Por qué la Costa Daurada es mucho más que sol y playa

Del mar al interior, Tarragona se revela como una de las provincias con más atractivos por metro cuadrado de Cataluña.

A mediados del siglo I d.C., Tarraco contaba ya con todo lo necesario para mostrar la dignitas que le correspondía como capital de la Hispania Citerior. Pero aún faltaba un detalle: un anfiteatro, finalmente financiado por un sacerdote imperial a inicios del siglo II d.C. Hoy es uno de los elementos más emblemáticos del patrimonio arqueológico de la provincia de Tarragona.

Traspasar la antigua muralla es iniciar un viaje en el tiempo a aquella otra ciudad que el emperador Augusto elevó a mito urbano. Tarraco pervive con la ciudad actual como en esas ilusiones ópticas que confunden los sentidos y según cómo se miren, muestran una cosa u otra, un pato o un conejo, una calavera o una doncella: la ciudad antigua o la moderna. Al callejear por el entramado histórico de calles, se cruza uno con rutinas cotidianas que se desarrollan entre vestigios arqueológicos visibles a simple vista.

 
1 / 12
Ruinas tarragona

Foto: iStock

1 / 12

Una de romanos en Tarraco

Cautiva ver la cabecera del Circo aflorar a la superficie como el antiguo pecio de otros tiempos. Toca imaginar su gigantesco contorno ocupado por viviendas. A lo largo del Carrer de l’Enrajolat corría la vuelta, de 93 metros de largo. Por encima, estaba el Foro Provincial, al que se llega por el Carrer Major, hervidero comercial de la ciudad. Al fondo, aparece en un punto de fuga escénico el Pla de la Seu, ocupando parte de lo que fue la gran plaza foral. Lo preside la Catedral de Santa Tecla, desde cuyo campanario se observa la privilegiada ubicación que llevó a un campamento romano a convertirse en una de las ciudades más importantes del Imperio Romano.

El orden social quedaba manifiesto en la división del público en el Anfiteatro: las mejores plazas, junto a la arena, correspondían a los delegados y miembros del consejo de notables. Arriba, en la summa cavea, el pueblo. El espectáculo les quedaba algo lejos; pero eran ellos quienes tenían las mejores vistas: por encima de la última fila, se divisaba el horizonte azul del Mediterráneo como una promesa eterna

Era el mismo mar que hoy sigue dando sentido a la Costa Daurada, esa suerte de etiqueta que amalgama con acierto kilómetros de playas tarragoninas, rutas de genios y varios patrimonios de la humanidad. Un territorio abarcable como si se tratara de una enorme rayuela geográfica, saltando de aquí a allá, de la costa, al interior.

 
Altafulla

Foto: Shutterstock

2 / 12

Paisajes de Adriano

El primer salto se da hacia el este, donde se encuentra otro vestigio romano del conjunto arqueológico de Tarraco. “En Roma, durante las interminables comidas oficiales, se me ocurrió pensar en los orígenes relativamente recientes de nuestro lujo, en este pueblo de granjeros parsimoniosos y soldados frugales [...]”, así dio voz Marguerite Yourcenar a las reflexiones del emperador Adriano en sus memorias noveladas. Pero, ¿quién sabe si realmente no pensó algo similar a solo doce kilómetros de Tarraco? Sobre una pequeña colina de Altafulla puede estar la respuesta. 

Arqueólogos del Museu Nacional Arqueològic de Tarragona (MNAT) creen probable que la villa romana dels Munts fuese la residencia imperial donde se alojó durante el invierno del año 122-123 d.C. El emperador estuvo en Tarraco y merecía un lugar apropiado con vistas al mar como con las que cuenta la villa. A sus pies, se encuentra la playa de Altafulla, acompañada por el Carrer Botigues de Mar, una fachada litoral que parece una guirnalda de viviendas blancas de planta baja que originalmente servían de almacenes a los pescadores. Un arco permite traspasar al paseo a la vez que enmarca el mar.

 
Bosc de la Marquesa

Foto: iStock

3 / 12

El bosque que no se pudo comprar

Caminando por la costa hacia el sur aparece una constelación playera que tiene en Tamarit su paisaje más pintoresco, con el castillo sobre las rocas abrazando Cala Jovera. Rodeándolo, se puede seguir por un camino de ronda asomado a los acantilados. Dejando atrás la Torre d’en Segur, se llega a la playa de la Mora. En el horizonte, aparece otra más de las torres que protegieron la costa de ataques de piratas. Superada, el camino se interna entre pinos, algarrobos y olivos por el Bosque de la Marquesa.

