Ancha es Castilla

Por qué Ciudad Rodrigo es mucho más que su carnaval

Su pasado aristocrático y su arquitectura monumental revelan que Ciudad Rodrigo es mucho más que Carnaval.

Rozando la frontera con Portugal, se encuentra un pueblo salmantino con título de ciudad que tiene mucho que contar. Es uno de los grandes olvidados de Castilla -cómo si de Castilla alguien se acordara-, pero Ciudad Rodrigo se lleva la palma. Ironía es que su situación estratégica de antaño le valiera numerosas batallas por su conquista, mientras a día de hoy es tal vez uno de esos destinos turísticos que pasan injustamente desapercibidos. ¡Craso error! Que su catedral carezca de retablo, que presuma de un pasado aristocrático envidiable y que cuente con 82 grabados de Goya ya deberían ser motivos suficientes para visitarlo, pero todavía hay más. Mucho más.

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Roberto García © Turismo de Ciudad Rodrigo

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Conquistadores por un día

A medida que el visitante se va acercando a Ciudad Rodrigo, la ciudad -coronada sobre un montículo- se hace percibir como algo grandioso por el atisbo de la cúpula de su Catedral y la torre de la fortaleza del Castillo de Enrique II de Trastámara, que hoy en día acoge el Parador Nacional. Nada más lejos de la realidad y de lo que fuera en antaño, cuando durante los siglos XV y XVI se convirtiera en residencia de familias nobles de las que todavía a día de hoy quedan sus palacios. Esa herencia nobiliaria es de la que hace gala hoy día la ciudad y meritoria, en buena parte, de una visita.

La historia de Ciudad Rodrigo se traza en el interior de su muralla. Intramuros, alrededor de sus siete puertas de entrada y los baluartes que la rodean, se presenta como un paseo a lo largo de su historia, desde su Yacimiento Arqueológico de Siega Verde o el verraco de piedra del siglo VI a.C. hasta el trazado medieval de su muralla y los palacios renacentistas que pueblan el casco histórico.

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"Con razón o sin ella", Grabado de Francisco de Goya perteneciente a la colección "Los Desastres de la Guerra" © Turismo de Ciudad Rodrigo

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Las marcas de la Guerra de la Independecia

Su situación estratégica, entre Portugal y Salamanca, lo posicionaron antaño como punto fundamental de diversas batallas e intentos de conquista. Importante y trascendental fue la Guerra de la Independencia, al convertirse Ciudad Rodrigo en una pieza clave de la resistencia frente al ataque napoleónico llevándoles a estar 77 días sitiados.

De esta guerra, y de cómo Francisco de Goya la dejó plasmada en sus grabados, se puede indagar en la Casa de Los Águila, un palacio construido entre los siglos XVI-XVII que a día de hoy acoge un espacio cultural en donde se le dedican tres salas en exclusiva a la batalla. En su interior se encuentran 82 grabados de Goya pertenecientes a la 5ª Edición de la serie Los Desastres de la Guerra, la máscara mortuoria de Napoleón, armas y artilugios utilizados en la batalla y diferentes maquetas de la ciudad hechas a mano por el artista Alberto Mateos Jurado que permiten al visitante hacerse una idea de cómo era Ciudad Rodrigo siglos atrás.

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Portada de Aponiente de la Catedral de Santa María © iStock

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De Ciudad Rodrigo a Arizona

La Catedral de Santa María no tiene retablo, pero sí numerosas marcas de cañonazos. Sobre ello hablan por sí mismas cada una de las piedras adosadas en la Portada de Aponiente: son los vestigios que dejó la Guerra de la Independencia. Cañonazos, proyectiles, agujeros y rasguños son las cicatrices que se presentan sobre la fachada y que desde entonces forman parte de su patrimonio conformando de forma intrínseca una lección sobre la crudeza y los daños de la guerra.

Tanto su interior como su exterior representan los diferentes estilos arquitectónicos que fue adoptando la catedral a medida que se levantaba. Lo primero que se construyó fue su cabecera, en el siglo XII, pues en aquel momento era de vital importancia que los ciudadanos pudieran presenciar la misa lo antes posible; las naves son estilo románico tardío de transición hacia el gótico; y el Pórtico del Perdón, protegido por un porche interior que le salvó de las guerras de 1810 y 1812, es una joya de la arquitectura del siglo XIII.

Sobre su retablo, lo impactante es que apareció en la Universidad de Tuxon (Arizona, Estados Unidos). Lo que parece que ocurrió es que, en un momento de restauración de la catedral, el retablo fue desmontado y guardado quedando prácticamente en el olvido con la fortuna de que un tiempo después, un coleccionista británico se interesó por él y lo compró. y llegando sin saber muy bien cómo a una exposición al otro lado del charco.

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Capilla de Cerralbo y la plaza del Buen Alcalde © Ángel Serrano

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La obra escondida del Museo del Prado

Justo enfrente de la Catedral de Santa María se ubica la Capilla de Cerralbo, un panteón funerario levantado en el siglo XVI con el supuesto propósito de hacer sombra a la catedral. Esta capilla de inmensas magnitudes guarda una joya que pocos conocen: una obra en depósito del Museo del Prado, El Apóstol Santiago a caballo también conocida como Santiago matamoros de Francisco Camilo, localizado en el retablo abajo a la izquierda. Es lo que llaman El Prado disperso, una serie de obras pertenecientes a la pinacoteca pero que están depositadas fuera de sus puertas con el objetivo de mostrar y revalorizar la pintura española.

