¡Un limoncello!

Planes para empaparse de la Costa Amalfitana

El aroma de los limoneros perfuma los pueblos y las playas de este litoral al sur de Nápoles.

Bocaccio, el gran humanista italiano del siglo xiv, la llamó «la más bella costa del mundo». Otras muchas personalidades, desde Richard Wagner a Greta Garbo, pasando por Truman Capote o Mick Jagger, también sucumbieron a sus encantos. Y aunque tiene cerca a duras competidoras como Nápoles, Sorrento o Capri, la Costa Amalfitana, con sus pueblos encaramados sobre las colinas, su rica gastronomía y sus balcones sobre el mar, posee un encanto que ha perdurado hasta hoy y que le valió la declaración de Patrimonio de la Humanidad.  

 
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Salerno

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Salerno: la ciudad más grande

Su paseo marítimo, con el contraste de los montes como telón de fondo, conduce al centro histórico. Allí se levanta la catedral consagrada a San Mateo, con su pórtico románico, su cripta barroca, su púlpito revestido de piedras de colores y un campanario árabe-normando. Numerosos edificios medievales comparten espacio con tiendas y restaurantes, sin olvidar el Jardín de Minerva, herencia de la Escuela Médica Salernitana, considerada la primera de Europa. También es altamente tentadora la subida al castillo del rey Arechi, que brinda una espectacular panorámica sobre el puerto y toda la costa. 

 
Vietri sul Mare

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Vietri sul Mare: apéndice playero

Prácticamente al final del puerto de Salerno se encadena Vietri sul Mare, pueblo playero conocido por su industria de la cerámica y el vidrio. Su edificio más visible es la cúpula de la catedral, revestida de tejas de mayólica azules, verdes y amarillas que resplandecen a la luz del mediodía.

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Cetara de los atunes

Después de 16 km bordeando el litoral se llega a Cetara, una antigua villa de pescadores. Como indica su nombre, que en latín significa almadraba, es el mejor lugar donde degustar atún en todas su variedades. Su característica silueta recortada a la orilla del mar viene determinada por su Torre. Esta construcción, que ha ido sufriendo modificaciones desde el siglo xiii, formaba parte de un sistema defensivo contra los piratas turcos que pespunteaba la costa. Es un placer nadar en la playa que se extiende a sus pies, así como probar pasta condimentada con la típica colatura di alici, una receta romana elaborada con anchoas saladas.

 
Maiori

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Mar y montaña

Aquí se halla la playa más grande de la Costa Amalfitana, con una amplia oferta de rutas en barca. Otra opción consiste en hacer senderismo por el valle de Tramonti. Esa combinación mare e monti, como dicen los italianos, se traslada a la mesa: lo demuestra la minestra maritata –la típica sopa navideña– o sabores más atrevidos, como las berenjenas con chocolate con que los vecinos celebran la festividad del 15 de agosto. Los aficionados al cine reconocerán en estos valles los escenarios de algunas de las grandes películas de Rossellini (1906-1977), que amaba este lugar.

Minori

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Minori: el mejor limoncello de Italia

A tiro de piedra de Maiori –se puede ir a pie por el llamado Camino de los Limones– se encuentra Minori, un rincón de vacaciones para los nobles romanos que aún conserva una villa con mosaicos y frescos, así como jardines del siglo i. Romano es también el origen de la neoclásica basílica de Santa Trofimena, muy venerada. Si se quiere seguir alegrando el paladar, Minori es el lugar adecuado para probar delicias al limón y la torta de pera y ricotta, insuperable. Y no hay que olvidar que en esta costa se elabora quizás el mejor limoncello de Italia, el licor que pone el broche dorado a todos los almuerzos.

 
Amalfi

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Antiguo esplendor

 Amalfi está lejos de sus momentos de mayor esplendor, cuando llegó a ser una de las repúblicas independientes que dominaban en el Mediterráneo, pero todavía deja boquiabiertos a los visitantes que suben la imponente escalinata de la catedral de San Andrés –en su cripta reposan los restos del santo– o recorren el claustro del Paraíso, última morada de amalfitanos ilustres. Otras visitas atractivas son las atarazanas del siglo xi conocidas como el Arsenal de la República, el Museo Cívico y el del Papel, que son tres formas diferentes de viajar en el tiempo. 

 
Ravello

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éxtasis en Ravello

 El viajero querrá asomarse a Ravello, subiendo por una carretera de interior flanqueada de parras y chumberas. «Un lugar destinado al éxtasis», tal y como lo definió el artista Pier Paolo Pasolini (1922-1975), y añadió: «Ravello está como en un espolón, suspendido en el vacío, y al fondo se extienden colinas que se desploman en el mar».

 
Villa Cimbrone

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Villa Cimbrone: la inspiración asegurada

La ausencia de playa de la afamada Amalfi está compensada por las vistas desde sus dos villas más conocidas: Rufolo, situada junto a la catedral, con sus espléndidos jardines y miradores, y Cimbrone que, además de un jardín neoclásico y un claustro bien cuidado, posee la Terraza del Infinito. Su nombre exagera solo un poco: desde allí se contempla el golfo entero, desde Amalfi a Salerno. También es grato pasear entre sus palacetes barrocos y sus iglesias en medio de esa atmósfera mediterránea que ha inspirado infinidad de obras, desde la escenografía del Parsifal (1882) del músico Richard Wagner a filmes de directores John Huston o Mike Winterbottom, entre otros. Como ciudad de la música, Ravello cuenta desde 2010 con un auditorio proyectado por Oscar Niemeyer, que disputa la atención de los visitantes con los atractivos antiguos.      

 
Positano

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Positano sí es real

La ruta puede concluir en Positano, otro potente foco de la zona. Conviene reservar fuerzas para subir sus escaleras, bajo promesa de que valdrá la pena. El escritor John Steinbeck, que le dedicó una novela, la definió de un modo que podría extenderse a toda la Costa Amalfitana: «Un lugar de ensueño que no parece real mientras se está allí, pero que se hace real en la nostalgia cuando te has ido».

Positano

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