Reina mora

La ruta del califato de descubrimiento en descubrimiento

O lo que es lo mismo: un viaje de Córdoba a Granada a través de la herencia andalusí más arrebatadora.

Comenzar oyendo las fuentes de la Mezquita de Córdoba y terminar entre los surtidores de la Alhambra de Granada. El viaje desde la capital del califato omeya a la capital del reino nazarí recorre siete siglos de historia a través de un paisaje de viñas y olivos, castillos de frontera y blancos caseríos con iglesias erigidas sobre mezquitas.

Así se podría resumir la Ruta del Califato, uno de los itinerarios culturales europeos incluidos dentro del legado andalusí. Con cerca de 200 km, cruza el corazón de Andalucía y recorre las provincias de Córdoba, Jaén y Granada mostrando asombrosos pueblos que se salen de las carreteras principales. La ruta se inicia en Córdoba y concluye en Granada, que simbolizan el poderío del califato omeya y la decadencia del reino nazarí.

La Ruta del Califato se abre en dos itinerarios, el del sur y el del norte, que se unen luego al llegar a Alcalá la Real para alcanzar Granada como uno solo. En el camino aguardan antiguas fortalezas y palacios renacentistas rodeados de bodegas y olivares, además de entornos naturales como el Parque Natural de las Sierras Subbéticas Cordobesas, la Sierra de Moclín, Sierra Elvira y el Parque Natural de la Sierra de Huétor.

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Mequita Cordoba. La Nueva York de la Edad Media

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La Nueva York de la Edad Media

Este sueño arranca en la que fue una de las grandes capitales culturales de la Edad Media: Córdoba. A principios del siglo xii esta ciudad vio nacer a sabios como el científico y filósofo Averroes (Abu al Walid Muhammad ibn Rusd) o al rabino y médico Maimónides (Moisès ben Maimon). Un lugar que fue un refugio del conocimiento y que llegó a tener una biblioteca con 400.000 volúmenes recopilada por el califa al-Hakam.

iStock-477134224. Simetría bicolor

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Simetría bicolor

Uno de los grandes ejes del viaje es la Mezquita, hoy Catedral, ejemplo fabuloso de sincretismo. Dentro del templo cristiano es posible contemplar el mihrab del antiguo templo musulmán, el bosque de arcos de herradura bicolor o el patio de abluciones que en la actualidad acoge el hermoso Patio de los Naranjos. Allí resuena el borboteo de la Fuente de Santa María y la del Cinamomo, que invitan a cerrar los ojos y concentrarse en los intensos sonidos del agua.

Alcazares Cordoba. Ciudad de agua

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Ciudad de agua

No muy lejos de la Mezquita-Catedral, las aguas del Guadalquivir chocan contra los pilares del antiguo puente romano, mientras las cercanas acequias y aljibes aún nutren antiguos baños árabes como los del Alcázar califal o el de Santa María, en el barrio de la antigua judería. La ciudad llegó a tener 600 baños en el siglo xi, un signo de prosperidad en aquellos tiempos.

Medina Azahara. La ciudad del Abd-Al-Rahmán III

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La ciudad del Abd-Al-Rahmán III

A unos 8 km de Córdoba se encuentran las ruinas de la ciudad palatina de Medina Azahara, construida por Abd al-Rahmán III. Esta fabulosa medina acogía la corte pero solo se mantuvo en pie algo más de setenta años porque fue arrasada en las guerras civiles que acabaron con el califato. Al pasear entre las ruinas se tiene una sensación de fragilidad y espejismos. Las crónicas cuentan que las embajadas quedaban deslumbradas por el lujo exquisito de los salones del palacio, levantados sobre mármoles rosas y verdes que llegaban de Cartago y de Túnez.

iStock-473295654. Entre olivos

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Entre olivos

Nos adentramos en la campiña cordobesa, siguiendo el curso de ríos color aceite y un horizonte de castillos y torres-vigía pespunteados en el paisaje. Al atardecer, cuando se confunden las luces, aún se adivinan las sombras de antiguos soldados que recorren los caminos de guardia en este territorio fronterizo donde cristianos y musulmanes batallaron durante siglos. Aquí suenan los versos del Romancero viejo con historias de reyes moros que perdían sus tierras y que lloraban desconsolados como en la canción del poeta Juan del Encina (1468-1529).

