Paraíso senderista

Los Pirineos de Navarra de valle en valle

De los bosques pirenaicos de Navarra descendía en otra época la madera rumbo a los aserraderos por vía fluvial. Los mismos caminos de agua recorridos en sentido inverso permiten descubrir en la actualidad otra riqueza, la esencia rural del valle de Roncal y Belagua, el mágico bosque de Irati y las épicas historias de Roncesvalles.

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El valle de Belagua y la reserva de Larra

Los Pirineos concentran las mayores alturas de Navarra, también su clima más radical en invierno y, en verano, extensiones de bosques frescos y prados verdes. En un viaje que los recorre de este a oeste es habitual llegar desde el punto neurálgico que es Pamplona, accediendo a esta zona limítrofe con Francia a través de impresionantes gargantas, que en Navarra reciben el nombre de foces (hoces).

iStock-484851778. Entre cañones y acantilados

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Entre cañones y acantilados

La Foz de Lumbier pide el primer alto en un recorrido de marcado acento paisajístico. Se ubica junto a la población del mismo nombre, donde confluyen los ríos Salazar e Irati, que con toda su fuerza luchan contra las rocas para tallar un desfiladero. Las vistas desde el pueblo valen la pena, pero aún más si se aprovecha para recorrer a pie el antiguo camino del tren que unía Pamplona, Sangüesa, Lumbier y Aoiz. Lo llamaban, cómo no, «el Irati», y una vez desmanteladas las vías constituye una senda llana, de unos 2 km, que permite acercarse al punto más espectacular de la garganta. El buitre leonado cruza tranquilo el cielo sobre nuestras cabezas, seguro de que su especie forma la comunidad más importante de aves del lugar.

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La Foz de Arbayún

De nuevo en ruta, a corta distancia aparece la Foz de Arbayún o Arbaiun rasgando la sierra de Leire. También este cañón es Reserva Natural, con una longitud de 6 km y paredes de hasta 400 m labradas por las aguas del Salazar. Aquí lo que maravilla es el fenómeno de la inversión climática, que hace crecer en las partes bajas plantas que deberían estar en lo alto y viceversa. Andando lento y en silencio, es posible que en las frondas avistemos alguna jineta, una comadreja o, con suerte, un gato montés.

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Tras el puente medieval de Burgui

Una carretera amena permite subir el puerto de Coronas, donde ya se obtiene la primera vista panorámica del valle de Roncal, con los Pirineos guardándole la espalda. Esta ha sido –y en parte lo sigue siendo– tierra de pastores y almadieros, aquellos hombres que descendían río abajo en balsas improvisadas, cabalgabando los troncos talados en los bosques, salvando rápidos, presas y cañones hasta Zaragoza y más allá, puesto que algunos terminaban su viaje en la ciudad de Tortosa, cerca de la desembocadura del Ebro.

Las almadías tuvieron su auge en el siglo XVIII y la última en bajar por el río Esca lo hizo en 1952. Su historia se describe con todo detalle en la sala-museo de Burgui, el primer pueblo del valle del Roncal. La presa de esta población era considerada uno de los puntos de mayor dificultad de la travesía, aunque luego todavía había que superar las hoces que tan cómodamente se cruzan hoy en coche. Su puente medieval es el punto donde termina el recorrido del Día de las Almadías, que por regla general se celebra a finales de primavera rememorando tiempos pasados. Esta jornada está calificada como Fiesta de Interés Turístico Nacional.

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Tierra de pastores

El Roncal es tierra de pastores, algo inevitable si se quiere presumir de un queso de tradición milenaria que fue el primero en ser reconocido con el título de Denominación de Origen en 1981. Se elabora con leche de ovejas que, cuando llegan las primeras nieves, inician su trashumancia hacia las tierras más cálidas de las Bardenas Reales en pos del pasto invernal. En verano podemos verlas moteando el jade verde de las colinas o atravesando la carretera en rebaños numerosos. Lo hacen sin prisa, por algo son experimentadas viajeras que se pasan la vida cruzando Navarra de sur a norte y de norte a sur.

Cuando por fin termina el desfile lanudo, Roncal se revela como una población de arquitectura tradicional y calles empedradas en las que resuenan nuestros pasos. Uno siente que lo observan tras las persianas y cortinas, y seguramente sea así, como corresponde a una villa que siempre ha vivido aislada, medio escondida en el monte. El recelo –tanto del visitante como del roncalés– desaparece en cuanto entramos en una tienda a comprar los afamados quesos. Mientras el vendedor ofrece una buena porción para que la degustemos, nos cuenta que su maduración mínima es de cuatro meses, que su elaboración es artesanal y que únicamente se emplea leche de oveja de raza latxa, cuajo animal y sal.

