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Qué hacer en la capital ignorada de las islas Azores

Ponta Delgada es mucho más que la puerta de entrada a Sao Miguel, la isla más grande del archipiélago. Es, también, una urbe tan cosmopolita como salvaje.

Ponta Delgada es mucho más que una de las ciudades más importantes de las Azores. No en vano, comparte capitalidad con Horta y con Angra do Heroismo, dos localidades mucho más bendecidas por el turismo que la metrópolis de São Miguel. Además de ser la puerta de entrada al archipiélago a través del aeropuerto internacional Juan Pablo II,  Ponta Delgada cuenta con un bello casco antiguo de calles adoquinadas y un patrimonio arquitectónico de elegantes edificios monumentales perfecta para esa parada urbanita al llegar o irse de la isla.

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Foto: iStock

Fue el terremoto ocurrido en 1522 lo que llevó a este pequeño pueblo de pescadores a convertirse en la capital que hoy es, pues el fenómeno sísmico destruyó casi en su totalidad la que hasta entonces había sido la anterior capital de la isla: Vila Franca do Campo. Con la llegada del siglo XVIII la localidad terminó de consagrarse, pues las grandes epopeyas del comercio internacional que ligaban el archipiélago de las Azores con Inglaterra y Flandes y el apogeo de la exportación de naranjas de la isla llevó a la construcción de la monumentalidad barroca que hoy aún brilla en sus calles y plazas.

UNA CAPITAL CON SUERTE

Fue el terremoto ocurrido en 1522 lo que llevó a este pequeño pueblo de pescadores a convertirse en la capital que hoy es, pues el fenómeno sísmico destruyó casi en su totalidad la que hasta entonces había sido la anterior capital de la isla: Vila Franca do Campo. Con la llegada del siglo XVIII la localidad terminó de consagrarse, pues las grandes epopeyas del comercio internacional que ligaban el archipiélago de las Azores con Inglaterra y Flandes y el apogeo de la exportación de naranjas de la isla llevó a la construcción de la monumentalidad barroca que hoy aún brilla en sus calles y plazas.

Es Ponta Delgada una ciudad que se puede recorrer fácilmente a pie, aunque tampoco faltan los paseos en Tuk Tuk con guía en español. Sea cual sea el método de paseo escogido, no hay nada mejor que empezar en el Paseo Marginal, una gran avenida creada en la década de los cincuenta junto al puerto, para desembocar en la entrada en la urbe, marcada por las Portas da Cidade, un conjunto de tres arcos construido en 1783 en tradicional piedra volcánica sobre la Praça do Municipio.

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Bañada en un elegante pavimento en mosaico portugués, este epicentro que pasó a ser protagonista de la vida urbana tras la ampliación del puerto acoge el barroco Ayuntamiento y la iglesia de São Sebastião, cuya torre es la única de la ciudad con un reloj. A apenas unos pasos merece la pena subir los 106 escalones de Torre Sineira para contemplar las magníficas vistas panorámicas de la capital.

CUNA RELIGIOSA

Son numerosas las iglesias y conventos que se erigieron en los siglos XVI y XVII en la ciudad, época marcada por ataques de corsarios y una ocupación española que terminaría con la restauración de la Monarquía Portuguesa en 1640. Junto a la mencionada iglesia parroquial de San Sebastián, destacan nombres como la iglesia de San Pedro, la iglesia de San José o la peculiar iglesia del Colegio Jesuita, edificio sin torre que dejó su construcción barroca sin terminar pues la orden fue expulsada de la isla en 1759 bajo las órdenes del Marqués de Pombal.

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Pero si hay un referente eclesiástico en la ciudad ese es el Convento de Nossa Senhora da Esperança, una joya erigida en 1545 donde numerosos peregrinos acuden a brindar respeto a la imagen del Santo Cristo dos Milagres que le ofreció el Papa Paulo III a los fundadores en las primeras décadas del siglo XVI. De hecho, las Fiestas del Senhor Santo Cristo dos Milagres, que se celebra entre abril y mayo, es la fiesta religiosa más importante del archipiélago de las Azores.

EL MUSEO MÁS ANTIGUO DE AZORES

Corría el año 1880 cuando el naturalista Carlos Machado fundaba el que es hoy el museo más antiguo de las Azores. En el espacio que lleva su nombre, ubicado en el antiguo convento de San André, se suceden piezas de los campos de la zoología, botánica y mineralogía en un completo recorrido perfecto para conocer la historia del archipiélago, de su geología, flora y fauna. Además, a la colección original se han añadido espacios dedicados a la joyería, arte tradicional, azulejo, porcelana o pintura, entre otras. Y como se encuentra en un convento, el museo también alberga elementos del arte sacro en forma de pinturas, plata y azulejos típicos.

