Una primavera eterna

La Región de Murcia en sus paisajes más insólitos

Una ruta por enclaves históricos, paisajes rurales, campos de cultivo y un litoral fascinante que recorre Murcia más allá de su capital.

Hay un lugar donde el invierno dura un suspiro y la primavera invade con descaro la parcela de estaciones vecinas: la Región de Murcia. Recuerdo que durante años solo sacaba del armario alguna chaqueta en noviembre, cuando tenía que viajar al norte de la Península, porque en mi Murcia natal ¡aún quedaba estío hasta casi Navidad!

Y el caso es que en enero resulta fácil encontrar nieve en Revolcadores (2014 m), la cima de la región, y en las sierras de Moratalla, la esquina verde y montañosa de una tierra donde el agua en superficie es el mayor de los lujos.

 
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Moratalla shutterstock. Moratalla

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Moratalla y su naturalidad

Formada por varias serranías (Los Álamos, La Muela, Cerro de los Frailes), la comarca de Moratalla es uno de los parajes naturales más interesantes de Murcia. Alberga grandes masas forestales, aunque sea de coníferas repobladas, cumbres que en invierno blanquean durante días, un río –el Benamor– con caudal permanente todo el año y rincones olvidados que enamoran. Es el caso del Campo de San Juan, un altiplano todavía habitado, con extensos campos de cereal y especialmente recomendable de visitar en primavera, cuando toda la llanura se cubre de flores; o en otoño, cuando los chopos y nogales se visten de brillos dorados. O la aldea de Benizar, la antigua Abenayzor árabe, que conserva los restos de un imponente fortín encaramado a una peña.

iStock-915365710. Belleza serrana

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En plena serranía

No debe dolerle a nadie si digo que, en general y como en tantos otros lugares de España, la modernidad arrasó la arquitectura tradicional de la mayoría de pueblos de Murcia. Uno de los que mejor pasaron ese trago fue precisamente Moratalla, que luce aún una estampa de pueblo serrano de cal y adobe apiñado en torno a la iglesia de la Asunción y la única torre que sobrevivió del castillo.

 
iStock-1221258622. Bellezas rurales

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Bellezas rurales

Bellos son también los cascos históricos de otras dos localidades de esta comarca del Noroeste: Caravaca y Cehegín. Caravaca preserva un casco antiguo de electrocardiograma peatonal y pausado. La fortaleza de Caravaca, con sus 14 torreones y su solitaria puerta, encierra el santuario de la Vera Cruz, un edificio barroco de mármol rojo levantado para venerar la cruz de cuatro brazos. En 1998 se convirtió en una de las ocho ciudades santas del cristianismo a las que una bula papal les da derecho a celebrar Año Jubilar. Muy cerca de Caravaca, a apenas 7 km de distancia, las calles medievales del viejo Cehegín conforman uno de los entornos urbanos más agradables de toda la región. Un mar de tejas morunas y tabiques de cal y mampostería, apiñado en lo alto del cerro del Puntarrón (379 m).

Un poco más al sur, hay que programar también parada en Mula, otra villa histórica, con una notable superposición de viejo urbanismo medieval y caserones dieciochescos. Basta caminar por los barrios altos del pueblo para imaginar lo que sería la villa musulmana de callejuelas estrechas y casas de adobe pegadas a los últimos roquedos en torno a la fortaleza de los Vélez, uno de los mejores castillos de Murcia, que domina desde un risco toda la vega del río Mula.

 
shutterstock 366513071ValleRicote. Valle de Ricote

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Oriente Medio cae al otro lado del Segura

Pero si hay un lugar en la provincia de Murcia que define, en mi opinión, este paisaje de huertas, acequias, azarbes y almunias que asociamos a la Murcia huertana es el encantador valle de Ricote. 

