Más allá de las fábricas

República Checa en plan industrial

Desde una mina o una fábrica de coches hasta antigua planta de tratamiento de agua. La revolución del turismo industrial acaba de comenzar.

La industria, en su concepto más amplío, forma parte de los inicios de la historia de la República Checa y de su configuración como país. Su estructura, bajo este prisma, ocupa prácticamente un tercio de la población; un hecho que desde el punto de vista turístico le está sirviendo para crear un nuevo concepto de viajes que nada tiene que ver con lo ya conocido. Hay vida más allá de los museos convencionales, de los gastronómicos, de las catedrales y de los barrios de moda. El turismo industrial es cultura pero sobre todo es historia y permite al visitante vivir experiencias que de otra forma no podría hacerlo. ¡Larga vida a la industria!

 

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Stará Cistírna

Interior de una tubería de la planta de tratamiento de agua © Lucía Díaz Madurga

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PASEAR ENTRE TUBERÍAS

A las afueras de Praga, una vez que se cruza el río, se llega a una pequeña isla donde se encuentra la antigua planta de tratamiento de agua de la ciudad. Un edificio histórico de estilo industrial de ladrillo visto, construido entre 1901 y 1906, que es tan bonito por fuera como por dentro. La planta estuvo en funcionamiento hasta el año 1967, momento en el cual se decidió crear una más moderna dejando semi-abandonada la vieja por falta de dinero para destruirla.

Por suerte, años después, su valor cultural e histórico se ha hecho valer haciendo que, pasear por los inmensos y largos túneles por los que hace tan sólo unas décadas corría el agua de la ciudad, sea toda una experiencia. Igual de impactante es saber cómo llega el agua hasta las casas, cómo se limpiaba o se trataba tiempo atrás. Y todo ello se aprende cruzando por el interior de una tubería de dos metros de alto, surcando en ferry el tanque de sedimentación subterráneo o descubriendo la maquinaria con la que antiguamente transportaban y distribuían el agua a toda una ciudad. Por su valor crucial en la historia, desde el año 2010, este espacio fue declarado punto de referencia histórico y en 2016 incluido dentro de los espacios a visitar de la Ruta Europea del Patrimonio Industrial.

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Coches clásicos © Museo Škoda Auto

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UN COCHE AL MINUTO

A cuarenta y cinco minutos de Praga, la ciudad de Mladá Boleslav se dedica prácticamente a un único proyecto: la fábrica de coches más conocida de la República Checa, Škoda. Allí la mitad de la población trabaja en la fábrica y la otra mitad, en las que la rodean proveyendo de los materiales necesarios para el montaje de cada uno de sus coches. No todo el mundo tiene la oportunidad de conocer desde dentro cómo funciona una fábrica de coches ni, sobre todo, ver cómo los montan pieza a pieza. Y eso en Škoda es posible, desde su comienzo cortando la chapa con la que hacen cada una de las puertas hasta que el coche se va al circuito de prueba de ruedas.

Lo interesante de la visita a Škoda radica sobre dos pilares: por una parte, el montaje de un auto desde cero y, por otra, su museo. En esta última se puede conocer su historia desde que en 1895 Václav Klement y Václav Laurin se unen para crear una empresa que fabrique bicicletas, que están allí colocadas. O el parón que hacen en la producción de coches durante la II Guerra Mundial para crear componentes de tanques militares. Tampoco falta la colección de coches que han ido sacando año a año, sus deportivos más exclusivos, los coches de rally y hasta prototipos que nunca llegaron a venderse. Una historia que comienza con la creación de una bicicleta y que se puede seguir de forma lineal en el recorrido que tienen a lo largo de toda su exposición.

La fabricación de automóviles está en el edificio colindante, lo que ellos llaman la ‘ciudad’. Que no es más que la fábrica, propiamente dicha, pero que con sus 220 hectáreas ocupa un cuarto de Mladá Boleslav. En su interior se ve cómo se crea un coche desde cero. Una experiencia que deja alucinando a cualquiera que sea capaz de atisbar el número de componentes que tiene un coche. Y es que, en cada línea de montaje -de la que sale un coche cada minuto y diez segundos-, hay 1650 personas trabajando a la vez. Aquí no se utilizan máquinas, no hay robots. Y se trabaja 24 horas los 365 días al año (también si es bisiesto). Si se acude, calculen cuántos coches han salido de allí rodando y listos para encontrar dueño en el tiempo que visitan la fábrica.