Jardines botánicos y piñas

Todo enamorado querrá transportarse al Jardín Botánico José do Canto en cuanto vea una instantánea de tan mágico lugar. En un laberinto de especies de todo el mundo y plantas endémicas de las islas Azores nacen rincones mágicos donde no falta una bonita cascada y hasta una higuera australiana de dos siglos de vida. Destino frecuente de los locales, este jardín abierto al público y patrimonio de las Azores fue creado en el siglo XIX por el político e intelectual José do Canto. Amante de la botánica, do Canto encargó el proyecto del parque a David Mocatta y aprovechó cada viaje para hacerse con todo tipo de especies durante más de medio siglo. Hoy un total que supera las 3.000 especies invitan a ser descubiertas.

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Foto: Getty Images

Si los cultivos de naranjas provocaron el despegue económico de la isla en el siglo XVIII, en el día de hoy son las piñas sus protagonistas. Unos cultivos extensivos que comenzaron a popularizarse en la década de los cuarenta han generado un próspero negocio de exportación.

Y no es de extrañar, pues de sabor dulce y textura suave, tomarse una piña en Azores es todo un manjar. Solo hace falta descubrir que se necesitan dos años de cultivo para entender el porqué de su exquisitez, tal como explican las visitas guiadas gratuitas que se ofrecen en la plantación Ananas dos Açores. Ubicada en plena urbe, esta guardería permite pasear entre hileras de piñas plantadas en el volcánico suelo bajo unos invernaderos encalados de techo bajo. Y hay bar donde disfrutar después de una degustación.

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Foto: D.R.

La gustosa piña también está presente en el vecino Mercado da Graça junto a otros productos locales como anonas, ñames o pimenta da terra. Porque si de algo presume el recinto es de autenticidad. Pasearse entre sus puestos es sinónimo de descubrir un lugar de compra tradicional donde los locales acuden diariamente a llenar el carro de la compra. Junto a delicias gastronómicas esperan también flores y productos de la artesanía local perfectas para llevarse como recuerdo del viaje.

Azores para hedonistas urbanos

El pasado histórico de la capital de la isla alberga también joyas modernas como el hotel boutique Azor. Inspirado en el mar y la naturaleza que rodean Ponta Delgada, un elevado edificio de grandes cristaleras mira imponente hacia el puerto desde las terrazas de sus 123 habitaciones. Con una decoración sencilla pero sofisticada, en tonos verdes y mobiliario de madera, los guiños al contexto no se limitan a su diseño. Basta pasear por su lobby para descubrir unas vidrieras donde se exponen vinos o quesos de la zona disponibles para su compra. Aunque el veradero lujo espera en la parte superior, donde una piscina exterior ubicada en la azotea invita a darse un chapuzón con el atardecer de fondo.

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Foto: Azor Hotel

No se entiende Ponta Delgada sin la omnipresencia en sus fachadas del basalto. Esta piedra volcánica otorga una etiqueta negra a los monumentos que nada tiene que envidiar a la pizarra. Pero realmente no solo sirve para vestir edificios, también es posible descubrir su riqueza en silicatos de magnesio y hierro y en sílice en la propia piel con tratamientos corporales como los creados en el spa del hotel Azor. Mezclada con sal local y aroma a Cryptomeria, un árbol japonés muy presente en la isla, la piedra se convierte en el exfoliante natural perfecto. Con una amplia carta de tratamientos creados solo con productos naturales, dejarse mimar siempre es un acierto en vacaciones.

Si el tratamiento en el spa despierta el apetito, una planta más arriba de este hotel boutique de diseño contemporáneo espera la cocina abierta de À Terra, donde un horno de leña produce unas de las mejores pizzas de la ciudad y una brasa cocina con elegancia pescados frescos o cortes de vaca de Azores – que cuenta con IGP (Indicación Geográfica Protegida). Además, su parte superior acoge una azotea abierta donde cerrar el día con cócteles de autor y unas vistas envidiables de la ciudad y el océano.

Si se está buscando mimetización con los locales, un nombre que todo autóctono de la isla nombrará es A Tasca. En un salón de grandes dimensiones y decoración sencilla - que suele necesitar de reserva previa - se sirven petiscos (aperitivos) típicos como polvo panado (pulpo empanado), queso fresco local o lapas seguidos de platos principales donde el atún es rey y amo de la carta.