Picos de Urbión: un viaje entre pueblos, lagunas y cumbres casi secretas

Esta sierra, que se extiende por Soria, La Rioja y Burgos, alberga un paisaje de cumbres, lagunas y pueblos que son auténticos refugios de paz.

El techo que la sierra de Urbión le pone a la tierra se alza sobre los 2000 m. A esa altura el aire es diáfano, como los montes que en ella emergen: Muñalba, Zorraquín, Tres Provincias o el propio Urbión.

Los Picos de Urbión se reparten entre tres municipios, tres provincias y dos comunidades autónomas. Las cotas más altas están dominadas por un paisaje rocoso, hollado de lagunas excavadas por glaciares. Durante siglos la creencia popular situó en este paraje el origen de las tormentas y recreó en sus lagunas de aguas oscuras seres mitológicos, peligros acechantes o misterios –literalmente– insondables. La más emblemática es la Laguna Negra, escenario del machadiano romance Las tierras de Alvargonzález y centro del Parque Natural Laguna Negra y Circos Glaciares de Urbión.

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Foto: Real Posada de la Mesta

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Abéjar y Molinos de Duero: un inicio entre pinares

Nuestra ruta empieza en Abéjar, conocida como la «Puerta de Pinares», que invita a entrar en una insólita Soria Verde. El pino silvestre, dueño absoluto de las laderas, homogeneiza estos paisajes; es el responsable de que los sorianos sean los españoles que tocan a más árboles por cabeza. La geografía condiciona los usos de la tierra y, con ellos, el destino de los hombres. Molinos de Duero, situado en el corazón de este pinar eterno, fue uno de los enclaves que surtían de madera a la Real Cabaña de Carreteros desde su fundación en 1497. El antiguo esplendor de esta localidad se percibe en las casonas de los siglos xvi y xviii entre las que destacan rincones como el hotel-restaurante Real Posada de la Mesta. Un auténtico museo al aire libre con fachadas de sillería, amplios zaguanes y chimeneas pinariegas, esas construcciones cónicas de brezo y laja, capaces de desafiar al invierno. Sus siluetas aún sobresalen de los tejados de piedra como casas de hadas.

shutterstock 739640968. Vinuesa: un pueblo de leyenda (y con muchos hallazgos)

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Vinuesa: un pueblo de leyenda (y con muchos hallazgos)

A la Laguna Negra, como a Roma, llevan varios caminos. En este caso, los de Covaleda, Duruelo y Vinuesa. A quien haya leído el romance de Machado, los nombres de las poblaciones le sonarán como la promesa de un drama en tres actos. Vinuesa ofrece un buen punto de arranque por el aire de misterio que lo envuelve. El embalse de la Cuerda del Pozo, un remanso de agua que alivia los rigores del verano con actividades como piragüismo, vela o windsurf, esconde en su fondo el pueblo fantasma de La Muedra, anegado en la década de 1940 tras la construcción de la presa. La torre de la iglesia asoma entre las aguas como un objeto fuera de época y lugar; cuando el nivel del pantano desciende, emergen los muros mutilados de lo que un día fueron las casas de los antiguos moradores de La Muedra.

Por aquí discurre tranquilo y silencioso el GR-86, además de una red de senderos que se enriscan en un mundo fabuloso hecho de verde y agua. Y de tiempo. Vinuesa fue la Visontium romana, el feudo de los pelendones, un pueblo celtíbero obligado a capitular ante Roma. Sus habitantes han vivido siempre de los recursos que el inmenso pinar proporciona. Como en el caso de Molinos, su carretería propició una de las cabañas ganaderas más importantes de la Península Ibérica que convirtió a sus responsables en integrantes del Consejo de la Mesta, la poderosa organización de ganaderos que rigió en Castilla durante casi seis siglos.

