Del norte al sur

México de punta a punta

Es un país de escala continental, prácticamente inabarcable, pero por algún lugar hay que empezar. Ésta es una ruta de básicos.

Ciudad de México

Siempre me sedujo Ciudad de México. Me impresionó la primera vez que la vi desde el avión que me traía de Europa. Tras la ventanilla apareció una planimetría de centelleos amarillos, blancos y rojos que se extendía sin interrupción hasta el infinito.

La capital mexicana parecía una materia líquida y cegadora con vida propia que se movía, vibraba y cambiaba de aspecto a cada minuto. Más de 20 millones de personas vivían, morían, bebían, comían, bailaban, conducían, copulaban, reían y lloraban, odiaban y amaban a la vez en esa malla infinita de bombillas bajo mis pies. La ciudad, como un ascua de luz, extendía su feria de lentejuelas hasta donde alcanzaba la vista.

UNA CIUDAD HORIZONTAL

Ciudad de México –CDMX, su nuevo acrónimo, en lugar de DF– me sigue impactando todavía hoy cada vez que la recorro a pie, en metro o en taxi. Es la sublimación de la megápolis. La urbe más extensa del mundo –está construida en una zona sísmica que desaconseja la edificación en altura– y la cuarta más poblada, donde todas las cifras son superlativas: avenidas de casi 30 kilómetros de longitud, más de nueve millones de vehículos a motor, 140.000 taxis, 40.000 autobuses, 5,5 millones de usuarios al día en una red de metro diseñada para tres millones. Es el verdadero hormiguero humano, un adelanto del futuro que a nadie deja indiferente.

Ciudad de México

La capital mexicana posee una intensa vida artística. El Palacio de Bellas Artes es uno de sus escenarios más monumentales y activos.

MITTCHEL ALCÁNTARA / AGE FOTOSTOCK

Como todas las grandes capitales del mundo, la de México es en realidad la suma de muchas pequeñas ciudades. Barrios acurrucados sobre sí mismos, que viven realidades aparte y que funcionan como vasos no siempre comunicantes.

Fuera de las grandes avenidas como Insurgentes y Periférico, o de los altos edificios de oficinas de Reforma, los barrios de CDMX tienen aún algo de pueblo, de patio provinciano. Las calles orladas de árboles de La Condesa, de la Roma, de Coyoacán o de Xochimilco huelen a chile poblano y a pan bazo, a espesas fritangas en las que se doran los tamales y las quesadillas de huitlacoche, un hongo que crece en las mazorcas de maíz.

Aunque es una ciudad ruidosa, los sonidos de los barrios son aún evocadoramente aldeanos. El runrún diesel de los peseros, el transporte colectivo más usado; el silbato del camotero –vendedor ambulante de camotes (boniatos) y plátanos asados–, que parece una locomotora a vapor o quizá una sirena de barco; el del organillo manual del cilindrero, cuyo sonido entre el clavicordio y el piano alcanza agudos muy chistosos, generalmente más por la edad del aparato que por las intenciones del intérprete; el del cuate que pregona a toda voz las excelencias de sus tamales oaxaqueños. O el de los camiones del gas, con su melodía inconfundible, un «tirorí, tirorí» como de trompetilla de pregonero, seguido de una voz de ultratumba que dice: «el gaaaaaaas».

Pese a ello –o quizá, debido a ello– México es una ciudad vibrante, llena de vida. Tiene algunos de los mejores museos de América, fantásticos restaurantes, es polo de agitación cultural, está llena de galerías de arte, de librerías, de salas de exposiciones. Conserva magníficas ruinas arqueológicas mexica y palacios coloniales desde los que se gobernó un imperio.

Uno de esos museos destacables es el antropológico, la memoria viva de un país que acogió a dos de las tres mayores civilizaciones que haya visto América: la azteca y la maya.

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La Piedra del Sol. Colección azteca del Museo Antropológico.

LUCAS VALLECILLOS / AGE FOTOSTOCK

El Nacional de Antropología es el museo más visitado de México y cuando recorres sus 23 salas entiendes por qué. Hay piezas soberbias, como la Piedra del Sol, un disco monolítico con inscripciones de la cosmogonía mexica que pesa 24 toneladas, o las esculturas olmecas, el monolito de Coatlicue, el ajuar funerario del señor maya de Pakal y los grandes dioses teotihuacanos.

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Viajes e historia

¿Una noche en el museo?