Corrían los años 60 del siglo pasado cuando a la marquesa del Mas Rabassa le ofrecieron un talón en blanco por sus tierras que acabó rechazando. La leyenda explica que el comprador le dijo que no se daba cuenta de todo lo que podría hacer con el dinero, a lo que ella respondió: "Sí, claro, comprar un bosque como el que ya tengo”. Gracias a su decisión, hoy se disfruta de un pulmón verde que recuerda cómo debió ser hace siglos la mayor parte de esta costa. Todo un espléndido bosque mediterráneo de pinos piñoneros que se inclinan peinados por el viento del mar, bajo cuyas copas crece un tupido sabinar cerrado de encinas, madroños y lentiscos que deja un aroma potente a pinocha y resina a lo largo de los diferentes senderos que recorren el lugar. Junto a este bosque, está Cala Fonda, una de las calas vírgenes más especiales de la Costa Daurada. En la actualidad, la combinación del talud calcáreo y del turquesa del mar ha llevado a que cada vez sea más conocida, en un giro de mercadotecnia, como Cala Waikiki, en referencia al paraíso hawaiano.

 
Reus

Foto: iStock

4 / 12

Una ciudad para volver a los orígenes

Cuando Joan Miró viajaba a Mont-Roig, acostumbraba a parar en Reus para recoger los trajes encargados a la sastrería Queralt, en la calle de Monterols. Desafortunadamente, la modernidad no respetó 110 años de historia y hoy ocupa su lugar una franquicia de ropa industrial. Al menos, como recuerdo se ha mantenido parte del bello escaparate de madera con su rótulo original.

“La originalidad consiste en volver al origen”, dijo precisamente otro ilustre personaje que transitó la ciudad. Aunque Reus y Riudoms siguen atribuyéndose ser el lugar natal de Gaudí, lo cierto es que el genio vivió dieciséis años en la primera hasta su marcha a Barcelona para estudiar arquitectura. Pueden buscarse sus señas en la calle Sant Vicenç, en la casa familiar donde curioseó en el taller de calderero de su padre. Cerca de allí, una escultura de bronce recuerda al Gaudí niño que jugó en el barrio. 

Si se pasea por la comercial calle de Monterols como probablemente hacía Joan Miró tras visitar a su sastre de cabecera, se llega a la popular Plaza de Mercadal. Allí está el Gaudí Centre, donde dan buena cuenta de la vida y obra del arquitecto con audiovisuales, maquetas e instalaciones interactivas. Revelan también algún misterio, como aquel rascacielos innovador que estuvo a punto de levantar en Nueva York.

 
Casa Navàs

Foto: Casa Navàs

5 / 12

Modernisme más allá de Gaudí

Al salir, en una de las esquinas de la plaza, destaca la Casa Navàs, una de las joyas que Domènech i Montaner firmó en Reus. Durante la Guerra Civil, la ciudad fue bombardeada hasta la extenuación por la aviación italiana. En 1938, el diario La Vanguardia tituló en portada: "Reus, la ciudad mártir y heroica, se defiende". Una de las bombas que cayó en la esquina de la casa Navàs destruyó el frontal, la torre de la fachada y las bellas vidrieras modernistas que cerraban la claraboya interior como un gran jardín colorido.

De Domènech i Montaner también son la Casa Gasull y la Casa Rull, tan pegadas y tan diferentes, porque la proximidad nada tiene que ver con la semejanza. Aunque sobresale el Instituto Pere Mata, una maravilla en la que ya se aprecian los elementos que desarrollaría con plenitud en el Hospital de Sant Pau de Barcelona. La ruta prosigue a través de una treintena de fachadas modernistas, representativas del esplendor que vivió la ciudad entre finales del XIX y principios del XX, cuando se codeaba con las urbes más importantes: "Reus, París y Londres", solía decirse ya a finales del siglo XVIII, cuando el comercio de los destilados la puso al nivel de las grandes capitales europeas. 

