La Grande Bellezza

Roma: Luces y sombras de la Ciudad Eterna

Como escribía Goethe en 1786, Roma es una ciudad en que todo es grandioso: la luminosidad y la quietud, la magnificencia y también la decadencia.

Porque, desde la Antigüedad, la Ciudad Eterna inmortalizada por pintores, escritores, poetas y cineastas de distintas épocas, reúne en sí muchas contradicciones.

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Rómulo y Remo

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Todo empezó con Rómulo y Remo

Ya en la fundación de Roma, en el año 753 a.C., se produjo el primer acto de violencia: Rómulo mató a su hermano Remo y así consiguió delimitar el asentamiento, raptando después a las mujeres sabinas para que sus pastores pudieran sentar familia y establecerse en una de las siete colinas de Roma, el Palatino. A partir de ese momento Roma ganó cada vez más poder para luego imponerse como caput mundi, la capital de un imperio que se extendía hasta los límites de las tierras entonces conocidas. Con la caída de la Roma imperial, los papas se convirtieron en los verdaderos señores de la ciudad y, durante siglos, Roma se transformó: por un lado edificios solemnes e iglesias triunfales, por otras

 

Trastevere. Luces y sombras...

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Roma, lienzo de contrastes lumínicos

Y esa sombra que durante siglos empernó la vida de Roma es la misma que se admira en las obras de Caravaggio y otros pintores. En 1894, Émile Zola se asombraba por «el horror espantoso de los viejos barrios. (...) El olor mixto a aceite rancio y miseria». Y en la mitad del siglo XX el escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini retrataba a los chicos pobres y callejeros, los ragazzi di vita, en barrios como el Trastevere o en el casco histórico. 

De la Roma de la pobreza hoy queda poco porque esta se ha trasladado hacia las periferias, pero sí sobreviven la magnificencia y el esplendor. El caos también, quizás, otro vestigio de la Roma pasada. Lo que quedan, por cierto, son la luz y las sombras. La luz cristalina del cielo que reverbera en los palacios ocres, escarlatas, anaranjados; las sombras, las que pueden otorgar esos paseos nocturnos por la ciudad que Stendhal adoraba.

 

Coliseo. La luz

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La luz más intensa

Para conocer la luz de Roma, ya sea antigua o moderna, conviene empezar nuestra andadura por el Coliseo o Anfiteatro Flavio. Inaugurado por el emperador Tito en el año 80 d.C., tenía capacidad para acomodar hasta 50.000 espectadores. Como cantaba el poeta ruso y premio Nobel Joseph Brodsky, «en sus ojeras vacías nadan las nubes, memoria de antiguos rebaños». El Coliseo se impregna de luz, sobre todo durante la puesta del sol, cuando el cielo de Roma se tiñe de rosa, morado y escarlata. 

Detrás del Coliseo un paseo por el parque de la colina del Oppio, con sus pinos, encinas y cipreses, permite una de las vistas más bonitas del anfiteatro y de sus alrededores, y esconde en su plácida vegetación las ruinas de las Termas de Trajano y de Tito, así como la Domus Aurea, el grandioso palacio construido por Nerón tras el incendio del 64 d.C. Es allí, además, donde las diferentes generaciones de romanos se encuentran para concederse unos momentos de tranquilidad en la vida frenética de la ciudad: los mayores charlan y debaten, los niños improvisan porterías de fútbol con árboles y pilares de mármol, los adolescentes se besan en los bancos más aislados.

 

Rione de Monti. Barrio...

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El vibrante 'rione' de Monti

Dejando de lado esta bocacalle conocida como vicus scelleratus (callejón infame), se accede al muy concurrido rione de Monti. Lo que antes era un barrio popular y degradado, ahora se ha transformado en uno de los centros del rutilante alboroto nocturno. No resulta díficil mezclarse entre los jóvenes que llenan las calles y que se sientan a charlar en los peldaños de la pequeña fuente renacentista de Piazza della Madonna dei Monti. 

De día Monti convida a perderse con sosiego por sus callejuelas cubiertas de hiedras y glicinas, donde todavía se oyen los ruidos de una Roma más auténtica y genuina. Y Monti invita también a disfrutar de sus tabernas, de sus bares históricos, como I Tre Scalini, y de sus heladerías, como Fatamorgana, en Piazza degli Zingari. Este lugar obtiene el nombre porque fue un área donde antes vivían gitanos, muchos de los cuales fueron deportados durante la Segunda Guerra Mundial. Además, los fines de semana Monti acoge un mercadillo artesanal muy original en Via Leonina 46.