En la actualidad los habitantes de Vinuesa siguen honrando a la Virgen del Pino, la imagen aparecida entre las ramas de un árbol en Covaleda. En la disputa por su posesión las mujeres visontinas zanjaron la discusión armadas de ramas de pino. La remembranza de ese hito patrio local dio lugar a la fiesta de la Pinochada, declarada de Interés Turístico Regional. Hay algo profundamente ancestral en esas celebraciones que reverencian a los árboles y los asocian con deidades femeninas. ¿Acaso el recuerdo de un ritual pagano en la lejana Celtiberia?

shutterstock 2072298335. La siempre erizante Laguna Negra

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La siempre erizante Laguna Negra

A las inmediaciones de la Laguna Negra se puede acceder en vehículo, salvo en los momentos de mucha afluencia de visitantes en que se habilita el aparcamiento del Paso de la Serrá y un autobús que salva los dos kilómetros restantes. Acercarse a pie impresiona mucho más. Debe su nombre a la oscuridad de sus aguas, las paredes graníticas y el color de los pinares circundantes, un conjunto que ha fascinado a los locales desde siempre. Sus historias son perfectas para contar una tarde de invierno frente a un fuego: carneros sumergidos de los que en segundos solo quedan los huesos, mujeres malignas que habitan sus aguas, relatos de abismos sin fondo, laberintos subacuáticos y gentes que quedaron atrapadas en ellos.

A pesar de que la prueba de natación que se efectúa cada agosto en la laguna no ha registrado jamás una baja, el eco del cantar de Alvargonzález nos persigue en su circo perfecto y parece rebotar de peña en peña, como el grito arrepentido de los hijos que matan al padre para heredar y arrojan su cuerpo al fondo de la laguna. «La tierra de Alvargonzález / se llenará de riqueza / mas quien la tierra ha labrado / no duerme bajo la tierra» entona el cantar que los perseguirá hasta su muerte. No sabemos si es la leyenda, la sombra de la vegetación sobre las aguas o el frescor inherente a la altitud, pero en la Laguna Negra hay algo gélido que eriza la piel.

iStock-1393101841. Pico Urbión, el techo de Castilla y León

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Pico Urbión, el techo de Castilla y León

Una ruta desde la laguna permite ascender al Pico Urbión, que con sus 2228 m es la cumbre más alta de Castilla y León. Es una excursión de montaña de unos 9 km, 500 m de desnivel y unas 3 horas de duración, que en época invernal requiere de experiencia montañera. El acceso recorre la laguna por su margen izquierda hasta superar el farallón de roca. Sobre el acantilado se encuentran otras dos lagunas glaciares, la Helada y la Larga, antes de afrontar el último tramo para coronar la cumbre. El Duero nace a diez minutos de aquí, descendiendo por el valle que se desliza al oeste; un manantial de porte tan humilde que nada hace presagiar su viaje de 900 km hasta el Atlántico.

Ponemos rumbo hacia la zona de Cameros y la Sierra Cebollera, la prolongación oriental de los Picos de Urbión. Merece la pena hacer una parada en Molinos de Razón, cuyos bosques y prados aledaños se han ganado el apelativo de la Suiza Soriana. El llamado «Valle de la Mantequilla» es el lugar del que procede la mantequilla soriana, con Denominación de Origen Protegida. Su proceso de elaboración se puede contemplar en el mismo pueblo, en el centro de interpretación instalado en el edificio de las antiguas escuelas.

iStock-1414645690. Sierra Cebollera, un edén otoñal

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Sierra Cebollera, un edén otoñal

La sierra de la Cebollera, también de origen glaciar, aunque más desconocida que su vecina occidental, está poblada de hayas, pinos, brezos y avellanos, y su laguna compone igualmente un espectacular circo. Desde el último punto donde se deja el coche, el acceso toma una media hora y su menor popularidad garantiza cierta comunión con la naturaleza. Aquí el ciervo se ha enseñoreado del espacio. Por ello, con la llegada del otoño, se ha convertido en uno de esos lugares privilegiados de España donde es posible asistir a la berrea y escuchar los desgarradores bramidos de los machos en celo.

iStock-1388115141. Nájera y Santo Domingo de la Calzada: más patrimonio, imposible

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Nájera y Santo Domingo de la Calzada: más patrimonio, imposible

Nos internamos en la vertiente sur de la Rioja en busca de historia y pasamos por Nájera, que fue reino casi antes que pueblo. Tras la destrucción de Pamplona por parte de Abderramán en el año 923, los reyes navarros trasladaron la corte a esta tierra de frontera entre el islam y la cristiandad. Su casco histórico, coqueto y encajonado a la sombra de sus montes, merece una visita para regalarnos con las vistas desde el Alcázar y la sosegada belleza del monasterio de Santa María La Real.

