Un poco más grande que un txoko

Álava en cinco pueblos

El sur del norte del País Vasco es una tierra fecunda en pueblitos que tienen mucho que decir.

 

Salvatierra

Salvatierra se podría definir como el defensa rocoso que se convirtió en centrocampista fino, el Materazzi que acabó siendo Zidane. ¿Que por qué? Pues porque sus argumentos empiezan por unas murallas sólidas que perfilan el antiguo perímetro defensivo de la localidad. Y es que cuando se consolidó como pequeña ciudad, allá por el siglo XIII, Salvatierra pasó de unas manos a otras, siendo plaza de Navarra, Castilla y del condado de Ayala en los años posteriores. Tan deseada fue que acabó siendo realenga, lo que trajo consigo prosperidad y la proliferación de casonas y palacios que, por densidad, sorprenden al viajero. Una impresión que acaba teniendo su clímax en la plaza de San Juan, con sus soportales añejos y su impresionante Iglesia-fortaleza de San Juan Bautista.

Laguardia

Laguardia siempre ha presumido de tener siete puertas desde el Medievo, una afirmación que sigue estando hoy vigente. Y brillante. ¿Que por qué? Pues porque de su antigua estructura defensiva hoy quedan en pie estos accesos y alguna que otra esbelta torre. Sin embargo, son precisamente estos arcos lo primero que llama la atención de toda visita a esta localidad, ya que ejercen de portal a otra dimensión. Dentro, esperan callejuelas sin asfaltar, mansiones que ocultan calados y dos iglesias que orientan al viajero. La primera, Santa María de los Reyes, fascina por su pórtico aún policromado. La segunda, la de San Juan, por su curiosa planta y su torre adyacente. Después de descubrirlas y de acudir al baile del carillón de la Plaza Mayor ya solo queda desorientarse del todo en sus tascas y barras.

Labastida

Esta coqueta localidad ejemplifica muy bien el progreso rural que transformó toda esta región. Es decir, el paso de ser una franja fronteriza y defensiva a vivir (holgadamente) de la vid y del campo. Esta evolución no se disfruta en clase de historia, sino descubriendo, a pie, todos sus encantos entre casas blasonadas e iglesias heroicas. Y es que no hace falta caminar mucho para dar con los restos de su muralla, cruzar sus arcos, pararse ante sus palacios y descubrir sus dos templos. Porque, en el fondo, Labastida es lo que sucede entre la ermita del Santo Cristo, una construcción románica con dejes góticos que domina la localidad desde su punto más alto: y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, un templo imponente, de estilo renancentista y barroco, que forma con el Ayuntamiento y el Palacio de los Solazar un conjunto impresionante. Y no es exageración.

Añana

Hubo un tiempo en el que el agua salada que salía del diapiro de Añana era sinónimo de riqueza y alegrías. De hecho, la explotación de las salinas fue la principal fuente de riqueza de la comarca hasta mediados del siglo XX. Fue entonces cuando decayó, dejando tras de sí una especie de cementerio salado que hace unos años resucitó gracias al turismo. Descubrir este yacimiento es todo un viaje en el tiempo, así como vislumbrar desde el valle la panorámica de un pueblo que se hizo hermoso y pudiente gracias a la sal.

Arceniega

Situada en el confín noroeste de Álava, esta localidad es una perfecta introducción al complejo universo medieval de todo el País Vasco. Una epifanía que sucede al empinar el caminar y llegar a cualquiera de las tres calles que siguen vertebrando el viejo Casco Antiguo. En ellas se aprecia no solo un trazado histórico, también un conjunto plagado de edificios impresionantes de diferentes estilos, desde torres convertidas en palacios renacentistas (como el de Arceniega) a caseríos domesticados. Eso sin olvidar su museo etnográfico, clave para comprender cómo era la sociedad vasca durante la Edad Media y el Santuario de Nuestra Señora de la Encina, un complejo medio gótico medio renacentista que tiene en su retablo su verdadera joya.

Añana

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