cuevas y bosques

El pueblo de Galicia donde las chimeneas cuentan una historia de superación

Vilaoudriz ha sabido derrotar el declive postindustrial de los años 70 reinventándose como espacio recreativo y sostenible, y poniendo en valor su pasado minero.

Este no es el típico pueblo gallego donde se espera encontrar pazos, hórreos o cruceiros de piedra. Ni siquiera hay un centro histórico. Lo que sí tiene Vilaoudriz  son cinco imponentes chimeneas, ubicadas en la entrada, que son mucho más que un icono. Son las responsables de la existencia de A Pontenova, un pequeño pueblo lucense donde cambió desde que a finales del siglo XIX una empresa minera vasca consiguiera los permisos para la explotación del hierro; pasó de ser una zona de pequeñas aldeas a tener que construir nuevas viviendas debido a la llegada de trabajadores.

A Pontnova
Foto: Getty Images

UN PASADO MINERO

Las chimeneas que presiden este pueblo se construyeron a partir de 1920, cuando el hierro extraído a cielo abierto se agotó. El de cotas más profundas, la siderita (carbonato de hierro), contenía fósforo y no interesaba a las empresas siderúrgicas. El único método para desfosforar era, precisamente, el uso de chimeneas (hornos de calcinación), con las que se sometía este mineral durante 24 horas a altas temperaturas. Tras este proceso, que llenaba el pueblo de un humo amarillento, se recogía el hierro y se transportaba en ferrocarril hasta el puerto de Ribadeo. Desde allí, se cargaba en barco para exportarlo principalmente a Alemania y Gran Bretaña, y en menor medida a Bélgica y Francia.

 

Este gran proyecto quedó truncado por las guerras del siglo XX en que perdió el principal comprador: Alemania. A mediados de los años 60, cesó toda la actividad minera.  En la actualidad, solo quedan en pie las chimeneas, la estación de tren reconvertida en oficina de turismo y la mina. El hospital minero de estilo modernista y la antigua capilla Santa Bárbara, patrona de los mineros, se derribó.

 

Bosque
Foto: carlosmorado

Un bosque que viene de la nada

Como no podía ser de otra manera, la aventura para conocer A Pontenova empieza frente los hornos de calcinación de hierro de Vilaoudriz, considerados monumentos de la arqueología industrial de principios del siglo XX, donde un guía cuenta la historia de este enclave. La ruta continúa por los antiguos terrenos de la mina: se empieza por una pista forestal y enseguida se adentra en un bosque atlántico (o fraga, como lo llaman en Galicia) con una rica biodiversidad.

 

Aquí abundan los castaños, robles y abedules que crecen junto a un buen número de helechos, musgos y brezales. Se trata de una zona muy húmeda donde se nota el cambio de temperatura, por lo que es aconsejable traer algo de abrigo. Cuesta imaginar que hace solo 70 años, durante la explotación minera, estos terrenos estaban completamente degradados sin vegetación alguna. El rápido proceso de regeneración es sorprendente. La gran humedad de esta zona es la responsable de este fenómeno natural. No se debe olvidar que este fascinante bosque se halla en plena Reserva de la Biosfera del Río Eo, Oscos y Tierras de Burón, declarado Zona de Especial Conservación dentro de la Red Natura 2000.

 

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Mina Consuelo
Foto: carlosmorado

UNA CUEVA NATURAL Y ARTiFICIAL 

Después de esta agradable caminata, pronto se alcanza la mina Consuelo, donde la naturaleza vuelve a sorprender. El mismo proceso de naturalización de antes, en el exterior, se repite dentro de la cueva. 

 

Las minas se creaban por el sistema de avance y destroza: agujereaban la montaña por arriba, se avanzaba unos metros y se hacía un agujero en el suelo donde colocaban la dinamita, que rompía la roca para poder avanzar. Después había que sacar el escombro con pico y pala, en cestos. Aunque esta mina dejó de explotarse hace 100 años, ahora es una cueva destinada al disfrute del visitante, quien se adentra en la segunda cavidad más grande de Galicia. La presencia de distintos minerales en la roca con las filtraciones de agua da lugar a diferentes colores y texturas que no hacen más que embellecerla. 

 

Tirolina
Foto: carlosmorado

Una tirolina con historia

Esta experiencia minera culmina de la forma más emocionante: lanzándose desde una de las tirolinas más largas de Galicia. Ni más ni menos que 300 metros de longitud y hasta 80 metros de altura sobre el suelo. Esta actividad recrea el trazado del antiguo tranvía aéreo por el que se lanzaba el mineral (suspendida a través de cables) desde la ladera de la Mina Consuelo hasta la Mina Boulloso.

 

La ruta estrella es la de “dos fornos” (de los hornos) que dura un par de horas y está pensada para todos los públicos. No obstante, la oferta de ocio es muy amplia con un sinfín de actividades. Cabe recordar que los terrenos y la mina son de propiedad municipal y una empresa se encarga de gestionar las actividades.

A Pontenova
Foto: carlosmorado

EN BICI POR UN BOSQUE DE RIBERA ATLÁNTICA

La ruta de los hornos se puede combinar con la del ferrocarril, que aprovecha la antigua vía del tren minero cuya función era el transporte del hierro desde A Pontenova hasta la ría de Ribadeo. Se ha recuperado un tercio del trazado original: unos 12 km de vía verde prácticamente llana que discurre paralelo al río Eo, en un bosque de ribera atlántica.

 

El punto de inicio es la antigua estación de tren de Vilaoudriz que actualmente alberga la oficina de turismo de A Pontenova. Tras cruzar seis túneles, varios merenderos, un refugio de pescadores y un puente colgante (en un desvío) se llega a la antigua estación de tren de San Tirso (hoy rehabilitada como vivienda particular), en el vecino municipio asturiano. Con el fin de no volver a hacer el recorrido a la inversa (no es circular) se sugiere combinar la ruta en bici o andando con un divertido ascenso en canoa por el río hasta llegar a una magnífica playa fluvial.