España insólita

El pequeño gran cañón del Júcar

La planicie serena de La Mancha se rompe al llegar a esta hoz esculpida por un azaroso río.

El Gran Cañón del Colorado es seguramente el accidente geográfico -o unidad geomorfológica, como dicen los geólogos- más famoso y visitado del mundo. Aunque el Everest lo supere en popularidad, solo acceden a la reina de las montañas menos de mil personas al año, mientras que el Gran Cañón supera los cinco millones de visitas anuales.

Mucho menos conocido y grandioso, pero igualmente fascinante y rico como ecosistema, en la Península Ibérica hay un pequeño trasunto del coloso geológico norteamericano: la Hoz del Júcar.

 

Agua verde, verde, verde, 
agua encantada del Júcar, 
verde del pinar serrano 
que casi te vio en la cuna.

Gerardo Diego 

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iStock-1092360992. Un río-cuchillo

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Un río-cuchillo

El río Júcar, al igual que el Turia y el Segura, ha quedado eclipsado por la magnitud e importancia del gigante de la cuenca mediterránea ibérica: el Ebro; y por eso mismo su descubrimiento resulta especialmente sorprendente.

A unos 50 kilómetros de Albacete, 120 de Valencia y 270 de Madrid, Casas-Ibáñez es el punto de partida más habitual para acceder la Hoz en automóvil. A lo largo de unos 10 kilómetros, el viajero cruza casi en línea recta una ilimitada altiplanicie tapizada de cereales (“el infinito campo de Castilla”, que diría Juan Ramón). Y de pronto la tierra se abre como si un gigantesco cuchillo le hubiera dado un profundo tajo. Y así es, de hecho; solo que el cuchillo es el río Júcar y el tajo lo ha dado -lo sigue dando- en el tiempo aparentemente inmóvil de la geología, cuyos instantes son milenios.

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Los hallazgos de Alcalá de Júcar

Tras un descenso serpenteante por la pared un barranco casi vertical, se llega a Alcalá del Júcar, un blanco pueblo de un millar de habitantes encaramado a la ladera y coronado desde el siglo XII por un castillo de los almohades. Declarado Conjunto Histórico-Artístico por un Real Decreto de 1982, Alcalá del Júcar figura merecidamente en todas las listas de “pueblos con encanto”. Y además del castillo, enclavado en una abrupta peña desde la que se disfruta de una vista espectacular, hay que visitar las casas-cueva, excavadas en la roca caliza, la ermita de San Lorenzo y la plaza de toros irregular, única en su género. Y los golosos pueden saborear un “miguelito” -un delicioso pastel de hojaldre relleno de crema típico de la zona- o una magdalena de calabaza, más ecológica y saludable.

38005115311 222cb46f61 k. Una ribera casi mediterránea

Foto: FlickR Santiago López-Pastor

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Una ribera casi mediterránea

A continuación, se puede seguir en coche por la carretera vecinal que bordea la margen izquierda del río y que lleva, al cabo de unos 5 kilómetros, a Tolosa, la única aldea ribereña del Júcar, prácticamente deshabitada buena parte del año, pero que se ha convertido en refugio secreto y punto de encuentro de una docena de escritoras/es y artistas a los que, en las cálidas noches de verano, podemos encontrar enzarzados en animadas tertulias en el chiringuito de la Flori y el Bareta. Y aunque Tolosa y Alcalá del Júcar están a unos cien kilómetros de la costa, al anochecer la brisa marina se encañona en la Hoz y lleva tierras adentro el frescor y el aroma del Mediterráneo.

gazpacho-manchego-picture-id175400783. Gastronomía con vistas

Foto: iStock

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Gastronomía con vistas

Siguiendo hacia el este por la estrecha carretera ribereña, a unos 7 kilómetros de Tolosa se encuentra el Puntal de las Rochas, donde un puente permite cruzar a la margen derecha y acceder al recoleto complejo turístico del mismo nombre, formado por un par de casas rurales con capacidad para unas veinte personas y una antigua casa de labranza restaurada, que conserva todos los rasgos arquitectónicos de principio del siglo XX, convertida en una acogedora fonda en la que se puede degustar lo mejor de la gastronomía local, como el famoso gazpacho manchego (también en su versión “gazpacho viudo”, apto para vegetarianos).

iStock-494097975. El Júcar en calma

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El Júcar en calma

A partir de aquí, se puede seguir hasta el embalse del Molinar, sin olvidar visitar una antigua central eléctrica de 1910 que incluye un pequeño poblado abandonado, cuyas paredes han sido iluminadas por el prolífico grafitero y artista urbano Elcif. Pero conviene cambiar el vehículo de motor por la piragua o la bicicleta de montaña, que pueden dar acceso a parajes prácticamente vírgenes, con la recompensa adicional de la contemplación a corta distancia de las nutrias que pescan en el río o las ágiles cabras montesas que triscan por las escarpadas laderas.

Pero por lo que respecta a la fauna, destacan sobre todo las poblaciones de rapaces propias de los cantiles, como el águila real, el águila perdicera, el azor, el búho, el halcón peregrino, el roquero solitario, el abejaruco o la chova piquirroja. Una auténtica fiesta para el birdwatcher más exigente.

iStock-1000371892. Otras hoces y mucho Góngora

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Otras hoces y mucho Góngora

Y esto es solo la mitad de la historia, pues habría que hablar de las Hoces del Júcar, en plural, ya que a su paso por Cuenca el río también ha tallado perfiles asombrosos tapizados de bosques hospitalarios, como nos recuerda Góngora:

En los pinares de Júcar
vi bailar unas serranas   
al son del agua en las piedras
y al son del viento en las ramas;
no es blanco coro de ninfas
de las que aposenta el agua,
o las que venera el bosque
seguidoras de Dïana:
serranas eran, de Cuenca,
honor de aquella montaña
cuyo pie besan dos ríos
por besar de ellas las plantas.

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El pequeño gran cañón del Júcar

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