Naturales y culturales

La Provenza en doce paisajes inspiradores

Este viaje por el sudeste de Francia se adentra por rutas escénicas y pueblos encantadores donde varios artistas han dejado su huella.

La Provenza es un inmenso jardín enmarcado por los Alpes al este, el Ródano al oeste y el Mediterráneo al sur. A las puertas del verano, sus campos de lavanda florecen en una explosión que llena el aire de fragancias casi corpóreas, bajo esa luz cristalina que tan intensamente fascinó a los pintores impresionistas. 

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Los colores y sabores de Vaison-la-Romaine

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Los colores y sabores de Vaison-la-Romaine

Dicen que Vaison-la-Romaine es un museo a cielo abierto, y ciertamente lo es. Las aguas del río Ouvèze dividen la localidad en dos espacios geográficos y temporales: en la orilla izquierda queda el núcleo medieval y en la derecha, la ciudad actual, que abraza la antigua urbe romana de Vasio. El centro de Vaison-la-Romaine convive armoniosamente con las 15 hectáreas de los vestigios, dispersos sobre todo por los barrios de Puymin y de Villasse. Tras un rato deambulando entre los tenderetes del mercado, cruzamos el río por el puente anclado en la roca desde el siglo I, herencia romana que ha llegado hasta la actualidad.

Mont Ventoux

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La magia del Mont Ventoux

Subimos al punto más alto de la ciudad, un lugar en calma desde el que se contempla el Mont Ventoux, de 1909 m. Reserva de la Biosfera por la Unesco, esta montaña calcárea, blanca y desprovista de vegetación en su cima es una de las etapas reinas del Tour de Francia, además de un mirador excepcional sobre el fértil paisaje provenzal.

Tierra de viñas y olivos, este territorio histórico del sudeste francés, anexionado a Francia a finales del siglo XV, ocupaba gran parte de lo que hoy es la región Provence-Alpes-Côte d’Azur. El bonito pueblo de Vaison-la-Romaine es perfecto para empezar un viaje de norte a sur que vaya enlazando otros enclaves con vestigios romanos y aldeas de calles empedradas en las que todavía se habla provenzal, una variedad del idioma occitano cuyo uso ha quedado relegado a mínimos.

Provenza. Todas las rutas de la lavanda

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Todas las rutas de la lavanda

A escasos días del equinoccio de verano, un manto de tonalidades que van del azul al malva cubre los campos. Es el momento en que empieza a florecer el «oro azul», la flor de propiedades calmantes que aquí se cultiva, se cosecha, se destila y se vende en mil formatos, desde esencias, jabones y saquitos aromáticos a miel y dulces. Siguiendo cualquiera de las «rutas de la lavanda» recorremos este paisaje de colinas y campos violáceos hasta alcanzar Aviñón, a menos de una hora en coche de Vaison-la-Romaine.

 

Aviñón y la isla fluvial más grande de Francia

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Aviñón y la isla fluvial más grande de Francia

Barthelasse, la mayor isla fluvial de Francia, emerge de las aguas del Ródano frente a la ciudad de Aviñón. Es un gran pulmón verde de 700 hectáreas, 400 colmadas de granjas y cultivos. Otro elemento indisociable de la ciudad es el puente de Saint-Bénezet, del siglo XIII, que debe su nombre al joven pastor que, según la leyenda, lo habría construido por orden divina. Destruido varias veces por las crecidas del Ródano, el famoso «Pont d’Avignon» de la canción infantil solo conserva 4 de sus 22 arcos originales, así como la capilla románica dedicada a san Nicolás.