El primer pueblo que aparece en la rama sur de la ruta es Fernán Núñez, donde ya se descubren las cuestas características de estos pueblos levantados sobre cerros y riscos. También el paisaje de molinos de aceite, lagares y bodegas que se prodigan por estas tierras.

shutterstock 1565435974. Fortalezas y viñedos

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Fortalezas y viñedos

El cercano pueblo de Montemayor exhibe un castillo que fue erigido en el siglo xiv durante la repoblación de la villa. Desde este punto elevado se contempla el paisaje de viñedos que enlaza con la siguiente etapa: Montilla, que da nombre a la denominación de origen del vino Montilla-Moriles. En sus tabernas y bodegas se descubre el secreto de estos caldos, nacidos de una tierra albariza que favorece una sugerente paleta de colores: el amarillo pálido de los finos, el ámbar de los amontillados, el caoba de los olorosos o el matiz de sombra del vino Pedro Ximénez que se elabora con la uva dulcísima de igual nombre.

 

Como todas las localidades de la Ruta del Califato, Montilla también tuvo su fortaleza, destruida por Fernando el Católico ante la rebeldía de su propietario, el primer marqués de Priego. Ahora solo resiste el alfolí (depósito para la sal) que fue construido sobre sus ruinas. En este lugar se crio un personaje curtido en las guerras entre moros y cristianos, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien al servicio de los Reyes Católicos ganó batallas y conquistó territorios.

Así llegamos a Aguilar de la Frontera, que preserva la típica morfología urbana de calles empinadas que culminan en un baluarte. Aquí quedan las ruinas del castillo de Poley, nombre antiguo del enclave, desde el que se obtiene una fabulosa panorámica sobre la verde campiña cordobesa.

 

shutterstock 1137705518. Cruce de culturas en Lucena

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Cruce de culturas en Lucena

La siguiente parada es Lucena, una de las grandes ciudades de la antigua Sefarad, que entre los siglos ix y xii estuvo únicamente habitada por judíos. Aún queda la antigua necrópolis hebrea, descubierta no hace muchos años. Al pasear por sus calles se intuye el hojaldre histórico y arquitectónico que han formado las distintas capas superpuestas de tiempo. Ejemplo de ello es la parroquia de San Mateo, que se levantó posiblemente sobre la antigua mezquita, que a su vez lo hizo sobre una sinagoga. Así ocurre con muchas de las iglesias de la zona: edificadas sobre mezquitas, sus campanarios se perfilan como alminares; tal vez por eso, a veces el bronce de las campanas se torna canto de almuecín.

Sin salir de Lucena visitamos el castillo del Moral, del siglo xi y ahora reformado. La tradición apunta que en su torre estuvo prisionero Boabdil, el último emir de Granada, tras la batalla de 1483. Aquí también se siente el temblor de guerras aún más antiguas, pues cercanos están los campos de la batalla de Munda entre Julio César y Pompeyo. De ahí que Lucena pueda considerarse un buen lugar para disfrutar de la gastronomía, pues en las recetas está guardada la memoria de las tres culturas, además del pasado romano: las naranjas picadas con bacalao y aceite, el ajopollo, los bolos lucentinos o dulces de sartén enmelados como los pestiños o las sopaipas, que podemos encontrar en diferentes versiones a lo largo de toda la ruta entre Córdoba y Granada.

El paisaje de la comarca Subbética, casi en el centro geográfico de Andalucía, envuelve al viajero. Son campos que aparecen descritos en antiguos libros de montería, como el que escribió el poeta Luis Barahona de Soto, natural de Lucena y gran evocador del mundo renacentista, de églogas y fábulas mitológicas. También la población de Cabra tiene su figura literaria, aquí nació en el siglo ix el poeta ciego Ben Mocadem a quien se le atribuye la invención de la composición de la moaxaja y las jarchas. Además, Cabra aparece en las crónicas porque aquí nació en 1378 Enrique de Castilla, uno de los hijos no reconocidos del rey castellano Enrique II el Fratricida.

shutterstock 1347956006. Donde convergen ambos ramales

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Donde convergen ambos ramales

Calles en cuesta se encaraman por el centro de Carcabuey, cuyo nombre árabe, Karkabul, significa puerto de montaña. Sobre una loma se alza el castillo de Fuente Úbeda, de origen árabe aunque erigido sobre una construcción romana, que guarda historias de las disputas en el siglo xiii entre Sancho el Bravo y su padre Alfonso X. El ambiente cambia en Priego de Córdoba, una auténtica ciudad del agua donde predomina el rumor de manantiales que afloran en la barroca Fuente del Rey, con tres estanques y esculturas que ofrecen sorprendentes juegos acuáticos.