Castells

Foto: iStock

6 / 12

El km 0 de los castillos humanos

Desde Reus, un nuevo salto en la rayuela lleva al encuentro de los paisajes de interior del Camp de Tarragona, donde las montañas de Prades son protagonistas. Valls queda en sus estribaciones. No es solo la capital del calçot, esa tradición gastronómica a base de cebollas alargadas cuyo comer tiene mucho de juego de malabares, sino que también es el epicentro de los castells, cuya práctica se extiende por todo el territorio catalán como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Las dos agrupaciones de la ciudad -la Colla Vella dels Xiquets de Valls y la Colla Joves Xiquets de Valls- viven su rivalidad ancestral con la misma intensidad que si un derbi futbolero se jugara todo el año. El Km 0 de la tradición está en la Plaza del Blat, donde tendrá acceso el Museo Casteller de Catalunya (MCC). Con forma de trapecio irregular y laterales porticados, es el escenario de jornadas castelleras históricas. Tras ella, se levanta esbelta la torre del campanario de la iglesia de Sant Joan Baptista de Valls. Emulando la belleza plástica de las torres humanas, la campana asemeja uno de los valientes ‘enxanetes’ que rematan estas asombrosas estructuras.   

Cuentan los participantes que los castillos pesan, tiemblan y están vivos, que cuando se va a caer, avisa. Es una sensación que comparten el centenar de personas necesarias para levantar y descargar con éxito un castillo. Como por ejemplo, el quatre de nou, una auténtica ‘bestia negra’ castellera por los peligros que entraña un derrumbamiento accidental. 

 
Monasterio de Poblet

Foto: iStock

7 / 12

Monasterio que visitó Einstein

Del mismo modo, la Desamortización de Mendizábal fue el aviso del inminente derrumbe de parte del patrimonio religioso peninsular, del que el Monasterio de Poblet no se libró. Cuando Albert Einstein lo visitó aún se encontraba en ruinas. Hay una fotografía del 25 de febrero de 1923 en el que se le ve bajo un arco, junto a su esposa. Si hoy el conjunto cisterciense más grande de Europa (y Patrimonio de la Humanidad desde 1991) luce en todo su esplendor es gracias a Eduard Toda i Güell, que cumplió a partir de 1930 con el sueño infantil compartido con Josep Ribera y Antoni Gaudí de rehabilitar el conjunto. Hoy, los reales monasterios de Poblet, de Santes Creus y de Vallbona forman la Ruta del Císter, un recorrido que transcurre por municipios de las comarcas del Alt Camp, la Conca de Barberà y el Urgell y que engloba vinos de hasta seis Denominaciones de Origen. 

 
Montañas de Prades

Foto: iStock

8 / 12

Montañas para caminar

La carretera que une Poblet con Siurana se interna por el espacio natural que ocupan las Montañas de Prades. Se circula lento por las curvas -la carretera en el mapa parece un cordel en un bolsillo-. Tal vez, algún corzo se sorprenda por el paso del vehículo y desaparezca saltando al interior de la frondosidad del bosque. A mitad de camino, aparece Prades. Poco queda de su antigua muralla, pero sí del color característico de la piedra arenisca del lugar que la llevó a ser conocida como la la villa roja.

Prades es el epicentro de una amplia red de caminos y senderos que se internan por un mar de colinas, de suaves relieves, altiplanicies, valles y barrancos cuyas texturas van de las pizarras grises a las incrustaciones graníticas. Es el hogar de bosques de roble, encinas y castaños con un enmarañado sotobosque de helechos, setas, arbustos y plantas aromáticas, con especial presencia del tomillo, al que Prades le dedica su fiesta cada año en el mes de mayo.

Hay que calzarse bien las botas, porque en la villa roja confluyen dos senderos de largo recorrido, el GR 171, que proviene de Montblanc por la Mola de Estat, y el GR 65-5 variante del Camino de Santiago, además de otros senderos y pistas más familiares, como el que lleva a la popular ermita de L'Abellera. La ermita, incrustada en un risco rojo por encima de los 1000 metros, sirvió de refugio al eremita Bernat Boïl, quien, tal vez cansado de tanto aislamiento, no dudó en seguir a Colón hasta el Nuevo Mundo en su segundo viaje, en 1493.

