En caravana

La otra isla de Nueva Zelanda

Bienvenidos a la isla sur, un paraíso salvaje, auténtico e inolvidable.

Lago Wanaka

MORITZ WOLF / AGE FOTOSTOCK

Nugget-Point

Según una leyenda maorí, la isla fue creada por cuatro jóvenes, los hijos de Rakinui (el Padre Cielo) y Papatuanuku (la Madre Tierra). Aoraki y sus tres hermanos llegaron de los cielos en una canoa (waka), pero cuando quisieron volver el encantamiento (karakia) se había roto, su canoa volcó y los chicos se convirtieron en piedra, dando origen a la Isla Sur y sus magníficas montañas.

La leyenda se mezcló con la geografía y el paisaje de la isla, los nombres de los lugares, las tradiciones, el sentido de comunidad y la unión de los Ngai Tahu, la tribu principal de la región. Su fuerza continúa viva y hace de este lugar un espacio probablemente muy parecido a lo que era el planeta antes de poblarlo los humanos. Y lo cierto es que no se ven muchas personas...

Milford Sound

Este fiordo salvaje y remoto del parque Nacional Fiordland se puede recorrer en barco, en kayak o a pie por el Milford Track.

COLIN MONTEATH / AGE FOTOSTOCK

Con poco tiempo y un montón de kilómetros por delante, una autocaravana ofrece la mejor manera de recorrer el país, con la casa encima y libertad para detenerse donde uno quiera. Desde Christchurch, en la costa este, nuestro plan empieza atravesando los Canterbury Plains, sigue hasta el área natural de Te Wahipounamu –incluye el Parque Nacional Fiordland, la zona de los lagos o Westland, los Alpes del Sur y el Parque Nacional Aoraki/Mount Cook–
y acaba en la ciudad de Nelson y los Marlborough Sounds, en el extremo norte de la isla.

Christchurch, la mayor población de la Isla Sur, es también su puerta de entrada y la ciudad más antigua del país, establecida oficialmente en 1856. Hasta 2011 su centro atraía a numerosos turistas con recreaciones teatrales sobre los orígenes de la ciudad, artistas y comerciantes callejeros. En los terremotos de 2010 y 2011 gran parte del distrito central acabó devastado: un 95% de los edificios quedaron destruidos o eran inseguros y tuvieron que derruirse posteriormente.

Paisajes salvajes

Pero hemos venido a saciarnos de naturaleza, así que dejamos atrás la ciudad y nos dirigimos al sudoeste a través de las llanuras de Canterbury (Canterbury Plains), situadas entre los Alpes del Sur y el Océano Pacífico. Seguimos una larga carretera que encadena una sucesión de pueblos dedicados casi por entero a la agricultura y la ganadería, como demuestra la abundante presencia de ovejas, vacas, alpacas y ciervos. De aquí sale más del 80% de la producción agropecuaria de todo el país.

Tras conducir tres horas con la cordillera de los Alpes neozelandeses siempre de fondo, el lago Tekapo nos regala una parada sensacional. Su color turquesa claro es consecuencia del polvo de roca y los sedimentos minerales que producen los glaciares y que dejan una capa luminosa sobre el agua. En este extraordinario espejo se refleja, intacta, la imagen de las montañas, las nubes y el cielo.

Lago Tekapo

El turquesa de sus aguas y la nitidez de su cielo –se ven auroras australes– lo han convertido en una visita imprescindible desde Christchurch.

DANIEL MURRAY

La Unesco declaró el lago y el Monte Cook como Reserva de Cielo Oscuro, un observatorio natural e inmenso de las estrellas y las luces del sur. Una carretera casi recta recorre los 50 km que separan el lago Tekapo del Pukaki que, con una superficie de 178,7 km², se considera el mayor de los tres lagos de la cuenca del río Mackenzie; el Ohau es el más pequeño.

Un desvío conduce hasta el extremo sur del Wanaka Lake, otro lago impresionante que sumaremos a la colección de perlas lacustres de la isla. A menos de 80 km aparece uno más, el Wakatipu, rodeado de altas montañas de verde intenso que entran bruscamente en el agua azul; a lo lejos se elevan las omnipresentes cumbres nevadas de los Alpes del Sur.

Los Alpes del hemisferio sur

La gran cordillera que cruza de norte a sur la isla cuenta con 17 cumbres que superan los 3.000 m. En la fotografía aparecen los más altos: el Tasman y, en segundo plano, el Cook.

El lago Wakatipu señala la entrada a la ciudad de Queenstown, un centro turístico con apenas 14.000 habitantes, repleto de aventureros buscando deportes a cual más estrafalario, como paragliding, bungee jumping o kite surfing y otras actividades más comunes, como el senderismo y el esquí. La «civilización» se acaba en cuanto se entra en el área natural de Te Wahipounamu. Sus 2,6 millones de hectáreas son Patrimonio de la Humanidad y se extienden a lo largo de 450 km en el sudoeste de la isla.

El encuentro entre la placa tectónica del Pacífico y la Indoaustraliana, los intensos fenómenos climáticos y las glaciaciones sucesivas han dado lugar a este extraordinario rincón de la Tierra, en el que coinciden fiordos, costas escarpadas, acantilados, lagos y cascadas. A esta inmensa área los maorís la denominaron «las aguas de la piedra verde».