Teotihuacán es una de las mayores ciudades prehispánicas, que sin embargo nada tiene que ver con los mexica, porque es muy
anterior. Cuando los aztecas florecieron y empezaron a moverse hacia el valle Central, Teotihuacán ya estaba en ruinas. Las mismas que –unos 50 km al nordeste de CDMX– siguen siendo hoy un destino clásico para los turistas, que llegan hasta allí para ver las pirámides del Sol y la Luna y la ceremonial Calzada de los Muertos. A esta avenida de 2 km se asomaban palacios, templos y las casas de la nobleza de esta civilización que tuvo su máximo apogeo entre los siglos iii y vii de nuestra era.

Teotihuacán

La magnífica ciudad se halla 50 km al nordeste de la capital. Desde la Pirámide de la Luna se contempla la Calzada de los Muertos y la Pirámide del Sol.

MICHAEL MOORE / AGE FOTOSTOCK

Una vez puestos a trastear en la historia precolombina de México, habría que acudir también a otro lugar emblemático que a mí siempre me subyugó: las ruinas del Templo Mayor. Antes de ser Ciudad de México esto era Tenochtitlán, la capital del imperio mexica. Dada la tradición de los conquistadores españoles de plantar su iglesia principal sobre el templo principal de la religión a la que sometían, siempre se pensó que los restos del Templo Mayor mexica estaban bajo la catedral de México, en la plaza del Zócalo.

Para sorpresa de todos, en 1978 y tras el derribo de varias casas de la época colonial adyacentes a la catedral, esos restos aparecieron cerca de allí, pero no debajo. Se terminaron de demoler más casas contiguas y se abrió la gran plaza a un costado de la catedral en la que hoy se exhiben los vestigios del gran recinto ceremonial de Tenochtitlán, el centro del mundo mexica.

Lo que queda de Tenochtitlán no es ni la décima parte de lo que fue, pero aún así impresiona la solidez y la magnificencia del lugar. Cada vez que decidían mejorar el edificio, los mexica no destruían el existente sino que construían una nueva pirámide encima de la anterior. Las excavaciones dejaron a la luz una especie de corte edafológico de varios edificios sagrados que abarca más o menos desde 1375 hasta la última ampliación, en 1502. Las ruinas, así como el museo anexo, son dos lugares de visita obligada para entender la importancia de esta ciudad durante los últimos mil años de historia de Mesoamérica.

CIUDADES COLONIALES

Sigamos viaje ahora hacia el sur. Todo el centro de México está lleno de ciudades coloniales que perpetúan en sus edificios y la planimetría de sus calles la historia del Virreinato. Uno de ellos es Puebla de Zaragoza, Puebla a secas para los amigos, capital del estado homónimo, que creció favorecida por su situación en la importante ruta comercial entre la capital y el puerto de Veracruz.

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Antiguas cocinas del convento de Santa Rosa, en Puebla.

JUERGEN RITTERBACH / AGE FOTOSTOCK

El casco histórico de Puebla es una delicia para pasear. Hay que empezar por la plaza de Armas y la catedral, una de las más bonitas de México; seguir por el callejón de los Sapos, lleno de tiendas y de antigüedades; probar algunos platillos aderezados con el famoso mole poblano (que además de chiles incorpora chocolate), ya sean con enchiladas o chilaquiles; comprar dulces poblanos (borrachitos, camotes, garapiñados) en las confiterías de la calle 6, y visitar sus muchas iglesias y conventos barrocos y sus dos fuertes, el de Loreto y el de Guadalupe.

La ciudad de Puebla fue una de las joyas de la época del Virreinato, sin embargo, hay un pequeño lugar que resume muy bien aquella época, más allá de esos grandes monumentos. Se trata de las cocinas del antiguo convento de Santa Rosa.

Reconvertidas hoy en museo de Artes Populares, las tres salas abovedadas y recubiertas de talavera (azulejos) reflejan con sencillez el día a día de aquella lejana época. Dicen que fue en esta cocina donde sor Andrea de la Asunción, monja dominica, inventó el mole poblano.

TERRITORIO INDÍGENA

Vamos más al sur aún, al extremo meridional de este enorme país. Allí está Chiapas, el estado «más» de México. El más indígena, el más pobre, el más olvidado, el de mayor índice de analfabetismo, pero también el más rico en cultura autóctona, el más selvático, el más interesante para viajeros comprometidos y el más enigmático de todos.