Santo Domingo de la Calzada también cae en nuestra ruta. La ciudad nació literalmente al amparo del Camino de Santiago, cuando un eremita de nombre Domingo decidió construir en ella un hospital y un puente sobre el río Oja que facilitara el tránsito de los peregrinos. «En Santo Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada», reza el dicho popular en alusión a uno de los presuntos milagros del santo. Como conmemoración de esta anécdota arraigada en la creencia popular, su catedral del siglo xiii alberga un singular detalle: un gallinero. En él siempre hay un gallo y una gallina vivos.

shutterstock 143180590. Ezcaray, un ecosistema rural y gastronómico propio

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Ezcaray, un ecosistema rural y gastronómico propio

Ubicada en la parte alta del valle del Oja y con una población de poco más de dos mil habitantes, Ezcaray merece una parada larga. Su casco viejo esconde un bello conjunto urbano con soportales, plazuelas porticadas y encantadores palacios como los de Torremuzquiz y el Ángel, además de la Fábrica de Paños, que data del siglo xviii. Los senderos que salen de la villa se adentran en bosques que parecen misteriosos pasadizos hacia otros mundos.

La sierra de la Demanda, la hermana pequeña de los Picos de Urbión, es un despliegue de rojos, ocres y verdes. Un completo baño de naturaleza. Y de gastronomía, que de eso Ezcaray también va bien servida. Pese a su reducido tamaño, la localidad riojana despliega una amplísima oferta turística: festivales de jazz, mercados medievales, jornadas micológicas… La estación de esquí de Valdezcaray añade una opción de ocio y deporte en invierno.

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iStock-487849832. La cuna de los ríos Neila y Arlanza

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La cuna de los ríos Neila y Arlanza

Retrocedemos de nuevo a Santo Domingo para dirigirnos rumbo al sur y visitar Viniegra de Abajo, una de las Siete Villas riojanas, que comprenden junto a las cercanas Viniegra de Arriba o Ventrosa, con su mágico Puente de Hiedra, algunas de las localidades más bellas de España. La carretera LR-113 se interna por un paisaje de serranía solitario, agreste, de pueblos despoblados y curvas que se adaptan al terreno sin pretender domesticar sus desniveles.

Entre Neila y Quintanar de la Sierra, el entorno amenaza con saturar nuestros sentidos. Hay necrópolis talladas en la piedra, como las de Pedro Nava, Cuyacabras La Cerca o Revenga. Se pasa junto al nacimiento de los ríos Arlanza y Neila, y se bordean aguas en reposo en las lagunas del mismo nombre o en movimiento, como en las cascadas del Chorlón o la Cueva de la Serena. En el eremitorio de la Cueva Andrés se percibe el silencio de siglos, mientras que la adrenalina en estado puro fluye en la vía ferrata de la Graja. En Gurumiel hay incluso huellas de dinosaurios. Estamos a apenas diez kilómetros en línea recta de la Laguna Negra. Volvemos al corazón de los Picos de Urbión y parece como si la naturaleza se confabulara para seducirnos.

shutterstock 1386697034 (1). El enigmático cañón del río Lobos

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El enigmático cañón del río Lobos

Al descender de Palacios de la Sierra hacia San Leonardo de Yagüe, entramos en una tierra de cuevas, asados, setas y tradiciones recién recuperadas, como la del «paloteo», danza que imita una lucha con palos y tapas de madera. Se celebra a principios de febrero y se baila en la iglesia, quizá con la intención de sacralizar del algún modo lo que probablemente sea reminiscencia de la Februa, la ancestral fiesta romana de la purificación.

