Jroña qué jroña

Samos en ocho sorpresas griegas

Esta isla del Egeo guarda monasterios centenarios, calas idílicas y pueblos tranquilos en las montañas del interior.

Las islas griegas son tantas y tan diversas que cualquiera puede encontrar su lugar en ellas. Playas, arqueología y leyendas son ingredientes que se combinan en todas, en distintas proporciones. Así sucede en Samos, una de las islas que conforman las Egeas del Norte, que destaca por sus interiores escarpados y frondosos, sus saltos de agua y un número contenido de visitantes. Situada a menos de dos kilómetros de la península de Anatolia, desde antiguo ha disfrutado y sufrido por ser un canal de comunicación privilegiado con Asia. Estuvo bajo la influencia de los persas, del imperio bizantino y del turco en distintos momentos de su historia hasta ser incorporada definitivamente a Grecia en el año 1913.

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El turquesa como compañero de viaje

Si trazamos desde Atenas una línea recta hacia el este llegaremos a Vathi, la capital de Samos. Ese es exactamente el rumbo que sigue el avión que se dirige al pequeño aeropuerto de la isla. Desde lo alto, las cadenas montañosas destacan en el corazón de una isla de casi 477 km2, es decir, cien menos que Ibiza. El perfil abrupto se ve salpicado por pueblos de tamaño reducido en el interior, mientras que en la costa dibuja calas protegidas que, en realidad, son llanuras que se estiran hasta el mar. Cuando el avión encara la pista de aterrizaje se puede ver la mayor de todas: Kampos Choras, una ensenada curva situada en el sur, cuyas orillas suaves la convirtieron en un punto de desembarco predilecto en el pasado.

Foto: Istock

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Paseos adoquinados

Una vez en Vathi es fácil apreciar cómo la ciudad antigua, Ano Vathi, se construyó abrazando una bahía con forma de herradura perfecta. Sus calles estrechas y adoquinadas esconden casas de estilo neoclásico y otras de corte veneciano que han ido colonizando las colinas de los alrededores, formando terrazas a distintos niveles donde apetece sentarse a tomar un café o simplemente recuperar el resuello disfrutando de la vista.

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El imponente 'kourós'

Escondido en una de esas calles se halla el Museo Arqueológico, de visita obligada, aunque solo sea para ver la mayor escultura exenta de un kourós que ha sobrevivido hasta nuestros días. La figura de mármol tiene más de cinco metros de alto y proviene de Heraion, el santuario de Hera que se localiza en Kampos Choras, en el sur de la isla, a solo 6 km de la capital. Según la tradición, la esposa de Zeus nació aquí, a la sombra de una mimbrera. Las obras principales las ejecutó el arquitecto Roicos, pero los terremotos o quizás un incendio derribaron parte de los trabajos, que retomó su hijo Teodoro. Nunca se llegó a terminar el gigantesco templo proyectado, así que una porción de estas ruinas ya se veían así en la Antigüedad.

Foto: Istock

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El puerto de Pitágoras

La reconstrucción del templo de Hera fue encargada por el tirano Polícrates en el siglo VI a.C., la época de oro de Samos. Del mismo momento histórico data el cercano Túnel de Evpalinos (VI a.C.), en realidad un acueducto de más de un kilómetro de largo que garantizaba el suministro de agua desde la fuente situada en el monte Ampelos (1.140 m). Los cálculos que realizó Eupalino fueron tan precisos que, aunque eran dos los equipos de obreros que trabajaban desde lados distintos de la montaña, se encontraron en medio sin margen de error. Y es que algo tiene Samos con los matemáticos, porque aquí nació Pitágoras. En su honor el mayor puerto antiguo de la isla fue bautizado como Pitagoreo. Lo encontramos frente a una de las salidas del túnel, sin dejar la costa sur, y es Patrimonio de la Humanidad junto con el yacimiento de Heraion. 

Foto: Istock

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Un pasado con identidad

Pitagoreo tiene encanto e historia. En un extremo asoma la mansión fortificada de Lykourgos Logothetis, héroe local que lideró una batalla decisiva contra los turcos el año 1824. Justo al lado se alza la iglesia de Matamorfosis, que se construyó para conmemorar la victoria, mientras que de las murallas que protegían el puerto y la ciudad solo quedan algunos restos en lo alto del monte Ampelos y en Glyfada, un lago que en el pasado fue parte de la dársena comercial.

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Arte ortodoxo

Hacia el oeste y lejos del mar, aparecen carreteras veteadas de bosques, entre cuyas ramas asoman las aguas del Egeo. Solo veinte minutos al volante conducen a las puertas de Moni Megalis Panagias, un monasterio que se construyó sobre los restos de un templo anterior dedicado a Artemisa. El motivo para venir hasta aquí no es otro que el de ver sus famosos frescos, los más bellos de Samos.

Foto: Istock

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Leyendas entre montañas

La exploración de la isla prosigue siempre hacia el oeste, por vías que se van haciendo cada vez más angostas y bacheadas hasta alcanzar el monte Kérkis (1.437 m), el segundo más alto del Egeo. Esta atalaya situada en el extremo de la isla es de origen volcánico, y en otras épocas era habitada por ermitaños. Las hogueras que encendían en sus cuevas fueron interpretadas por los marineros supersticiosos como el brillo de los espíritus.

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Una imagen para la memoria

Para evitar a los fantasmas hay que desplazarse hacia el norte por carreteras secundarias que insisten en terminar en calas perdidas, como la de Potami. Mi destino es Karlóvasi, la segunda ciudad en importancia de Samos, que se hizo rica gracias a los peleteros y curtidores entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. De aquella época datan las mansiones de Neo Karlovasi, pero es el puerto de Limin el que concentra las miradas al atardecer. Mañana viajaré hasta Kokkari para concluir este viaje circular. La visión de sus casas arracimadas sobre una península, rodeada de verdes montañas por un lado y de un mar turquesa por el otro, no deja indiferente a nadie.

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