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Entrada al recorrido por el subsuelo de Plzen © Lucía Díaz Madurga

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LA VIDA EN EL SUBSUELO

Aunque las ciudades de la actualidad no cuentan con entramados subterráneos, hace cientos de años el subsuelo estaba lleno de ellos. Hasta el punto de que la ciudad de Plzen, a una hora de la capital de la República Checa, cuenta con un recorrido de 19 kilómetros de longitud que se puede visitar. Esta ciudad tiene bajo sus calles y edificios un laberinto de pasillos, corredores, sótanos, molinos de agua y pozos medievales del siglo XIV -y los artilugios y herramientas que se han ido encontrando en ellos-, que hacen presenciar que hace cientos de años allí mismo hubo una sociedad que los habitaba. Espacios que hacían de sótanos, de despensa y almacenaje, de protección en caso de ataque, pero que también funcionaban como lugares clandestinos para fabricar vino o beber cerveza.

La entrada al recorrido de subterráneo de Plzen se hace por el Museo de la Cerveza, localizada en una antigua cervecería de la Edad Media, que teletransporta al visitante siglos atrás. Un espacio perfecto a su vez para conocer de primera mano y en la clandestinidad de su subsuelo el relato de la producción cervecera de antaño cuando el zumo de cebada no era una bebida sino que era el alimento con el que nutrirse (y calentarse).

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Área de soplado del cristal de Bohemia © Lucía Díaz Madurga

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LA ARTESANÍA MÁS CARA

De ámbito industrial es también la visita a la fábrica de uno de los souvenirs más caros que existen -si uno se los puede permitir-, el cristal de Bohemia. En la conocida ciudad Karlovy Vary, a dos horas del centro de Praga, se encuentra una de las cristalerías más importantes y antiguas de la República Checa, Moser. Un espacio que permite al visitante conocer todo el proceso de la creación de su cristal, desde que tan sólo es una mezcla de polvo de diferentes minerales hasta que se talla.

La visita comienza con una explicación sobre los materiales que se necesitan para hacer este cristal -eso sí, sin cantidades precisas para que nadie pueda copiarles la “receta”-. Le sigue una de las paradas más sorprendentes, el taller de soplado en el que el cristal, en un rojo candente, toma forma gracias al saber hacer de sus artesanos. Tampoco se queda corto el paseo por las instalaciones de calidad, en donde decenas de mujeres analizan pieza a pieza, si cada una de las creaciones son meritorias de seguir en su línea de producción. Una vez descartado lo que no es perfecto, se pasa al edificio colindante, al que llegan las creaciones más exclusivas. Allí, a través de la técnica del grabado o del tallado que llevan a cabo auténticos maestros de la artesanía, se dibujan auténticas obras de arte sobre el cristal. Un recorrido que permite al visitante ver de cerca el proceso de creación de piezas tan exclusivas como esas y, sobre todo, entender el por qué de sus precios.

iStock-1183215793. Ostrava

Ostrava © iStock

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RODEADA DE CHIMENEAS DE LADRILLO

Ostrava mola. En sí misma, Ostrava es en todo su conjunto el descubrimiento industrial de la República Checa. Es cierto que está más cerca de Cracovia que de Praga pero su visita, cuando se acude a cualquiera de los dos países, merece la pena. Esta ciudad ha jugado siempre un papel fundamental dentro del área de la metalurgia y la minería. De ahí que, sus antiguas instalaciones de la mina Michal y la siderúrgica Dolní Vitkovice hayan vuelto a la vida para albergar un espacio cultural que se dedica al ocio, la música y la cultura de sus habitantes. Tampoco se queda atrás el auditorio que acoge The Gong, un antiguo gasómetro que, en función del día de la semana, se transformar en cine, auditorio, sala de conciertos o teatro.

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Entrada a la mina de Svornost © Lucía Díaz Madurga

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ENTRE URANIO Y RADIO

La ciudad de Jáchymov, localizada en plena montaña y colindando con la frontera alemana, fue una de las ciudades mineras más importantes de la República Checa. En el siglo XVI se hizo famosa por su extracción, primero de plata y más tarde de plomo, arsénico, cobalto, níquel y estaño. Sin mencionar los descubrimientos que se hicieron allí en 1898: polonio y radio. Un hallazgo que les llevó, desde finales de la década de 1940, a la extracción masiva de uranio para el programa de armas de la URSS, convirtiendo la mina de Svornost en un campo de trabajo forzado para más de 300 presos políticos durante el régimen comunista. Esta mina, con un corredor lateral de 230 metros de largo, está abierta al público desde el año 2006 para dar a conocer una parte de la historia de lo que ocurrió en su interior además de tener la oportunidad de acceder de primera mano a una mina como esta.

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