Exotismo arbóreo

Por qué el bosque de secuoyas más extenso de Europa está en Cantabria

Declarado monumento natural, se trata de la masa forestal más extensa de esta especie que se puede visitar en el Viejo Continente.

La Sequoia sempervirens es la única especie de Sequoia, un género monotípico de plantas perteneciente a la familia de las cupresáceas, subfamilia Sequoioideae. Es suficiente mirar uno de estos árboles para comprender de dónde le viene que se la conozca popularmente como secuoya roja: su tronco recto tiene una corteza suave de un brillante color rojizo que se va oscureciendo por capas de tonos más parduzcos según la exposición al medio. También se la conoce como secuoya de California porque tras la era mesozoica su hábitat natural se concentró en las montañas costeras de California y Oregón.

 

Fue precisamente en California donde se la encontró el misionero franciscano Juan Crespí. Aunque en sus diarios de 1769  -tal vez, la primera referencia histórica escrita de esta especie- no anotó un nombre ni hizo detalladas descripciones botánicas, sí se refirió a las abundantes arboledas que se iba encontrando en sus desplazamientos y que le recordaban a los pinos. Poco podía imaginar que más de ciento setenta años después no haría falta cruzar al otro lado del mundo como hizo él para contemplar uno de estos árboles. Basta ir a Cantabria, al maravilloso (e inesperado) bosque de secuoyas del Monte Cabezón, declarado monumento natural en 2003.

 

Bosque de secuoyas
Foto: Age Fotostock

La maravilla botánica de Monte Cabezón

Tras una breve caminata desde el estacionamiento y superar una pequeña pasarela, se llega al bosque de secuoyas, compuesto por hasta 848 ejemplares de esta especie de gigantes arbóreos cuya verticalidad, próxima a los 40 metros, empequeñece. Su copa piramidal obliga a levantar la vista hacia arriba, buscando hueco entre las ramas por donde se filtra una luz que tiene mucho de orgánica. La densidad y el gran desarrollo de las secuoyas impiden la presencia de sotobosque, casi como si alguien se hubiera dedicado a segar una y otra vez el suelo. 

 

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Las 2,5 hectáreas del bosque de secuoyas del Monte Cabezón constituyen la masa forestal más extensa de esta especie en Europa. Una pequeña red de senderos permite adentrarse en este especial bosque, encontrar perspectivas diferentes y asombrosas. Pese al éxito de aclimatación de estas Sequoia sempervirens, se trata de una especie muy poco habitual en Cantabria y, en general en España, donde tan solo se ven algún que otro ejemplar plantado por su valor ornamental en parques y jardines. 

 

Secuoyas Cantabria
Foto: iStock

Dos de las características definitorias de estas secuoyas son la clave de la introducción artificial de este árbol en tierras cántabras: más allá del tamaño extraordinario que alcanzan, son especies de gran longevidad –la secuoya roja más vieja tiene alrededor de 3200 años– y su rapidez de crecimiento. Además, produce una madera fácil de trabajar y de buena calidad, ligera, no resinosa. 

 

 

Los orígenes del bosque de secuoyas de Cantabria

“Nací hace muchos años – tantos que hasta mis amigos creen que son demasiados–, y cada episodio de mi vida, incluso el más insignificante, ha dejado su huella en mi cuerpo”, cuenta el narrador de La tribu de los árboles (Ed. Galaxia Gutenberg), donde el botánico Stefano Mancuso da voz a los bosques. También hay huellas de historias y tiempo pasado en el bosque de secuoyas que van desde el siglo XVI a los últimos años del franquismo.

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El Monte Corona, donde se encuentra Monte Cabezón, originalmente era conocido por sus densos robledales. Sin embargo, a lo largo de los años, como la mayoría de los bosques en la región cantábrica, sufrió una explotación intensiva que cambió drásticamente su paisaje. 

 

Secuoyas en Cantabria

Durante los siglos XVII y XVIII, los principales consumidores de recursos forestales en la región fueron los astilleros, las ferrerías y la Real Fábrica de Artillería de La Cavada. Aunque se establecieron regulaciones para reemplazar los árboles talados, los robledales costeros disminuyeron significativamente. A medida que avanzaba el siglo XIX, la demanda de madera para la construcción naval disminuyó debido a nuevas técnicas constructivas, pero otros factores como el desarrollo industrial, las desamortizaciones, la llegada del ferrocarril y la necesidad de pastos para la ganadería contribuyeron a la pérdida de los bosques autóctonos.

 

Ya en el siglo XX, Monte Cabezón se incluyó en el Catálogo de Utilidad Pública y se elaboró un plan de ordenación, pero un brote grave de enfermedades y plagas resultó en la muerte de miles de robles, lo que forzó a la promoción de especies de crecimiento rápido.

 

Secuoyas en Cantabria

Fue en este contexto, durante la política autárquica de la dictadura franquista, que se decidió plantar las secuoyas a modo de experimento para reducir la importación de madera. Se estableció un consorcio con el Patrimonio Forestal del Estado para ordenar el Monte Corona. Durante tres décadas, la mayoría de los terrenos de este monte fueron replantados con especies extranjeras, principalmente el Eucalyptus Globulus y el Pinus radiata, y en parcelas más pequeñas se probaron especies como el roble americano, el castaño japonés y el abeto Douglas. Pese a todo, las secuoyas nunca se talaron y hoy en día representan un asombroso y hermoso testimonio de ese pasado.


El asombro es la sensación que permite reconectar de nuevo con la naturaleza en tiempos de prisas y artificialidad de mundos digitales. Caminar bajo un bosque como este del Monte Cabezón, permite captar formas, colores, sonidos y olores que normalmente nos quedan muy alejados. "Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos", dice Rachel Carson (1907-1964). Y de eso se trata, de mantener vivo a los niños que fuimos.