Se conoce como valle de Ricote a un tramo medio del cauce del río Segura, aproximadamente entre Archena y Cieza, donde la impronta morisca lo domina todo: las costumbres, la historia, las técnicas de cultivo… Hasta el paisaje, más próximo a Oriente Medio que al continente europeo, parece beber de aquellos remotos días en que los moriscos del reino de Murcia pudieron vivir en paz cultivando sus tierras en esta zona del Segura. Ricote se convirtió en uno de los últimos reductos de la cultura agrícola hispanomusulmana hasta la expulsión de los conversos en 1614. De esa presencia tardía nos han quedado sistemas de regadío y un sinfín de vocablos de raíz árabe que salpican la jerga local. 

 
shutterstock 1784292623Cieza. El infinito huerto

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El infinito huerto

Junto a la antigua carretera entre Cieza y Archena, siempre pegada al río, los bancales se suceden milimétricamente surcados por tal infinidad de sendas y veredas que hay que nacer huertano para no perderse por ellas. Hay judías y tomates, habas, pimientos, albaricoques, melocotones, naranjos y limoneros, álamos, higueras y palmeras, muchas palmeras, y una mesnada de casuchas desperdigadas por toda la vega sin que realmente se sepa dónde acaba una pedanía y dónde empieza la otra. Hay también silencio y una luz intensa y fresca que sacude los sentidos cuando se camina por las veredas.

 
iStock-1190451009. Aires manchegos

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Aires manchegos

En el otro extremo de la región aparece un paisaje bien distinto: el de los viñedos que se alinean pulcramente sobre un suelo tan seco y tan calizo que parece hecho aposta para la uva monastrell. Vamos en busca de Yecla y Jumilla, las dos referencias del Altiplano murciano. Una tierra de transición, más manchega que levantina, donde gracias a las nuevas técnicas enológicas y al mimo empresarial se ha conseguido que aquellos vinos fuertes y peleones de antaño deriven en caldos mucho más suaves y elaborados, algunos de los cuales han logrado situarse entre los más cotizados de España.

iStock-1253648489. Esplendor barroco

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Esplendor barroco

¿Y qué hay de la capital? Pues rodeada aún por algo de lo que fue su famosa huerta, la ciudad de Murcia demandaría por sí sola varios días para conocerla. Tiene un vivo pulso cultural y un movido ambiente nocturno gracias a su condición de gran centro universitario. El barroco, que emerge por todos los rincones, el sonido de las campanas y los aromas a azahar que desprenden los naranjos de los jardines son otras de sus señas de identidad. Pero sobre todo destaca su catedral, un compendio arquitectónico que resume más de 600 años de Historia del Arte: barroco mediterráneo en su magistral fachada principal, gótico en su altiva nave central, renacentista en la capilla del Junterón y estilo manuelino en la famosa capilla de Los Vélez. 

 

En Murcia capital hay que disfrutar además del tapeo, por ejemplo, en el triángulo mágico para el aperitivo de las mañanas que forman las plazas de San Pedro, de las Flores y Santa Catalina. Y visitar el Museo Salzillo, dedicado al escultor de imaginería barroca Francisco Salzillo. Y deambular sin prisa por Trapería, Platería y sus aledaños, donde aún pervive la planimetría urbana medieval. 

 
shutterstock 1668272032Calblanque. Un litoral salvaje

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Un litoral salvaje

Hay otra parte de la región con un carácter, una luz y una personalidad bien diferentes al interior: la costa. Hablar de la costa de Murcia es para una inmensa mayoría hablar de La Manga y del Mar Menor. Pero muy pocos viajeros saben que la Región de Murcia posee uno de los trozos más intactos del litoral mediterráneo español. Esta porción de costa se enmarca entre los cabos de Palos y Cope, está plagada de acantilados y tiene calas a las que solo se accede por mar, así como larguísimas playas de arena dorada, algunas declaradas parque regional, como todo el conjunto de Calblanque, que además incluye las salinas de Rasall, unas marismas frecuentadas por aves migratorias. O la zona de Calnegre, entre Mazarrón y Águilas, donde por increíble que parezca existen todavía kilómetros y kilómetros de playas sin urbanizar.

