La primera mujer barquera y otras pioneras flotantes de la Albufera

Rosa Marco rompió los tabúes del oficio convirtiéndose en la primera mujer barquera del parque natural. Una profesión y un legado familiar que fundó su abuelo hace más de sesenta años.

Como buen naturalista, Vicente Blasco Ibáñez retrató al detalle La Albufera en su novela Cañas y barro, publicada en 1902 y llevada a la ficción audiovisual en 1978. Recientemente, sus paisajes volvieron a la pequeña pantalla con la serie El embarcadero, protagonizada por Álvaro Morte, Irene Arcos y Verónica Sánchez. Sus aguas, entre dulces y saladas debido a su cercanía con el mar Mediterráneo; su vegetación autóctona y sus arrozales esconden un paraje misterioso y magnético para todo tipo de viajero. 

Antes isla, ahora pedanía, El Palmar es uno de los grandes privilegiados que cuenta con acceso directo a este patrimonio natural que esconde una de las principales reservas de aves del Levante español. Allí, las familias 'hijas de El Palmar' han sido testigos de cómo ha evolucionado este humilde paraíso. Desde el máximo aislamiento que relataba el escritor valenciano a principios del siglo XX hasta su unión mediante una autopista con la capital, que se encuentra a tan solo 10 kilómetros de distancia.

 

 

Rosa Marco y Marta ©José Cano López

Rosa Marco y Marta Cuesta, barqueras de La Albufera. Foto: ©José Cano López

El Palmar guarda muchas historias, como la de Rosa Marco, la primera mujer barquera de la Albufera que, como su abuelo, sin quererlo se acabó convirtiendo en una pionera. “Él fue quien realizó los primeros paseos en barca en la Albufera. Como trabajaba cerca de los canales y conocía muy bien el entorno, empezó a llevar a turistas o pescadores de vez en cuando. Al principio, solo pedía la voluntad porque realmente no era su trabajo”, recuerda su nieta en una charla con Viajes National Geographic. Así fue como, sin saberlo, Manuel Puchades Ballester —más conocido como Tío Nelo— acabó creando lo que se convirtió en una profesión para él y para todos aquellos que le sucedieron.

No solo fue una leyenda en este pequeño municipio, que como muestra de agradecimiento puso su nombre a una de sus calles, sino que también apareció en la serie televisiva Cañas y barro. ¿Cómo grabar en su territorio sin contar con uno de sus máximos representantes? “Apareció en el capítulo ocho, en el que Rosa le pide la mano para casarse” apunta Rosa. Cuando acabó la grabación, le propusieron ir a Madrid con los gastos pagados como agradecimiento, “pero él no quiso. Lo que pidió a cambio fue poder sobrevolar y ver la Albufera desde un globo (aerostático). Para él, era toda su vida”, continúa.

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Foto: ©SusanaMar

Y como no podía ser de otra manera, algo casual se acabó convirtiendo en un legado familiar que tanto ella, como su padre, su marido Tonet y ahora su hija Jessica han continuado. Aunque se ha criado entre barcas centenarias, no sabría decir a qué edad empezó a navegar. El boom turístico y la regularización de los paseos en barca hizo que ella también se metiera en el negocio familiar. “Era el momento de arrimar el hombro y me daba igual que fuese una barca o un camión”, bromea Rosa. “Era raro ver una mujer por el lago. Los otros barqueros te hacían comentarios, pero poco a poco todos se fueron haciendo a la idea hasta convertirme en una más”, relata.

“Era raro ver una mujer por el lago. Los otros barqueros te hacían comentarios, pero poco a poco todos se fueron haciendo a la idea hasta convertirme en una más”

Los isleños, como se autodenominan, han visto en primera fila la gran transformación de su tierra. “Ser isleño permanece, eso no se olvida”, afirma Marco. “De haber tres o cuatro bares a tener más de treinta restaurantes y una veintena de barqueros. Siempre me pregunto qué diría mi abuelo si levantara la cabeza y viera cómo ha cambiado todo”, cuenta la nieta del tío Nelo. Para ella, la Albufera ha sido “su segunda madre” y, como asegura, “hay que vivirla”.

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Marta Cuesta a bordo de su barca. Foto: ©SusanaMar

La bióloga barquera

A Marta Cuesta, a pesar de no haberse criado allí, le pasó algo parecido. Un amor a primera vista es lo que vivió esta bióloga valenciana que de pronto quiso ser barquera. Después de viajar por Europa y renegar un poco de su tierra, acabó volviendo para estudiar un Máster en biodiversidad y conservación. “En ese máster empecé a descubrir mi afición por las aves gracias a una asignatura y siempre que podía me escapaba a la Albufera, hacía mis trabajos sobre ella…”, explica a Viajes National Geographic.

Al final, se acabó enamorando de la Albufera y también de su ciudad natal, Valencia. “Un día, para celebrar el cumpleaños de una amiga, la llevé a ver la puesta de sol en barca y fue ahí cuando miré al barquero que nos llevaba y pensé: ‘¡yo también quiero hacer esto!’”. Casualmente, ese día se encontró con Rosa y le dijo que quería convertirse en barquera. “Le comenté que sabía inglés, portugués e italiano, ella me preguntó si se me daban bien los niños” y acabaron llegando a un acuerdo —o un trueque como seguramente diría el tío Nelo—. Rosa le enseñaría a llevar la barca y Marta le ayudaría con la web, la comunicación y los idiomas. Ese mismo día, al llegar a casa, Marta recuerda entrar corriendo y decirle a su madre: “¡mamá, mamá! ¡Qué voy a ser barquera!”

Tras el confinamiento, Marta se compró su propia barca y ahora es una de las pocas pescadoras en activo de la zona. “Soy lo que se diría una pescadora ambulante porque al no ser hija de El Palmar no puedo pescar en los redolins, donde se consigue la preciada anguila, protagonista de uno de los platos más típicos de la zona: el all i pebre. Antes los que no habíamos nacido allí ni siquiera teníamos derecho a pescar, ahora sí, voy por los alrededores en busca del cangrejo azul” que, aunque no es autóctono de la zona, es muy deseado y se vende bien.

Ambas se han acabado convirtiendo en historia viva de este parque natural que, tal como contaba Blasco Ibáñez, es “azul y terso como un espejo veneciano, que retrataba invertidos los barcos y las lejanas orillas con el contorno ligeramente serpenteado”.