Desde la pagoda Chureito hasta la cumbre del Fuji

La carretera sube hasta 2300 m, donde se encuentra la quinta estación, Fuji Subaru, el lugar habitual para iniciar la ascensión. En esta época del año apenas hay gente y sopla un viento frío que anuncia la próxima llegada del invierno. La mayoría de tiendas y restaurantes ya están cerrados. Solo por las vistas ya merece la pena subir hasta aquí, pero se puede dar un agradable paseo por el sendero Ochudo, que durante un tramo de unos 4 km recorre la ladera del volcán. Desde el camino se contemplan perfectamente la cima del Fuji y sus alturas descarnadas, cubiertas por pinos rastreros que luchan por agarrarse a la tierra y, un poco más abajo, bosques de alerces de vívidos colores amarillos.

El mejor lugar para acabar este periplo por los alrededores del Fuji es la pagoda Chureito, construida a mediados del siglo XX en honor a los habitantes de la ciudad de Fujiyoshida fallecidos en las guerras que se produjeron entre el siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial. Aunque la pagoda no tenga un interés arquitectónico especial, las vistas desde ella en otoño, con los arces enmarcando el Fuji, son una de las imágenes que merece conservar en la memoria antes de proseguir el viaje hacia el interior de la gran isla de Honshu.

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Entre pueblos

Rodeando los montes Akaishi, una cadena montañosa con picos de más de 3000 m de altitud, se llega a las estribaciones de los Alpes Japoneses. La denominación fue popularizada por el reverendo Walter Weston a finales del siglo XIX para englobar las tres cordilleras que cortan transversalmente de norte a sur la isla de Honshu: los montes Hida, Kiso y Akaishi.

Aquí se encuentra el valle de Kiso, uno de los más remotos y famosos de la zona. Se trata de una ventana al pasado del país donde encontrar antiguos pueblos de postas que parecen sacados de un ukiyo-e, los famosos grabados japoneses. Este valle tuvo gran importancia durante el periodo Edo (1603- 1868), cuando por aquí discurría la Nakasendo, uno de los cinco principales caminos de esa época y uno de los dos que unía Kioto, la capital imperial, con Edo (la actual Tokio), la capital administrativa.

Se puede visitar el valle sin ne- cesidad de andar, pero vale la pena recorrer algunos de los tramos que se han restaurado de la antigua Nakasendo. El menos concurrido une Yabuhara con Naraijuku, dos de los 69 pueblos de postas con los que estaba organizada la ruta. Yabuhara es una típica población del Japón rural donde la vida transcurre con parsimonia, lejos del frenesí de Tokio u Osaka.

Narai-juku

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Narai-juku

Tras una caminata de 7 km a través de densos bosques por fin aparece Narai-juku, uno de los tesoros del Valle de Kiso. En este pueblo de postas perfectamente preservado casi todas las casas mantienen la arquitectura propia del periodo Edo. Un poco más al sur se encuentra otro de los tramos más famosos de la Nakasendo, el que transcurre entre Magome y Tsumago, menos duro pero igual de evocador y con la posibilidad de ir viendo en el camino pequeñas poblaciones rurales. En cualquiera de los casos, se aconseja pernoctar en alguno de los minshukus (pensiones) que hay en estas poblaciones, y disfrutar de una cena tradicional y una noche reparadora durmiendo en un futón, el colchón japonés.

Takayama

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Takayama, el corazón del país

En un valle mucho más amplio, apenas un par de horas al norte, se asienta Takayama, la ciudad con más encanto del centro de Japón y una base perfecta para realizar alguna excursión a los cercanos Alpes Japoneses. La antigua ciudad feudal de Takayama ha conservado la arquitectura tradicional de esta zona del país. Es fascinante perderse en el dédalo de callejuelas e ir entrando en pequeñas tiendas de artesanía de madera, probar el delicioso miso de la región, o visitar alguna de las antiguas destilerías de sake para hacer una pequeña cata.

Una vez recorridas estas calles centrales, los pasos se dirigen al norte de la ciudad, al barrio conocido como Higashiyama. El bullicio de la zona céntrica desaparece y es sustituido por el canto de los pájaros. La mayoría de templos están cerrados pero el encanto reside aquí en el propio paseo, rodeado de árboles de colores cambiantes que enmarcan los templos sumidos en el silencio. En otoño se celebra el Takayama Matsuri, uno de los festivales más famosos de Japón, cuando una docena de yatai o carrozas ricamente decoradas, muchas de las cuales tienen siglos de antigüedad, son paseadas por la ciudad en honor del santuario de Hachiman. Esos días (en 2021, 9 y 10 de octubre), la tranquila Takayama bulle de actividad, con miles de personas acudiendo a las procesiones y comiendo y bebiendo en las decenas de puestos de comida que se montan junto al río.