La zona más abrupta de este paisaje costero corresponde al término de Cartagena. La silueta de los molinetes de viejas explotaciones mineras y las montañas de ganga y escoria de mil tonalidades ocres arrancadas a la tierra desde época romana dominan aquí unos parajes solitarios, de calas nudistas y atardeceres sangrientos de brea y sal. 

 
GettyImages-829771620TeatroRomanoCartagena. Esplendor romano

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Esplendor romano

Cartagena es la gran referencia histórica de la región, una ciudad con tres mil años de existencia, el puerto natural más seguro del Mediterráneo. Capas y capas de cultura se amontonan bajo sus edificios modernistas. Si se rasca un poco en la epidermis urbana y aparece una calle romana, un lienzo de muralla bizantina, una evidencia visigoda o un pozo árabe. 

Una ingente inversión pública ha transformado la ciudad, que sufrió como pocas la reconversión industrial de los años 80, poniendo en valor su patrimonio. En especial, el Teatro romano, el gran reclamo turístico de Carthago Nova. Permaneció durante siglos oculto bajo el centro urbano hasta que en 1988, de casualidad al excavar los cimientos de una nueva edificación, aparecieron evidencias de ese gran espacio escénico que toda ciudad romana de relevancia tenía, pero que nadie había sabido localizar hasta ese momento en Cartagena.  

 
iStock-1158607889. Paraíso submarinista

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Paraíso submarinista

Cuando la temperatura del agua lo permita, hay que bucear en alguna de las dos reservas marinas murcianas, la de Cabo Palos-Islas Hormigas y la más reciente del Cabo Tiñoso. Yo me inicié como submarinista en los bajos de Cabo de Palos-islas Hormigas, a muy pocos kilómetros de Cartagena, y siempre supe que mi amor por esa actividad tenía mucho que ver con las excelencias submarinas de este lugar de paso estratégico en la navegación del Mediterráneo. 

Las aguas de esta reserva acogen una cadena de bajíos submarinos, que no son más que las últimas elevaciones de las sierras subbéticas pero que se quedan unos cuatro o cinco metros por debajo de la superficie del mar. Estos bajíos forman uno de los ecosistemas de vida marina más generosos de la costa española, además de un inmenso cementerio de barcos que a lo largo de la historia rasgaron su casco en estas traicioneras puntas de roca.

La Reserva Marina del Cabo Tiñoso, un espolón con acantilados de más de 200 m de alto que se interna en el mar entre las bahías de Cartagena y Mazarrón, conserva otro pedazo de litoral intacto y aún sin construir de Murcia. Se puede visitar desde Cartagena, siguiendo la antigua carretera a Mazarrón por Canteras e Isla Plana hasta alcanzar el desvío al cabo Tiñoso. Buena parte de sus valores paisajísticos y medioambientales se deben a que durante años fue zona militar y no estaba permitido acceder a él.

 
iStock-814316958. Lorca, la ciudad del sol

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Lorca, la ciudad del sol

La denominada Ciudad del Sol es otra de las etapas monumentales de la región, además de enclave estratégico en las comunicaciones con la costa de Andalucía. Donde mejor ha quedado grabado el esplendor de Lorca es en las piedras añejas de la plaza de España. En la esquina de las calles Pío XII y Lope Gisbert, se halla el Casino, un ecléctico edificio de 1885, con una sala de baile de 1916. Entre las muchas mansiones solariegas del centro, destaca la de los Moreno, que ahora alberga el Museo Arqueológico, o el Palacio de los Guevara, la mejor obra de la arquitectura civil barroca murciana. 

El conjunto lo preside la sólida figura de la iglesia de San Patricio, puro barroco murciano; el otro lado de la plaza lo cierran el palacio del Corregidor, que alberga ahora los juzgados, y el Pósito, el antiguo almacén de grano.

 
iStock-818399532. De castillo a parador

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De castillo a parador

El castillo, hoy reconvertido en Parador de Turismo, perteneció a la línea fronteriza cristiana que vigilaba el límite con el vecino reino nazarí de Almería y Granada. En su torre Alfonsina, mandada construir por el rey Alfonso X el Sabio en el siglo xiii, se dice que estuvo alojado Boabdil el Chico.

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