 

Quirinale. Una Roma de película

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Una Roma de farándula

Pasando por la empinada y sugerente Salita del Grillo, donde vivieron, entre otros, el artista Renato Guttuso y el dieciochesco marqués del Grillo, protagonista de la película de Mario Monicelli con el mítico Alberto Sordi, se accede a Via Nazionale y luego al Palazzo del Quirinale. Este último fue concebido como residencia de verano del pontífice y desde 1946 es la residencia del presidente de la República italiana. Forman parte del complejo las Scuderie del Quirinale, antes cocheras y ahora sede de una interesante sala de exposiciones, y la barroca iglesia de Sant’Andrea al Quirinale, que el cardenal Pamphili encargó a un Gian Lorenzo Bernini en plena madurez artística. 

Desde la terraza del Quirinale, de día o de noche y sobre todo al atardecer, se abre una vista maravillosa sobre la Roma renacentista y barroca. Al fondo, majestuosa, sobresale la cúpula de San Pedro, reina de cada postal romana. Es imprescindible luego bajar por Via del Lavatore, a la derecha del Quirinale, y llegar frente a la barroca Fontana di Trevi, inmortalizada en la inolvidable escena de La dolce vita, de Fellini. Es un ritual darle la espalda a la fuente y arrojar una moneda para que un día se pueda regresar a la ciudad. A veces, sin embargo, hay tanta gente que resulta casi imposible ver las estatuas que la componen: hay que madrugar para disfrutar de los colores del amanecer y del manso silencio en compañía de las gaviotas. 

 

Panteón

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Con los cinco sentidos

Desde allí el casco histórico ofrece varias rutas. Roma es tan rica que todas sus calles permiten descubrir rincones impresionantes o monumentos encantadores como la iglesia de Sant’Ignazio di Loyola con su falsa cúpula, el Panteón con las tumbas de los reyes Saboya y de artistas como Raffaello o también el Collegio Romano, ahora sede de un instituto público y antes un complejo jesuita donde Galileo Galilei tuvo que defender encarnizadamente sus ideas. 

Lo importante es alertar los sentidos: perseguir el olor de castañas que se venden en invierno, dejarse cautivar por las melodías de un músico callejero o por el sordo eco de los cascos de los caballos que todavía tiran de algunos carruajes o, con un poco de suerte, dirigirse hacia los lejanos sonidos de las gaitas de unos zampognari, esos músicos pobres que antiguamente descendían a Roma de los pueblecitos de montaña y, ataviados en sus trajes típicos, tocaban las sencillas canciones navideñas. Menuda contradicción debía de producir entonces ver la pobreza de esa gente humilde y la soberbia de la capital. 

 

Piazza di Spagna

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La opulencia romana

Se me ocurre esto mientras paseo por Via del Corso entre boutiques de lujo y talleres artesanales. Y aunque ahora muchos talleres hayan dejado paso a las tiendas globalizadas de luces deslumbrantes, los romanos siguen acudiendo al centro para ir de compras, sobre todo en las semanas previas a la Navidad o en los primeros días de enero. Solamente así, vagando incesamente y cruzando Via del Corso de un lado a otro se puede conocer la Roma barroca y renacentista, la Roma de la ostentación y de las mansiones aristocráticas, que ofrece uno de sus mayores encantos en la ilustre Trinità dei Monti que se alza arriba de la escalinata de Piazza di Spagna.

Allí la Ciudad Eterna se despliega otra vez, enseñando las terrazas verdes de las casas más pudientes y las líneas armónicas de los edificios ocres, coral y blanco que, de noche, la iluminación exalta y matiza. De día, en cambio, después de un breve descanso en el Antico Caffè Greco, cuyas salas vieron circular a grandes personajes, como Schopenhauer, Canova, Gogol o Joyce, llega el momento de continuar la ruta, o las rutas. Se puede optar por la visita a la iglesia de San Luigi dei Francesi, que acoge tres magníficos cuadros de Caravaggio, o entrar en el renacentista Chiostro del Bramante, un claustro pegado a la iglesia de Santa Maria della Pace, donde hay obras de Rafael e interesantes exposiciones de arte. 

 

Piazza Navona

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Bernini vs. Borromini

En Piazza Navona paramos para observar la Fontana dei Fiumi (1652) de Bernini y la iglesia de Sant’Agnese in Agone, obra maestra del barroco. En la construcción de esta última tomó parte el gran rival de Bernini, Francesco Borromini; para burlarse de él, Bernini talló una escultura de la fuente con la mano en alto, como para defenderse de la caída de la iglesia, mientras otra figura esconde su cabeza bajo un velo para no divisar «la horrorosa obra» de Borromini. A partir de 1652 el papa Inocencio X mandó que se inundara la plaza en verano para que desfilaran góndolas y los pobres se olvidaran así de su miseria y del calor asfixiante. Luego se perdió la costumbre y la plaza empezó a acoger el mercadillo de la Epifanía que ha llegado hasta hoy y que, en el siglo XIX, el poeta romano Giuseppe Gioacchino Belli definía como «una compañía, un teatro, una feria, una alegría».