Kamikochi

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Kamikochi, un valle arrebatador

En el valle de Kamikochi, en el centro de los Alpes Japoneses, la carretera atraviesa paisajes alpinos donde los colores otoñales motean los extensos bosques que cubren esta zona. Cuando finalmente se accede a Kamikochi, a casi 2000 m de altitud y dentro del Parque Nacional de Chubu-Sangaku, hace frío; las cumbres ya están moteadas de nieve y en las laderas los árboles van perdiendo sus últimas hojas. A medida que uno se aleja del puente Kappabashi –centro turístico de Kamikochi–, las multitudes disminuyen rápidamente y se puede ver de vez en cuando algún ciervo asustadizo o grupos de macacos que miran desafiantes a los paseantes, si bien el rey del bosque es el oso negro, que abunda especialmente en el centro de la isla de Honshu.

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La irrupción de Matsumoto

La ruta atraviesa los Alpes Japoneses en una sucesión de antiguos túneles y precarias carreteras que cruzan profundas gargantas y bosques apenas tocados por el hombre. Tras casi una hora, las montañas se abren para dar paso al valle en el que se asienta la tranquila ciudad de Matsumoto, famosa por el castillo del Cuervo, construido a finales del siglo XVI y apodado así por el color negro de sus paredes exteriores. No es de los más grandes del país, pero sí uno de los más famosos tanto por su estilizada figura como por su perfecto estado de preservación. Ofrece una oportunidad única para imaginar cómo era la vida de los señores feudales y los samuráis.

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Nikko, la ciudad absorbida por la naturaleza

La carretera atraviesa amplios valles e infinidad de montañas durante unos 250 km antes de llegar a Nikko, una de las joyas del norte de Japón. Desde la antigüedad Nikko fue un santuario reverenciado por el sintoísmo y el budismo, pero cuando el sogún Tokugawa Ieyasu lo escogió para construir su mausoleo se convirtió en una población importante. Tras un siglo de guerras civiles, Tokugawa Ieyasu fue quien concluyó el proceso de unificación del país y fundó del sogunato Tokugawa (1603-1868), que gobernó Japón con mano de hierro a lo largo del periodo Edo. El santuario de Toshogu, consagrado a Tokugawa Ieyasu, está rodeado de altos árboles sugi que fueron plantados durante su construcción y que complementan con su monumentalidad los pabellones ricamente decorados que lo conforman.

La puerta Yomeimon, que da paso al edificio principal, es la sublimación del barroco japonés. La cantidad y calidad de detalles decorativos alcanza un nivel nunca visto en Japón y dista mucho del elegante minimalismo presente en la mayoría de templos y santuarios. A cinco minutos andando se encuentra Taiyuin, último lugar de reposo de Iemitsu, nieto de Ieyasu. Iemitsu hizo construir ambos complejos, y aunque Taiyuin tenga cierto parecido con Toshogu, fue edificado a escala más modesta como muestra de respeto hacia el abuelo. Las dos cuentan con una heterodoxa mezcla de elementos sintoístas y budistas imposible de ver en otros centros religiosos y que denota el sincretismo que imperó durante siglos y que solo fue prohibido en el periodo Meiji, cuando se decidió separar ambas religiones y convertir el sintoísmo en religión de estado. Así, mientras Toshogu se convirtió oficialmente en santuario, Taiyuin es considerado un templo budista.

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El fastuosos entorno de Nikko

El tercero de los grandes monumentos de Nikko es el grandioso templo budista de Rinnoji, fundado por Shodo Shonin, el monje que introdujo el budismo en la zona en el siglo VIII. Su principal tesoro son las tres estatuas lacadas en oro que representan las tres deidades de la montaña veneradas en el santuario de Futarasan, encarnadas en los vecinos montes Nantai, Nyoho y Taro. Frente al templo se halla Shoyo-en, un pequeño jardín de estilo japonés que durante el koyo es uno de los lugares más espectaculares de Nikko gracias al perfecto conjunto de arces que rodean un pequeño estanque.