El puente de Saint-Bénezet forma parte del conjunto de monumentos de Aviñón declarados Patrimonio Mundial por la Unesco. Entre ellos, el Palacio de los Papas, una fortificación del siglo XIV erigida en apenas 20 años y que fue la residencia de hasta nueve papas: siete para toda la cristiandad y, entre 1378 y 1417, dos no reconocidos por Roma, Clemente VII y Benedicto XIII, el papa Luna. Italia vivía un momento de inestabilidad política cuando se decidió trasladar el papado aquí, pero tras la muerte de Gregorio XI, Aviñón y Roma se disputaron la autoridad eclesiástica durante 39 años.

Fortaleza majestuosa y elegante, el Palacio de los Papas sorprende al visitante inicialmente por sus dimensiones –el equivalente a cuatro catedrales góticas– y por las cuatro grandiosas torres que custodian el recinto. La más alta acoge la residencia del papa, ricamente decorada con frescos de inspiración toscana, al igual que las capillas. En la de Saint-Martial, el artista Matteo Giovannetti pintó sobre un magnífico fondo azul intenso varias escenas de la vida del santo con un juego de perspectivas e ilusiones ópticas que dota a cada imagen de un particular realismo.

Les Baux-de-Provence. Entre colinas de roca calcárea

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Entre colinas de roca calcárea

Tras 30 minutos de ruta hacia el sur, un paseo por el macizo de los Alpilles despierta los sentidos con su aroma a romero, tomillo y pino. Dos localidades destacan en estas colinas de roca calcárea: Les Baux-de-Provence, con 400 habitantes y hasta 22 edificios catalogados como Monumento Histórico; y Saint-Rémy-de-Provence, en el que se halla el monasterio de Saint-Paul de Mausole, del siglo XI, cuyo nombre alude al mausoleo de la cercana ciudad romana de Glanum.

Tras la Revolución Francesa, el cenobio fue transformado en un centro para el tratamiento de enfermedades mentales. Vincent van Gogh ingresó allí en 1889 de forma voluntaria tras haberse amputado el lóbulo de la oreja izquierda. Actualmente, expone algunas reproducciones de las 150 obras que el holandés realizó durante los doce meses que estuvo internado entre sus muros. Destaca La noche estrellada, el óleo en el que recreó la vista desde la ventana de su habitación, preservada como entonces y abierta ahora a las visitas.

Arles. Hogar de artistas

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Arles: inspiración artística

El baño de luz intensa de los paisajes de Saint-Rémy impulsó, junto con Arles, una prolífica etapa en la obra de Van Gogh. Denominada «la pequeña Roma de las Galias» por el poeta Ausonio en el siglo IV, Arles entró en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1981. Un recorrido por la ciudad permite descubrir los rincones que inspiraron al pintor holandés y a su amigo Gauguin, como los Alyscamps, una necrópolis romana inmortalizada en los cuadros de ambos y que también aparece en el poema El Infierno de Dante. El paseo por estos Campos Elíseos provenzales, un laberinto de cipreses y sarcófagos vacíos, culmina en su extremo este frente a la iglesia románica de Saint-Honorat, con una torre que se inspira en la del anfiteatro romano de Arles.

Les Arènes de Arles, de finales del siglo I, tenía capacidad para 20.000 espectadores y la fachada medía 21 m de alto. Desde las gradas de lo que ahora es una plaza de toros, cuesta creer que este inmenso espacio fuera transformado durante la Edad Media en una ciudad fortificada con más de doscientas casas y dos iglesias. Los vestigios de Saint-Michel-de-l’Escale se distinguen aún en la torre oeste del anfiteatro, cuya galería exterior en el segundo piso servía de crucero al templo. Cerca de ahí se halla el teatro romano, del siglo I a.C. y con aforo para 10.000 personas. Se encuentra en peor estado de conservación que el anfiteatro pues sirvió como cantera para construir los edificios aledaños; se extrajo tal cantidad de piedra que su función original cayó en el olvido. Hoy acoge conciertos y proyecciones cinematográficas.