El lago Te Anau, con un pequeño pueblo en la orilla, marca la puerta de entrada al Fiordland National Park. Siguiendo una carretera de pasos estrechos entre las enormes y altísimas montañas se alcanza el bello fiordo Milford Sound. Lo visitamos en barco a través del mar de Tasmania, que se contorsiona entre las rocas escarpadas; un grupo de focas descansa en la orilla mientras las cascadas impactan con fuerza contra la masa de agua del fiordo.

Nugget Point

Kaikoura, Dunedin, Moeraki y, en el extremo sur, Nugget Point albergan algunos de los paisajes más curiosos de esta costa, además de enclaves desde donde avistar delfines y ballenas.

ARROD CASTAING

Hay que dar marcha atrás y pasar por Queenstown para tomar rumbo hacia la costa oeste. Antes habrá que adentrarse en el colosal mundo del Mount Aspiring/Tititea, el tercer parque nacional más grande del país. Sus más de 350.000 hectáreas cubren un territorio esculpido por glaciaciones intensas. La cumbre máxima es el Aspiring (Tititea para los maorís), cuyos 3.033 m son uno de los grandes retos montañeros de la isla.

El parque Mount Aspiring es perfecto para hacer excursiones, incluso cuando no apetece andar porque se pueden contemplar maravillas a pocos pasos de la misma carretera. Como la cascada Thunder Creek, un salto de agua de 28 m de caída sobre el río Haast.

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Viajes

El corazón maorí de la Isla Norte neozelandesa

Una vez frente a la costa, lo que más fascina es contemplar la cercanía de los Alpes del Sur (Kä Tiritiri o te Moana, en maorí), que se alzan por encima de los 3.000 m de altitud a escasos 30 km del mar. Desde la carretera se ve cómo el mar de Tasmania pega fuerte y moldea las rocas con formas caprichosas. Aquí las cataratas caen con menos ímpetu, por las laderas de las montañas y por la superficie de rocas altísimas. Atravesamos bosques de hayas y coníferas (podocarpáceos) en los que viven especies de aves únicas, algunas en peligro de extinción, como el loro alpino kea o el pájaro no volador takahe.

La carretera que remonta el litoral pasa junto a dos gigantescas lenguas de hielo: el glaciar Fox y el Franz Josef. En el primero impresiona escuchar el hielo romperse en su interior. Así, segundo a segundo durante miles y miles de años, ha ido torneando las paredes del valle, un espacio inmenso de rocas y montañas. El hielo avanza y retrocede, dando nuevos pasos al agua mientras que la tierra es ocupada y abandonada por la vegetación. El resultado es un paisaje contradictorio, en el que espacios desérticos colindan con otros de vegetación frondosa, verde y colorida.

En el glaciar Franz Josef (Ka Roimata o Hine Hukatere) se distingue claramente el movimiento del hielo durante su descenso. Este trazo de 12 km señala el recorrido de las lágrimas de Hine Hukatere, una joven maorí a quien le gustaba mucho andar por estas montañas acompañada de su amado Wawe. Pero en una fatídica ocasión, el muchacho resbaló y murió despeñado.

el glaciar Franz Josef

La Isla Sur conecta con la naturaleza más espectacular del país. Una cordillera de picos y volcanes nevados recorre el interior mientras que, alrededor, la costa se pierde en fiordos verdes y playas de coral.

KARK WATSON

La pobre Hine Hukatere lloró y lloró, y los dioses congelaron sus lágrimas como un gran río helado para conmemorar su gran pena. Así nos lo cuenta Rob, a quien conocemos durante la excursión a los Pancake Rocks, unas formaciones calcáreas con agujeros del viento. Estas curiosas rocas se originaron hace unos 30 millones de años a partir de sedimentos marinos y restos animales y vegetales que se solidificaron bajo la enorme presión del agua. Otros miles de años de lluvia, viento y agua salada las esculpieron para maravillar a quien las contemplara.

En el norte de la Isla Sur, el mar de Tasmania se remansa en playas donde la vegetación se acerca a tocar la orilla. La ciudad de Nelson es el centro más poblado de esta amplia región y el Parque Nacional Abel Tasman, una de sus joyas naturales más preciadas. El sendero de largo recorrido Abel Tasman Coast Track (entre 3 y 5 días) bordea su costa de bosques, playas y rocas de granito sobre las que se tumban perezosamente los leones marinos.

Al sur de Nelson se extiende otro paisaje singular: Marlborough Sounds. Ahí se sitúa el puerto de Picton, de donde zarpa el ferry que cruza a la Isla Norte. A bordo de ese barco, bajo la luz tenue del atardecer, cruzamos islas, bahías, calas, ensenadas, arroyos, enredadas costas y santuarios protegidos de vida salvaje. Es el fantástico mosaico acuático de los Marlborough Sounds, la proa de la canoa en la que llegaron los hijos de Rakinui, y que aún esconde valles de ríos antiguos hundidos bajo las aguas. Otro tesoro único de Nueva Zelanda. ζ

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