San Leonardo de Yagüe es, además, una de las entradas al cañón de Río Lobos, un desfiladero formado por la erosión fluvial de la roca caliza a lo largo de milenios. La vegetación de ribera y los bosques de coníferas suponen aquí un reducto privilegiado para una población de alimoches, corzos, nutrias, jabalíes, tejones o gatos monteses. Declarado Parque Natural en 1985, es también Zona de Especial Protección de Aves.

La ruta de acceso al cañón introduce al visitante poco a poco en un entorno mágico. La Cuesta de la Galiana, con sus espectaculares vistas, la cueva del mismo nombre, el castillo y los primeros farallones van preparando los sentidos. Su entorno respira cierta mística, quizá porque su interior conserva la espectacular ermita de San Bartolomé, un templo románico erigido en el siglo xiii y popularmente atribuido a la orden del Temple.

Sus líneas casan a la perfección con las curvas del cañón y exhibe aún una elegante puerta de entrada, canecillos con originales motivos y un crismón ornamentado. Las leyendas afirman que se alza en el mismo sitio donde el apóstol Santiago dejó caer su espada al saltar a caballo desde uno de los farallones. Y aunque parece difícil de confirmar, sí es cierto que se ubica en un lugar equidistante de los dos puntos más septentrionales de la geografía peninsular, el cabo de Creus y el de Fisterra.

shutterstock 1841901040. La Fuentona de Muriel, una maravilla aún por explorar (literalmente)

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La Fuentona de Muriel, una maravilla aún por explorar (literalmente)

El agua que hace nacer ríos, que embalsa cursos, que anega villas, que se remansa en lagunas glaciares y horada desfiladeros es protagonista también de la siguiente parada de esta ruta. Desde Muriel de la Fuente una senda de ribera conduce hasta La Fuentona, un paraje bucólico de cuya alberca brota el río Abión. La fuente esconde el secreto, esta vez sí, de una laguna sin fondo. La tradición popular hablaba ya de túneles subacuáticos que comunicaban manantiales muy distantes entre sí antes de que un equipo del programa Al filo de lo imposible de TVE empezara en 2003 a explorar su trazado. No se ha desentrañado aún la totalidad del mismo, lo único que parece saberse con veracidad es que las aguas de la Fuentona de Muriel conectan con las corrientes subterráneas de las plataformas calcáreas de Calatañazor, a unos 6 kilómetros de distancia.

iStock-520563805. Calatañazor inmortal

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Calatañazor inmortal

La serranía es un universo de sorpresas. Por eso, de camino a Calatañazor aún nos maravilla el sabinar del mismo nombre. Un bosque tan denso como desconocido que constituye uno de los conjuntos de sabina albar mejor conservados del planeta. Y tras él, a apenas tres kilómetros, surge el pueblo en medio de la hoz del río, como una fortaleza. Una vieja rima castellana afirma que «en Calatañazor, Almanzor perdió el tambor». No falta a la verdad, pues en el año 1002 Almanzor, visir del califato de Córdoba conocido por sus implacables razias en territorio cristiano, murió cerca de esta localidad, por entonces en manos musulmanas. Los románticos y los buscadores de secretos afirman que su cuerpo yace enterrado en el antiguo alcázar hoy transmutado en cementerio municipal, lo que dificulta cualquier excavación arqueológica pero deja margen a la imaginación. «Descabalga, Almanzor, huye presto…», canta el poema de Gerardo Diego grabado en las calles del pueblo.

Resulta fácil aquí volver al pasado. Ayudan la estética medieval de unas calles estrechas y empedradas, casas de mampostería y amplios soportales que hablan de inviernos inclementes. Calatañazor tiene solo cincuenta habitantes y un alma atemporal y fronteriza: ha visto el paso de las legiones romanas que se movían entre Cesar-agusta y Asturica, ha vivido los enfrentamientos entre la cristiandad y Al Andalus y vive a caballo entre la llanura y la sierra.

Apenas 17 km nos separan de Abéjar, los pinares eternos, las lagunas sin fondo y las formas agrestes varadas en el tiempo. En este punto sentimos que podríamos volver a hacer esta ruta circular indefinidamente, y de nuevo bordear los Picos de Urbión, cruzarlos parando en puntos con otras vistas y descubrir otros pueblos inmersos en un bucle de soledad y belleza.

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