En Alcalá la Real la ruta sur se une a la norte, que se inicia en la localidad de Espejo, a 30 km de Córdoba. Espejo presume de pasado romano pues de aquí procedía la familia paterna del emperador Marco Aurelio. Y muy cerca se encuentra Castro del Río, donde Cervantes estuvo preso por un enfrentamiento con la Iglesia cuando era cobrador de alcabalas; su castillo conserva el patio de armas y la torre del homenaje.

Zuheros. Rumbo norte

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Rumbo norte

En la vía norte de la Ruta del Califato se suceden diversos enclaves de frontera con el reino nazarí que merecen una visita. Es el caso del castillo de Baena, con cuatro torres y un mirador desde el que se admira una vista sensacional de la campiña. No es mal lugar para leer alguno de los poemas compilados por Juan Alfonso de Baena en el siglo xv en el Cancionero de Baena, y recordar «las notables fazañas passadas de los tiempos antiguos».

A estas alturas el viajero lleva en la memoria una galería de castillos roqueros, torreones, baluartes, almenas, pero en Zuheros (imagen) descubrirá una fortaleza prodigiosa. En el lomo de una cresta montañosa se recorta su silueta recia y rotunda, retando a la gravedad como si fuera un funambulista.

iStock-509543880. El castillo calatravo

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El castillo calatravo

Sobre otro risco se alza el castillo de Luque, llamado de Venceaire, cuyo torreón herido da un toque de leyenda medieval al itinerario norte, que se cruza con la Ruta de los Castillos y las Batallas en el pueblo de Alcaudete, ya en la Sierra Sur de Jaén. En la lejanía se perfila el palacio calatravo, sede de un centro de interpretación sobre la orden militar de Calatrava que permite sumergirse en el siglo xii. También pertenece a territorio calatravo el pueblo de Castillo de Locubín, rodeado de encinas, acebuches y pinos.

iStock-525364357. Camino a Granada

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Camino a Granada

La Ruta del Califato toma una única vía en Alcalá la Real. La localidad tiene una llave como símbolo en su escudo y en su historia, pues de aquí salieron los Reyes Católicos para recibir las llaves de la ciudad de Granada. Desde la fortaleza de la Mota –con la alcazaba y la iglesia abacial de Santa María la Mayor–, se observa ese sistema defensivo de frontera que conecta en el horizonte los castillos con otras atalayas de vigilancia, como el fuerte nazarí de Moclín, ya en la provincia de Granada. La conversión de baluartes moros a cristianos produjo cicatrices que quedaron hermoseadas por la melancolía que el tiempo ha dibujado en las ruinas.

Pinos Puente es una encrucijada histórica. Aquí Isabel la Católica mandó llamar a Colón cuando este se marchaba a Francia tras la ruptura de las primeras negociaciones mantenidas con los reyes.Pinos Puente y los pueblos vecinos fueron enclaves donde las guarniciones castellanas prepararon el asedio a Granada. 

La ruta atraviesa Colomera, Güevéjar y Cogollos de la Vega hasta llegar a Alfacar, donde los monarcas ziríes (Taifa de Granada) tenían sus quintas de recreo. Víznar está lleno de primitivas alquerías y huertas, como la del Tamarit, que pertenecía a un tío de Federico García Lorca y cuyo nombre le inspiró su Diván del Tamarit, que evocaba el mundo perdido andalusí.

En esta obra el poeta pareció anticiparse a su trágico destino, pues fue en algún punto entre Alfacar y Víznar donde lo fusilaron: «Por las arboledas del Tamarit/ han venido los perros de plomo/ a esperar que se caigan los ramos,/ a esperar que se quiebren ellos solos».

Patio Leones. La Granada prometida

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La Granada prometida

Alcanzamos por fin Granada y la postal con la que termina esta Ruta del Califato. Frente a las piedras recias contempladas en el camino, las fortalezas, los lugares asediados o el olor de la batalla, la Alhambra es la metáfora de la finura, de lo delicado y exquisito. Este conjunto de palacios cuenta, además, con los jardines del Generalife y sus miradores, acequias y escaleras de agua. Sin olvidar el anexo Palacio de Carlos V, prodigio del Renacimiento con su patio circular de columnas. Luego habría que perderse por el corazón de la ciudad, entre calles sinuosas, y descubrir vestigios andalusíes en el Corral del Carbón, antigua alhóndiga nazarí, o en la Alcaicería que recuerda un zoco árabe. Y seguir andando por los cármenes (casas con jardín y huerta) del Albaicín y el Realejo, de cuyas cocinas salen aromas de comino, canela, pasas, almendras o miel. Y en el mirador de San Nicolás contemplaremos la Alhambra en el atardecer más hermoso del mundo. ❚

Generalife

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