Catedral de Arlés. Arlés

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Un paseo muy patrimonial

Los monumentos que le han valido a Arles la inscripción en la lista del Patrimonio Mundial van más allá del legado romano. Por ejemplo, la catedral de San Trófimo, del siglo II, un remarcable ejemplo de románico provenzal. El pórtico evoca un arco del triunfo decorado, al igual que el claustro, con capiteles corintios, frisos y bajorrelieves. Se halla en una plaza dominada por un impresionante obelisco recuperado del circo romano.

Escasos metros separan la catedral de la Place du Forum, en la que los vestigios del foro romano son todavía apreciables. Principalmente, sobreviven las columnas y los criptopórticos, que son los cimientos del foro, compuestos por tres galerías abovedadas que nivelaban el terreno en pendiente. Tras la caída del Imperio, estos espacios subterráneos pasaron a usarse como almacenes o graneros particulares. Los criptopórticos de Arles están abiertos hoy al público y deambular bajo su penumbra permite adentrarse en un ambiente casi místico.

Salon-de-Provence. El Camino des Batignolles

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El Camino des Batignolles

Los vestigios de un periodo industrial más reciente se hallan en la antigua vía férrea de 40 km que conectaba Arles y Salon-de-Provence entre 1887 y 1951. Convertida en ruta de senderismo, el Camino des Batignolles preserva antiguas estaciones de tren y el cambio de vía manual. El ferrocarril aportó prosperidad a Salon-de-Provence, pues dio un impulso al comercio del aceite de oliva y del jabón producidos en la zona. El itinerario «Sur les pas des savonniers» discurre junto a lujosas viviendas de múltiples estilos (clásico, neopalladiano, modernismo…) y pasa cerca de dos fábricas de jabón todavía en activo. El comercio del jabón dotó a la ciudad de edificios nobles, como el Círculo de Artes y Oficios, el Teatro Armand o el Palacio de Justicia.

Un estruendoso silbido desgarra repentinamente el cielo de Salon-de-Provence, forzando al visitante a alzar la vista. La mirada se encuentra con la coreografía sincronizada de un pelotón de aviones militares que han despegado de la base situada en las afueras y operativa desde 1964. La visita al castillo de la ciudad, utilizado en el pasado como cuartel y acondicionado hoy como museo, revela la tradición militar de Salon. Todo empezó en el siglo X, cuando la ciudad era un cruce comercial estratégico y los arzobispos de Arles mandaron edificar el Castillo de l’Empéri (imperio, en provenzal) desde donde ejercían su autoridad en nombre del Sacro Imperio Romano Germánico. La fortaleza, cuyas torres cuadradas, típicas del románico provenzal, despuntan robustas, fue erigida sobre una elevación rocosa que dominaba la vasta llanura de Crau.

Salon-de-Provence

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La huella de Nostradamus en Salon-de-Provence

En 2003, con motivo del 500 cumpleaños de Nostradamus, se abrió al público el Jardín de los Simples, donde se ven las plantas con las que el ilustre médico elaboraba sus elixires, ungüentos y tinturas medicinales. El cultivo de cada parcela se inspira en uno de los textos, como el Tratado de la belleza y las confituras. Nacido en Saint-Rémy-de-Provence bajo el nombre de Michel de Nostredame, el sabio y astrólogo terminó sus días en Salon, donde escribió sus famosas Profecías en 1555. Una de las capillas de la iglesia de Saint-Laurent alberga la tumba.

La casa museo de Nostradamus se sitúa en pleno casco antiguo, próxima a la Puerta del Reloj. Esta vieja entrada a la ciudad está rematada con una torre de tres plantas del siglo XVII y encastrada entre edificios más recientes. En los días que sopla el mistral, el ímpetu de este viento del noroeste mece las campanas que coronan la torre, propagando su melodía a través de la ciudad. Bajo la esfera del reloj, un cuadrante de un azul profundo representa cada día de la semana con una figura astronómica: la Luna, el lunes; Marte, el martes...