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Sabor a queso

En Uztarroz, población del norte del valle, se encuentra el Museo del Queso y la Trashumancia. Además, su iglesia de Santa Engracia cobija un órgano considerado el mejor del barroco navarro. Tampoco queda atrás en belleza la iglesia de San Esteban, gótica con elementos renacentistas, en Roncal. Se la puede ver desde cualquier lugar del pueblo, distribuido en forma de Y alrededor del río Esca. Muy cerca del templo queda la Casa-museo de Julián Gayarre, celebridad local del siglo xix que triunfó como tenor operístico en la Scala de Milán.

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Isaba a las puertas

Refresca enseguida cuando el sol empieza a bajar en Isaba, a solo 8 km de Roncal. La temperatura augura noche de manta incluso en pleno verano. Y es que Isaba está encaramada sobre rocas, frente a las Ateas de Belagua, palabra con la que aquí aluden a los desfiladeros y que en euskera significa «portillo» o «abertura en una muralla o pared». La mayor población del valle es, en efecto, la entrada a las cumbres pirenaicas del valle de Belagua.

En el centro de Isaba destaca la iglesia gótica de San Cipriano, toda rodeada de aleros de piedra y con un buen retablo renacentista en el interior. Pero aún es más bonita la arquitectura tradicional de sus caseríos, cubierta con tejados inclinados para que resbale la nieve y erizada de chimeneas cilíndricas. En las fachadas, mazorcas o pimientos se airean en las balconadas de madera, mientras la leña se apila con orden y cuidado junto a la puerta. Es el lugar ideal para hacer noche y, de paso, saborear una torta de txokarrakin, que debe su sabor a la leche o al arroz ligeramente requemados.

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Por Belagua hasta confines galos

El amanecer nos encuentra preparados para disfrutar de uno de los platos fuertes de esta ruta, el Rincón de Belagua, un valle lateral excavado por los glaciares. En total van a ser 26 km hasta el confín con Francia, que se paladean sin prisas por el gusto de ver las manadas de caballos, las vacas y los rebaños de ovejas latxas pastando en las laderas; pero también porque así lo aconseja el trazado de una carretera estrecha que remonta el curso del río entre restos de puentes romanos y calzadas que han perdido el recuerdo de hacia dónde iban.

Belagua es un paraíso para senderistas en los meses de calor, y para amantes del esquí de fondo en la estación fría. Parece lógico, ya que el Circo de Belagua está rodeado por cumbres de 2000 m que suponen el escenario ideal para iniciarse en el montañismo sin afrontar esfuerzos excesivos, elevándose sobre un manto de abetos y hayas. Hacia el centro del valle, la iglesia de la Virgen de Arrako se esconde a los pies del pico Lakartxela y el portillo de Bimbalet. Vale la pena hacer un alto para ver también el dolmen cercano, el monumento megalítico mejor conservado del Pirineo navarro.

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La Mesa de los Tres Reyes

Luego, el asfalto todavía asciende como si quisiera alcanzar los 2448 m de la Mesa de los Tres Reyes y, tras cruzar un túnel, desvela la increíble Reserva Natural de Larra. Nos hallamos en la parte más alta del valle, donde la roca caliza ha sido trabajada por la erosión, creando miles de grietas, oquedades y simas a las que se agarra el pino negro en un ejercicio de funambulismo inverosímil, evitando precipitarse al vacío.

El abismo más famoso es el de la Piedra de San Martín, con una caída vertical de más de 1200 m que lo convierte en toda una tentación para los espeleólogos. En su interior se expande hasta formar la gran bóveda de la Sala de la Verna, pero a la que solo se puede acceder desde Sainte-Engrâce, en territorio francés. También tiene una cascada de 80 m de altura que se puede ver acompañado por un guía.

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El Monte Ori

Muy cerca de la boca de la Piedra de San Martín, en el mojón número 262 de la pista que une el valle de Roncal con el francés de Baretous, se celebra cada 13 de julio el curioso Tributo de las Tres Vacas. Su historia se remonta al año 1375, cuando los vecinos del norte empezaron a entregar este pago en especias, obedeciendo a la sentencia que puso fin a una agria disputa sobre el límite de los pastos entre ambas vertientes pirenaicas. Con sus mejores galas, los alcaldes se reúnen en un acto de hermandad y, al grito de «pax avant», dan inicio a la fiesta tras librar los rumiantes. Si la visita no coincide con la ceremonia, seguro que algún sarrio nos compensará con su aparición.

Las rapaces sobrevuelan la carretera cuando desandamos el camino hasta Isaba para tomar luego el desvío hacía otro valle. El portillo de Lazar peca de modesto, ya que con sus 1117 m bien se podría considerar «puerto», con todas las letras. Además, marca el punto de entrada al valle de Salazar, ofreciendo la visión de la cumbre del Ori a la derecha. Se trata del «dosmil» más occidental del Pirineo y se puede ascender en una hora de marcha a pesar de su imponente aspecto.