Más allá de la arquitectura religiosa, una de las atracciones de Nikko es la propia naturaleza que lo rodea. La sinuosa carretera Irohazaka, que une la ciudad con el lago Chuzen-ji y el corazón del Parque Nacional de Nikko, es una atracción en sí misma durante el otoño por los colores que toma el bosque que atraviesa. Una vez junto al lago, a 1200 m de altitud, se puede apreciar la imponente figura del monte Nantai (2486 m), la montaña más sagrada de Nikko. En los alrededores del lago se puede visitar la espectacular cascada Kegon de casi cien metros de altura y caminar por alguno de la infinidad de senderos del parque, que discurren entre densos bosques, humedales y antiguos volcanes.

Aizu-Wakamatsu

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Aizu-Wakamatsu y el castillo de Tsuruga

Al norte de Nikko, a través de nuevos paisajes boscosos, se llega a la poco visitada Aizu-Wakamatsu, famosa por su pasado samurái. Los samuráis fueron los legendarios guerreros que gobernaron el país del siglo XII al XIX e impusieron un código de conducta que marcó la psique japonesa, especialmente hasta la Segunda Guerra Mundial. Del periodo dorado de los samuráis han llegado hasta nuestros días varios vestigios, entre los que destaca el imponente castillo Tsuruga, mansiones del periodo Edo y los jardines Oyakuen.

Aizu-Wakamatsu también cuenta con un asentamiento privilegiado, en este caso a los pies del monte Bandai, un volcán que entró en erupción por última vez en 1888 y que tiene el sobrenombre de Aizu-Fuji por la perfección de su cono. Gracias a este entorno natural, los alrededores de la ciudad son famosos durante el otoño, especialmente en la zona de Urabandai, que cuenta con lagos y senderos para gozar de la naturaleza.

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Yamadera en la cumbre

Yamagata, una pequeña ciudad de provincias situada más al norte y capital de la prefectura homónima, es el lugar ideal desde el que ir a visitar Yamadera, un templo budista situado en lo alto de una montaña. El templo fue fundado en el 860 por Jikaku Daishi, cuando en aquella época esta zona era la frontera norte que separaba Japón de las zonas pobladas por los emishi, los habitantes originarios del noreste de Honshu. Tras ascender por el bosque más de mil escalones, entre rocas insólitas, pabellones y tumbas cubiertas de musgo esparcidas a lo largo de la ladera de la montaña, la puerta Niomon da paso a la zona superior, donde aguarda otro templo; destacan sobre todo las maravillosas vistas de la región circundante desde la sala Godaido.

Un poco más al norte, los amantes de las omnipresentes aguas termales japonesas no deben desaprovechar la oportunidad de acercarse a Ginzan Onsen, situado sobre una antigua mina de plata. Es muy recomendable pasar la noche en uno de los tradicionales ryokan que jalonan la calle principal, que parece sacada de una escena de principios de siglo XX, con casas de madera, farolas de gas y gente paseando por la aldea vestida con yukata.

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El colofón de las montañas sagradas de Dewa Sanzan

El último recorrido lleva a las tres montañas sagradas de Dewa Sanzan, punto final de este viaje por Japón. Cada una cuenta con un santuario en su cumbre y representa un estadio en la vida del ser humano: el nacimiento, Haguro-san (414 m); la muerte, Gas-san (1984 m); y el renacimiento, Yudono-san (1504 m). Dewa Sanzan es un enclave especialmente estimado por los seguidores del shugendo, una religión basada en la veneración de las montañas, que mezcla a su vez tradiciones budistas y sintoístas. Es habitual ver a sus monjes vestidos de blanco, los yamabushi, realizando el ascético peregrinaje entre las tres montañas y resistiendo duras pruebas que ponen al límite su cuerpo. Aunque otoño es demasiado tarde para realizar el peregrinaje entre las tres cumbres debido a la nieve, se puede acceder tanto a Haguro-san como Yudono-san por carretera.

El enclave más importante es Yudono-san, el santuario del renacimiento y el que mejor condensa la sacralidad de Dewa Sanzan. Desde el parking empiezo a subir por el camino que lleva al santuario. Debido a su carácter sagrado se prohíbe hablar de lo que pasa allí, así que la única manera de saber lo que sucede en su interior será ir uno mismo hasta Yudono-san y participar en este ritual ancestral. Un punto y final perfecto para esta ruta otoñal por el interior de Japón.

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