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© iStock

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Un museo peculiar: el del orinal

No hace falta mencionar lo curioso y singular de la exposición privada de orinales que acoge el Seminario Diocesano de San Cayetano. A lo largo de la historia, este ha sido uno de los utensilios domésticos más utilizados y de los que menos se ha hablado. Su origen no está claro, pero ya en las tumbas egipcias de Sesostris y de Amenemhet se encontraron algunas muestras de los mismos. Los griegos lo llamaron amigo y los romanos los denominaron matula, formando parte del mobiliario y siendo generalmente de bronce. Aunque de estas épocas no hay ninguno, esta colección de 1300 piezas procedentes de 27 nacionalidades y fabricadas en distintos materiales aún acoge piezas singulares. La más antigua pertenece al siglo XII y es un bacín islámico que ha sido cedido, pero también se encuentra el orinal más pequeño del mundo -fabricado en metal y con el tamaño de un garbanzo- o uno diseñado por Gaudí para el Marqués de Comillas.

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Grabado en Siega Verde © Turismo de Ciudad Rodrigo

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La mayor representación de arte paleolítico al aire libre del mundo

Los primeros pobladores de Ciudad Rodrigo y de aldeas y pueblos aledaños dejaron su rastro plasmado en las rocas que circundan el río Águeda, en lo que se llama Siega Verde. Un Yacimiento Arqueológico al aire libre, localizado a 15 kilómetros de la ciudad, cuyo valor histórico le ha valido su inclusión en la lista de Patrimonio Mundial por la Unesco junto con el Parque Arqueológico del Vale do Côa, en Vila Nova de Foz (Portugal). Lo interesante de esta muestra de arte rupestre que conforman un total de 645 figuras, es que no se encuentra en cuevas ni a cubierto, de hecho, estas estaciones se constituyen como la mayor concentración conocida de arte rupestre paleolítico al aire libre del mundo. Su tardío descubrimiento, en 1988, se debió a la mala visibilidad de las figuras sobre las rocas -realizadas a través de técnicas de piqueteado e incisión- y al confundirlas con arte pastoril, como creían algunos vecinos de los alrededores que conocían su existencia.

Una de las posibles interpretaciones de estas representaciones artísticas de Siega Verde, en las que quedan retratada la fauna del entorno de aquel tiempo –caballos, ciervos, renos, cánidos o uros- además de signos y representaciones antropomórficas, pudiera ser que estos dibujos sirvieran como señalizaciones de los animales que había en la zona. Y, sobre cómo han llegado hasta nuestros días, dos razones: la primera, por la dureza de la roca sobre la que se han realizado estas figuras, los esquitos; y la segunda, por la favorable orientación de las mismas, a contracorriente del río.

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Fotografía de los Carnavales del Toro de A. Pazos en 1924 © Turismo de Ciudad Rodrigo

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La cultura del toro y del teatro

Ciudad Rodrigo no tiene mucho cuento, tiene mucho teatro. Y es que, aunque su Carnaval del Toro tiene mucha historia -el primer documento en el que se recoge data del siglo XVI-, y es Fiesta de Interés Turístico Internacional, también es conocido por el teatro, al celebrar cada año la Feria de Teatro de Castilla y León.

Desde hace veintitrés años, la ciudad acoge cada última semana de agosto una programación cultural entorno a este arte. Géneros escénicos y formatos de todo tipo se incluyen en una programación que tiene lugar en espectáculos de artes de calle y en espacios cerrados que, como en otras ocasiones, se han celebrado en la Casa de la Marquesa de Cartago o a las puertas de la Catedral de Santa María. Este año, del 25 al 29 de agosto la Feria de Teatro de Castilla y León volverá a tener lugar en Ciudad Rodrigo, por supuesto, con las medidas de seguridad pertinentes, pero con las mismas ganas de trasladar la cultura del teatro a todo su público.

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Ganache de chocolate, dulce de leche y tierra de café con frutos rojos de Entre Vino y Pigmentos © Adrián Monforte

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Un pincho con premio

De Ciudad Rodrigo lo que más se conoce en términos culinarios es el farinato -un embutido elaborado con manteca, pan, harina, pimentón, cebolla, anís y aguardiente que habitualmente se come con huevos fritos- del que su reinvención en tapa dulce con la Berlina de farinato ha valido al restaurante Estoril el tercer premio al Mejor Pincho de Castilla y León. Tampoco se puede pasar por allí sin probar la carne de vaca morucha, autóctona de la zona. De eso quién más sabe es Eugenio Bernal del restaurante La Bodega, quién cría a su propio ganado y ofrece su carne en diferentes formatos, desde el chuletón o entrecot hasta los pimientos del piquillo rellenos de vaca morucha. Y, para menús degustación con productos de la zona los espacios de Entre Vinos y Pigmentos, fuera de la muralla, o El Zascandil, en pleno casco histórico.

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