UN MEDITERRÁNEO INÉDITO

¿Por qué todos quieren ir a Montenegro?

Desde ciudades medievales a explorar bosques milenarios y lagos de aguas esmeralda, así es uno de los países más desconocidos de los Balcanes.

 Por lo azaroso de su historia, la belleza de este pequeño y montañoso país ha permanecido adormecida durante décadas, aunque hoy su singular y rico atractivo es un secreto a voces y todos los caminos parecen llevar a este confín del mar Adriático. 

 

Desde que el Imperio Romano se dividió en el año 395, esta región de los Balcanes pasó a ser la línea divisoria entre Oriente y Occidente. Montenegro ha sido desde entonces una encrucijada de pueblos y culturas. Romanos, bizantinos, venecianos, serbios y otomanos se han sucedido en estas tierras, con todo lo positivo y lo conflictivo que eso conlleva.

 
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Bahía de Kotor

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La perla del país

La bahía de Kotor, conocida como «el fiordo más meridional de Europa», es el mayor de los atractivos paisajísticos de Montenegro. Pero este espectacular paraje no es un antiguo valle glaciar, sino el cañón sumergido del río Bokelj, enmarcado por los escarpados Alpes Dináricos. Sus orillas están salpicadas de aldeas medievales como Herceg Novi, cuyo casco antiguo es uno de los mejor preservados y una muestra de lo que hallaremos en nuestra ruta más adelante.

Perast

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Un trocito de Venecia

Siguiendo la estrecha y sinuosa carretera que bordea la bahía de Kotor, se llega a Perast. Elegante y serena, la localidad está poblada de antiguos palacios que dejan constancia de su alianza secular con Venecia en el pasado.

Gospa od Skrpjela

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Las dos islas de Perast

Dos islotes emergen frente a su paseo marítimoGospa od Skrpjela (Nuestra Señora de las Rocas) y Sveti Dorde (San Jorge). El origen del primero lo explica la leyenda de dos hermanos que encontraron una imagen de la Virgen grabada sobre una roca que sobresalía del agua y decidieron erigir allí una iglesia; para ello primero se construyó un islote con rocas y restos de barcos hundidos. Reconstruida tras el terremoto de 1667 que derrumbó la original, la pequeña iglesia es de estilo bizantino, con una cúpula azul que compone una de las postales más bonitas de la zona. La isla de Sveti Dorde, esta sí natural, acoge un monasterio benedictino del siglo XII. Su perfil rodeado de cipreses contrasta con las aguas azules.

 
Kotor-pueblo

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el pueblo que da nombre a la bahía

Kotor es Patrimonio de la Humanidad desde 1979. Su aire veneciano es herencia de los 400 años en los que la Serenísima República dominó estas tierras. Vale la pena perderse entre las callejuelas y plazas que resguardan sus murallas, visitar la catedral de San Trifón y luego subir los 1355 escalones excavados en la montaña que llevan al castillo de San Juan. Los restos de la fortaleza no tienen gran interés, pero las vistas de la bahía desde esta cima merecen cualquier esfuerzo y serán una de las imágenes inolvidables del viaje.

 
Mausoleo de Peter Negush

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La última morada del héroe nacional

Panorámicas cada vez más vertiginosas se obtienen al seguir el camino que asciende al pico más alto del Parque Natural de Lovcen, donde se encuentra el mausoleo de Petar II Petrovi-Njegoš.  Considerado uno de los padres de la patria montenegrina, este vládika (príncipe-obispo) gobernó Montenegro entre 1830 y 1851 y es autor, además, de una epopeya titulada La guirnalda de la montaña, emblema de la identidad nacional.

 
Cetinje

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la antigua ciudad real

No muy lejos del Parque Natural de Lovcen, se localiza Cetinje, la capital de Montenegro hasta 1918. Esta ciudad pequeña y tranquila es ahora un símbolo de la historia y cultura del país. Sus calles continúan repletas de embajadas dieciochescas, museos y palacios de la antigua corte que constituyen un planazo urbano.

 
Budva-mar y la tierra

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Una galaxia entre el mar y la tierra

Rumbo hacia el sur, la costa adriática sigue ofreciendo un precioso paisaje montañoso, con playas azul turquesa y pueblos medievales de belleza sosegada y luz mediterránea. Un ejemplo de ello es Budva y su cercana isla de Sveti Stefan. Pegada al continente, antiguamente albergó un pequeño pueblo pesquero que hoy ha pasado a manos privadas para transformarse en un hotel exclusivo. Por algo el poeta inglés lord Byron consideró el litoral de Montenegro como «la más bella fusión entre el mar y la tierra».

lago Skadar

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Un paraíso acuático

El interior del país guarda otras joyas naturales, como el lago Skadar que divide su superficie con Albania. Es la mayor reserva de agua dulce de los Balcanes y un paraíso para los ornitólogos, pues lo habitan unas 270 especies de aves de forma permanente. Además, en sus aguas oscuras y repletas de nenúfares hay islotes sobre los que aún se ven restos de fortificaciones medievales y monasterios.

 
Una pequeña Rioja

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Una pequeña Rioja

En esta zona se extiende la región vinícola de Crmnica, repleta de bodegas familiares que producen el vranac, el vino autóctono y parte fundamental de la vida montenegrina. Quizás una de las más curiosas sea la bodega Sipcanik, pues ocupa un túnel de 356 m de largo que acogió un hangar subterráneo y secreto de la Yugoslavia de Tito (segunda mitad del siglo XX).

torre de reloj en Podgorica

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Comunismo vs antigüedad

El pasado comunista del país permanece aún latente en los bloques de viviendas de su capital, Podgorica. Lo más destacable de la ciudad tal vez sea la visita al barrio de Stara Varos, la antigua ciudad otomana, agrupada en torno a la Torre del Reloj. En 2014 se consagró la nueva catedral ortodoxa, dedicada a la Resurrección de Cristo. Su interior impresiona por las enormes lámparas de araña y la abrumadora sucesión de frescos dorados que recubren sus paredes.

 
Parque Nacional de Durmitor

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Los ojos de la montaña

El Parque Nacional de Durmitor constituye una de las sorpresas más espectaculares del viaje. Esta reserva fue declarada Patrimonio de la Humanidad tanto por albergar el impresionante cañón del río Tara, que llega a tener 1300 m de profundidad, como por sus 18 lagos de origen glaciar, que aquí llaman gorske oci, los «ojos de la montaña». El más grande, el lago Negro, a 1416 m de altitud, es seguramente también el más bello. Con aguas de un azul intenso, refleja los bosques de pino negro de su alrededor y es un deleite para los senderistas. Las densas masas de abeto y pino negro que tapizan estas altas cumbres explican por qué los venecianos llamaron a este lugar el «monte negro». 

 

Perast

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