 
Siurana

Foto: iStock

9 / 12

El pueblo espectáculo

La vía serpentea apuntando hacia arriba, entre paredes rocosas de las que cuelgan habitualmente escaladores ajenos al vértigo: “Allà dalt és Siurana, aspra i ardida” (Allí arriba está Siurana, áspera y osada), dice el verso del poema que dedicó Josep Carner a este pueblo esculpido en la roca. En su breve entramado medieval de calles adoquinadas y esquinas donde hacer miles de fotos, se encuentra un castillo árabe y una iglesia románica concentrando toda la historia del lugar. La villa fue el último reducto de la reconquista. El asalto definitivo supuso la derrota y el retroceso de los sarracenos hasta la otra orilla del Ebro. De aquellos tiempos queda la leyenda de la reina mora Abdelazia, que viéndose perdida ante la llegada de los cristianos, saltó con su caballo al vacío. 

 
Scala Dei

Foto: iStock

10 / 12

«Stairway to Heaven»

Desde Siurana se desciende hasta la Morera de Montsant, municipio donde se encuentran los restos de la primera cartuja construida en la Península Ibérica (siglo XII-XIX). La Cartuja de Santa Maria de Escaladei fue el enclave que escogieron los padres cartujos acompañados por su prior para seguir el mandato de Alfonso II de repoblar la zona. Con el tiempo, se convirtió en un poderoso centro de poder que llegó a dar nombre a la comarca. A partir de la portería, comenzaba la zona privada de la monjía, que vivían como ermitaños en comunidad. Pasaban hasta dieciséis horas en su celda, dedicados a rezar, escribir y meditar. Su dieta se basaba en cereales, verduras, frutas, vino y agua y tenían prohibida la carne, y menos la roja, que despertaba los instintos pasionales. 

 
Priorat

Foto: iStock

11 / 12

Viñedos en altura

Las ruinas y la quietud, amplificada por el entorno natural de la Sierra del Montsant que domina el horizonte con su silueta compacta, emocionan. Se trata de un paraje que ha atraído a anacoretas a lo largo de los siglos, como Montserrat Domingo, que se instaló en la ermita de Sant Joan del Codolar hace más de cuarenta años y allí sigue, viviendo en soledad, en contacto con la naturaleza. 

La carretera regala vistas a viñas en laderas que se dirían míticas. Y salpicando este paisaje, aparece un ramillete de pueblos, todos ellos arrimados al campanario de sus iglesias como un rebaño. Pueblos como la Vilella Baixa, todo un Manhattan rural, o como Porrera, con su colección de relojes de sol, van apareciendo en el recorrido. Aunque para conocer este paisaje, también hay que catarlo. El Priorat sabe a mineral y óxido, tono que le da la licorella que condiciona la orografía de la comarca. Un territorio que, con apenas 3.800 hectáreas suma dos denominaciones, la DOQ Priorat y la DO Montsant.

 
PLayas atmella de mar

Foto: iStock

12 / 12

Una galaxia playera insólita

Con el penúltimo salto en esta Rayuela geográfica se vuelve de nuevo al mar. En concreto, a l'Ametlla de Mar, que es a donde miran los tarraconenses cuando les apetece pasar el día en una cala recóndita. A los del lugar se les conoce como “los caleros” no gratuitamente, sino porque el municipio es el epicentro de una auténtica galaxia playera que se desarrolla tanto hacia el norte como hacia el sur. Una extensa lista de pequeñas calas que brillan como estrellas hacen de este el destino perfecto para disfrutar de una de las costas menos alteradas del litoral catalán. Hacia el norte, junto a la urbanización de las Tres Cales, está Cala Forn, un espectáculo de aguas turquesas escoltada a banda y banda por Cala de Santa Jordi y Cala Vidre y por la Playa del Torrent del Pi (también conocida como Cala Mosques), un pequeño paraíso naturista.

Si se mira hacia el sur, siguiendo el camí de ronda que coincide con el sendero GR 92, el de mayor recorrido del Mediterráneo que va de Cataluña hasta Andalucía, aparecen otras muchas calas de guijarros y roquedales rojizos rematados por pinares, hasta pasar el Cap de Santes Creus y llegar a l'Ampolla. Naturaleza en estado puro, donde el aroma a resina de los pinos se mezcla con el de la sal del mar en una fragancia celestial:  tierra y cielo, justo como con la Rayuela, ese juego que consiste en alcanzar el Paraíso sin que la piedra se detenga en la línea de las casillas, ya que de la Tierra al Cielo no hay fronteras ni separaciones, sino una serie de mundos por los que saltar. Sí, exactamente igual que en la provincia de Tarragona.

Casa Navàs

Por qué la Costa Daurada es mucho más que sol y playa

Compártelo