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Cinco pueblos para escapar de Barcelona

La Ciudad Condal es infinita, pero alejarse de ella permite respirar aire libre en plena naturaleza sin recorrer demasiados kilómetros.

El encanto de Barcelona no tiene discusión, ella tiene el poder. Aún así, salirse de sus fronteras e inspeccionar los pueblos de sus alrededores tiene gratas recompensas. Este recorrido promete belleza y cultura a partes iguales, y descubre algunas de las joyas más bonitas dentro de la provincia de la Ciudad Condal.

 

 

Cardona

Poco queda por contar de la legendaria fortaleza del Castillo de Cardona, una estructura de origen medieval que reina sobre el valle del río Cardener y cuyas minas de sal –una de las visitas más interesantes del lugar– enriquecieron durante siglos a los señores y condes que las explotaron. Un recorrido por su interior deja con la boca abierta a cualquiera por su maravillosa conservación. Más allá de la principal atracción turística, merece la pena deambular sin grandes objetivos por el centro histórico para conocer de cerca la Plaza de la Fira, la iglesia de Sant Miquel o la Porta Graells. Y no se debe olvidar el curioso Pont del Diable, compuesto por dos arcos de distinta medida que puede verse desde el mismo Castillo.

Bagà

Asentado en una situación privilegiada con las imponentes montañas del Cadí como centinelas permanentes, la localidad de Bagà destila una fuerte personalidad medieval. Tanto en el carácter que exhibe en sus costumbres y ferias como en la arquitectura que define su aspecto. Cualquier ruta de callejeo por el pueblo debería empezar por la plaza porticada, dejarse llevar por la pendiente de sus estrechas calles empedradas y llegar hasta el puente románico. Una visita al Centro Medieval y de los Cátaros terminará de redondear este pequeño viaje en el tiempo. La naturaleza y el paisaje que envuelven el pueblo merecen también buena parte de la atención. Varias rutas a pie permiten conocer el Parque Natural del Cadí-Moixeró, como la que descubre el Santuario de Paller, a dos kilómetros de la villa.

Castellar de n'Hug

Un pequeño manto de techos anaranjados e innumerables fachadas de piedra es la idílica imagen que ofrece el pueblo de Castellar de n’Hug al atardecer, rodeado de frondosos valles y con un soñoliento Pedraforca recortado en el horizonte. El románico típico del Pirineo catalán tiene sus testimonios aquí en las dos iglesias del municipio: Santa Maria de n’Hug y Sant Vicenç de Rus. Pero la joya del lugar aguarda a tan solo cuatro pasos de esta localidad. El mismo río Llobregat que limita la ciudad de Barcelona por el sur, hace su aparición como por arte de magia de dentro de la montaña en forma de cascada en las Fonts del Llobregat, de aspecto más espectacular aún durante la época de deshielo.

Rupit y Pruit

Las majestuosas paredes verticales de Collsacabra preceden la visión de la torre del campanario de la iglesia de Sant Miquel, en el corazón de este municipio de origen medieval emplazado en el espacio natural de las Guilleries. Sin embargo, las edificaciones medievales no han envejecido bien, y son las casas barrocas construidas durante los siglos XVI y XVII las que configuran el atractivo de estos dos pueblos unificados en 1977. Pasear por la calle del Fossar, cruzar el estrecho puente colgante –siempre que no haya más de 10 personas a la vez– y conocer los molinos que desde el siglo X aprovechaban el agua de la Riera es conocer Rupit y Pruit. Es esta misma riera la responsable del Salt de Sallent, una espectacular cascada de 90 metros desde cuyo mirador también se puede ver l’Agullola, un pedazo de roca que parece a punto de desprenderse de la montaña.

Sant Pol de Mar

No es todavía la Costa Brava pero es, desde luego, una de sus mejores introducciones. Algo que no se puede negar después de conocer el tramo de camino de ronda que perfila su costa. El Mediterráneo se cuela entre las calles de Sant Pol y el olor a salitre es un recuerdo constante del alma marinera de esta localidad, en cuyo centro sorprenden algunas fachadas de casas modernistas entre las paredes blancas predominantes. Parece que la ermita de Sant Pau, que pertenecía al monasterio fundado en el siglo XI y dio origen al pueblo, quiera gritar a los cuatro vientos con su serena fachada blanca mirando al mar la personalidad mediterránea de la localidad.

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