Al sur de Piazza Navona se abre otra plaza famosa por su mercado, Campo dei Fiori, donde en 1600 fue quemado por la Inquisición el librepensador Giordano Bruno. Hoy esta zona bulle de vida, y es posible disfrutar de los colores del mercado y de la vivacidad de las calles, con restaurantes chic y hornos de pan históricos como el de Emma o el de Roscioli, que también es charcutería y resturante. 

 

Tiberina

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La legendaria isla Tiberina

Desde aquí se accede al barrio judío, antes aislado por murallas que poco a poco se fueron derrumbando. El 16 de octubre de 1943, los nazis llevaron a cabo una terrible persecución que acabó con la deportación de más de mil judíos hacia los campos de concentración de Alemania. El Ghetto ha mantenido casi intacta sus tradiciones, con callejones sugerentes en los que todavía se percibe cierta tristeza y asomado al río Tíber, que serpea por toda la ciudad. Su sinagoga de 1874 se enfrenta a la isla Tiberina que, según su antigua vocación terapéutica relacionada con muchas leyendas, acoge el hospital Fatenebenefratelli y también el restaurante Sora Lella, fundado en 1959 por la hermana del gran actor Aldo Fabrizi. 

Al otro lado del río, que la isla Tiberina separa por un breve tramo para que vuelva impetuoso a reunirse más adelante, se intuyen los perfiles del barrio del Trastevere. Este rione comparte con el de Monti su carácter popular y su animada y variada oferta de ocio nocturno. El Trastevere hechiza tanto a los turistas como a los propios romanos con callejuelas que confunden el carmín de las casas, el gris de los adoquines y el verde de las plantas, con palacios menos ampulosos y con sabores, olores, voces y colores que remiten a una Roma más humilde.     

 

Campidoglio

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De regreso a los orígenes

Ha llegado el momento de abandonar esta parte de la ciudad para hundirse otra vez en la Roma más antigua: el Campidoglio, la colina romana del Capitolio, el meollo del poder antiguo y moderno. Su plaza central, diseñada por Miguel Ángel, está presidida por la estatua ecuestre del emperador romano Marco Aurelio. Aquí se encuentran la sede del Ayuntamiento y los Museos Capitolinos, que hospedan auténticos tesoros, como la estatua de Luperca –aún no se ha datado con exactitud–, la loba que amamantó a los futuros fundadores de Roma, Rómulo y Remo. 

En la plaza del Campidoglio se tendrá quizá la ocasión de asistir a una boda exuberante. ¡Qué magnífico contraste entre la cultura de siglos concentrada en los museos y la frivolidad de los trajes llamativos! Al otro lado de la colina, se disfruta de otra vista romántica al Foro Romano, con el Arco de Settimio Severo, la basílica Giulia y la Curia, sede del senado de la Roma republicana, y el monte Palatino como fondo.

 

Foros imperiales

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La ciudad eterna más imperial

Junto al balcón que propicia ese soberbio paisaje, arranca una cuesta que desemboca en los Foros Imperiales. Allí, por la noche, Roma ofrece otro panorama espectacular, de luz y sombra: la Columna Trajana, los rojos y semicirculares Mercados de Trajano, y detrás de estos, la imponente construcción en toba de la Torre de las Milicias, una de las múltiples torres medievales que defendían a los señores de los frecuentes ataques de rivales y menesterosos hambrientos. 

Y como pasa a menudo en la Ciudad Eterna, que se transformó aglutinando leyendas, confundiendo restos, amalgamando culturas y tiempos, una leyenda inverosímil cuenta que a esa torre subió Nerón un día oscuro del 64 d.C. y que, mientras cantaba y tocaba la cetra, contempló con deleite desde allí las llamas que destruyeron parte de la Roma antigua. Afortunadamente la histórica Torre delle Milizie protagoniza otra leyenda mucho más sugerente e ilusionante. Según se cuenta, el divo Augusto, el poderoso emperador de Roma, dormiría desde hace siglos debajo de ella, en las sombras, en el interior de un suntuoso palacio hipogeo, para un día volver a aparecer asomándose desde la solemne torre para asombro de todo el mundo. Ese mismo día Roma volverá a resplandecer en todo su fulgor, en un nuevo amanecer de vívidos colores. 

 

Coliseo

Roma: Luces y sombras de la Ciudad Eterna

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