Para subir a la cima del Ori, basta con acercarse en coche hasta el alto de Larrau, donde se aparca y se sigue a pie hasta arriba. En días despejados se ve el Moncayo e incluso el mar Cantábrico, y por el lado francés, el perfil del Midi d’Ossau. Pero atención con lo que hacemos, puesto que en esta cima habita Mari, la diosa de los genios de la naturaleza, y también el voluble Basajaun, señor del bosque que puede pasar de la actitud bonachona a la exaltada por menos de nada. Al bajar, y si los dioses nos son propicios –nunca mejor dicho –, 10 km de curvas nos depositarán en Ochagavía.

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Ochagavía, mucho más que un pueblo fotogénico

Auténtico polo de atracción para hacer selfis, Ochagavía concentra todo el encanto posible de los pueblos navarros entre calles estrechas que salvan el río Anduña por su puente medieval. La iglesia fortificada de San Juan Evangelista tiene hechuras originales, intentando arrebatar protagonismo al caserío, donde destacan muchas viviendas señoriales cubiertas con teja roja plana. Quien haya visto la película Secretos del Corazón (1997), de Montxo Armendáriz, reconocerá algunos escenarios.

Acudir al Centro de Interpretación de la Naturaleza de Ochagavía puede ser un buen modo de preparar la visita de la Selva de Irati. Pero antes me atrae pasear hasta la ermita románica de Nuestra Señora de Muskilda. Cada 8 de septiembre es el escenario de una célebre romería con ocho danzantes y un «bobo» –personaje vestido de arlequín– que ejecutan un baile parecido a la jota. Antes, a finales de agosto, es habitual otra fiesta en la que Ochagavía recrea los oficios de cien años atrás, reconocida como de Interés Turístico de Navarra.

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La Selva de Irati

La verdadera joya de esta parte del Pirineo navarro es la Selva de Irati, uno de aquellos entornos que el viajero cree extinguidos para siempre. Su condición casi fronteriza, poco accesible durante siglos, unida a una excelente gestión de la tala selectiva, ha preservado la excepcional espesura de este bosque. Se compone de abetos, pero sobre todo de un hayedo con ejemplares de grosores y alturas que son pura épica. Para encontrar algo parecido habría que viajar a los bosques de la isla Sur de Nueva Zelanda.

El acceso a Irati pasa por la ermita de la Virgen de las Nieves, que empequeñece a su lado. Desde allí, un sendero bordea el embalse de Irabia, que tiene el aspecto de un lago de alta montaña. De vez en cuando, en el suelo pueden aparecer fósiles de toucasias, moluscos jurásicos, un recuerdo del arrecife de coral que ocupaba este lugar hace 120 millones de años. Declarada Reserva Integral, Irati impresiona por el porte de los árboles y por un silencio sonoro en el que destacan el rumor de las hojas o el goteo del agua que corre por ellas. Ernest Hemingway siempre venía a darse un baño de naturaleza a Irati después de disfrutar de lo lindo en los Sanfermines.

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Vestigios industriales

Por su extremo sudoeste, la Selva tiene otro acceso o salida, según se vea, que desemboca en el valle de Aezkoa por Orbaitzeta. Allí se localizan los restos de la Real Fábrica de Armas y Municiones, del siglo XVIII. Aunque parezca un contrasentido, invadida como está por el musgo y los arbustos, hoy en día tiene un aire romántico. Su existencia fue corta, puesto que al encontrarse a 5 km de la frontera fue objeto constante de saqueos.

Las ruinas son Bien de Interés Cultural, así como los muchos hórreos que se conservan a lo largo y ancho de Aezkoa. Hay varios en la misma Orbaitzeta, pero también en Aria o en Hiriberri/Villanueva de Aezkoa, donde se utilizaban para guardar el grano a salvo de humedad y roedores; los pilares sobre los que se asientan tienen una losa circular en lo alto denominada «tornarratas».

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Roncesvalles, última parada

A 20 km de Orbaitzeta llegamos al último de los hitos de la ruta, Roncesvalles/Orreaga. El nombre es célebre por la batalla del año 778, cuando la retaguardia de Carlomagno fue diezmada por los vascones después de que el franco destruyera Pamplona en su retirada, como narra La Chanson de Roland.

Pero quizá la historia se habría quedado ahí si no fuera porque Roncesvalles pronto se convirtió en monasterio de referencia para los peregrinos que cruzaban los Pirineos por Luzaide/Valcarlos y el paso de Ibañeta, siguiendo el Camino de Santiago. Hay noticia de que ya estaba en activo como hospital jacobeo en el siglo XI y sus archivos guardan documentos de 1660 que registran hasta 25.000 raciones servidas a los devotos que se hallaban de paso.

La Colegiata Real acoge una venerada Virgen con Niño de plata, y en la capilla de San Agustín se halla la tumba de Sancho VII el Fuerte, bajo la vidriera que narra la mayor de sus gestas: la batalla de las Navas de Tolosa, punto de inflexión de la Reconquista. Sin embargo, no son las historias de espadas, sino el paisaje lo que se recuerda al dejar atrás el magnífico Pirineo navarro. 

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