Apenas unos pasos la separan de la plaza Crousillat y su emblemática Fontaine Moussue. Típico lugar de encuentro de los saloneses desde hace cinco siglos, esta fuente cubierta íntegramente por un manto de musgo hacía las veces de abrevadero y calmaba la sed de los rebaños trashumantes. En época estival, los pastores de la llanura de Crau se desplazaban hasta los Alpes del Piamonte por lo que ahora es el sendero de Gran Recorrido GR-69 o La Routo (ruta, en occitano), de más de 500 km. A lo largo del camino se descubren las típicas bories, cabañas construidas con la técnica de la piedra seca.

Aix-en-Provence

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Los artistas de Aix-en-Provence

La Routo conecta Salon con la capital de la región histórica: Aix-en-Provence. Unos 40 km separan la ciudad de Nostradamus de la urbe que vio crecer al escritor Émile Zola. La modesta casa familiar del autor de J’accuse…! (artículo publicado en el periódico L’Aurore el 13 de enero de 1898) nada tiene que ver con las residencias señoriales del lujoso barrio de Mazarin. Algunas de las más de 150 con las que cuenta Aix bordean el Cours Mirabeau, una de las principales vías de la ciudad, sombreada por plátanos y animada por la melodía de fuentes y el ambiente de los cafés. En el número 20 del Cours Mirabeau resplandece la fachada del Hôtel de Forbin, del siglo XVII, que debe su matiz tostado a la piedra de Bibémus con la que fue edificada. La cantera se sitúa en las afueras de la ciudad y forma parte del recorrido que sigue la vida y obra de Paul Cézanne en la Provenza.

Bibemus

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El cubismo de Cézanne en Bibémus

Las Carrières de Bibémus fueron lugar de inspiración del pintor impresionista, quien alquilaba una rústica cabaña como estudio. El lugar ofrece vistas espectaculares hacia la montaña de Sainte-Victoire, un monte de poco más de mil metros que Cézanne pintó más de 80 veces. Deambular entre las inmensas rocas anaranjadas de la cantera permite entender por qué se dice que aquí nació el cubismo: las formas geométricas de los pasadizos tallados a pico y el perfil de las montañas inspiraron a Cézanne algunas de sus obras precubistas.

El itinerario Sur les pas de Cézanne –señalizado con placas en el suelo que llevan grabada la letra C– conduce desde la casa natal del pintor hasta su última morada en el cementerio de Saint Pierre. En esta ruta hay varias paradas ineludibles. Como la iglesia de la Madeleine, donde fue bautizado en 1839, el Collège Mignet, en el que estudió junto a Zola, el Café des Deux Garçons que tanto frecuentaba y la catedral del Saint-Sauveur, construida sobre un antiguo templo romano dedicado a Apolo y que acogió el funeral de Cézanne en 1906.

Fundación Vasarely. Arte óptico en la Provenza

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Arte óptico en la Provenza

Aix-en-Provence atrajo a más artistas a lo largo del siglo XX. Uno de los más célebres fue el francohúngaro Victor Vasarely  –considerado el padre del op art–, quien instaló aquí su fundación en la década de los años 70. El centro está compuesto por 16 módulos hexagonales, engarzados como las paredes de una colmena en un inmenso juego de construcción de tonalidades neutras que recuerda la geometría presente en las obras del artista. Las más de 200 creaciones y documentos originales de Vasarely que se exponen sumergen al visitante en un universo de arte óptico difícil de olvidar.

Otro tesoro de Aix-en-Provence de reputadas formas geométricas es el calisson, un dulce de origen medieval. De forma ovalada, está compuesto por una fina pasta de almendra y melón confitado, cubierta de glaseado y perfumada con flor de naranjo. El placer último de una visita a la ciudad consiste en localizar las confiterías que lo elaboran artesanalmente para zambullirse de un mordisco en la grandeza pasada de la Provenza y disfrutar con intensidad del presente de esta región mediterránea. 

Aviñón