Aunque muy pocos lo sepan, su capital es Tuxtla Gutiérrez, una ciudad anodina para los viajeros, que prefieren seguir avanzando hasta San Cristóbal de las Casas, el epicentro turístico del estado. San Cristóbal ocupa una altiplanicie encapsulada entre altas montañas de vegetación tropical en el valle de Jovel.

El paisaje reseco de cactus y lagartos de la llanura de Tuxtla va dejando paso al verdor de los bosques de coníferas de los cerros chiapanecos conforme se sube por la autopista hacia San Cristóbal. En los claros de foresta aparecen poblados indígenas con chozas de adobe y techo de uralita, mientras que las bananeras y las palmeras cimbrean en unas huertas paupérrimas.

Fundada por Diego de Mazariegos en 1528, San Cristóbal es hoy una hermosa ciudad de aire colonial con unos 130.000 habitantes y planimetrías rectangulares. Sus calles empedradas con casitas de planta baja y tejado rojo están salpimentadas por multitud de capillas y templos barrocos.

La plaza principal es el Zócalo, epicentro emocional de esta urbe de ritmo pausado y calores tropicales. A ella da la catedral, que fue sede episcopal del padre Bartolomé de las Casas. Al otro lado de la plaza se levanta el antiguo palacio del gobernador Diego de Mazariegos, hoy reconvertido en hotel. Un tercer lado lo cubre el palacio Municipal, sede del Gobierno del Estado hasta el traslado de la capital a Tuxtla Gutiérrez en 1892. Funciona también a diario un mercado de artesanías en torno a la iglesia de Santo Domingo, aunque para los buscadores compulsivos de objetos étnicos es recomendable un circuito por algunos de los pueblos y aldeas cercanos en estas tierras altas de San Cristóbal. De Ocosingo, por ejemplo, son famosos los quesos. De Amatenango del Valle, las cerámicas. En San Lorenzo Zinacantán se han especializado en el cultivo de flores.

Si algo caracteriza a Chiapas es la fuerte presencia indígena. Un millón de nativos tzetzales, tzotziles, tojolabales, mames, choles y otra docena de etnias más viven en torno a San Cristóbal de las Casas. Forman la comunidad indígena más grande de Centroamérica. No es extraño por tanto que las calles de la ciudad estén tomadas por mujeres indígenas de largas trenzas negras y aldeanos con túnicas blancas que bajan de los cerros para vender sus productos en el mercado de la ciudad.

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Visita imprescindible de Chiapas por su iglesia de San Juan Bautista, mezcla de tradición cristiana y prehispánica.

RANCISCO MORALES / AGE FOTOSTOCK

Si tienes tiempo para visitar solo una de ellas, te recomiendo la pequeña aldea San Juan de Chamula, centro administrativo y religioso de esta comunidad de origen maya del grupo lingüístico de los tzotziles, que ronda los 15.000 miembros. La visita al mercado e iglesia de San Juan es un clásico en todas las rutas turísticas, pero no se parece en nada a cualquier otra de esas visitas folclóricas que se organizan a pseudopoblados indígenas a lo largo del globo terráqueo. En Chamula todo es diferente y no siempre afectuoso.

Chiapas es también uno de los estados con mayor biodiversidad y riqueza forestal de México. En las Tierras Altas se puede visitar la Reserva Ecológica Huitepec, entre San Cristóbal y San Juan Chamula, con un sendero que recorre un bosque lluvioso de robles cuyos troncos están colonizados por orquídeas, musgos, helechos y líquenes. La laguna Miramar, a unos 130 km de Ocosingo ofrece un entorno selvático en el que viven jaguares, tapires y varias especies de monos.

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Este lugar idílico se halla próximo a las ruinas mayas de Palenque. El agua cae por escalones calcáreos y forma albercas color turquesa rodeadas de selva.

FERRANTRAITE / GETTYIMAGES

Al este, en la frontera con Guatemala se localiza la selva Lacandona, la gran mancha verde chiapaneca, una unidad geográfica con el bosque tropical del norte de Guatemala, Belice y el Yucatán que juega un papel clave en el clima y el medio ambiente de la región.

Entre Ciudad de México y la selva Lacandona –es decir, de los restaurantes de lujo de Reforma a una aldea de Ocosingo– se extienden mil kilómetros de distancia y también mil años en el tiempo. México es un país enorme y extremadamente diverso en paisajes y culturas, imposible de conocer y comprender en una vida. Esta ruta puede considerarse solo una pincelada entre dos de sus extremos más fascinantes.

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